seguridad, y con esto
me dispuse lo más presto,
que pude venirte a ver.
Éstos han sido los pasos
de mi ausencia, y mis enojos
y la gloria de tus ojos
me han impedido estos casos.
Cuenta ahora confïada
los tuyos, pues ofrecida
tengo a tu gusto la vida,
y a tu defensa la espada.
ANA: Después que de la ventana
me aparté, Guzmán, y muertas
las luces, mi casa toda
ocuparon las tinieblas.
A cumplir lo concertado
contigo, volví a la puerta
de la calle, abrí, y dos hombres
hallé parados en ella.
Tú y Machín, érades dos;
¿quien recelarse pudiera,
si en número conforman,
y en aguardarme concuerdan?
Dame la mano, y los dos
me seguid, dije, y apenas
lo pronunciaron mis labios,
cuando tan callados llegan.
Me dan la mano, y me siguen,
que si mil causas tuviera
de recelarme, esto sólo
desmintiera las sospechas.
Mientras las confusas sombras,
hasta mi cuarto penetran;
la obscuridad, y el silencio
sus engaños lisonjean.
A mi retrete llegamos,
cierro muy quedo la puerta,
y el que tengo por mi dueño
dentro conmigo se queda,
dejando al que imaginaba
que era tu crïado, fuera
con Inés, por darla a solas
a nuestro amor más licencia.
El traidor nada cobarde,
las persuasiones empieza,
por las obras, y a las manos
da el oficio de la lengua.
Es verdad que me tenía
el amor tuyo tan ciega,
que fuera en mi rendimiento
fingida la resistencia.
Mas al abrazo primero,
su persona corpulenta,
de la tuya delicada
me ofreció la diferencia;
y para certificarme,
tócole el rostro, y las señas
varoniles, hallo en él,
que tu poca edad te niega.
Entonces, ay desdichada,
cada vez que se me acuerda,
entre nuevas turbaciones,
faltan al pecho las fuerzas,
como a la mísera nave
en la confusa tormenta,
mortal naufragio amenazan,
ya las olas, ya las peñas,
encontrados pareceres
me animan, y me refrenan,
cada vez más afligida,
cada vez menos resuelta.
Si me doy por entendida
del engaño ha de ser fuerza
resistir, aunque aventure
la vida en la resistencia,
que rendirme, confesando
que no le conozco, fuera
consintiendo mi deshonra,
confesarle mi flaqueza.
Si resisto, si doy voces,
si llamo mi padre, es cierta,
como su agravio, mi muerte,
como su culpa, mi afrenta.
Demás que en su edad caduca,
y en sus ya débiles fuerzas,
dos hombres, cuya osadía
se conoce en lo que intentan.
¿Qué muerte no ejecutaran?
Y más donde las tinieblas
facilitan su delito,
y aseguran su defensa.
Al fin tras discursos varios,
si discurre quien se anega,
y camina quien sin luz
tropieza en troncos, y peñas.
Por menor daño tuvieron
mis temores que me hiciera,
no entendida del engaño,
que entendida de la ofensa,
que no pudiendo vengarla,
pierde menos quien se muestra,
ignorante con disculpa,
que sentido con afrenta.
Y así para dar color
de virtud a mi flaqueza,
mintiendo amorosos gustos,
fingiendo palabras tiernas,
y llamándole mi esposo,
legitimé la licencia
de entregarle de mi honor
la posesión que desea.
Mas como aquel que a la orilla
del hondo lago forceja,
con las humicidas aguas
entre la muerte conserva
el cuidado de la vida,
y un junco, o rama pequeña,
ansioso prende, librando
el postrer remedio en ella.
Así yo entre las congojas,
entre las ansias, y penas
de la muerte de mi honor
al agresor de mi afrenta,
para poder conocerlo,
para señal de la deuda,
para testigo del daño,
quitar procuré una prenda.
La turbación, el recato,
y el temor de que entendiera
mi intención, no permitieron
más curiosa diligencia
de la que bastó a quitarle
unos guantes, porque es fuerza
contentarse con la suerte,
donde la elección se niega.
Mas por aumentar mis males
te obligó mi suerte adversa
a ausentarte de este reino
antes que a verme volvieras,
siendo el silencio forzoso
hasta verte, porque fueran
tres siglos de infierno mío
los tres aþos de tu ausencia.
Muéstrale los guantes
Éstos, Guzmán, son los guantes,
si concerlos confiesas,
y del donatario aleve,
a quien los distes te acuerdas;
si no pretendes sufriendo
tan claro agravio, que entienda
que fuiste cómplice injusto
de su engaño, y de mi afrenta
su castigo, mi remedio,
y tu venganza prevenga
tu valor, que nunca supo
sufrir livianas ofensas,
pues fue ladrón de tu gloria,
y causador de mi pena,
y siendo yo tuya, corren
mis agravios por tu cuenta.
GUZMÁN: (Don Diego sin duda fue Aparte
el agresor, bien lo prueban
los guantes, y ser amante
de doña Ana, que ni fuera
de su puerta, y de su calle
a tal hora centinela,
ni emprendiera tal exceso,
sino que amor le tuviera,
y si supo que me hacía
a mí el agravio, me fuerza
más que a remediar el daño,
a vengarme de la ofensa.)
Doña Ana, sola una cosa,
para que el modo resuelva
del remedio, o la venganza,
es forzoso que me adviertas.
¿Nombrásteme aquella noche?
¿El ladrón de tu belleza
pudo entender que era yo
a quien hurtaba tus prendas?
ANA: No me acuerdo, si primero
que el engaño conociera
te nombré, que como estaba
de tan gran traición ajena,
quitó la seguridad
como el cuidado a la lengua,
la atención a la memoria.
Pero después, yo estoy cierta,
de que tu nombre oculté,
y con la misma advertencia,
Inés, en desconociendo
el compañero, refrena
los labios, no sé si fue
de medrosa, o de discreta.
GUZMÁN: Dame los guantes, y fía,
que han de faltar las estrellas
a la noche, luz al sol,
agua al mar, centro a la tierra,
o has de ver, aunque al traidor
el mismo infierno defienda,
su castigo ejecutado,
o tu opinión satisfecha.
Dale los guantes
ANA: Dime, ¿quién es mi enemigo?
GUZMÁN: Primero quiero que sepas
de mi valor el efecto
que el causador de tu afrenta,
porque según lo deseo,
de ti misma se recela
mi pecho, y la confïanza
de este secreto te niega,
porque no llegue primero
que la ejecución, la nueva
de mi enojo, a los oídos
de quien vengarte deseas.
ANA: Prevención es de tu amor,
y de tu valor fineza.
GUZMÁN: Mas debo a la confïanza
con que tu honor me encomiendas.
Vanse y salen don DIEGO y don JUAN
JUAN: Tanto admiro que constante
tres años la hayáis querido,
como que no hayáis podido
descubrir quién fue el amante


















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