que es muy fácil de alcanzar.
SEBASTIÁN: ¿Cuál es?
GUZMÁN: Que me consienta
andar siempre de varón,
que con esta permisión
quedo pagada, y contenta.
SEBASTIÁN: Pues sin tenerla te pones
en su traje, ¿qué te inquieta?
GUZMÁN: No quiero vivir sujeta
a enfados, y vejaciones.
SEBASTIÁN: Por advertido me doy,
mas trata de prevenirte,
que es hora ya de partirte,
que en casa el Vizconde voy.
Vase, y sale don JUAN, doña ANA, e INÉS
con mantos
JUAN: Aquí está; Alférez Guzmán,
bien debéis a mi deseo
los brazos.
MACHÍN: ¿Qué es lo que veo?
¿Es Inés?
GUZMÁN: Señor don Juan,
¿tenéis salud?
JUAN: Bueno estoy
para serviros.
GUZMÁN: ¿Don Diego?
JUAN: A buscaros vendrá luego.
MACHÍN: Inés, los brazos te doy.
INÉS: ¿Cómo te llegas a mí,
testigo falso?
MACHÍN: Un crïado,
¿qué ha de hacer siendo mandado?
ANA: Guzmán, ¿conoceisme?
GUZMÁN: Sí,
bien te conozco, doña Ana.
ANA: ¿Pues cómo tu falso pecho,
si me conoces, ha hecho
una acción tan inhumana
contra mi honor, y opinión,
negando claras verdades?
¿Por dicha te persüades,
que no hay ley, que no hay razón?
¿Que no hay Dios? ¿Que no hay justicia,
para haber ejecutado?
¿En qué intento te ha obligado
tan detestable malicia?
¿Verdad tan averiguada,
no la dirán los que ves
que la saben? Habla, Inés;
habla, Machín.
MACHÍN: No sé nada.
ANA: ¡Ah, traidor! ¡Falso testigo!
Mal haya yo, que mujer
nací, para no poder
dar a entrambos el castigo.
INÉS: Ahora no me decías
disculpándote, ¿un crïado,
qué ha de hacer siendo mandado?
MACHÍN: No sé nada.
GUZMÁN: Tus porfías,
no han de hacer mudanza en mí,
que aunque tu mal me lastima,
lo mismo que dije en Lima,
te digo, doña Ana, aquí.
ANA: ¿Es posible que de Dios
te puedes tanto olvidar?
JUAN: (¿Quién podrá determinar Aparte
cuál miente aquí de los dos?
Pero don Diego ha llegado.)
MACHÍN: (Gracias a Dios, que esta vez Aparte
se acabará la preñez
de engaño tan dilatado.)
ANA: (Éste es don Diego: ojalá Aparte
vengue este infame pecho
su agravio, y mi deshonor.)
GUZMÁN: (Ya se cumplió mi deseo.) Aparte
Sale don DIEGO
DIEGO: Ya estoy, con ver la ocasión
de tantos daños, ardiendo
en cólera, pero quiso
que fuese mujer el cielo,
porque no pueda vengarme.
Doña Ana está aquí, y me huelgo,
por dejarla satisfecha.
MACHÍN: (El color pierden, ¿qué es esto?) Aparte
DIEGO: Porque me dijo el Vizconde
que tenéis que hablarme, vengo
a hacerlo, Alférez.
GUZMÁN: Sintiera
en el alma irme sin veros.
DIEGO: Hablad, pues que ya os escucho.
GUZMÁN: ¿Tenéis memoria, don Diego,
que para descubriros
que era mujer el secreto
prometisteis como noble?
DIEGO: Sí prometí, bien me acuerdo.
GUZMÁN: ¿Pues cómo lo quebrantastes?
DIEGO: Por daros vida.
GUZMÁN: El celo
de librarme, no era justo
que os obligase a romperlo,
habiéndoos yo prevenido,
que sintiera mucho menos
la muerte, que publicar
que era mujer; y así viendo
que a descrubrirlo os movió
de casaros el deseo,
quise con aquel engaño
impediros el efecto,
y el fruto que conseguir
pensastes de haberlo hecho.
