!Dirige a Dios su plegaria
El que sabe una oración!
En esa tribulación
Gime olvidado del mundo,
Y el dolor es más projundo
Cuando no halla compasión.
698
En tan crueles pesadumbres,
En tan duro padecer,
Empezaba a encanecer
Después de muy pocos meses;
Alli lamenté mil veces
No haber aprendido a leer.
699
Viene primero el juror,
Después la melancolia;
En mi angustia no tenía
Otro alivio ni consuelo,
Sino regar aquel suelo
Con lágrimas noche y día.
700
!A visitar otros presos
Sus familias solían ir!
Naides me visitó a mí
Mientras estuve encerrado.
!Quien iba a costiarse allí
A ver a un desamparado!
701
!Bendito sea el carcelero
Que tiene buen corazón!
Yo sé que esta bendición
Pocos pueden alcanzarla,
Pues si tienen compasión
Su deber es ocultarla.
702
Jamás mi lengua podrá
Espresar cuanto he sufrido;
En ese encierro metido,
Llaves, paredes, cerrojos
Se graban tanto en los ojos
Que uno los ve hasta dormido.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
703
El mate no se permite;
No le permiten hablar;
No le permiten cantar
Para aliviar su dolor,
Y hasta el terrible rigor
De no dejarlo fumar.
704
La justicia es muy severa;
Suele rayar en crueldá:
Sufre el pobre que allí está
Calenturas y delirios,
Pues no esiste pior martirio
Que esa eterna soledá.
705
Conversamos con las rejas
Por solo el gusto de hablar,
Pero nos mandan callar
Y es preciso conformarnos;
Pues no se debe irritar
A quien puede castigarnos.
706
Sin poder decir palabra
Sufre en silencio sus males,
Y uno en condiciones tales,
Se convierte en animal,
Privao del don principal
Que Dios hizo a los mortales.
707
Yo no alcanzo a comprender
Por que motivo será
Que el preso privado está
De los dones más preciosos
Que el justo Dios bondadoso
Otorgó a la humanidá.
708
Pues que de todos los bienes,
En mi inorancia lo infiero,
Que le dió al hombre altanero
Su Divina Majestá,
La palabra es el primero,
El segundo es la amistá.
709
Y es muy severa la ley
Que, por un crimen o un vicio,
Somete al hombre a un suplicio
El más tremendo y atroz,
Privado de un beneficio
Que ha recebido de Dios
710
La soledá causa espanto;
El silencio causa horror;
Ese continuo terror
Es el tormento más duro,
Y en un presidio siguro
Está demás tal rigor.
711
Inora uno si de allí
Saldrá pa la sepoltura;
El que se halla en desventura
Busca a su lao otro ser,
Pues siempre es güeno tener
Companeros de amargura.
712
Otro más sabio podrá
Encontrar razón mejor;
Yo no soy rebuscador,
Y ésta me sirve de luz:
Se los dieron al Señor
Al clavarlo en una cruz.
713
Y en las projundas tinieblas
En que mi razón esiste,
Mi corazón se resiste
A ese tormento sin nombre,
Pues el honbre alegra al hombre
Y el hablar consuela al triste.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
714
Grábenlo como en la piedra
Cuanto he dicho en este canto,
Y, aunque yo he sufrido tanto,
Debo confesarlo aquí:
El hombre que manda allí
Es poco menos que un santo.
715
Y son güenos los demás
(A su ejemplo se manejan),
Pero por eso no dejan
Las cosas de ser tremendas;
Piensen todos y compriendan
El sentido de mis quejas.
716
Y guarden en su memoria
Con toda puntualidá
Lo que con tal claridá
Les acabo de decir:
Mucho tendran que sufrir
Si no creen en mi verdá
717
Y si atienden mis palabras
No habrá calabozos llenos;
Manejense como güenos;
No olviden esto jamás;
Aqui no hay razón de más;
Mas bien las puse de menos.
718
Y con esto me despido
(Todos han de perdonar):
Ninguna debe olvidar
La historia de un desgraciado.
Quien ha vivido encerrado
Poco tiene que contar.
EL HIJO SEGUNDO DE MARTIN FIERRO
XIII
719
Lo que les voy adecir
Ninguno lo ponga en duda:
Y aunque la cosa es peluda,
Hare la resolución;
Es ladino el corazón,
Pero la lengua no ayuda.
720
El rigor de las desdichas
Hemos soportado diez años,
Pelegrinando entre estraños,
Sin tener donde vivir,
Y obligados a sufrir
Una máquina de daños.
721
El que vive de ese modo
De todos es tributario;
Falta la cabeza primario
Y los hijos que él sustenta
Se dispersan como cuentas
Cuando se corta el rasario.
722
Yo anduve ansí como todos,
Hasta que al fin de sus días
Supo mi suerte una tía
Y me recogió a su lado;
Allí viví sosegado
Y de nada carecía.
723
No tenía cuidado alguno
Ni que trabajar tampoco,
Y como muchacho loco
Lo pasaba de holgazán;
Con razón dice el refrán
Que lo güeno dura poco.
724
En mí todo su cuidado
Y su cariño ponía;
Como a un hijo me quería
Con cariño verdadero,
Y me nombró de heredero
De los bienes que tenía.
725
El juez vino sin tardanza
Cuanto falleció la vieja.
