Хосе Эрнандес. Возвращение Мартин Фьерро. José Hernandez. LA VUELTA DE MARTIN FIERRO


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Хосе Эрнандес. Возвращение Мартин Фьерро.
José Hernandez. LA VUELTA DE MARTIN FIERRO

LA VUELTA DE MARTIN FIERRO
de José Hernandez

Cuatro palabras de conversación con los lectores
Entrego a la benevolencia pública, con el título LA VUELTA DE MARTIN FIERRO, la segunda parte
de una obra que ha tenido una acogida tan generosa, que en seis años se han repetido once
ediciones con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares.
Esto no es vanidad de autor, porque no rindo tributo a esa falsa diosa; ni bombo de editor, porque
no lo he sido nunca de mis humildes producciones.
Es un recuerdo oportuno para explicar por qué el primer tiraje del presente libro consta de 20000
ejemplares, divididos en cinco secciones o ediciones de 4000 números cada una; y agregaré que
confío en que el acreditado Establecimiento Tipográfico del señor Coni hara una impresión
esmerada, como las que tienen todos los libros que salen de sus talleres.
Lleva también diez ilustraciones incorporadas en el texto, y creo que en los dominios de la literatura
es la primera vez que una obra sale de las prensas nacionales con esta mejora.
Así se empieza.
Las láminas han sido dibujadas y calcadas en la piedra por don Carlos Clerice, artista compatriota
que llegará a ser notable en su ramo, porque es joven, tiene escuela, sentimiento artístico y amor
al trabajo.
El grabado ha sido ejecutado por el señor Supot, que posee el arte, nuevo y poco generalizado
todavía entre nosotros, de fijar en láminas metálicas lo que la habilidad del litógrafo ha calcado en
la piedra, creando o imaginando posiciones que interpretan con claridad y sentimiento la escena
descripta en el verso.
No se ha omitido, pues, ningún sacrificio a fin de hacer una publicación con las mas aventajadas
condiciones artisticas.
En cuanto a su parte literaria, sólo diré que no se debe perder de vista al juzgar los defectos del
libro, que es copia fiel de un original que los tiene, y repetiré que muchos defectos estan allí con el
objeto de hacer mas evidente y clara la imitación de los que lo son en realidad.
Un libro destinado a despertar la inteligencia y el amor a la lectura en una población casi primitiva,
a servir de provechoso recreo, después de las fatigosas tareas, a millares de personas que jamás
han leído, debe ajustarse estrictamente a los usos y costumbres de esos mismos lectores, rendir
sus ideas e interpretar sus sentimientos en su mismo lenguaje, en sus frases más usuales, en su
forma más general, aunque sea incorrecta; con sus imágenes de mayor relieve, y con sus giros
más característicos, a fin de que el libro se identifique con ellos de una manera tan estrecha e
íntima, que su lectura no sea sino una continuación natural de su existencia.
Solo así pasan sin violencia del trabajo al libro; y solo así, esa lectura puede serles amena,
interesante y útil.
!Ojalá hubiera un libro que gozara del dichoso privilegio de circular de mano en mano en esa
inmensa población diseminada en nuestras vastas campañas, y que bajo una forma que lo hiciera
agradable, que asegurara su popularidad, sirviera de ameno pasatiempo a sus lectores, pero:
Enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar.
Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a todas las
virtudes sociales.
Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración hacia su Creador, inclinándolos a obrar
bien.
Afeando las superticiones ridículas y generalizadas que nacen de una deplorable ignorancia.
Tendiendo a regularizar y dulcificar las costumbres, enseñando por medios hábilmente escondidos,
la moderación y el aprecio de sí mismo; el respeto a los demás; estimulando la fortaleza por el
espectáculo del infortunio acerbo, aconsejando la perseverancia en el bien y la resignación en los
trabajos.
Recordando a los padres los deberes que la naturaleza les impone para con sus hijos, poniendo
ante sus ojos los males que produce su olvido, induciéndolos por ese medio a que mediten y
calculen por sí mismos todos los beneficios de su cumplimiento.
Enseñando a los hijos como deben respetar y honrar a los autores de sus días.
Fomentando en el esposo el amor a su esposa, recordando a ésta los santos deberes de su
estado; encareciendo la felicidad del hogar, enseńando a todos a tratarse con respeto
recíproco, robusteciendo por todos estos medios los vínculos de la familia y de la sociabilidad.
Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los
superiores y magistrados.
