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Хосе Эчегарай. Вздор и правда. José Echegaray. La realidad y el delirio


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que fue hombre y está en mi corazón! ¡Si conoceré yo a mi Gonzalo!…
¡Pues ese quiero!… ¡Ese!…¡Ese!… ¡No el que se asoma a las
extraviadas pupilas con relámpagos de locura!… (Se oculta el rostro
entre las manos y solloza.) [42]
DON MATÍAS.- ¡Cálmese usted, por Dios santo!
DON ANSELMO.- ¡Ah! ¡Si yo supiera quién me ha robado mi hijo y quién
me ha puesto ese otro ser!
LEANDRO.- ¡Qué exageraciones!
DON ANSELMO.- ¡No son exageraciones! ¡Desde que le vi, estoy
repitiéndome por lo bajo esta frase horrible: mi hijo ha perdido la razón!
¡Niéguelo usted!
DON MATÍAS.- Todavía no puede decirse tanto.
DON ANSELMO.- ¡Todavía no!… ¡Luego hay peligro!… ¡Luego es
posible! ¡Posible para un padre quiere decir, es cierto!
DON MATÍAS.- Yo no he dicho…
DON ANSELMO.- ¡Usted lo ha dicho! ¡He perdido a mi Gonzalo! ¡Ahí
está, ahí está lo que yo temía! ¡Le he perdido: le he perdido más que si
estuviera yerto y helado! La muerte es muy triste, es espantosa; pero es
noble, sublime casi, ¡porque el mayor misterio es la mayor sublimidad!
¡Entre el silencio del que muere y el llanto del que vive, se cierne
invisible la esperanza! (Levantándose con desesperación.) ¡Pero la locura
de un ser, a quien yo quería tanto, es la muerte grotesca; es el escarnio
de la vida; es la mueca ignoble del payaso al borde de la fosa!
DON MATÍAS.- ¡Usted si que ha perdido la razón!
DON ANSELMO.- ¡El ser que tanto amaba, quedar vivo sólo para el
escarnio!… ¡Eso sí que no lo sufro!… ¡Esas cosas no las hace Dios!…
¡Alguno aquí abajo tendrá la culpa… y ese… ese… va a encontrarse
conmigo!
DON MATÍAS.- ¡Quiere usted que hablemos con un poquito de calma!
LEANDRO.- ¿Quieres escucharle?
DON ANSELMO.- Bueno, le escucharé: si tengo más calma de la que
ustedes me suponen. Vamos, hable usted.
DON MATÍAS.- Pues yo le explicaré a usted el caso.
DON ANSELMO.- Si yo no comprendería sus explicaciones.
DON MATÍAS.- Si acudiré a ejemplos vulgares.
DON ANSELMO.- Si yo no quiero que usted me diga más que una cosa: si
recobraré a mi Gonzalo: nada más. ¿Y cuándo? ¿Y [43] cómo? ¿Y de que
manera? ¡Ya ve usted qué sencillo!
DON MATÍAS.- ¡Pues necesito explicarme; pero usted no me deja!…
DON ANSELMO.- Bueno: pues diga usted y perdóneme, amigo mío.
DON MATÍAS.- Imagine usted, mi querido amigo, y perdone, usted
también la comparación, aunque le parezca extraña…
DON ANSELMO.- Si desde que está así mi hijo, todo me parece
extraño… todos me parece que estamos dementes.
DON MATÍAS.- Es posible.
LEANDRO.- Siga usted, que algo se aprende.
DON MATÍAS.- Imagine usted, decía, una estación telegráfica a orillas
de un río.
LEANDRO.- ¡Hombre, a donde hemos saltado!
DON MATÍAS.- Llega una avenida extraordinaria: crecen las aguas: la
oficina telegráfica se inunda, se anegan los aparatos y queda inutilizado
por el pronto, silencioso y muerto para toda circulación de ideas, para
toda comunicación humana, aquél centro de vida y de actividad. Pero la
crecida baja: queda libre el edificio: los aparatos funcionan y la vida
aparece de nuevo.
LEANDRO.- Perfectamente. Aunque a decir verdad, algo averiados
habrían quedado los tales aparatos, y no quisiera yo verme en su caso.
DON MATÍAS.- (A DON ANSELMO.) ¿Ha comprendido usted?
DON ANSELMO.- Algo; sí, señor. Pero, ¿qué tiene que hacer todo eso
con mi Gonzalo?
DON MATÍAS.- Que cada celdilla cerebral es una pequeña estación
telegráfica.
LEANDRO.- ¡Demonio! (Echandose mano a la cabeza.)
DON MATÍAS.- Que cuando la venida sanguínea o serosa crece y crece,
puede inundarla y la vida intelectual se perturba.
DON ANSELMO.- ¿Pero entonces mi Gonzalo?…
DON MATÍAS.- La naturaleza tiene recursos maravillosos, y el
organismo humano, mayor resistencia de la que suponemos.
LEANDRO.- Y si los aparatillos telegráficos no han sido destruidos…
DON MATÍAS.- Precisamente; si no han sido destruidos, recobran su
[44] actividad.
DON ANSELMO.- Y un hijo a quien yo quiero tanto, ¿ha de estar a
merced de esas cosas?
DON MATÍAS.- ¡Leyes inexorables!
DON ANSELMO.- ¡Que yo no sufro!
DON MATÍAS.- ¡Pobre don Anselmo! Calma… confianza… y ya veremos.
DON ANSELMO.- (Ensimismado.) Sí: veremos.
DON MATÍAS.- Conque hasta luego: pronto volveré. Don Leandro…
LEANDRO.- (Se despiden.) Querido doctor…
DON MATÍAS.- (¡Ah!, ¡el instinto de padre!… ¡Todo lo ignora… y lo
comprende todo.) (Aparte a DON LEANDRO. Sale por el fondo.)

