Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти. Luís Vélez de Guevara. Reinar después de morir
Uncategorized October 3rd, 2006
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sabe Dios, aunque yo viva,
quién ha de sentirla más.
INÉS: No siento, señor, no siento
esta desdicha presente,
sino porque Pedro ausente
tendrá mayor sentimiento;
antes viene a ser contento
en mí esta muerte homicida,
que perder por él la vida
no ha sido nada, señor,
porque ha mucho que mi amor
se la tenía ofrecida;
y cuando tu majestad
quiera quitarme la vida
la daré por bien perdida,
que en mí viene a ser piedad
lo que parece crueldad,
si bien en viendo mi muerte
y mi desdichada suerte
morirá también mi esposo,
pues este rigor forzoso
no será en él menos fuerte.
De parte os ponéis, señor,
del mal, porque al bien excede,
y ayudar a quien más puede
es flaqueza, no es valor;
si el cielo dio a Pedro amor
y a mí –porque más dichosa
mereciese ser su esposa–
belleza de él tan amada,
no me hagáis vos desdichada
porque me hizo Dios hermosa.
Sed piadoso, sed humano;
¿cuál hombre, por lo cortés,
vio una mujer a sus pies,
que no le diese una mano?
Atributo es soberano
de los reyes la clemencia.
Tenga, pues, en mi sentencia,
piedad vuestra majestad,
mirando mi poca edad
y mirando mi inocencia.
No os digo tales afectos
aunque el sentimiento elijo
por mujer de vuestro hijo,
por madre de vuestros nietos,
sino porque hay dos sujetos
que muerto uno, ambos mueren;
que si dos liras pusieren
sin disonancia ninguna
herida sólo la una
suena esotra que no hieren.
¿Nunca, di, llegaste a ver
una nube que hasta el cielo
sube amenazando el suelo,
y entre el dudar y el temer
irse a otra parte a verter,
cesando la confusión,
y no en su misma región?
Pues en Pedro esto ha de ser,
siendo nubes en su ser,
son llanto en mi corazón.
¿No oíste de un delincuente
que por temor del castigo
llevando a un niño consigo
subió a una torre eminente,
y que por el inocente
daba sustento el juez piadoso?
Pues yo a mi Pedro me así,
dadme vos la vida a mí
porque no muera mi esposo.
REY: Doña Inés, ya no hay remedio;
fuerza ha de ser que muráis,
dadme mis nietos y adiós.
INÉS: ¿A mis hijos me quitáis?
Rey don Alonso, señor,
¿por qué que queréis quitar
la vida de tantas veces?
Advertid, señor, mirad
que el corazón a pedazos,
dividido me arrancáis.
REY: Llevadlos, Alvar González.
INÉS: Hijos míos, ¿dónde vais,
dónde vais sin vuestra madre?
¿Falta en los hombre piedad?
¿Adónde vais, luces mías?
¿Cómo que así me dejáis
en el mayor desconsuelo
en manos de la crueldad?
ALONSO: Consuélate, madre mía,
y a Dios te puedes quedar,
que vamos con nuestro abuelo
y no querrá hacernos mal.
INÉS: ¿Posible es, señor, rey mIo,
padre, que así me cerráis
la puerta para el perdón
que no lleguéis a mirar
que soy vuestra humilde esclava?
¿La vida queréis quitar
a quien rendida tenéis?
Mirad, Alonso, mirad,
que aunque vos llevéis mis hijos,
y aunque abuelo seáis,
sin el amor de la madre
no se han de poder criar.
Agora, señor, agora,
ahora es tiempo de mostrar
el mucho poder que tiene
vuestra real majestad.
¿Qué me respondéis, rey mío?
REY: Doña Inés, no puedo hallar
modo para remediaros,
y es mi desventura tal
que tengo agora, aunque rey,
limitada potestad.
Alvar González, Coello,
con doña Inés os quedad,
que no quiero ver su muerte.
INÉS: ¿Cómo, señor, os vais;
a Alvar González y a Coello
inhumano me entregáis?