Enseñando a los hombres con escasas nociones morales, que deben ser humanos y clementes,
caritativos con el huérfano y con el desvalido; fieles a la amistad; gratos a los favores recibidos;
enemigos de la holgazanería y del vicio; conformes con los cambios de fortuna; amantes de la
verdad, tolerantes, justos y prudentes siempre.
Un libro que todo esto, más que esto, o parte de esto enseñara sin decirlo, sin revelar su
pretensión, sin dejarla conocer siquiera, sería indudablemente un buen libro, y por cierto que
levantaría el nivel moral e intelectual de sus lectores aunque dijera "naides" por "nadie", "resertor'
por "desertor", "mesmo" por "mismo", u otros barbarismos semejantes, cuya enmienda le está
reservada a la escuela, llamada a llenar un vacío que el poema debe respetar, y a corregir vicios y
defectos de freseología que son también elementos de que se debe apoderar el arte para combatir
y extirpar males morales más fundamentales y trascendentes, examinándolos bajo el punto de
vista de una filosofía mas elevada y pura.
El progreso de la locución no es la base del progreso social, y un libro que se propusiera tan
elevados fines debería prescindir por completo de las delicadas formas de la cultura de la frase,
subordinándose a las imperiosas exigencias de sus propósitos moralizadores, que serían en tal
caso, el éxito buscado.
Los personajes colocados en escena deberían hablar en su lenguaje peculiar y propio, con su
originalidad, su gracia y sus defectos naturales, porque despojados de ese ropaje, lo serían
igualmente de su carácter típico, que es lo único que los hace simpático, conservando la imitación
y la verosimilitud en el fondo y en la forma.
Entra también en esta parte la elección del prisma a través del cual le es permitido a cada uno
estudiar tiempos. Y aceptando esos defectos como un elemento, se idealiza también, se piensa, se
inclina a los demás a que piensen igualmente y se agrupan, se preparan y conservan pequeños
monumentos de arte, para los que han de estudiarlo mañana y levantar el grande monumento de la
historia de nuestra civilización.
El gaucho no conoce ni siquiera los elementos de su propio idioma, y sería una impropiedad
cuando menos, y una falta de verdad muy censurable, que quien no ha abierto jamás un libro, siga
las reglas de arte de Blair, Hermosilla o la Academia.
El gaucho no aprende a cantar. Su único maestro es la espléndida naturaleza que en variados y
majestuosos panoramas se extiende delante de sus ojos.
Canta porque hay en él cierto impulso moral, algo de métrico, de rítmico que domina en su
organización, y que lo lleva hasta el extraordinario extremo de que todos sus refranes, sus dichos
agudos, sus proverbios comunes, son expresados en dos versos octosílabos perfectamente
medidos, acentuados con inflexible regularidad, llenos de armonía, de sentimiento y de profunda
intención.
Eso mismo hace muy difícil, si no de todo punto imposible, distinguir y separar cuáles son los
pensamientos originales del autor, y cuáles los que son recogidos de las fuentes populares.
No tengo noticia que exista ni que haya existido una raza de hombre aproximado a la naturaleza,
cuya sabiduría proverbial llene todas las condiciones rítmicas de nuestros proverbios gauchos.
Qué singular es, y qué digno de observación, el oír a nuestros paisanos más incultos expresar en
dos versos claros y sencillos, máximas y pensamientos morales que las naciones más antiguas, la
India y la Persia, conservaban como el tesoro inestimable de su sabiduría proverbial; que los
griegos escuchaban con veneración de boca de sus sabios más profundos, de Sócrates, fundador
de la moral, de Platón y de Aristóteles; que entre los latinos difundió gloriosamente el afamado
Séneca; que los hombres del Norte les dieron lugar preferente en su robusta y enérgica literatura,
que la civilización moderna repite por medio de sus moralistas más esclarecidos, y que se hallan
consagrados fundamentalmente en los códigos religiosos de todos los grandes reformadores de la
humanidad.
Indudablemente, que hay cierta semejanza íntima, cierta identidad misteriosa entre todas las razas
del globo que sólo estudian en el gran libro de la naturaleza; pues de él deducen, y vienen
deduciendo desde hace más de tres mil años, la misma enseñanza, las mismas virtudes naturales,
expresadas en prosa por todos los hombres del globo, y en versos por los gauchos que habitan las
vastas y fértiles comarcas que se extienden a las dos márgenes del Plata.
El corazón humano y la moral son los mismos en todos los siglos.

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