que fue hombre y está en mi corazón! ¡Si conoceré yo a mi Gonzalo!…
¡Pues ese quiero!… ¡Ese!…¡Ese!… ¡No el que se asoma a las
extraviadas pupilas con relámpagos de locura!… (Se oculta el rostro
entre las manos y solloza.) [42]
DON MATÍAS.- ¡Cálmese usted, por Dios santo!
DON ANSELMO.- ¡Ah! ¡Si yo supiera quién me ha robado mi hijo y quién
me ha puesto ese otro ser!
LEANDRO.- ¡Qué exageraciones!
DON ANSELMO.- ¡No son exageraciones! ¡Desde que le vi, estoy
repitiéndome por lo bajo esta frase horrible: mi hijo ha perdido la razón!
¡Niéguelo usted!
DON MATÍAS.- Todavía no puede decirse tanto.
DON ANSELMO.- ¡Todavía no!… ¡Luego hay peligro!… ¡Luego es
posible! ¡Posible para un padre quiere decir, es cierto!
DON MATÍAS.- Yo no he dicho…
DON ANSELMO.- ¡Usted lo ha dicho! ¡He perdido a mi Gonzalo! ¡Ahí
está, ahí está lo que yo temía! ¡Le he perdido: le he perdido más que si
estuviera yerto y helado! La muerte es muy triste, es espantosa; pero es
noble, sublime casi, ¡porque el mayor misterio es la mayor sublimidad!
¡Entre el silencio del que muere y el llanto del que vive, se cierne
invisible la esperanza! (Levantándose con desesperación.) ¡Pero la locura
de un ser, a quien yo quería tanto, es la muerte grotesca; es el escarnio
de la vida; es la mueca ignoble del payaso al borde de la fosa!
DON MATÍAS.- ¡Usted si que ha perdido la razón!
DON ANSELMO.- ¡El ser que tanto amaba, quedar vivo sólo para el
escarnio!… ¡Eso sí que no lo sufro!… ¡Esas cosas no las hace Dios!…
¡Alguno aquí abajo tendrá la culpa… y ese… ese… va a encontrarse
conmigo!
DON MATÍAS.- ¡Quiere usted que hablemos con un poquito de calma!
LEANDRO.- ¿Quieres escucharle?
DON ANSELMO.- Bueno, le escucharé: si tengo más calma de la que
ustedes me suponen. Vamos, hable usted.
DON MATÍAS.- Pues yo le explicaré a usted el caso.
DON ANSELMO.- Si yo no comprendería sus explicaciones.
DON MATÍAS.- Si acudiré a ejemplos vulgares.
DON ANSELMO.- Si yo no quiero que usted me diga más que una cosa: si
recobraré a mi Gonzalo: nada más. ¿Y cuándo? ¿Y [43] cómo? ¿Y de que
manera? ¡Ya ve usted qué sencillo!
DON MATÍAS.- ¡Pues necesito explicarme; pero usted no me deja!…
DON ANSELMO.- Bueno: pues diga usted y perdóneme, amigo mío.
DON MATÍAS.- Imagine usted, mi querido amigo, y perdone, usted
también la comparación, aunque le parezca extraña…
DON ANSELMO.- Si desde que está así mi hijo, todo me parece
extraño… todos me parece que estamos dementes.
DON MATÍAS.- Es posible.
LEANDRO.- Siga usted, que algo se aprende.
DON MATÍAS.- Imagine usted, decía, una estación telegráfica a orillas
de un río.
LEANDRO.- ¡Hombre, a donde hemos saltado!
DON MATÍAS.- Llega una avenida extraordinaria: crecen las aguas: la
oficina telegráfica se inunda, se anegan los aparatos y queda inutilizado
por el pronto, silencioso y muerto para toda circulación de ideas, para
toda comunicación humana, aquél centro de vida y de actividad. Pero la
crecida baja: queda libre el edificio: los aparatos funcionan y la vida
aparece de nuevo.
LEANDRO.- Perfectamente. Aunque a decir verdad, algo averiados
habrían quedado los tales aparatos, y no quisiera yo verme en su caso.
DON MATÍAS.- (A DON ANSELMO.) ¿Ha comprendido usted?
DON ANSELMO.- Algo; sí, señor. Pero, ¿qué tiene que hacer todo eso
con mi Gonzalo?
DON MATÍAS.- Que cada celdilla cerebral es una pequeña estación
telegráfica.
LEANDRO.- ¡Demonio! (Echandose mano a la cabeza.)
DON MATÍAS.- Que cuando la venida sanguínea o serosa crece y crece,
puede inundarla y la vida intelectual se perturba.
DON ANSELMO.- ¿Pero entonces mi Gonzalo?…
DON MATÍAS.- La naturaleza tiene recursos maravillosos, y el
organismo humano, mayor resistencia de la que suponemos.
LEANDRO.- Y si los aparatillos telegráficos no han sido destruidos…
DON MATÍAS.- Precisamente; si no han sido destruidos, recobran su
[44] actividad.
DON ANSELMO.- Y un hijo a quien yo quiero tanto, ¿ha de estar a
merced de esas cosas?
DON MATÍAS.- ¡Leyes inexorables!
DON ANSELMO.- ¡Que yo no sufro!
DON MATÍAS.- ¡Pobre don Anselmo! Calma… confianza… y ya veremos.
DON ANSELMO.- (Ensimismado.) Sí: veremos.
