Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти. Luís Vélez de Guevara. Reinar después de morir


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Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти.
Vélez de Guevara, Luís. Reinar después de morir

Луис Велес де Гевара. Царствовать после смерти.
Vélez de Guevara, Luís. Reinar después de morir

REINAR DESPUÉS DE MORIR

Personas que hablan en ella:
• El REY don Alonso de Portugal
• El PRÍNCIPE don Pedro
• BRITO, criado
• Doña Blanca, INFANTA de Navarra
• Doña INÉS de Castro
• ELVIRA, criada
• VIOLANTE, criada
• El CONDESTABLE de Portugal
• NUÑO de Almeida
• EGAS Coello
• ÁLVAR González
• ALONSO, niño
• DIONÍS, niño
• MÚSICOS
• CAZADORES
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ACTO PRIMERO
________________________________________

[En el palacio real de Lisboa]

Salen MÚSICOS cantando, el PRÍNCIPE vistiéndose, y el
CONDESTABLE

MÚSICOS: "Soles, pues sois tan hermosos,
no arrojéis rayos soberbios
a quien vive en vuestra luz,
contento en tan alto empleo."
PRÍNCIPE: La capa.
MÚSICO 1: El príncipe sale.
MÚSICO 2: Prosigamos.
PRÍNCIPE: El sombrero.

Cantan

MÚSICOS: "Vuestra benigna influencia
mitigue airados incendios,
pues el raudal de mi llanto
es poca agua a tanto fuego."
PRÍNCIPE: ¡Ay, Inés, alma de cuanto
peno y lloro, vivo y siento!
Proseguid, cantad.
MÚSICO 1: Digamos
otra letra y tono nuevo.

Cantan

MÚSICOS: "Pastores de Manzanares,
yo me muero por Inés,
cortesana en el aseo,
labradora en guardar fe."
PRÍNCIPE: Parece que a mi cuidado
esa letra quiso hacer,
lisonjeándome el alma,
eterna en mi pecho a Inés.
Volved, volved por mi vida
a repetir otra vez
aquesa letra, cantad,
que me ha parecido bien.

Cantan

MÚSICOS: "Pastores de Manzanares,
yo me muero por Inés,
cortesana en el aseo,
labradora en guardar fe."
PRÍNCIPE: Pues los pastores publican
que tanta hermosura ven
en la deidad de mi amante,
con justa causa diré
que en perderme fui dichoso,
en tan soberano bien.
Siempre que llega al Mondego
parece que sólo al ver
a mi Inés bella, las aves
quisieran besar su pie.
Las plantas de su deidad
reciben fruto. No hay mes
que en viéndola no sea mayo;
no hay flor que a su rosicler
no tribute vasallaje.
Si aquesta es verdad, si es
dueño de aves y plantas
y de todo cuanto ve
el cielo en la tierra hermosa,
no la lisonjeo en ser
también yo su esclavo, amor;
pues a mi Inés me humillé,
pues me rendí a su hermosura
a voces confesaré,
diciendo con toda el alma
a los que amantes me ve:
"Pastores de Manzanares,
yo me muero por Inés,
cortesana en el aseo,
labradora en guardar fe."

