desvanecida intentase
competir. Eso os advierto.
INÉS: (No puedo Aparte
callar ya).
ÁLVAR: Mucho la infanta
se ha declarado.
EGAS: Yo temo
alguna desdicha aquí.
INÉS: Infanta, con el respeto
que a tanta soberanía
se debe, deciros quiero
que no ajéis de mi nobleza
lo encumbrado con ejemplos.
Yo soy doña Inés de Castro
Coello de Garza, y me veo,
si vos de Navarra infanta,
reina de aqueste hemisferio
de Portugal, y casada
con el príncipe don Pedro
estoy primero que vos;
mirad si mi casamiento
será, Infanta, preferido,
siendo conmigo y primero.
No penséis, señora, no,
que es profanar el respeto
que debo, hablaros así,
sino responder que intento
desempeñar a mi esposo;
pues si él asiste en mi pecho,
con él habláis, no conmigo;
y puesto que soy él, debo,
si habláis con doña Inés,
responder como don Pedro.
INFANTA: ¡Oh, Inés, cómo os olvidáis
que la que cayó del cielo
era garza!
INÉS: Y blanca y todo,
según vos dijisteis.
INFANTA: Bueno,
¿vos me respondéis a mí,
equívocos desacuerdos?
INÉS: Mal he hecho yo, señora.
ÁLVAR: ¡Que así perdiese el respeto
a tanta soberanía!
INÉS: Sí, dije –¡válgame el cielo!–
que era blanca.
INFANTA: Bien está;
retiraos.
INÉS: Amor, ¿qué es esto?
EGAS: El rey viene ya.
INFANTA: Mi enojo
quiero reprimir.
INÉS: Yo entro
temerosa y afligida.
Vamos, Violante, que espero
hallar en Dionís y Alonso,
si no remedio, consuelo.
Vanse doña INÉS y VIOLANTE y sale el REY y
acompañamiento
REY: Lograr no pensé el hallaros.
BRITO: Voy a decir a don Pedro
todo cuanto ha sucedido.
Vase BRITO
REY: Hija infanta, ¿qué es aquesto?
¿Cómo ha pasado la tarde
vuestra alteza en el empleo
de la caza?
INFANTA: Gran señor,
en la falda de ese cerro,
que la guarnece de plata
un lisonjero arroyuelo,
descubrimos una garza,
y aunque al remontar el vuelo
perdió la vida, volvió
a vivir, señor, de nuevo,
que no tengo con las garzas
ni jurisdicción ni imperio,
después que una garza a mí
con viles celos me ha muerto.
REY: No os entiendo.
INFANTA: ¡Ay, gran señor,
pues bien podéis entenderlo!
Que no es la enigma difícil
ni es el engaño encubierto.
Doña Inés agora acaba
de decirme que don Pedro,
el príncipe, es ya su esposo;
y aunque él lo dijo primero,
no lo creí, por pensar
que pudiera ser incierto;
mas después que doña Inés,
sin decoro y sin respeto,
se atrevió a decirlo a mí,
ha sido fuerza el creerlo.
REY: ¿Que la modestia de Inés,
virtud y recogimiento,
pudo atreverse a perder
la veneración que os tengo?
Vive Dios, Alvar González,
que el príncipe, loco y ciego
ha de ocasionarme a dar
con su muerte un escarmiento
tan grande, que a Portugal
sirva de futuro ejemplo.
Yo remediaré esta injuria.
INFANTA: Señor, el mejor remedio
es no buscarle, que yo
desde este instante os prometo
olvidar, que sólo olvido
puede ser, si bien lo advierto,
medio para que se acabe
mi enojo, señor, y el vuestro.
REY: ¿Qué os parece, Alvar González?
ALVAR: Señor, si ya todo el reino
espera con alegría
este feliz casamiento,
será grande inconveniente
–así, gran señor, lo entiendo–
que no llegue a ejecutarse;
y así, fuera buen acuerdo
apartar a doña Inés
de Portugal.