DON MATÍAS.- Conque hasta luego: pronto volveré. Don Leandro…
LEANDRO.- (Se despiden.) Querido doctor…
DON MATÍAS.- (¡Ah!, ¡el instinto de padre!… ¡Todo lo ignora… y lo
comprende todo.) (Aparte a DON LEANDRO. Sale por el fondo.)
Escena V
DON ANSELMO y DON LEANDRO.
LEANDRO.- (Aparte.) (¡Nada, que me han proporcionado una soberana
jaqueca! ¡Ya siento la cabeza llena de inundaciones!, ¡celdillas
anegadas!, ¡aparatos telegráficos zambullidos en sangre! ¡Jesús, María y
José, y qué cosazas inventan estos doctores! ¡No, pues éste no está muy
cuerdo! ¡Éste tiene también su correspondiente riada en las oficinas
cerebrales!) ¡Anselmo!, ¡querido Anselmo!… ¿Deseabas hablarme?
DON ANSELMO.- ¡Ah!, ¿eres tú? Sí: quería que hablásemos.
LEANDRO.- ¿No será de la enfermedad de tu hijo? ¡Porque te declaro
que no entiendo de esas cosas y que me hacen mucho daño!… ¡Como os
estimo tanto!…
DON ANSELMO.- De mi hijo se trata.
LEANDRO.- ¡Pero, Anselmo!…
DON ANSELMO.- ¿Me oíste hace poco? ¿Y crees saberlo todo? ¿Penetrar
todas mis angustias?
LEANDRO.- Creo que sí.
DON ANSELMO.- Pues te equivocas: son mayores, mucho mayores de lo que
imaginas. Esta casa, que hasta ayer, era toda [45] paz y alegría… honra
y dignidad… ¡Hoy es miserable ruina!… ¡Allá dentro, Gonzalo que
delira! ¡Ángela que llora!… ¡Aquí un hombre a quien a ratos abruma la
pena; a quien otras veces enciende la ira! Me crees viejo casi; débil;
bonachón… ¡ya verás, ya verás!
LEANDRO.- ¿Pero quién tiene la culpa de esa desgracia?
DON ANSELMO.- Eso es lo que yo quiero saber.
LEANDRO.- No te comprendo. (Aparte.) (Vaya si le comprendo.)
DON ANSELMO.- Decía yo antes que estaba desesperado, temiendo que la
conmoción que ha sufrido mi Gonzalo, perturbase para siempre su
inteligencia, ¿no es eso?
LEANDRO.- Eso precisamente.
DON ANSELMO.- Pues mira, acaso el insensato era yo; tal vez lo que
debo pedir a Dios de rodillas y vertiendo todas las lágrimas que puedan
dar de sí mis ojos, es que mi Gonzalo no recobre la razón jamás.
LEANDRO.- ¿Pero qué nuevo desatino me cuentas?
DON ANSELMO.- Lo que todos cuentan por Madrid. ¿Tú crees que no ha
llegado a mis oídos?
LEANDRO.- ¡Por Dios, Anselmo!
DON ANSELMO.- No finjas: tú no sabes fingir. Bien me comprendes.
Escucha. Anoche fui a despedirles a la estación. Los vi partir con
tristeza. Mi Gonzalo iba muy alegre; pero Ángela… Ángela no era la de
otras veces; y Enrique… llevaba en su rostro una mezcla extraña de dolor
profundo y de insensata alegría… ¡algo así como si Satanás pudiera
deslizarse a escondidas en el cielo!
LEANDRO.- Conformes: yo siempre he creído que Enrique es una mala
persona. De todas maneras, no sé a dónde vas a parar.
DON ANSELMO.- A contarte lo que oí, porque tú lo habrás oído también
y quiero que me digas la verdad.
LEANDRO.- Pero en fin, sepamos…
DON ANSELMO.- Pues ellos se fueron y yo salí de la estación triste y
preocupado; y lentamente y a pie empecé a subir hacia el centro de la
villa. Marchaban delante unos jóvenes, que habían ido a despedir a no sé
qué familia… [46] y hablaban, y reían, y retazos de su conversación
llegaban a mi oído entre risas, chistes, humo de los cigarros y bocanadas
de viento.
LEANDRO.- ¿Y qué decían?
DON ANSELMO.- Pues decían: «van juntos… ¡los tres!» y celebraban la
ocurrencia con sonoras carcajadas. ¿Por qué me estremeció esta frase? ¡Hay
tanta gente en el mundo!… ¡Serán otros! y empecé a buscar en mi memoria
si había visto en el andén algún grupo de tres viajeros: ninguno, no podía
recordar ninguno, siempre se me ponían delante, Gonzalo con su alegría
ridícula, Ángela con su palidez, y Enrique con su sonrisa diabólica.
LEANDRO.- Sigue.
DON ANSELMO.- Sí: seguimos todos: ellos delante, yo detrás. Y al
cabo, hablaron del escándalo que contó Luis; y aquellos tres eran los
personajes de la historia escandalosa. Me acerqué más… ¡y oí el nombre
de Gonzalo!… Pero cortaron la frase unas mujeres que se interpusieron ¡y
con qué indiferencia, y qué risueñas! ¡Ah!, ¡las hubiera ahogado entre mis
brazos!… Por fin los alcancé otra vez, pensando con ira: sin duda uno de
esos se llama Gonzalo, ¡por qué, por qué ha de llamarse ese hombre como mi
hijo! Y les seguí con ansia infinita: y cruzaron de una a otra acera: ¡y


















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