Hijos, hijos de mi vida;
dejádmelos abrazar.
Alonso, mi vida, hijo
Dionís, amores, tornad,
tornad a ver vuestra madre.
Pedro mío, ¿dónde estás,
que así te olvidas de mí?
¿Posible es que en tanto mal
me falte tu vista, esposo?
¡Quién te pudiera avisar
del peligro en que afligida
doña Inés, tu esposa, está!
REY: Venid, conmigo, infelices
infantes de Portugal.
¡Oh, nunca, cielos, llegara
la sentencia a pronunciar,
pues si Inés pierde la vida,
yo también me voy mortal!
Vanse el REY y los NIÑOS
INÉS: ¿Qué al fin no tengo remedio?
Pues rey Alonso, escuchad.
Apelo aquí al supremo
y divino tribunal,
adonde de tu injusticia
la causa se ha de juzgar.
Vanse todos
Sale el PRÍNCIPE con una caña en la mano
PRÍNCIPE: Cansado de esperar en esta quinta
donde Amaltea sus abriles pinta
con diversos colores
cuadros de murtas, arrayán y flores,
sin temer el empeño,
me he acercado por ver mi hermoso dueño,
a esta caña arrimado,
que por lo humilde sólo la he estimado,
pues al verla me ofrece
que en lo humilde a mi esposa se parece.
Entré por el jardín sin que me viera
el jardinero, pasé la escalera,
y sin que nadie en casa haya encontrado,
he llegado a la sala del estrado.
¡Hola, Violante, Inés, Brito, crïados!
Nadie responde; pero, ¿qué enlutados
a la vista se ofrecen?
El condestable y Nuño me parecen.
Salen el CONDESTABLE y NUÑO con lutos
CONDESTABLE:¡Válgame Dios!
NUÑO: El príncipe es sin duda.
CONDESTABLE:Yerta tengo la voz, la lengua muda.
PRÍNCIPE: Condestable, ¿qué es esto? ¿Qué hay de nuevo?
CONDESTABLE:Decidlo, Nuño, vos.
NUÑO: Yo no me atrevo.
PRÍNCIPE: ¿Qué tenéis? Respondedme en dudas tantas.
CONDESTABLE:Dénos tu majestad sus reales plantas.
PRÍNCIPE: ¿Mi padre es muerto ya?
CONDESTABLE: Señor, la Parca
cortó la vida al ínclito monarca.
PRÍNCIPE: Pues, ¿adónde murió?
CONDESTABLE: En la quinta ha sido
de Egas Coello, porque había venido
su majestad a caza, y de repente
le sobrevino el último accidente
de su vida, y de suerte nos quedamos,
que con haberlo visto, lo dudamos.
PRÍNCIPE: Aunque con justo llanto
deba sentir haber perdido tanto,
mi mayor sentimiento
–la lengua se desmaya y el aliento–
es no haberme llamado
para verle morir. Mas pues el hado
dispuso –adversa suerte–
que no llegase al tiempo de su muerte,
en sus honras verán hoy mis vasallos
en cuánto al dolor llego a imitallos,
excediendo a la pena de esta nueva
todo el dolor y pena que yo deba.
Y pues mi Inés divina es tan hermosa,
mi muy amada esposa,
ya que alegre y contenta
hoy su grandeza en Portugal ostenta,
todo en aqueste día,
si hasta aquí fue pesar, será alegría.
Llamad a mi Inés bella.
CONDESTABLE: (¡Qué desdicha!) Aparte
PRÍNCIPE: No se dilate, Nuño, aquesta dicha;
al punto llamad a mi ángel bello.
CONDESTABLE:Sepa tu majestad que Egas Coello
y Alvar González a Castilla han ido.
PRÍNCIPE: Sin duda mis enojos han temido.
Alcanzadlos, que quiero
ser piadoso, no airado y justiciero,
y a los pies de mi Inés luego postrados,
de mí y la reina quedarán honrados.
NUÑO: (¡Oh desdichada suerte!) Aparte










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