De su crimen feroz la carga horrenda!
¡Los árboles temblaban, y en su pecho
Huesoso, los seis ojos espantados
De los pálidos niños, seis estrellas
Para guiar al padre iluminadas,
Por el reino del crimen, parecían!
¡Ve, bravo! ¡Ve, gigante! ¡Ve, amoroso
Loco! ¡y las venenosas zarzas pisa
Que roen como tósigos las plantas
Del criminal, en el dominio lóbrego
Donde andan sin cesar los asesinos!
¡Ve! - ¡que las seis estrellas luminosas
Te seguirán, y te guiarán, y ayuda
A tus hombros darán cuantos hubieren
Bebido el vino amargo de la vida!
FLORES DEL CIELO
Leí estos dos versos de Ronsard:
“Je vous envoye un bouquet que ma main
Vient de trier de ces fleurs épanouies,”
y escribí esto:
¿Flores? ¡No quiero flores! ¡Las del cielo
Quisiera yo segar!
¡Cruja, cual falda
De monte roto, esta cansada veste
Que me encinta y engrilla con sus miembros
Como con sierpes, y en mi alma sacian
Su hambre, y asoman a la cueva lóbrega
Donde mora mi espíritu, su negra
Cabeza, y boca roja y sonriente!
¡Caiga, como un encanto, este tejido
Enmarañado de raíces! ¡Surjan
Donde mis brazos alas, y parezca
Que, al ascender por la solemne atmósfera,
De mis ojos, del mundo a que van llenos,
Ríos de luz sobre los hombres rueden!
Y huelguen por los húmedos jardines
Bardos tibios segando florecillas.
Yo, pálido de amor, de pie en las sombras,
Envuelto en gigantesca vestidura
De lumbre astral, en mi jardín, el cielo,
Un ramo haré magnífico de estrellas.
¡No temblará de asir la luz mi mano!
Y buscaré, donde las nubes duermen,
Amada, y en su seno la más viva
Le prenderé, y esparciré las otras
Por su áurea y vaporosa cabellera.
COPA CICLÓPEA
El Sol alumbra: ya en los aires miro
La copa amarga: ya mis labios tiemblan,
No de temor, que prostituye, ¡de ira!…
¡El Universo, en las mañanas alza
Medio dormido aún de un dulce sueño
En las manos la Tierra perezosa,
Copa inmortal, en donde
Hierven al sol las fuerzas de la vida!?
¡Al niño triscador, al venturoso
De alma tibia y mediocre, a la fragante
Mujer que con los ojos desmayados
Abrirse ve en el aire extrañas rosas,
Iris la Tierra es, roto en colores,-?
Raudal que juvenece y rueda limpio
Por perfumado llano, y al retozo
Y al desmayo después plácido brinda!?
¡Y para mí, porque a los hombres amo
Y mi gusto y mi bien terco descuido,
La Tierra melancólica aparece
Sobre mi frente que la vida bate,
De lúgubre color inmenso yugo!
La frente encorvo, el cuello manso inclino
Y, con los labios apretados, muero.
POMONA
¡Oh ritmo de la carne, oh melodía,
Oh licor vigorante, oh filtro dulce
De la hechicera forma! ¡No hay milagro
En el cuento de Lázaro, si Cristo
Llevó a su tumba una mujer hermosa!
¿Qué soy, quién es, sino Memnón en donde
Toda la luz del Universo canta,
Y cauce humilde en el que van revueltas,
Las eternas corrientes de la vida?
Iba, como arroyuelo que cansado
De regar plantas ásperas fenece,
Y, de amor por el noble Sol, transido,
A su fuego con gozo se evapora:
Iba, cual jarra que el licor ligero
En el fermento rompe,
Y en silenciosos hilos abandona:
Iba, cual gladiador que sin combate
Del incólume escudo ampara el rostro
Y el cuerpo rinde en la ignorada arena.
… ¡Y súbito, las fuerzas juveniles
De un nuevo mar, el pecho rebosante
Hinchan y embargan, el cansado brío
Arde otra vez, y puebla el aire sano
Música suave y blando olor de mieles!
Porque a mis ojos los brazos olorosos
En armónico gesto alzó Pomona.
MEDIA NOCHE
¡Oh, qué vergüenza! El Sol ha iluminado
La Tierra; el amplio mar en sus entrañas
Nuevas columnas a sus naves rojas
Ha levantado; el monte, granos nuevos
Juntó en el curso del solemne día
A sus jaspes y breñas; en el vientre
De las aves y bestias nuevos hijos
Vida, que es forma, cobran; en las ramas
Las frutas de los árboles maduran;
¡ Y yo, mozo de gleba, he puesto sólo.
