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Хуан Перес де Монтальбан. Монахиня Альферес. Juan Perez de Montalbаn. LA MONJA ALFÉREZ


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en esa parte seréis
su esposo?
DIEGO: ¿Cómo podéis,
donde en vuestro mismo hecho
vos no valéis por testigo?
GUZMÁN: Pues si es imposible hagamos,
porque el caso resolvamos,
un contrato: yo me obligo
si no os satisfago, a daros
por libre de que os caséis,
con que vos os obliguéis
si os satisfago, a casaros,
con que guardéis un secreto
que de vuestro valor fío,
¿lo guardaréis como mío?
DIEGO: Como quien soy lo prometo.
GUZMÁN: Sabed, pues, don Diego amigo,
que yo soy mujer.
DIEGO: ¿Mujer?
Valor que supo vencer
en campaña al enemigo
tantas veces, que aun excede
el crédito a la opinión,
y esperanza del varón
más valiente, ¿cómo puede
ser hijo del frágil pecho
de una mujeril flaqueza?
Y ya que naturaleza
tan gran milagro haya echo,
¿cómo se pudo encubrir
tanto tiempo, o qué ocasión
en el traje de varón
os ha obligado a servir
en la guerra? Y si adoráis
a doña Ana, ¿he de creer
que amáis siendo mujer,
otra mujer? No queráis
acreditar imposibles.
GUZMÁN: Mi , y las ocasiones
de tales transformaciones,
y casos tan increíbles
con atención escuchad,
que en ellas conoceréis
de la novedad que veis
el engaño, o la verdad.
En San Sebastián, que es villa
en la provincia soberbia
vizcaína, la más rica,
a quien el mar lisonjea;
pues que llega a sus murallas
a contribüir las perlas,
si bien de las olas se hacen,
y olas después quedan hechas,
nací, don Diego. Mas ¿cómo
te podrá decir mi lengua,
que nací mujer? Perdone
mi valor tan grave ofensa.
Nací mujer en efecto,
de antigua y noble ascendencia.
Es mi nombre Catalina
Arauso, que mi nobleza
me dio este noble apellido,
bien conocido en mi tierra.
En la edad, pues, si se escucha,
que es cuando la lengua apenas
dicciones distintas forma,
juzgaba naturaleza
violenta en mí, pues desnuda
de la mujeril flaqueza
en acciones varoniles
me ocupaba, haciendo afrenta
a Palas, cuando vio a Venus
pasar los muros de Grecia.
La labor que es ejercicio
de la más noble doncella,
la trocaba por espada,
las cajas y las trompetas
me daban mayores gustos,
que las músicas compuestas.
Pero mis padres mirando
en mi condición tan fiera,
en un convento, que es freno
de semejantes soberbias,
me metieron. Ay, don Diego,
¿quién explicarte pudiera
la rabia, el furor, la ira,
que en mi corazón se engendra
en ocasión semejante?
Mas remito estas certezas
a las violentas acciones
que has visto en mí en esta tierra.
Once meses, y once siglos
pasé allí mi resistencia,
casi a imitación del fuego,
cuando le oprime la tierra.
Mas viendo que se llegaba
la ocasión, en que era fuerza
hacer justa profesión
ayudada de tinieblas,
y femeniles descuidos,
dejé la clausura honesta,
quiero decir el convento,
y penetrando asperezas,
montes descubriendo, y valles,
troqué el vestido, que alientan
las desdichas con venturas,
cuando los males comienzan.
Llegué a la corte, y don Juan
Idiáquez, que entonces era
Presidente, conociendo
mi vizcaína nobleza,
teniéndome por varón,
por paje me admite, a fuerza
de peticiones que hice
para obligar su grandeza.
Supo todo esto mi padre.
Vine a Madrid más resuelta,
y animosa, a Madrid trueco
por Pamplona, ciudad bella.
A Don Carlos de Arellano
serví en ella, mas la ofensa
de un caballero atrevido,
a quien di muerte sangrienta,
me ausentó de ella; partí
a la ciudad a quien besa
el Betis los altos muros,
Sevilla al fin, real palestra
de los que siguen a Marte;
al fin seguí a Marte en ella.
En la Armada me embarqué
indiana, llegué a la tierra
que a España la fertiliza
de oro que cría en sus venas.
Hubo con el araucano
soberbio sangrienta guerra;
halléme en ella, mostré
el valor que en mí se encierra
yo sola en la escaramuza
que vi trabada primera,
maté…, mas esta alabanza
díganlo bocas ajenas,
que yo no te diré más
de que en la ocasión primera
me dio don Diego Sarabia
de sargento la jineta,
y después no pasó mucho,
me honraron con la bandera
que honró a Gonzalo Rodríguez,
muerto a las manos soberbias
de bárbaros araucanos,
puesto que su muerte cuesta
muchas vidas a los indios,
y a mí heridas inmensas,
que en mi pecho, si las miras,
te darán clara evidencia.
Puse en el rostro la mano
de un caballero, y fue fuerza
venirme a Lima, don Diego,
adonde doña Ana bella,
juzgándome por varón,
amor y afición me muestra.
Gocé un año sus favores,
y al cabo de él representa
vuestro amor el sentimiento
y de que yo la adore y quiera.
Dejé a Lima, fuime al Puerto,
para que vos con mi ausencia
gozásedes más favores,
aunque aquella noche mesma
la volví a ver, y esta vista
fue causa que vuestra sea,
con el engaño, don Diego,
que vos sabéis, mas no es ésta
ocasión de dilatar,
lo que mi razón intenta.
A Lima he vuelto obligada
de mi desdichada estrella,
que en impulsos de mi espada
tiene sus acciones puestas.
Tres años ha que este caso
sucedió y ella me ruega,
como a causa de este error,
y principio de esta pena,
que por su honor vuelva, y mire;
aquesta es forzosa deuda
en mí, pues que di ocasión
a que su honor se perdiera.
Vos lo podéis remediar,
y lo habéis de hacer por fuerza
cuando no queráis de grado;
y advertid, que no os parezca
porque soy mujer, don Diego,
que no alcanzaré esta empresa.
Que vive Dios que primero
el Sol dejará a la tierra,
a las arenas el mar,
las aves la región fresca,
la tierra a las verdes plantas,
el fuego su altiva esfera,
que vos podáis eximiros
de pagar tan justa deuda,
pues la razón os obliga
cuando mi valor os ruega.

DIEGO: Yo quedo de verdad tan prodigiosa,
por las señas del rostro satisfecho,
pues ya la barba en él era forzosa,
mas don Juan, secretario de mi pecho,
Inés, criada de doña Ana hermosa,
Machín, privanza vuestra, son del hecho
testigos, y es preciso darles cuenta
de esta verdad para evitar mi afrenta,
si tengo de casarme.
GUZMÁN: No lo niego
y de doña Ana el bien me solicita,
mas publicar que soy mujer, don Diego,
primero moriré que lo permita.

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