Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти. Luís Vélez de Guevara. Reinar después de morir
Uncategorized October 3rd, 2006
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
Email This Post
|
Print It
|
| 46 views
he reparado que sale
a vuestro rostro un disgusto
que os divierte de lo afable,
os retira de lo alegre,
y sólo pueden llevarse
aquestos extremos, Pedro,
con el mucho amor de padre.
Doña Blanca disimula,
y aunque la causa no sabe,
piensa sin duda que es ella
causa de vuestros pesares.
Hacedme gusto de verla
con amoroso semblante;
príncipe, desenojadla,
que es vuestra esposa, no halle,
cuando con vos tanto gana,
el perderse en el ganarse.
Yo os lo ruego como amigo,
os lo pido como padre,
os lo mando como rey,
no deis lugar a enojarme.
Ella viene, aquí os quedad,
prudente sois, esto baste.
Vase el REY
PRÍNCIPE: ¡Ay Inés, cómo por ti,
loco, rendido y amante,
ni admito la corrección
ni hay ventura que me cuadre!
Sale la INFANTA
INFANTA: Guarde Dios a vuestra alteza.
PRÍNCIPE: ¿Señora?
INFANTA: ¿Príncipe?
PRÍNCIPE: Dadme
la mano a besar.
INFANTA: Señor,
deteneos. No es galante
acción que beséis mi mano,
cuando advierto que no sale
ese cortesano afecto
de marido ni de amante.
Yo, señor, soy vuestra esposa
y debéis considerarme
reina ya de Portugal
si fue de Navarra infante.
PRÍNCIPE: (Eso no, viviendo Inés). Aparte
Señora, sólo un instante
os suplico que me deis
audiencia; sentaos y hable
el alma, que muda ha estado
hasta poder declararse.
INFANTA: Decid.
PRÍNCIPE: Atended.
INFANTA: Ya oigo.
Pasad, Príncipe, adelante.
PRÍNCIPE: Casé, señora, en Castilla,
obedeciendo a mi padre,
primera vez con su infanta,
que en globos de estrellas yace.
Tuve de esta dulce unión
un hijo, y puesto que sabe
vuestra alteza estos principios,
paso a lo más importante.
Cuando mi difunta esposa
vino conmigo a casarse,
pasó a Portugal con ella
una dama suya, un ángel,
una deidad, todo un cielo;
perdóneme que la alabe,
vuestra alteza, en su presencia,
que informada de sus partes
importa, porque disculpe
osadas temeridades
cuando advertida conozca
las causas de efectos tales.
Era al fin por acabar
la pintura de esta imagen,
el retrato de este sol,
de este archivo de deidades,
doña Inés de Castro Coello
de Garza, que con su padre
pasó a servir a la reina,
mejor dijera a matarme;
y aunque siempre su hermosura
fue una misma, ni un instante
me atreví, señora, a verla
con pensamientos de amante,
que a sola mi esposa entonces
rendí de amor vasallaje,
hasta que crüel la Parca
le cortó el vital estambre.
Muerta mi esposa, trató
casarme otra vez mi padre
con vuestra alteza, señora,
que el cielo mil siglos guarde,
sin que este segundo intento
conmigo comunicase;
yerro que es fuerza que agora
vuestro decoro le pague,
y le sienta yo, por ser
vuestra alteza a quien se hace
la ofensa; que el sentimiento
no será bien que me falte
a tiempo que por mi causa
padecéis tantos desaires.
(Confusa, hasta ver el fin, Aparte
será fuerza que se halle.
Mas supuesto que es forzoso
el decirlo y declararme,
rompa el silencio la voz
pues que no puedo excusarme).
Muerta, señora, ya mi esposa amada,
querida tanto como fue llorado,
pasados muchos días de tormento,
difunto el gusto y vivo el sentimiento,
en un jardín, al declinar el día,
mis imaginaciones divertía,
mirando cuadros y admirando flores,
archivos de hermosuras y de olores.
Al doblar una punta de claveles,
de esta hermosa pintura los pinceles,
al pasar por un monte de azucenas,
que mirar su blancura pude apenas,
porque la candidez de su hermosura
la vista me robó con la blancura;
y en una fuente hermosa,
que tendía el remate de una rosa,
para su adorno un fénix de alabastro,
vi a doña Inés de Castro,
que al margen de la fuente
se miraba en el agua atentamente;
y olvidado de mí, viendo mi muerte
en su deidad, la dije de esta manera:
“Nunca pensé que pudiera,
muerta mi esposa, querer
en mi vida otra mujer,
ni que otro cuidado hubiera
con que el dolor divirtiera
de mi pena y mi dolor;
pero ya he visto en rigor,
advirtiendo tu deidad,
que aquello fue voluntad,
y aquesto sólo es amor.
¿Cómo puede ser –¡ay cielos!–
que en mi casa haya tenido
el mismo amor escondido,
sin que remontase el vuelo
a su atención mi desvelo?
¿Cómo este bien ignoré?
¿Cómo ciego no miré,
cómo en esta luz hermosa
no fui incauta mariposa,
y cómo no te adoré?”
Hice este discurso apenas,
cuando a mirarme volvió
el rostro, y entonces yo
puse silencio a mis penas.
Heladas todas las venas,
quedé, mirándola, helado;
ella, el aliento turbado,
quiso hablar, hablar no pudo,
quedó suspensa y yo mudo,
en su imagen transformado.
El alma al verla salió
por la puerta de los ojos,
y a sus plantas, por despojos,
las potencias le ofreció;
el corazón se rindió
sólo con llegar a ver
esta divina mujer,
y ella, viéndome rendido
y en su hermosura perdido,
pagó con agradecer.
Desde este instante, señora,
desde aqueste punto, infanta,
hicimos tan dulce unión
reciprocando las lamas,
que girasol de su luz,
atento a sus muchas gracias,
vivo en ella tan unido
debajo de la palabra
y fe de esposo, que amor
cuando perdido se halla,
para poderla cobrar
se busca entre nuestras ansias.
En una quinta que está
cerca del Mondego, pasa
ausencias inexcusables,
solamente acompañada
a ratos de mi firmeza
y siempre de mi esperanza.
Tenemos de aqueste logro
de Cupido, de esta llama
del ciego dios, dos infantes,
dos pimpollos y dos ramas,
tan bellos, que es ver dos soles
mirar sus hermosas caras.
Querémonos tan conformes,
son tan unas nuestras almas,
que a un arroyo o fuentecilla
adonde algunas mañanas
sale a recibirme Inés,
todos los de la comarca
llaman, por lisonjearnos,
el Penedo de las ansias.
En fin, señora, mi amor
es tan grande que no hay planta
que para amar no me imite,
no hay árbol que con las ramas
esté tan unido como
lo estoy con mi esposa amada.
Y aunque parezca desaire
a vuestra alteza contarla
aqueste empleo, he advertido
que es mejor, para obligarla,
cuando engañada se advierte,
decirlo y desengañarla,
pues cuando de Portugal
no sea reina, en Alemania,
en Castilla y Aragón,
hay príncipe que estimaran
saber aquesta ventura
que habéis juzgado a desgracia;
y porque me espera Inés
y culpará mi tardanza,
dadme licencia, señora,
que a verme en su cielo vaya,
pues es bien que asista el cuerpo
allá donde tengo el alma.
Vase el PRÍNCIPE
INFANTA: ¿Han sucedido a mujer
como yo tales desaires?
¿cómo es posible que viva
quien ha oído semejante










About



Leave a Comment
You must be logged in to post a comment.