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Хосе Эчегарай. Вздор и правда. José Echegaray. La realidad y el delirio


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yo crucé, tras ellos salpicándome de lodo, mientras los miserables me
salpicaban de lodo también la frente! Ya iba a arrojarme sobre ellos y a
decirles: «¡quiero oír eso que ustedes cuentan!» Cuando el de voz más
chillona dijo: «¡Y Ángela es divina!»… ¡Y luego no sé qué grosería! ¡Me
detuve… lo vi todo claro… luego no vi nada! ¡No me atreví a dar un
paso… me parecía que algo habíase derrumbado en torno mío!… Una pobre
anciana se me acercó pidiéndome limosna con voz lastimera y yo la increpé
colérico llamándola ¡infame!… ¡Y apreté los puños avanzando sobre
ella!…, y tuve que huir, ¡porque sentía impulsos de muerte! [47]
LEANDRO.- ¡Válgame Dios!… Pero ¿qué remedio? ¡Era preciso!
DON ANSELMO.- ¿De modo que tú también lo sabías!
LEANDRO.- Yo no sé nada: sé únicamente lo que se dice.
DON ANSELMO.- ¿Pero lo dice todo el mundo?
LEANDRO.- Todo el mundo, no diré yo; pero una buena parte… no hay
para qué negarlo, puesto que tú mismo lo has oído.
DON ANSELMO.- Pues como Enrique debe ser quien mejor lo sepa, le he
escrito exigiéndole que venga inmediatamente a esta casa.
LEANDRO.- ¿Estás en ti, Anselmo?
DON ANSELMO.- Estoy en mi honra, y por eso me gusta aclarar cuanto la
empaña: nieblas y murmuraciones se rasgan echando el cuerpo adelante.
LEANDRO.- Tú sabrás lo que haces.
DON ANSELMO.- Ya lo creo que lo sé.
LEANDRO.- ¡Por descontado que yo no creo nada!
DON ANSELMO.- Tú lo crees todo: y sabes mucho más que yo y me lo vas
a contar.
LEANDRO.- ¡Te aseguro que sabemos lo mismo!
DON ANSELMO.- ¡No: me engañas: y en un amigo como tú eso es infame!
LEANDRO.- ¡Por todos los santos la corte celestial!
DON ANSELMO.- ¡Por todos los diablos, que de aquí no sales, sin que
me refieras punto por punto todas las infamias, murmuraciones, verdades o
mentiras que tú y tus amigos habréis recogido por Madrid!
LEANDRO.- ¡Anselmo!… ¡Anselmo!…
DON ANSELMO.- ¡Nada!… ¡Nada!… ¡Ha de ser!
LEANDRO.- Bueno; pues luego…, luego… porque mira… Ángela
viene…

DON ANSELMO.- ¿Ángela?
LEANDRO.- Sí. [48]

Escena VI

DON ANSELMO, DON LEANDRO y ÁNGELA por la derecha, segundo término.

ÁNGELA.- ¡Padre!…
DON ANSELMO.- ¿Qué?… ¿Qué me quieres?
ÁNGELA.- Es que Gonzalo…
DON ANSELMO.- ¿Está peor?
ÁNGELA.- No sé. Se arrojó de la cama. Se está vistiendo. Dice que
quiere salir… salir a la calle; a ver gente; a respirar; que en esta
casa se ahoga… que necesita aire.
DON ANSELMO.- ¡El delirio!
ÁNGELA.- No: no delira: ¡ojalá! Parece tranquilo: habla con dulzura a
todos…
DON ANSELMO.- ¿A ti también?
ÁNGELA.- ¡Más que a nadie!
DON ANSELMO.- ¿Y se acuerda de Enrique?
ÁNGELA.- Lo ignoro… ¿Qué me importa?
DON ANSELMO.- ¿Ese hombre no habrá salido de Madrid?
ÁNGELA.- No lo sé…
DON ANSELMO.- Pues yo no quiero que se aleje… es un buen amigo… y
me place tenerle cerca… ¡a mi alcance!… ¿Y a ti?
ÁNGELA.- ¿A mí?… ¡Yo… no pienso en él: pienso en Gonzalo!… ¡En
mi Gonzalo!… ¡En él!… ¡Él!… ¡ya viene!.. ¡Ya viene, padre mío!
(Abrazándose a DON ANSELMO.)
DON ANSELMO.- ¿Le tienes miedo?
ÁNGELA.- ¿Yo, miedo? ¿Por qué?
LEANDRO.- No extrañe usted la pregunta: como se halla en ese
estado… podría tal vez… en un rapto de frenesí…
ÁNGELA.- ¿Qué?
DON ANSELMO.- ¡Ahogarte, Ángela!
ÁNGELA.- ¿Qué importa? [49]

Escena VII

ÁNGELA, DON ANSELMO, DON LEANDRO y GONZALO.

