Habia riendas de domar
frenos, estribos quebraos;
Bolas, espuelas, recaos,
Unas pavas, unas ollas,
Y un gran manojo de argollas
De cinchas que había cortao.
808
Salieron varios cencerros,
Alesnas, lonjas, cuchillos,
Unos cuantos cojinillos
Un alto de jergas viejas,
Muchas botas desparejas
Y una infinidá de anillos.
809
Había tarros de sardinas,
Unos cueros de venao,
Unos ponchos aujeriaos,
Y en tan tremendo entrevero
Apareció hasta un tintero
que se perdió en el Juzgao.
810
Decía el alcalde muy serio:
“es poco cunato se diga;
Había sido como hormiga.
He de darle parte al Juez.
!Y que me venga después
Con que no se los persiga!”
811
Yo estaba medio azorao
De ver lo que sucedía;
Entre ellos mesmos decían
Que unas prendas eran suyas,
Pero a mi me parecía
que estas eran aleluyas.
812
Y cuando ya no tuvieron
Rincón donde registrar,
Cansaos de tanto huroniar
Y de trabajar en balde,
“Vámosnos”, dijo el Alcalde,
“Luego lo haré sepultar.”
813
Y aunque mi padre no era
El dueño de ese hormiguero,
El, allí muy cariñero,
Me dijo con muy buen modo:
“Vos serás heredero
Y te harás cargo de todo.”
814
“Se ha de arreglar este asunto
Como es preciso que sea;
Voy a nombrar albacea
Uno de los circustantes;
Las cosas no son como antes
Tan enredadas y feas.”
815
“!Bendito Dios!’, pensé yo,
“Ando como un pordiosero,
Y me nuembran heredero
De toditas estas guascas.
!Quisiera saber primero
Lo que se han hecho mis vacas!”
XVIII
816
Se largaron, como he dicho,
A disponer el entierro;
Cuando me acuerdo me aterro:
Me puse a llorar a gritos
Al verme allí tan solito
Con el finao y los perros.
817
Me saqué el escapulario,
Se lo colgué al pecador,
Y como hay en el señor
Misericordia infinita,
Rogué por la alma bendita
Del que antes jué mi tutor.
818
No se calmaba mi duelo
De verme tan solitario;
Ahí le champurrié un rosario
Como si juera mi padre,
besando el escapulario
Que me había puesto mi madre.
819
“Madre mía”, gritaba yo,
“Donde estarás padeciendo?
El llanto que estoy virtiendo
Lo redamarías por mí,
Si vieras a tu hijo aquí
Todo lo que esta sufriendo.”
820
Y mientras ansí clamaba
Sin poderme consolar,
Los perros, para aumentar
Mas mi miedo y mi tormento,
En aquel mesmo momento
Se pusieron a llorar.
821
Libre Dios a los presentes
De que sufran otro tanto;
Con el muerto y esos llantos
Les juro que faltó poco
Para que me vuelva loco
En medio de tanto espanto.
822
Decían entonces las viejas,
Como que eran sabedoras,
Que los perros cuando lloran
Es porque ven al demonio;
Yo creia en el testimonio
Como cré siempre el que inora.
823
Ahi dejé que los ratones
Comieran el guasquerío
Y como anda a su albedrío
Todo el que güerfano queda,
Alzando lo que era mío
Abandoné aquella cueva.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
824
Supe después que esa tarde
Vino un pión y lo enterró;
Ninguno lo acompañó
Ni lo velaron siquiera;
Y al otro día amaneció
Con una mano dejuera.
825
Y me ha contao además
El gaucho que hizo el entierro
-Al recordarlo me aterro,
Me da pavor este asunto-
Que la mano del dijunto
Se la había comido un perro.
826
Tal vez yo tuve la culpa
Porque de asustao me fuí;
Supe, despues que volví,
Y asigurárselos puedo,
Que los vecinos, de miedo,
No pasaban por allí.
827
Hizo del rancho guarida
La sabandija mas sucia
-El cuerpo se despeluza
Y hasta la razón se altera-;
Pasaba la noche entera
Chillando allí una lechuza.
828
Por mucho tiempo no pude
Saber lo que me pasaba;
Los trapitos con que andaba
Eran puras hojarascas;
Todas las noches soñaba
Con viejos, perros y guascas.
XIX
829
Anduve a mi voluntá,
Como moro sin señor;
Ese jué el tiempo mejor
Que yo he pasado tal vez;
De miedo de otro tutor,
Ni aporté por lo del Juez.
830
“Yo cuidaré”, me había dicho,
“De lo de tu propiedá:
Todo se conservará,
El vacuno y los rebaños,
Hasta que cumplas 30 años,
En que seás mayor de edá.”
831
Y aguardando que llegase
El tiempo que la ley fija,
Pobre como lagartija
Y sin respetar a naides,
Anduve cruzando el aire
Como bola sin manija.
832
Me hice hombre de esa manera
Bajo el más duro rigor;
Sufriendo tanto dolor
Muchas cosas aprendí;
Y, por fin, vítima fuí
Del mas desdichado amor.
833
De tantas alternativas
Esta es la parte peluda
Infeliz y sin ayuda,
Fué estremado mi delirio,
Y causaban mi martirio
Los desdenes de una viuda.
834
Llora el hombre ingratitudes
Sin tener un jundamento;
Acusa sin miramiento
A la que el mal le ocasiona,
Y tal vez en su persona
No hay ningún merecimiento.