Sale BRITO, de camino

BRITO: Déla vuestra alteza a Brito,
príncipe, a besar sus pies.
PRÍNCIPE: Brito, seas bien venido.
¿Cómo dejas a mi bien?
BRITO: Déjame alentar un poco
y luego te lo diré,
que aun no pienso que he llegado,
que un rocín de Lucifer
que el portugués llama posta,
que jebao llama el francés,
y el bridón napolitano
algunas veces corsier,
de tan altos pensamientos,
que en subiendo encima de él,
anda a coces con el sol
y a cabezada después,
me trae sin tripas, que todas
se me han subido a la nuez,
a hacer gárgaras con ellas,
sin lo que toca al borrén
que viene haciéndose ruedas
de salmón.
PRÍNCIPE: Calla, no des
suspensión a mi cuidado
sino, dime, ¿cómo fue
tu viaje? Cuenta, Brito,
que ya deseo saber
nuevas de mi hermosa prenda.
Habla, Brito.
BRITO: Bueno, a fe,
para contarlo quedamos
solos los dos.
PRÍNCIPE: Dices bien.
Condestable, despejad;
y a estos músicos les den,
cuando no por forasteros,
porque han celebrado a Inés,
mil escudos.
CONDESTABLE: Despejad.
PRÍNCIPE: Id con Dios.
MÚSICO 1: El cielo dé
a vuestra alteza, señor,
un siglo de vida, amén.
PRÍNCIPE: Id con Dios.
MÚSICO 1: ¡Qué gran valor!
MÚSICO 2: ¡Qué cordura!
MÚSICO 1: Octavio, ven.
No es señor quien señor nace,
sino quien lo sabe ser.

Vanse los MÚSICOS y el CONDESTABLE

PRÍNCIPE: Ya, Brito, quedamos solos;
dime, ¿cómo queda Inés?
¿Cómo la dejaste, Brito?
Responde presto.
BRITO: A perder
el sentido cada instante
que entre tus brazos no esté.
PRÍNCIPE: ¿Y Alonso y Dionís?
BRITO: El uno
es jazmín y otro clavel,
y cada cual es retrato
de los dos.
PRÍNCIPE: Has dicho bien;
prosigue, prosigue, Brito.
BRITO: Oye y te la pintaré
si de tanta beldad puede
ser una lengua pincel.

Llegué a Coímbra apenas
ayer, cuando al blasón de sus almenas
a un tiempo hicieron salva
los músicos de cámara del alba,
el sol, y luego el día,
y primero que todos mi alegría.
Guié los paso luego
a la quinta, Narciso del Mondego,
que guarda en dulce empeño
la beldad soberana de tu dueño,
cuando, dando al Aurora
celos, el sol parece que enamora
el oriente divino
de Inés, sol para el sol más peregrino.
que aun no he llegado creo,
piso el umbral y en el zaguán me apeo.
(Que gustan los amantes Aparte
que les vayan contando por instantes,
por puntos, por momentos,
las dichas de sus altos pensamientos,
que brevemente dichas
no les parece que parecen dichas).
Al fin al cuarto llego,
alborozado, sin aliento, y luego
a las cerradas puertas,
sólo a tu amor eternamente abiertas,
dos veces toco en vano,
que en este oriente aun era muy temprano;
si bien tu hermoso dueño,
rendida a su cuidado más que al sueño,
voces dio a las crïadas,
menos de mi venida alborozadas.
Perdóneme Violante,
a quien más debe el sueño que su amante,
mas yo, como es mi vida,
la quiero bien dormida y bien vestida,
esté ausente o presente
porque mi amor es menos penitente.
PRÍNCIPE: Pasa, Brito, adelante
y con mi amor no mezcles a Violante,
ni burlas con mis veras,
que espero nuevas de mi bien.
BRITO: Esperas
las que siempre procuro
yo traerte, ¡vive Dios! Al fin el muro,
el oriente dorado
de aquel sol, de aquel cielo, franqueado,
sin reparo ninguno,
corro los aposentos uno a uno
y no paro hasta donde
está la esfera que tu sol esconde;
su amor me desalumbra,
y sin la permisión que se acostumbra,
verla y hablarla trato,
que el alborozo precedió al recato.
Entro, al fin, sin sentido,
y en el dorado tálamo que ha sido
teatro venturoso
más de tu amor que del común reposo,
amaneciendo entonces
y enamorando mármoles y bronces,
los ojos en estrellas,
en nieve y nácar las mejillas bellas,
en claveles la boca,
la frente y manos en cristal de roca,
en rayos los cabellos,
entre Alonso y Dionís, tus hijos bellos,
asidos a porfía
--por maternal terneza o compañía--
del cuello de alabastro,
deidad admiro a doña Inés de Castro;

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