Escena V

DON ANSELMO y DON LEANDRO.

LEANDRO.- (Aparte.) (¡Nada, que me han proporcionado una soberana
jaqueca! ¡Ya siento la cabeza llena de inundaciones!, ¡celdillas
anegadas!, ¡aparatos telegráficos zambullidos en sangre! ¡Jesús, María y
José, y qué cosazas inventan estos doctores! ¡No, pues éste no está muy
cuerdo! ¡Éste tiene también su correspondiente riada en las oficinas
cerebrales!) ¡Anselmo!, ¡querido Anselmo!… ¿Deseabas hablarme?
DON ANSELMO.- ¡Ah!, ¿eres tú? Sí: quería que hablásemos.
LEANDRO.- ¿No será de la enfermedad de tu hijo? ¡Porque te declaro
que no entiendo de esas cosas y que me hacen mucho daño!… ¡Como os
estimo tanto!…
DON ANSELMO.- De mi hijo se trata.
LEANDRO.- ¡Pero, Anselmo!…
DON ANSELMO.- ¿Me oíste hace poco? ¿Y crees saberlo todo? ¿Penetrar
todas mis angustias?
LEANDRO.- Creo que sí.
DON ANSELMO.- Pues te equivocas: son mayores, mucho mayores de lo que
imaginas. Esta casa, que hasta ayer, era toda [45] paz y alegría… honra
y dignidad… ¡Hoy es miserable ruina!… ¡Allá dentro, Gonzalo que
delira! ¡Ángela que llora!… ¡Aquí un hombre a quien a ratos abruma la
pena; a quien otras veces enciende la ira! Me crees viejo casi; débil;
bonachón… ¡ya verás, ya verás!
LEANDRO.- ¿Pero quién tiene la culpa de esa desgracia?
DON ANSELMO.- Eso es lo que yo quiero saber.
LEANDRO.- No te comprendo. (Aparte.) (Vaya si le comprendo.)
DON ANSELMO.- Decía yo antes que estaba desesperado, temiendo que la
conmoción que ha sufrido mi Gonzalo, perturbase para siempre su
inteligencia, ¿no es eso?
LEANDRO.- Eso precisamente.
DON ANSELMO.- Pues mira, acaso el insensato era yo; tal vez lo que
debo pedir a Dios de rodillas y vertiendo todas las lágrimas que puedan
dar de sí mis ojos, es que mi Gonzalo no recobre la razón jamás.
LEANDRO.- ¿Pero qué nuevo desatino me cuentas?
DON ANSELMO.- Lo que todos cuentan por Madrid. ¿Tú crees que no ha
llegado a mis oídos?
LEANDRO.- ¡Por Dios, Anselmo!
DON ANSELMO.- No finjas: tú no sabes fingir. Bien me comprendes.
Escucha. Anoche fui a despedirles a la estación. Los vi partir con
tristeza. Mi Gonzalo iba muy alegre; pero Ángela… Ángela no era la de
otras veces; y Enrique… llevaba en su rostro una mezcla extraña de dolor
profundo y de insensata alegría… ¡algo así como si Satanás pudiera
deslizarse a escondidas en el cielo!
LEANDRO.- Conformes: yo siempre he creído que Enrique es una mala
persona. De todas maneras, no sé a dónde vas a parar.
DON ANSELMO.- A contarte lo que oí, porque tú lo habrás oído también
y quiero que me digas la verdad.
LEANDRO.- Pero en fin, sepamos…
DON ANSELMO.- Pues ellos se fueron y yo salí de la estación triste y
preocupado; y lentamente y a pie empecé a subir hacia el centro de la
villa. Marchaban delante unos jóvenes, que habían ido a despedir a no sé
qué familia… [46] y hablaban, y reían, y retazos de su conversación
llegaban a mi oído entre risas, chistes, humo de los cigarros y bocanadas
de viento.
LEANDRO.- ¿Y qué decían?
DON ANSELMO.- Pues decían: «van juntos… ¡los tres!» y celebraban la
ocurrencia con sonoras carcajadas. ¿Por qué me estremeció esta frase? ¡Hay
tanta gente en el mundo!… ¡Serán otros! y empecé a buscar en mi memoria
si había visto en el andén algún grupo de tres viajeros: ninguno, no podía
recordar ninguno, siempre se me ponían delante, Gonzalo con su alegría
ridícula, Ángela con su palidez, y Enrique con su sonrisa diabólica.
LEANDRO.- Sigue.
DON ANSELMO.- Sí: seguimos todos: ellos delante, yo detrás. Y al
cabo, hablaron del escándalo que contó Luis; y aquellos tres eran los
personajes de la escandalosa. Me acerqué más… ¡y oí el nombre
de Gonzalo!… Pero cortaron la frase unas mujeres que se interpusieron ¡y
con qué indiferencia, y qué risueñas! ¡Ah!, ¡las hubiera ahogado entre mis
brazos!… Por fin los alcancé otra vez, pensando con ira: sin duda uno de
esos se llama Gonzalo, ¡por qué, por qué ha de llamarse ese hombre como mi
hijo! Y les seguí con ansia infinita: y cruzaron de una a otra acera: ¡y

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