835
Cuando yo mas padecía
La crueldá de mi destino,
Rogando al poder divino
Que del dolor me separe,
Me hablaron de un adivino
Que curaba esos pesares.
836
Tuve recelos y miedos,
Pero al fin me disolví:
Hice coraje y me fuí
Donde el adivino estaba,
Y por ver si me curaba,
Cuanto llevaba le di.
837
Me puse, al contar mis penas,
Mas colorao que un tomate,
Y se me añudó el gaznate
Cuando dijo el hermitaño:
“Hermano, le han hecho daño
Y se lo han hecho en un mate.
838
“Por verse libre de usté
Lo habrán querido embrujar.”
Despues me empezó a pasar
Una pluma de avestruz,
Y me dijo:”De la Cruz
Recebí el don de curar.
839
“Debés maldecir”, me dijo,
“A todos tus conocidos;
Ansina el que te ha ofendido
Pronto estará decubierto,
Y deben ser maldecidos
Tanto vivos como muertos.”
840
Y me recetó un hincao
En un trapo de la viuda,
Frente a una planta de ruda,
Hiciera mis horaciones,
Diciendo: “No tengás duda;
Eso cura las pasiones.”
841
A la viuda, en cuanto pude,
Un trapo le manotié;
Busqué la ruda y al pie,
Puesto en cruz, hice mi rezo;
Pero, amigos, ni por eso
De mis males me curé.
842
Me recetó otra ocasión
Que comiera abrojo chico;
El remedio no me esplico,
Mas, por desechar el mal,
Al ñudo en un abrojal
Fí a ensangrentarme el hocico.
843
Y con tanta medecina
Me parecía que sanaba;
Por momentos se aliviaba
Un poco mi padecer,
Mas si a la viuda encontraba,
Volvia la pasión a arder.
844
Otra vez que consulté
Su saber estrordinario,
Recibió bien su salario,
Y me recetó aquel pillo
Que me colgase tres grillos
Ensartaos como rosario.
845
Por fin la última ocasión
Que por mi mal lo fí a ver,
Me dijo: “No, mi saber
No ha perdido su virtú;
Yo te daré la salú:
No triunfará esa mujer.
846
“Y tené fe en el remedio,
Pues la cencia no es chacota;
De esto no entendés ni jota.
Sin que ninguno sospeche,
Cortále a un negro tes motas
Y hacélas hervir en leche.”
847
Yo andaba ya desconfiando
De la curación maldita,
Y dije: “Este no me quita
La pasión que me domina;
Pues que viva la gallina,
Aunque sea con la pepita.”
848
Ansí me dejaba andar,
Hasta que, en una ocasión,
El cura me echó un sermón,
Para curarme sin duda,
Diciendo que aquella viuda
Era hija de confisión.
849
Y me dijo estas palabras
Que nunca las he olvidao:
“Has de saber que el finao
Ordenó en su testamento
Que naides de casamiento
Le hablara en lo sucesivo;
Y ella prestó el juramento
Mientras él estaba vivo.”
850
“Y es preciso que lo cumpla,
Porque ansí lo manda Dios;
Es necesario que vos
No la vuelvas a buscar,
Porque si llega a faltar
Se condenarán los dos.”
851
Con semejante alvertencia
Se completó mi redota;
Le vi los pies a la sota,
Y me le alejé a la viuda,
Mas curao que con la ruda,
Con los grillos y las motas.
852
Despues me contó un amigo
Que al Juez le había dicho el cura
Que yo era un cabeza dura
Y que era un mozo perdido;
Que me echaran del partido,
Que no tenía compostura.
853
Tal vez por ese consejo
Y sin que mas causa hubiera,
Ni que otro motivo diera,
Me agarraron redepente
Y en el primer contingente
Me echaron a la frontera.
854
De andar persiguiendo viudas
Me he curao el deseo;
En mil penurias me veo,
Mas pienso volver tal vez
A ver si sabe aquel Juez
Lo que se ha hecho de mi rodeo.
XX
855
Martín Fierro y sus dos hijos,
Entre tanta concurrencia,
Siguieron con alegría
Celebrando aquella fiesta.
Diez años, los más terribles,
Había durado la ausencia,
Y al hallarse nuevamente
Era su alegría completa.
En ese mesmo momento
Uno que vino de ajuera,
A tomar parte con ellos
Suplicó aue lo almitieran.
Era un mozo forastero
De muy regular presencia,
Y hacía poco que en le pago
Andaba dando sus güeltas.
Asiguran algunos
Que venía de la frontera;
Que había pelao a un pulpero
En las últimas carreras;
Pero andaba despilcho,
No traia una prenda güena:
Un recadito cantor
Daba fe de sus pobrezas.
Le pidió la bendición
Al que causaba la fiesta
Y, sin decirles su nombre,
Les declaró con franqueza
Que el nombre de Picardía
Es el único que lleva.
Y para contar su historia
A todos pide licencia,
Diciéndoles que en seguida
Iban a saber quien era.
Tomo al punto la guitarra,
La gente se puso atenta,
Y ansí cantó Picardía
En cuanto templó las cuerdas:
PICARDIA
XXI
856
- Voy a contarles mi historia
(Perdónenme tanta charla) ,
y les diré al principiarla,
Aunque es triste hacerlo ansí:
A mi madre la perdí
Antes de saber llorarla.
857
Me quedé en el desamparo,
-
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