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. Tenía dentro, de aquel licor llamado ollí, de que ya se trató: estaba derretido como pez cuando la cuecen, salvo que aunque frío y helado no se torna a endurecer y en él había de todas semillas de las que usan y se mantienen los naturales, como era maíz blanco, negro, colorado y amarillo, y frijoles de muchos géneros y colores, chia, huautli y michhuautli, y ají de todas las suertes que podían haberlos que lo tenían a cargo, renovandole cada año a cierto tiempo. Estaba el ídolo el rostro al oriente. Hacíanle sacrificios de niños inocentes, cada año una vez, como en su lugar se dirá. No saben dar razón [de] quién lo labró, ni por qué lo adoraban por dios de los temporales, más de que por algunas inteligencias hay sospechas que lo hicieron un género de gentes que llamaron tulteca, que hubo antiguamente en esta tierra, que se despoblaron de ella muchos años antes que los chichimecas la tornasen a poblar. Dicen que Nezahualcoyotzin por reverencia de este ídolo hizo el otro de que se ha tratado, poniéndolo en el cu y templo principal de esta ciudad, en compañía de Huitzilopuchtli que Nezahualpitzintli, su sucesor, por mejorar al ídolo de piedra que estaba en el monte, mandó hacer otro mayor, de piedra negra y más dura y pesada, de la grandeza y estatura de un cuerpo humano, y quitar el antiguo y poner éste en su lugar. Y que andando el tiempo fue echo pedazos por un rayo que dio en él, y atribuyéndolo a milagro, tornaron a poner el otro antiguo, desenterrándolo de donde lo tenían enterrado cerca de allí; y a éste hallaron en tiempo de don fray Juan Zumárraga, primer arzobispo de México, pegado el un brazo con tres gruesos clavos de oro y uno de cobre: que haciéndolo pedazos por su mandado se los quitaron. En lo que toca a sus ceremonias y sacrificios, lo que se ha podido sacar de raíz, investigando la verdad de ello, es que el sacrificio de hombres a estos ídolos, que fue invención de los mexicanos en esta manera: que después que los señores chichimecas de Azcapotzalco los dejaron asentar y poblar adonde ahora es la ciudad de México, con título de sus vasallos, andando el tiempo y emparentándose con hombres principales y señores de la tierra, por causas que en sus historias se cuentan, se rebelaron contra sus señores, y de tal manera, que tomando las armas contra ellos, en poco tiempo los sojuzgaron, y que por honrar más a sus ídolos los hicieron sacrificios de nombres, de los que en la prosecución de esta guerra y rebelión prendían, en señal y agradecimiento de sus victorias, para tenellos más gratos y favorables, pareciendoles que ningún sacrificio les sería más apacible que de aquellas cosas que más valor y estimación tuviesen; y como ninguna cosa sea de tanto precio como el hombre, y más si es habido y preso en guerra con tantos trabajos y riesgos como en ella hay, determinaron de hacerle sacrificio de ellos, y aunque entonces fue con moderación, después creció como fue creciendo su potencia, hasta venir a tanta ceguedad y error como en el que estaban al tiempo que los primeros conquistadores vinieron a esta tierra; que pluguiera a Nuestro Señor fuera ochenta años antes, por en aquel tiempo aún no había memoria de esta diabólica invención; de manera que a imitación de los mexicanos se introdujo en toda esta tierra, a lo menos en esta ciudad y en Tlacuba, Chalco y Huextitzinco y Tlaxcalla.