GONZALO.- (Desde dentro.) (¡Déjadme!… ¡Basta!… ¡Nadie me siga!…
¡Déjeme usted, Carlota!… ¡Apártese usted, Paulina!… ¡Quiero ir solo!
(Sale con ímpetu por la derecha, segundo término, y cierra de golpe la
puerta: viene pálido, el cabello en desorden, en suma, como el actor crea
oportuno; pero en traje de calle: todo él descompuesto, aunque ne con
exceso.) ¡Ah!, ¡qué importunos y qué impertinentes!
DON ANSELMO.- ¡Gonzalo!…
GONZALO.- ¿Quién me llama?… ¡Ah, eres tú, padre mío!… ¡A ti te
quiero mucho y te respeto mucho! ¡Dame la mano!… (La besa.) ¡Así la
besaba cuando era niño, ahora no puedo porque se reiría la gente!… ¡La
gente se ríe de todo! ¡Y no sólo son burlones, sino crueles! ¿Pues no
querían sujetarme horas y horas, días y días en aquél lecho? ¡Como si
estuviese enfermo! ¡Los enfermos no sienten este vigor, que yo siento en
mis brazos, que me creo capaz de ahogar entre ellos!… ¿A quién? ¿A quién
crees tú que podría ahogar? No, no tengas miedo, a ti no. (A su padre.) Y
a ti tampoco, Ángela, tampoco, aunque aquellos me decían con sus ojos
«ahógala, ahógala!» (Con voz misteriosa y mirando alrededor.)
ÁNGELA.- ¡Gonzalo! (Se acerca a él y le abraza.)
GONZALO.- ¡Así me gusta: tienes confianza en mi cariño! ¡Bien hecho!
Eso prueba… eso prueba… lo que yo sé; pero ahora no quiero decirlo, lo
diré luego, cuando estemos solos.
DON ANSELMO.- ¿Cómo estás, Gonzalo?
GONZALO.- Muy bien, y venía… para que hablásemos los dos… y
después pensaba salir… tenía forzosamente que salir.
DON ANSELMO.- ¿A dónde?
GONZALO.- ¡Qué sé yo!… Por ahí, a cualquier parte. ¿No he dicho
[50] que tengo que hablar contigo? ¡Pues tengo que hablar con otros
muchos, con todos los que encuentre: ahora con un hombre honrado, con un
miserable después! ¡Porque también habla uno con muchos miserables! Acá
con un amigo, con un enemigo más allá. ¡Porque también tengo yo enemigos?
¿No soy feliz?, ¿no es ella muy hermosa? ¡Pues claro es que tendré
enemigos!
DON ANSELMO.- Gonzalo, hijo mío, siéntate aquí, conmigo.
ÁNGELA.- Sí, Gonzalo.
GONZALO.- ¡No he dicho que no puede ser! ¡Queréis vosotros, como esos
que están ahí dentro, sujetarme en esta casa ni más ni menos que si fuera
un demente!… ¡Poco empeñados estaban en tenerme en aquella cama, con su
colcha roja y sus colgaduras rojas… para que se me llenasen los ojos de
nubes rojizas… y al verte a ti, te viese de color de sangre!… ¡Ya les
comprendo!
ÁNGELA.- ¡Con tal que no apartes de mí los ojos, poco importa!
GONZALO.- Bien dices: ya sabes que yo te defenderé siempre. ¡No la
mires así! (A su padre.) La estás mirando como aquellos; ¡como ese que se
sonríe! (Señalando a LEANDRO.)
LEANDRO.- No, Gonzalo; no lo crea usted.
GONZALO.- Si yo no creo nada: si yo no sé nada: por eso quiero hablar
con mi padre; para que me lo diga todo. Por eso quiero recorrer, ya que me
siento bien, las calles y las plazas, y los teatros; para que me cuenten
muchas cosas. Claro es: son tantos, ¡que saben mucho!, y con medias
palabras, y medias sonrisas, y medias calumnias, iré yo formando… y
formando… y completando… y redondeando… y acabando… la infamia
entera! ¡Y luego los oía yo decir en voz baja, que no tengo la cabeza
firme! (Se deja caer en el sofá.) ¡Imbéciles!
DON ANSELMO.- ¡Hijo mío!… ¡Mi Gonzalo!… ¡Mi alma!…
GONZALO.- ¡Ah!… Sí: ya lo sé: hemos de hablar. Idos vosotros.
¡Idos!… Vete, Ángela: a ti ya te llamaré luego: ahora [51] no puede ser:
no puedes oír lo que voy a decirle a mi padre. ¡Y tú también, vete!… (A
LEANDRO.) Vete: y a ti, no temas, no te llamaré.
LEANDRO.- Bueno, Gonzalo: bueno: ya me retiro. Venga usted, Ángela.
ÁNGELA.- ¡Adiós, Gonzalo: y si hay que dar mi vida por la tuya,
pídemela! ¡Pídamela usted, padre! ¡Él no me comprende; don Anselmo; pero
yo le digo a usted, que mi cuerpo, fibra por fibra, que mi sangre, gota
por gota; mi corazón con todos sus latidos y mi alma con todas sus ansias
de amor… todo mi ser… todo es suyo! ¡Disponga usted de mí… exíjame
usted sacrificios… no he de vacilar… yo se lo juro a usted!…
LEANDRO.- (Levándola hacia la derecha.) Vamos, Ángela: Gonzalo se
impacienta.
ÁNGELA.- ¡Sí, vamos; pero es que no me creen!… ¡Y es verdad lo que
digo!… ¡Y quisiera dar mi vida par la suya!…
LEANDRO.- Perfectamente; Pero salgamos. (Llevándola casi a la
fuerza.)
ÁNGELA.- ¡Pues que me exija pruebas don Anselmo!… ¡Y ya verá… ya
verá… si amo de veras a mi Gonzalo!… ¡Ah!, ¡mi desdicha!… ¡Y mi
desesperación! (Salen DON LEANDRO y ÁNGELA.)

Escena VIII

DON ANSELMO y GONZALO.

GONZALO.- (Sin moverse ha escuchado a ÁNGELA con sonrisa de alegría.)
¡Creen que yo no la oigo! ¡Pues yo lo oigo todo! ¡Yo lo comprendo todo!…
¡Más que ellos! Sólo que a veces me confundo, y veo las cosas a mi manera.
DON ANSELMO.- Ya estamos solos, hijo m

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