Хосе Эмилио Пачеко. Битвы в пустыне. José Emilio Pacheco. Las batallas en el desierto
Uncategorized November 23rd, 2005
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Sin embargo, tomó el billete y me dejó continuar la búsqueda. En ese momento me pareció recordar que el edificio era propiedad del Señor y tenía empleado a don Sindulfo porque su padre -al que Jim llamaba “mi abuelito” había sido amigo del viejo cuando ambos pelearon en la revolución. Toqué a todas las puertas. Yo tan ridículo con mi trajecito blanco y mi raqueta y mi Perry Mason, preguntando, asomándome, a punto de llorar otra vez. Olor a sopa de arroz, olor a chiles rellenos. En todos los departamentos me escucharon casi con miedo. Qué incongruencia mi trajecito blanco. Era la casa de la muerte y no una cancha de tenis.
Pues no. Estoy en este edificio desde 1939 y, que yo sepa, nunca ha vivido aquí ninguna señora Mariana. ¿Jim? Tampoco lo conocemos. En el ocho hay un niño más o menos de tu edad pero se llama Everardo. ¿En el departamento cuatro? No, allí vivía un matrimonio de ancianitos sin hijos. Pero si vine un millón de veces a casa de Jim y de la señora Mariana. Cosas que te imaginas, niño. Debe de ser en otra calle, en otro edificio. Bueno, adiós; no me quites más tiempo. No te metas en lo que no te importa ni provoques más líos. Ya basta, niño, por favor. Tengo que preparar la comida; mi esposo llega a las dos y media. Pero, señora… Vete, niño, o llamo a la patrulla y te vas derechito al Tribunal de Menores.
Regresé a mi casa y no puedo recordar qué hice después. Debo de haber llorado días enteros. Luego nos fuimos a Nueva York. Me quedé en una escuela en Virginia. Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del año. Sólo estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas. Sólo aquella cancioncita que no volveré a escuchar nunca. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.
Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia. Pero existió Mariana, existió Jim, existió cuanto me he repetido después de tanto tiempo de rehusarme a enfrentarlo. Nunca sabré si el suicidio fue cierto. Jamás volví a ver a Rosales ni a nadie de aquella época. Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años.


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