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Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти. Luís Vélez de Guevara. Reinar después de morir


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eado abril con la mañana,
todo un cielo abreviado
y al sol de dos luceros abrazado.
Quedé tierno y dudoso,
que, como de aquel árbol generoso
tan hermoso pendían,
racimos de diamantes parecían;
ella, amor ostentando,
aunque de honestidad indicios dando
a la nieve divina,
de púrpura corriendo otra cortina,
que de tales mujeres
siempre son los recatos sumilleres;
más encendida aurora,
sobre las almohadas se incorpora,
y ya, como embarazos,
deja a Dionís y Alonso de los brazos,
que de sentido ajenos,
favores y ternezas no echan menos,
tanto en tan dulce empeño
pueden los pocos años con el sueño;
y con ansia infinita,
antes que una palabra me permita,
ni besarla una mano
–recato portugués o castellano–
me dijo: “¿Cómo dejas
a Pedro, Brito?” Y con celosas quejas
prosiguió, más hermosa
que lo está una mujer que está celosa,
porque han dado los celos
hasta el color que viste a los cielos,
tu tardanza culpando
en Santarén con doña Blanca, cuando
tu padre la ha traído
para tu esposa.
PRÍNCIPE: Perderé el sentido,
Brito, si Inés no fía
todo su amor a toda el alma mía.
Primero verá el cielo
su vecindad de estrellas en el suelo,
verá la noche fría
que puede competir al claro día,
que falte la firmeza
con que yo adoro a Inés.
BRITO: Oiga tu alteza.
Basta, basta, no ofusques
mi relación ni imposibles busques
mal guisados, ni modos,
que yo los doy por recibidos todos,
y lo mismo hará el dueño
por quien me he puesto en semejante empeño.
Al fin escucha atento.
PRÍNCIPE: Prosigue.
BRITO: Como digo de mi
PRÍNCIPE: Acaba.
BRITO: Ven conmigo;
la tal Inés, en la ocasión que digo,
finezas y ansias junta,
y entre falsa y celosa me pregunta;
“Dime, Brito, ¿es bizarra
doña Blanca la infanta de Navarra,
de Pedro nueva empresa,
que viene a ser de Portugal princesa?”
Yo la respondo entonces,
haciéndome de pencas y de gonces:
“Aunque Blanca no es muy fea,
es contigo muy poca taracea,
moneda mal segura
que no puede correr con tu hermosura,
y si intenta igualarse
contigo, muy de noche ha de pasarse.”
En esto despertaron
Dionís y Alonso, y juntos preguntaron
a una vez por su padre;
enternecióse oyéndolos la madre;
o fuese amor o celos,
tocó a anegar en lágrimas dos cielos,
y en lluvias tan extrañas,
sartas de perlas hizo las pestañas
que en sus luces hermosas
de perlas se volvía mariposas,
y abrasándose en ellas
granizaron los párpados estrellas;
y viendo contra el día
que abajo tanto cielo se venía,
calmando sus recelos
dile tu y serenó sus cielos.
Cedióse a su alegría,
convaleció de su tristeza el día,
quedó el sol sin nublado,
porque del desperdicio aljofarado
al último suspiro
mucho cristal sobró para zafiro.
Tomó el pliego y besóle,
y tres o cuatro veces repasóle
con señas diferentes
–que es costumbre de espías y de ausente–.
Pidió la escribanía,
volvió otra vez a perturbarse el día,
los cielos se cubrieron,
a la tinta las lágrimas suplieron
y mientras escribía,
un alma en cada lágrima cabía,
siendo en tantos renglones
las almas muchas más que las razones;
cerró llorando el pliego,
sellóle, despachóme y partí luego
otra vez por la posta,
pareciéndome el mundo senda angosta,
y con el “fuera, aparta,”
entré por Santarén y ésta es su .

PRÍNCIPE: Levanta, Brito, del suelo,
que sólo tú puedes dar
tal alivio a mi pesar,
tal fin a mi desconsuelo.
Toma esta cadena, Brito,
en tanto que a besar llego
las letras de aqueste pliego
que Inés con el llanto ha escrito.
BRITO: Besa muy enhorabuena,
mientras que, tomada a peso,
primero yo también beso
las letras de esta cadena.
¡El rey!
PRÍNCIPE: ¿Mi padre?
BRITO: Señor,
él mismo.
PRÍNCIPE: El pliego guardaré
de Inés.
BRITO: Y yo a guardar iré
mi cadena, que es mejor.

Sale el REY don Alonso

REY: ¿Príncipe?
PRÍNCIPE: ¿Señor?
REY: ¿Qué hacéis?
PRÍNCIPE: ¿Vos aquí?
REY: No hay que admiraros
de que venga yo a buscaros,
Pedro, pues vos no lo hacéis.
Yo os quisiera hablar despacio.
PRÍNCIPE: (Hoy corre mi amor fortuna). Aparte

A BRITO

REY: ¿Quién sois vos?
BRITO: Señor, soy una
sabandija de palacio.
REY: ¿De qué al príncipe servís?
BRITO: De mozo fidalgo.
REY: Bien,
¿de camino estáis también?
BRITO: Soy su maza.
REY: ¿Qué decís?
BRITO: Que voy siempre con su alteza
adonde quiera que va.
REY: Y aun donde no va.
BRITO: Esa es ya
maliciosa sutileza.
REY: Algo desembarazado
sois.
BRITO: Sí, señor poderoso,
que en palacio al vergonzoso
siempre el refrán ha culpado.
REY: ¿Cómo os llamáis?
BRITO: Brito.
REY: ¿Vos
sois Brito? Quien sois sé,
sois hombre de mucha fe.
BRITO: Eso sí, señor, por Dios,
porque con ella he servido
a su alteza, como ya
de mí satisfecho está.
PRÍNCIPE: Es Brito muy entendido,
con razón le estimo y quiero,
téngole notable amor.
REY: Para que le hagáis favor
no habrá menester tercero,
que en esto debe tener
gran maña y agilidad.
BRITO: Mintió a vuestra majestad
quien fe de ese parecer,
que a su alteza no le han dado
tan poca parte los cielos,
que haya menester anzuelos
en el ardid del crïado.
No me ha menester a mí
para ninguna facción,
porque los méritos son
siempre terceros de sí;
y cuando en alguna se halle
dificultosa de obrar,
no ha de ir, ni es justo, a buscar
alcahuetes a la calle.
Porque el príncipe es humano
y alguna vez se enamora,
aunque a esta plaza hasta agora
no le he tomado una mano.
Vuestra real majestad
perdone estas baratijas,
porque hasta en las sabandijas
la defensa es natural.
Y adiós, que contra cautelas
de palacio asisto en mí,
que estoy indecente así
con botas y con espuelas.

Vase BRITO

REY: Pedro, los que hemos nacido
padres y reyes, también
hemos de mirar al bien
común más que al nuestro.
PRÍNCIPE: Ha sido,
padre y señor, atención
debida a esa majestad.
¿Qué me mandáis?
REY: Escuchad.
Veréis que tengo razón.

Yo os he casado en Navarra
con la infanta, que Dios guarde;
y en Lisboa, a vuestras bodas
se han hecho fiestas y tales
que todos nuestros fidalgos
procuraron señalarse
dando muestras con su afecto
de ser nobles y leales.
Después que llegó la infanta

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