que parece que anunciaban
tan venturosas señales
presagios de la desdicha
que ahora llega a atormentarme.
Salió vuestra majestad
a recibirme y honrarme
con su persona y amor, hijo
de los afectos de padre.
Y cuando al príncipe, –¡ay cielos!–
esperaba para darle
entre la mano de esposa
tiernos requiebros de amante,
posesión del albedrío
uniendo las voluntades,
supe que quedó en Lisboa
sin que su cuidado pase
siquiera a saber con quién
su alteza pasa a casarse.
Este cuidado o descuido
cuidadoso fueron parte
para empezar, –¡qué desdicha!–
el alma a alborotarme,
y a temer lo que lloré
dentro de pocos instantes.
Cuatro veces murió el sol
en los brazos de la tarde,
por cuya muerte la noche
vistió luto funerable,
primero que de su cuarto
fuese al mío a visitarme,
si fue agravio a mi decoro,
júzguelo quien amar sabe.
Al fin vuestra majestad
fue a visitarle una tarde;
lo que le mandó no sé,
mas buen puedo asegurarme
que en defender mi justicia
sería todo de mi parte.
Al fin me fio, y los empeños
que tuve en sólo un instante
que le di audiencia, no es bien
que mi lengua los relate;
báteme, siendo quien soy,
que los sepa y que los calle.
Que a no ser dentro de mí
tan bizarra y tan galante,
¿cómo pudiera pasar
por el tropel de desaires
que me han sucedido? ¿Cómo,
sin que abortara volcanes
que en cenizas convirtieran
a quien intentó agraviarme
atrevido y poco atento?
Vamos, señor, adelante,
y perdonad que los celos
llegan a precipitarme,
y el corazón a los labios
se asomó para quejarse.
Pasadas muchas injurias,
que es bien que en silencio pase,
a una quinta del Mondego
fui, porque vos me llevasteis,
a volver más despreciada
que me había mirado antes,
pues se siente más la ofensa
cuando delante se hace
de quien, mirando el desprecio,
llegará a vanagloriarse;
esto, señor, que parece
que es sentimiento que hace
mi persona en exterior,
según os muestre el semblante,
no es sino que así he querido
de mi suceso informarle,
porque sepa que no ignoro
lo que vuestra alteza sabe.
Que a no ser así, es sin duda
que no pasara el desaire
de ir a requebrar los nietos,
cuando me ofreció vengarme;
y a no ser así también,
¿cómo pudiera llevarse
que doña Inés compitiera
–aunque muchas son sus partes–
conmigo? Que no lo hermoso
puede igualar a lo grande.
Decid al príncipe vos,
no como rey, como padre,
que sus empeños disculpo;
que ha acertado al emplearse
en quien tan bien le merece,
y que mire cuando agravie,
que no todas, como yo,
podrán desapasionarse.
Este pliego es a mi hermano,
donde le pido que trate
de enviar por mí, sin que sepa
lo que ha podido obligarme;
que no es bien que le dé cuenta
de semejantes desaires.
Con mi partida, señor,
pongo fin a mis pesares,
principio al gusto de Inés,
y medio para que trate
don Pedro su casamiento,
sin que yo pueda estorbarle;
que, aunque ya lo está en secreto,
como llegó a declararme,
parece que aumenta el gusto
saber que todos lo saben.
Adiós, señor; no me tenga
tu majestad ni me trate
jamás sino de partirme;
porque sería obligarme
a que haga, por detenerme,
lo que no por despreciarme;
que, aunque agora soy prudente,
no sé, en llegando a enojarme,
si me valdrá la prudencia
para no precipitarme.
No detenerme es cordura;
a mi cuarto voy, que es tarde.
No hay, señor, de qué advertirme;
que, pues llegué a declararme,
todo lo habré ya mirado
¡Voy muriendo! Dios le guarde.
REY: Oye, infanta.
INFANTA: Alonso invicto,
vuestra majestad no mande
que un instante me detenga,
o vive Dios, que a esos mares
Parténope desdichada,
me arroje para anegarme.
Vase la INFANTA
REY: ¡Alvar González! ¡Coello!
Salen ÁLVAR González y EGAS Coello
ÁLVAR: ¿Señor?
REY: Partid al instante,
y detened a la infanta.
ÁLVAR: Ya voy.
EGAS: El príncipe sale.
REY: No sé cómo de mi enojo
agora podrá librarse.
¡Que así me empeñe mi hijo!
Irme quiero sin hablarle,
que si le hablo sospecho
que no podré reportarme.
Sale el PRÍNCIPE solo
PRÍNCIPE: Señor, ¿vuestra majestad
conmigo airado el semblante?
¿La espalda volvéis, señor,
a vuestra hechura?
REY: Dejadme,
no me habléis, que estoy cansado
de ver vuestros disparates.
Príncipe, no me veáis.
Egas Coello, aquesta tarde
de Santarén al castillo
le llevad preso, allí pague
inobediencias que han sido
causas de tantos males.
EGAS: ¡Qué príncipe tan prudente!
PRÍNCIPE: Pues yo, señor… ¿por qué?
REY: ¡Baste!
Agora veréis si es mejor
obedecer o enojarme.
Vase el REY
PRÍNCIPE: En fin, Coello, ¿que voy
preso a Santarén?
EGAS: Así
lo manda su alteza. A mí,
que noble crïado soy,
me toca el obedecer.
PRÍNCIPE: ¿Sois vos mi alcalde?
EGAS: El cuidado
y el guardaros ha fïado
a mi noble proceder
y a sola la lealtad mía,
y así es forzoso el hacello.
PRÍNCIPE: Si agora anochece, Coello,
mañana será otro día.
EGAS: En cualquier aurora es
mi lealtad muy de español.
PRÍNCIPE: Mil cosas fomenta el sol
que las deshace después.
EGAS: Yo sé que llego a servir
con fe, señor, verdadera,
y así muera cuando muera,
como os sirva con morir.
PRÍNCIPE: Creo que pena os ha dado
el ver que preso voy.
EGAS: Sé que vuestro esclavo soy,
y que sólo mi cuidado
os sirve días y noches
como crïado de ley.
PRÍNCIPE: Coello, sirvamos al rey;
id a prevenir los coches.
Vase COELLO y sale BRITO
PRÍNCIPE: ¿Qué hay, Brito? ¿Qué te parece
de estrella tan importuna?
BRITO: De esto nos da la fortuna
cada día que amanece.
PRÍNCIPE: ¡Qué doloroso trasunto!
Muerto estoy, estoy perdido.
BRITO: Sólo Belerma ha vivido
con el corazón difunto.
PRÍNCIPE: Parte, Brito; dile a Inés…
¿Así te vas?
Hace BRITO que se va
BRITO: ¿Por qué no?
PRÍNCIPE: ¿Qué le dirías?
BRITO: ¿Qué sé yo?
Ya te lo diré después.
Quisiera, señor, ponerme
en la iglesia de San Juan
porque esperezos me dan
de que el rey ha de prenderme.
PRÍNCIPE: ¿Y esto temes, Brito? Vete;
mas ¿por qué te ha de prender?
BRITO: Fácil es de conocer;
porque he sido tu alcahuete;
y en ocasión semejante
llegara a sentir de veras
ir a bogar a galeras,
como me dijo Violante.
PRÍNCIPE: Brito, ve a la esposa mía,
y dila que pierdo el seso
hasta que la vea.
BRITO: Y tras eso,

















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