El modo y orden que en esto tenían era que los enemigos que en la guerra podían matar no los mataban, antes los tomaban vivos y traían presos a fin de sacrificallos, y por otras muchas razones y respetos, de que se les seguía mucho provecho, honra y fama. Los días de sus sacrificios eran solamente los días de fiesta, y para esto es de saber que tenían en cada un año diez y ocho fiestas, y todas ellas diferentes, en que honraban diversos ídolos, de suerte que en cada un año no se solemnizaba más que una vez cada fiesta, aunque es verdad que tenían unas por más principales y de más dignidad que las otras, especialmente de los tres ídolos de que se ha tratado, que a ellos hacían grandes y señalados sacrificios de todo género de prisioneros, y especialmente el día de la fiesta de otro ídolo que se llamaba Xipe, que era como dios de las guerras, al cual sacrificaban los más valientes prisioneros, a fin de tener famosos a los que los prendieron, con diferente solemnidad que la de los otros sacrificios ordinarios de que adelante se tratará. Finalmente, que allegado el día y fiesta de Tezcatlipoca, que ellos llamaban tochcatl, sacrificaban en su templo todos los prisioneros que habían recogido de toda suerte, edad sexo, excepto los que como esforzados eran reservados para el día del ídolo Xipe, que por otro nombre llamaban Tlatluhquitezcatl, que es tanto como decir Espejo bermejo o encendido. Degollábanlos con un pedernal agudo por los pechos sobre la piedra llamada techcatl, poniéndolos sobre ella de espaldas; y cargando cinco o seis hombres de la cabeza, brazos piernas hacia el suelo, tumbaba el pecho y estómago hacia arriba, y así un sacerdote de los que para esto estaban diputados y en servicio del demonio, el más principal, que se llamaba Quetzalcohuatl, lo abría con facilidad de la una tetilla a la otra, y lo primero que hacía era sacalle el corazón, el cual palpitando lo arrojaba a los pies del ídolo, y sin reverencia ni modo comedido; tras esto entregaba luego el cuerpo al dueño que se entiende al que lo había prendido, y por esta orden sacrificaban todos; y los que había para el sacrificio de aquel día acabados, los demás sacerdotes recogían todos los corazones, y después de cocidos se los comían, de suerte que este miembro tan principal en las entrañas del hombre estaba diputado para estos sacerdotes servidores del demonio; y por esta propia orden sacrificaban al ídolo Huitzilopuchtli cuando llegaba el día de su fiesta; y los cuerpos, después que los llevaban sus dueños, los hacían pedazos, y cocidos en grandes ollas, los enviaban por toda la ciudad y por todos los pueblos comarcanos, hasta que no quedase cosa, en muy pequenos pedazos, que cada uno no tenía media onza, en presente a los caciques, señores y principales y mayordomos, y a mercaderes, y a todo género de hombres ricos de quien entendían sacar algún interés, sin que se averiguase que para ellos dejasen cosa ninguna de él para comer, porque les era prohibido, salvo los huesos, que se les quedaban por trofeo y señal de su esfuerzo y valentía, poniéndolos en su casa en parte donde los que entrasen los pudiesen ver. Dábanles aquellos a quien se presentaba cada un pedacito de esta carne, mantas, camisas, nahuas, plumas ricas, piedras preciosas, esclavos, maíz, bezotes y orejeras de oro, rodelas, vestimentas y arreos de guerra, cada uno como le parecía o podía, no tanto por que tuviese algún valor aquella carne, pues muchos no la comían, cuanto por premio del valiente que se la enviaba, con que quedaban ricos y prósperos.

El otro ídolo Tlaloc, que era el sacrificio de que le hacían muy diferente de estotros, porque llegado el día de su fiesta, que comúnmente era por el mes de mayo, según que se coligió de su cuenta, recogían diez o quince niños inocentes, de hasta siete u ocho años de edad, esclavos, que los daban los señores personas ricas por ofrenda para este efecto, y los llevaban al monte donde el ídolo de piedra estaba, y allí con un pedernal agudo los degollaba un sacerdote, o carnicero por mejor decir, que estaba elegido para el servicio de este demonio, y degollados por la garganta, los echaban en una caverna abertura natural que había en unas peñas junto al ídolo, muy escura y profunda, sin hacer otra fiesta ni ceremonia.

Juan Bautista Pomar. Relación de Tezcoco
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