REY: ¿Cómo puedo,
si está casada?
ALVAR: Señor,
cuando aqueste impedimento,
que es el mayor, no se pueda
remediar…
REY: Dame consejo.
ALVAR: Me parece que la vida
de Inés…
REY: ¿Qué decís?
ALVAR: Entiendo…
REY: Declaraos. ¿Por qué teméis?
¡Acabad!
ALVAR: Tengo por cierto
que peligrará.
REY: ¿Por qué?
ALVAR: Señor, porque en sólo eso
consistía el que pudiese
gozar la infanta a don Pedro.
INFANTA: Eso no, que mis agravios,
aunque ofendida los siento,
no han de pasar a poder
conmigo más que yo puedo.
Viva mil siglos Inés,
que si hoy por ella padezco,
no es culpada en mis desdichas,
yo sí, pues yo las merezco.
REY: Vamos a mirar mejor
lo que se ha de hacer en esto.
ALVAR: ¿A la ciudad?
REY: No, que estoy
cansado y algo indispuesto.
Vamos a la casería,
Alvar González, de Coello.
INFANTA: ¿Está cerca?
ALVAR: Sí, señora.
REY: Disponed, piadoso cielo,
modo para consolarme,
que si aquesto dura, temo
que me han de acabar la vida,
pesares y sentimientos.
INFANTA: Vamos, señor.
REY: Vamos, hijo.
INFANTA: ¡Qué valor!
REY: ¿Qué entendimiento!
INFANTA: ¡Qué prudencia!
REY: ¡Qué cordura!
Dadme la mano que quiero
ser vuestro escudero yo.
INFANTA: Tanto favor agradezco.
REY: ¡Quién viera de aquesta suerte,
Blanca hermosa, a vos y a Pedro!
Vanse todos y salen doña INÉS y el príncipe don
PEDRO
INÉS: Digo que no me aseguro.
PRÍNCIPE: ¿Posible es que no conoces
que es imposible engañar,
Inés, tus hermosos soles?
Cese el disgusto, mi bien,
y acábense los rigores;
no me mates con desaires,
basta matarme de amores.
¿Tú enojada? ¿Tú tan triste?
¿Cómo puede ser que borren
nublados de tus discursos
tus hermosos esplendores?
Habla, Inés, dime tu pena,
¿por qué, mi bien, no respondes?
Más vale si he de morir
que me refieran tus voces
la causa por que me matas;
no es bien que sintiendo el golpe,
cuando no ignoro el morir
el por qué, mi bien, ignore.
INÉS: Señor, esposo, mi vida,
dueño mío, Pedro…
PRÍNCIPE: Ahorre
tu lengua, Inés, epítetos
y dime ya quién te pone
a ti con tal desconsuelo
y a mí en tantas confusiones.
INÉS: Tu padre…
PRÍNCIPE: Habla.
INÉS: …pretende…
PRÍNCIPE: Acaba, amores.
INÉS: …dispone…
PRÍNCIPE: ¿Qué te turbas?
INÉS: …que te cases.
PRÍNCIPE: Si aquesos son tus temores,
inadvertida has andado,
pues sabes que en todo el orbe
no he de tener otro dueño.
INÉS: Aunque miro tus acciones,
esposo y señor, dispuestas
a hacerme tantos favores,
es bien que adviertas que ya
la Fortuna cruel dispone
que te pierda, dueño mío,
y que de tus brazos goce
la infanta que te previene
tu padre para consorte.
Y puesto que no es posible
que seas mío ni que logre
más finezas en tus brazos,
será fuerza que me otorgues,
Pedro, dueño de mi alma,
piadosas intercesiones
para que el rey, de mi vida
la vital hebra no corte.
Con tus hijos viviré
en lo áspero de los montes,
compañera de las fieras;
y con gemidos feroces
pediré justicia al cielo,


















Post a Comment