Hasta que viéndome libre
de prisiones, y volviendo
a vestir varonil traje,
y a ceñir marcial acero,
de los agravios, afrentas,
infamias, y vituperios,
que desde entonces acá
he padecido, y padezco,
por haberme vos guardado
la palabra del secreto,
tomará así la venganza,
y os dará justo escarmiento.
Dale a don DIEGO con un bastón, y sacan las
espadas
DIEGO: ¡Ah, vil!
MACHÍN: ¿No lo dije yo?
ANA: ¡Ay de mí!
Métese don JUAN de por medio
JUAN: ¿Qué hacéis, don Diego?
DIEGO: Castigar una mujer
atrevida.
JUAN: Si vos mesmo
decís que es mujer, ¿qué afrenta
una mujer os ha hecho?
GUZMÁN: Mentís, que no soy mujer
mientras empuño este acero,
que ha vencido tantos hombres.
DIEGO: Apartad, don Juan.
Sale el VIZCONDE de Zolina de camino, y
SEBASTIÁN de Ylumbe
VIZCONDE: ¿Qué es esto?
Señor don Diego, aguardad,
¿Sois hombre? ¿Sois caballero?
¿Contra una mujer sacáis
la espada?
DIEGO: En nadie la empleo
mejor que en una mujer,
cuando me pierde el respeto.
VIZCONDE: Acabad, sed más prudente,
que aunque os lo pierda, os advierto,
que si os dais por agraviado,
no quedaréis satisfecho,
aunque la muerte le deis,
que es mujer, y es caso cierto,
que es más afrenta que hazaña
manchar en ella el acero.
GUZMÁN: ¿Que es mujer? ¡Tanta mujer!
Tratadme, Vizconde, menos
de mujer, que perderé
sobre ello, al mundo respeto.
VIZCONDE: Si lo eres, ¿de qué te agravias?
GUZMÁN: Si lo soy, ni lo confieso,
ni quiero sufrir que nadie
me lo llame, y vos, don Diego,
pues padezco estas afrentas
por vos, ni de lo que he hecho
me pesa, ni soy mujer,
si queréis satisfaceros.
SEBASTIÁN: ¡Hay condición tan extraña!
ANA: ¿Qué tigre te dio alimento,
que a la que tanto debes
tantos agravios has hecho,
crüel?
GUZMÁN: Escucha, señora,
que pues mi agradecimiento,
y tu honor pudieron tanto
en mi pecho, que me hicieron,
sólo porque su sospecha
satisfaciese don Diego,
descubrir que era mujer,
cuando estaba tan secreto.
Ahora, puesto, doña Ana,
que es público, y hago menos
y que satisfice ya
mi enojo, y cesa con esto
la ocasión, porque mi engaño
le impidió tu casamiento,
mejor lo confesaré
por dar a tu honor remedio,
y no malograr fineza,
que tan a mi costa he hecho.
Y así, don Diego, ya es justo
restitüir lo que debo
a doña Ana, declarando,
que sólo cupo en su pecho
mi amor, y pues habéis visto
de negároslo el intento,
dadle la mano, que yo,
si acaso consiste en esto,
porque ni vos reparéis
en la ofensa que os he hecho,
ni ella, se case con quien
tenga el menor sentimiento.
Y para que efecto tenga
segunda vez os confieso,
que soy mujer, pues deshago,
y satisfago con esto
vuestro agravio, pues decís,
que soy mujer, es lo mesmo,
que confesar que no pude
agraviaros, ni ofenderos.
Y si esto no os satisface,
haga mi agradecimiento
lo que no hiciera la muerte
en ese invencible pecho,
Arrodíllase
Tags: carta, Chile, cita, Espana, historia, inca, nota, pieza, verso


















Post a Comment