“De los bienes que te deja”,
Me dijo, “yo he de cuidar:
Es un rodeo regular
Y dos majadas de ovejas”.
726
Era hombre de mucha labia,
Con mas leyes que un dotor,
Me dijo: “Vos sos menor,
Y por los años que tienes
No podés manejar bienes;
Voy a nombrarte un tutor.”
727
Tomó un recuento de todo,
Porque entendía su papel,
Y después que aquel pastel
Lo tuvo bien amasao,
Puso al frente un encargao,
Y a mí me llevó con el.
728
Muy pronto estuvo mi poncho
Lo mismo que cernidor;
El chiripá estaba pior,
Y aunque para el frio soy guapo
Ya no me quedaba un trapo
Ni pa el frío, ni pa el calor.
729
En tan triste desabrigo
Tras de un mes, iba otro mes;
Guardaba silencio el Juez,
La miseria me invadía,
Me acordaba de mi tía
Al verme en tal desnudez.
730
No se decir con fijeza
El tiempo que pasé allí;
Y despues de andar ansí
Como moro sin señor,
Pasé a poder del tutor
Que debia cuidar de mí.
XIV
731
Me llevó consigo un viejo
Que pronto mostró la hilacha,
Dejaba ver por la facha
Que era medio cimarrón,
Muy renegao, muy ladrón,
Y le llamaban Vizcacha.
732
Lo que el Juez iba buscando
Sospecho, y no me equivoco;
Pero este punto no toco
Ni su secreto aviriguo;
Mi tutor era un antiguo
De los que ya quedan pocos;
733
Viejo lleno de camándulas,
Con un empaque a lo toro,
Andaba siempre en un moro
Metido no sé en qué enriedos,
Con las patas como loro
De estribar entre los dedos.
734
Andaba rodiao de perros
Que eran todo su placer,
Jamas dejó de tener
Menos de media docena,
Mataba vacas ajenas
Para darles de comer.
735
Carniábamos noche a noche
Alguna res en el pago,
Y dejando alli el rezago
Alzaba en ancas el cuero,
Que se lo vendía a un pulpero
Por yerba, tabaco y trago.
736
!Ah!, viejo más comerciante
En mi vida lo he encontrado.
Con ese cuero robao
El arreglaba el pastel,
Y allí entre el pulpero y él,
Se estendía el certificao.
737
La echaba de comedido;
En las transquilas, lo viera,
Se ponía como una fiera
Si cortaban una oveja;
Pero de alzarse no deja
Un vellón o unas tijeras.
738
Una vez me dió una soba
Que me hizo pedir socorro,
Porque lastimé a un cachorro
En el rancho de unas vascas;
Y al irse se alzó unas guascas:
Para eso era como zorro,
739
“!Ahijuna!”, dije entre mí,
“Me has dao esta pesadumbre;
Ya verás; cuanto vislumbre
Una ocasión medio güena,
Te he quitar la costumbre
De cerdiar yeguas ajenas.”
740
Porque maté una vizcacha
Otra vez me reprendió;
Se lo vine a contar yo,
Y no bien se lo hube dicho:
“Ni me nuembres ese bicho”,
Me dijo, y se me enojó.
741
Al verlo tan irritao
Hallé prudente callar.
“Este me va a castigar”,
Dije entre mí, “si se agravia.”
Ya vi que les tenía rabia,
Y no las volví a nombrar.
742
Una tarde halló una punta
De yeguas medio bichocas;
Despues que voltió unas pocas,
Las cerdiaba con empeño:
Yo vide venir al dueño,
Pero me callé la boca.
743
El hombre venía jurioso
Y nos cayó como un rayo;
Se descolgó del caballo
Revoliando el arriador,
Y lo cruzó de un lazazo
Ahi no más a mi tutor.
744
No atinaba don Vizcacha
A qué lado disparar,
Hasta que logró montar,
Y, de miedo del chicote,
Se lo apretó hasta el cogote,
Sin pararse a contestar.
745
Ustedes creerán tal vez
Que el viejo se curaría…
No, señores, lo que hacía,
Con mas cuidao dende entonces,
Era maniarlas de día
Para cerdiar a la noche.
746
Ese jué el hombre que estuvo
Encargao de mi destino;
Siempre anduvo en mal camino,
Y todo aquel vecindario
Decía que era un perdulario,
Insufrible de dañino.
747
Cuando el juez me lo nombró,
Al dármelo de tutor,
Me dijo que era un señor
El que me debía cuidar,
Enseñarme a trabajar
Y darme la educación.
748
!Pero que había de aprender
Al lao de ese viejo paco;
Que vivía como un chuncaco
En los bañaos, como el tero;
Un haragán, un ratero,
Y más chillón que un varraco.
749
Tampoco tenía más bienes
Ni propiedad conocida
Que una carreta podrida,
Y las paredes sin techo
De un rancho medio deshecho
Que le servía de guarida.
750
Después de las trasnochadas
Allí venía a descansar;
Yo desiaba aviriguar
Lo que tuviera escondido,
Pero nunca había podido,
Pues no me dejaba entrar.
751
Yo tenía unas jergas viejas,
Que habian sido mas peludas;
Y con mis carnes desnudas,
El viejo, que era una fiera,
Me hechaba a dormir ajuera
Con unas heladas crudas.
752
Cuando mozo jué casao,
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