¿cómo el rey preso te envía?
PRÍNCIPE: Que a explicar mi sentimiento
no basto, y si a eso te obligo,
di todo lo que no digo,
pues no cabe en lo que siento.
BRITO: Diréle que partes ciego
por su amor, lo que la adoras,
lo que suspiras y lloras,
cuánto te abrasa su fuego.
PRÍNCIPE: A mucho te has obligado;
que el mal a que estoy rendido
bien cabe en lo padecido;
mas no cabrá en lo contado.
Dila que el rey inhumano…
Oye, Brito, y no la aflijas,
y aquellas dos perlas, hijas
de aquel nácar castellano…
BRITO: No te enternezcas, señor;
mira que llorando estás.
PRÍNCIPE: ¡Ay, Brito! No puedo más.
BRITO: ¿Adónde está tu valor?
Préndate el rey, que el proceso
podrás romper algún día.
PRÍNCIPE: Mas si preso me quería,
¿para qué dos veces preso?
Vanse los dos
[En la quinta orillas del Mondego]
Salen doña INÉS y VIOLANTE
VIOLANTE: ¿Acabaste ya el papel?
INÉS: No.
VIOLANTE: Pues, ¿cómo?
INÉS: He reparado
que no cabrá mi cuidado
ni mis finezas en él.
VIOLANTE: ¿Leíste la glosa?
INÉS: Sí,
y es tal, que pude llegar
cuando la miré, a pensar
que se escribió para mí.
VIOLANTE: ¿Sábesla ya?
INÉS: Ya lo sé.
VIOLANTE: ¿Toda?
INÉS: Nada hay que te espante;
mientras estuve, Violante,
en mi cuarto la estudié.
VIOLANTE: ¿Quieres decirla, señora?
INÉS: Sí, Violante, aquésta es.
Atiende.
VIOLANTE: Ya escucho.
INÉS: Pues
no te diviertas agora.
“Mi vida, aunque sea pasión,
no querría yo perdella,
por no perder la razón
que tengo de estar sin ella.”
Dichoso y favorecido
me vi, Nise, en un instante,
y luego pasé de amante
a extremos de aborrecido;
mas, aunque airado Cupido,
la flecha trocó en arpón,
no pudo ser ocasión
para desear mi muerte,
que he de querer por quererte,
mi vida, aunque sea pasión.
El alma con que vivía
se fue a ti cuando pensaba
que en mi pecho la hospedaba
como tuya, siendo mía;
y aunque perdida la vía,
sin formar de amor querella,
contento me vi sin ella;
mas a no ser en despojos,
Nise, de tus bellos ojos,
no querría yo perdella.
Gobierno del hombre han sido
voluntad y entendimiento
con que a la razón atento
mientras hombre fui, he vivido;
pero después que Cupido
puso en ti mi inclinación,
puede tanto mi pasión
que jamás, bella mujer,
no te quisiera perder
por no perder la razón.
Cautivo y sin libertad
vivo después que te vi,
y aunque viví en mí sin mí,
rendido a tu voluntad,
esperé de ti piedad;
pero después que a mi estrella
tu imperio, Nise, atropella,
es tan corta mi ventura,
que ella misma me asegura
que tengo de estar sin ella.
Sale BRITO
BRITO: Esconde, Inés, si es posible,
que no será fácil, de esos
peligrosos dulces ojos
los hermosos rayos negros.
Esconde, por vida tuya,
lo canicular, lo fresco,
lo florido, lo nevado,
lo apacible, lo severo,
lo buscado, lo temido,
lo juguetón, lo compuesto,
lo alegre, lo mesurado,
lo lindo, lo más que bello
de esa cara, que un nublado
no le ha de faltar a un cielo
donde hay tantas pesadumbres.
INÉS: ¿Qué dices?
BRITO: Vete de presto,
que viene la Infanta acá.
INÉS: ¿La Infanta acá?
BRITO: Pretendiendo
hallar en esa ribera,
por no perder el trofeo,
una garza que del aire
hoy ha derribado, entiendo
que ha de llegar.
INÉS: Oye, Brito,
¿garza?
BRITO: Sí.
INÉS: ¿Y ella la ha muerto?
BRITO: Ella ha sido, que a volar
con un escuadrón soberbio
de pájaros salió armada.
INÉS: Escuadrón sería de celos,
pues vino a matarme a mí.
BRITO: En un alazán soberbio,
con la rienda en una mano
y en la otra uno de ellos,
la vieras como una Palas,
o la borracha de Venus.
INÉS: Válgame Dios, ¿qué he de hacer?
Quiero retirarme, quiero
que no me vea; mas no,
sin duda es mejor acuerdo
esperarla y ver si pueden
cortesanos cumplimientos
obligarla.
BRITO: Dices bien.
INÉS: Dime agora de mi dueño.
¿Cómo le dejaste, Brito?
¿Tiene el príncipe don Pedro
salud?
BRITO: Aunque de su parte
sólo a visitarte vengo,
para que sepas, señora,
lo que pasa allá de nuevo,
no es posible, sólo digo,
mi señora, que te puedo
asegurar que esta noche
vendrá a verte.
INÉS: ¿Cierto?
BRITO: Cierto.
INÉS: Y dime, Brito, ¿qué hay
de la infanta?
BRITO: Que la veo
ya junto a ti.
INÉS: Enhoramala
venga a estorbar mis intentos.
Salen la INFANTA, ÁLVAR González, EGAS Coello y cazadores
INFANTA: Mucho he sentido perdella.
ÁLVAR: Remontó, señora, el vuelo
tanto, que ha sido imposible
el hallarla.
INFANTA: El aire creo
que en sí la habrá transformado
para volar más ligero,
pues de ella envidiosa pudo
tomar ligereza.
INÉS: El cielo
dé a vuestra alteza, señora,
la vida que yo deseo.
INFANTA: (No me estuviera muy bien). Aparte
Inés, levantad del suelo.
¿Vos aquí?
INÉS: Si esta ventura
de hablaros, señora, y veros,
por estar aquí he ganado,
decir sin lisonja puedo
que sólo he sido dichosa
aqueste instante que os veo.
INFANTA: ¿Cómo estáis?
INÉS: Para serviros
como mi señora y dueño.
INFANTA: (Parece que está triste. Aparte
¿Si ha sabido que a don Pedro
le prendió el rey? Es, sin duda.
Pues, Amor, examinemos
si podéis vivir en mí,
que, aunque ya muerto os contemplo,
para llegarlo a creer
falta el último remedio).
Triste estáis.
INÉS: Señora, ¿yo?
INFANTA: No os aflijáis, que os prometo
que me holgara de poder
daros, doña Inés, consuelo.
El príncipe en asistiros
nunca pudo ser eterno,
siempre ha menester casarse,
ya lo está conmigo.
INÉS: ¡Cielos!
¿Qué decís?
INFANTA: Que a Santarén
como ya sabéis, fue preso,
y saldrá para que así,
en un dichoso himeneo,
junte dos almas que vos
habéis dividido.
INÉS: (Esto Aparte
no se puede ya llevar,
que, fuera de ser desprecio,
son celos, y nadie ha habido
cuerda en llegar a tenerlos.
Responderla quiero).
INFANTA: Inés,
suspended un poco el vuelo
con que altiva, habéis volado,
reducíos a vuestro centro,
y sírvaos de corrección,
de aviso y de claro ejemplo
que a una blanca garza, hija
de la hermosura del viento,
volé esta tarde, y, altiva,
cuando ya llegaba al cielo,
la despedazó en sus garras
un gerifalte soberbio,
enfadado de mirar
que a su coronado cetro


















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