Mientras que el mundo gigantesco crece,
Mi jornal en las ollas de la casa!
¡Por Dios, que soy un vil! ¡No en vano el sueño
A mis pálidos ojos es negado!
¡No en vano por las calles titubeo
Ebrio de un vino amargo, cual quien busca
Fosa ignorada donde hundirse, y nadie
Su crimen grande y su ignominia sepa!
¡No en vano el corazón me tiembla ansioso
Como el pecho sin calma de un malvado!
¡El cielo, el cielo, con sus ojos de oro
Me mira, y ve mi cobardía, y lanza
Mi cuerpo fugitivo por la sombra
Como quien loco y desolado huye
De un vigilante que en sí mismo lleva!
¡La Tierra es soledad! ¡La luz se enfría!
¿Adónde iré que este volcán se apague?
¿Adónde iré que el vigilante duerma?
¡Oh, sed de amor! Oh, corazón prendado
De cuanto vivo el Universo habita:
Del gusanillo verde en que se trueca
La hoja del árbol; del rizado jaspe
En que las ondas de la mar se cuajan;
De los árboles presos, que a los ojos
Me sacan siempre lágrimas; del lindo
Bribón gentil que con los pies desnudos
En fango y nieve, diario o flor pregona.
¡Oh, corazón, que en el carnal vestido
No hierros de hacer oro, ni belfudos
Labios glotones y sensuosos mira,
Sino corazas de batalla; y hornos
Donde la vida universal fermenta!
¡ Y yo, pobre de mi!, ¡preso en mi jaula,
La gran batalla de los hombres miro!
HOMAGNO
Homagno sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.
“Máscara soy, mentira soy, decía;
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, ? ¡no son Homagno!
Mis ojos sólo, los mis caros ojos,
Que me revelan mi disfraz, son míos.
Queman, me queman, nunca duermen, oran,
Y en mi rostro los siento y en el cielo,
Y le cuentan de mí, y a mí dé- cuentan.
¿Por qué, por qué, para cargar en ellos
Un grano ruin de alpiste mal trojado
Talló el Creador mis colosales hombros?
Ando, pregunto, ruinas y cimientos
Vuelco y sacudo; a sorbos delirantes
En la Creación, la madre de mil pechos,
Las fuentes todas de la vida aspiro.
Con demencia amorosa su invisible
Cabeza con las secas manos mías
Acaricio y destrenzo; por la tierra
Me tiendo compungido, y los confusos
Pies, con mi llanto baño y con mis besos,
Y en medio de la noche, palpitante,
Con mis voraces ojos en el cráneo
Y en sus órbitas anchas encendidos,
Trémulo, en mí plegado, hambriento espero
Por si al próximo sol respuestas vienen.
Y a cada nueva luz, de igual enjuto
Modo y ruin, la vida me aparece,
Como gota de leche que en cansado
Pezón, al terco ordeño, titubea,
Como carga de hormiga, como taza
De agua añeja en la jaula de un jilguero”.
¡De mordidas y rotas, ramos de uvas
Estrujadas y negras, las ardientes
Manos del triste Homagno parecían!
Y la tierra en silencio, y una hermosa
Voz de mi corazón, me contestaron.
YUGO Y ESTRELLA
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
“Flor de mi seno, Homagno generoso,
De mí y de la Creación suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Este, es un yugo: quien lo acepta, goza.
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Esta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña,
Esta, que alumbra y mata, es una estrella.
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey torna a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, ¡crece!
¡Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo;
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón; cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!”
—Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
ISLA FAMOSA
Aquí estoy, solo estoy, despedazado.
Ruge el cielo; las nubes se aglomeran,
Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan.
Los vapores del mar la roca ciñen.
Sacra angustia y horror mis ojos comen.
¿A qué, Naturaleza embravecida,
A qué la estéril soledad en torno
De quien de ansia de amor rebosa y muere?
¿Dónde, Cristo sin cruz, los ojos pones?
¿Dónde, oh sombra enemiga, dónde el ara
Digna por fin de recibir mi frente?
¿En pro de quién derramaré mi vida?
Rasgóse el velo; por un tajo ameno
De claro azul, como en sus lienzos abre
Entre mazos de sombra Díaz famoso,
El hombre triste de la roca mira
En lindo campo tropical, galanes
Blancos, y Venus negras, de unas flores
Fétidas y fangosas coronados.
Danzando van; ¡a cada giro nuevo















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