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Хосе Эчегарай. Вздор и правда. José Echegaray. La realidad y el delirio


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se me ocurrió la misma idea.
LUIS.- Y a todo el mundo: es lo que corre por Madrid.
CARLOTA.- Pues no hay tal cosa. Dice mi marido que no tiene Gonzalo
herida alguna: de arma noble ni de hierro, ni de plomo.
LUIS.- ¿De modo que ha sido golpe: verdadero golpe?
CARLOTA.- Sí, señor. [37]
LEANDRO.- ¡Entonces pudo ser una lucha en el tren!
LUIS.- ¡Claro que pudo ser!
LEANDRO.- ¡Ángela desmayada!… ¡Los dos hombres forcejeando en
mortal abrazo!… ¡Una tragedia en un reservado arrastrada por una
locomotora a cincuenta kilómetros por hora! ¿Qué tal?
LUIS.- ¡Admirable, don Leandro!… ¡Eso es mucho más dramático que el
desafío!
PAULINA.- ¿Qué disparates están ustedes inventando?…
CARLOTA.- ¡No tanto Paulina! ¿Quién sabe?
LEANDRO.- Será disparate… pero la invención no es mía.
LUIS.- ¡Lo suponemos: es usted demasiado formal!…
LEANDRO.- ¡Lo he oído!… ¡Sí, señora, lo he oído!
PAULINA.- ¡El genio de la invención es fecundo!
LEANDRO.- Y agregaron que esta versión era más natural: más propia de
los adelantos de la época. Antes, los crímenes se realizaban en tal punto
del espacio y en tal instante de tiempo: eran crímenes estáticos. Ahora el
elemento dinámico es de rigor: la criminalidad en movimiento será la
última palabra del arte criminal: y habrá crímenes ómnibus, crímenes
mixtos, y crímenes exprés, devorando el espacio a todo vapor. No se
hablará del crimen sencillo, sino de la línea criminal con sus rasantes,
sus pendientes y sus curvas; y el código tendrá muy en cuenta el radio de
la curva, porque es claro, que cuanto más torcida es la conducta de un
reo, mayor debe ser la pena.
LUIS.- ¿Y eso tampoco lo ha inventado usted?
LEANDRO.- Tampoco: lo he oído; pero no me pareció mal.
PAULINA.- ¡Perfectamente! Una mujer se muere de pena, un hombre se
morirá acaso de desesperación, una familia se hunde en la desgracia… y
esos desocupados, cuyas ingeniosas invenciones ustedes recogen, hacen de
la tragedia de Ángela y Gonzalo, materia sabrosa de entretenimientos
ligeros, chistes insulsos, y extravagancias ridículas… ¡bien por la
simpatía, la caridad y la nobleza de las almas honradas! [38]
LEANDRO.- ¡Por Dios, Paulina, yo no hice más que repetir como un
eco!…
PAULINA.- ¡Ya lo sé, señor de Oca! Pero ahora no repita usted nada,
porque creo que viene don Anselmo.
CARLOTA.- Con mi marido: él nos completará la .
PAULINA.- Y procuren ustedes poner la cara triste.
LEANDRO.- ¡Oh!, tristes… lo estamos seguramente.

Escena III

CARLOTA, PAULINA, DON LEANDRO, LUIS, DON ANSELMO y DON MATÍAS.

(Los dos últimos por la derecha, segundo término.)

DON MATÍAS.- (A DON ANSELMO.) Por ahora no hay más que hacer: mucho
reposo: no contrariarle en nada: si se empeñara en levantarse y en andar
por la casa… dejarle… dejarle… y yo volveré dentro de tres o cuatro
horas. Conque don Anselmo… (Despidiéndose.)
DON ANSELMO.- Perdone usted, amigo mío… (Deteniéndolo.) quisiera
que hablásemos. Dispense usted, Paulina… dispense usted, Luis… no les
había visto… ¡Llevo una niebla en los ojos… no veo nada!
LUIS.- No se preocupe usted por nosotros. Hemos sabido la
ocurrencia… y hemos venido, como es natural, a ofrecernos, tanto mi
hermana como yo… incondicionalmente.
LEANDRO.- ¡Lo que yo dije… incondicionalmente!… Tanto yo…
como… en fin: yo mismo.
DON ANSELMO.- Muchas gracias, amigos míos: muchas gracias. Si quieren
ustedes ver a la pobre Ángela… en el gabinete está… y se alegrará
mucho… (A PAULINA y CARLOTA.)
PAULINA.- ¿Si no incomodamos?
DON ANSELMO.- De ningún modo. ¡Amigos como ustedes!… Si de ustedes
no recibimos consuelo en estas circunstancias, ¿de quién? [39]
PAULINA.- Pues entonces… (A CARLOTA.) ¿Vamos allá?
CARLOTA.- Sí, vamos.
PAULINA.- ¡Hasta luego, don Anselmo!
CARLOTA.- Adiós.
DON ANSELMO.- Adiós, hijas mías.
PAULINA.- ¡Pobre Ángela! (Salen por la derecha, primer término.)
LUIS.- Pues yo… con el permiso de usted… y reiterando mis
ofrecimientos… (Dándole la mano.)
DON ANSELMO.- Los agradezco de veras.
LUIS.- Ya volveré más tarde.
DON ANSELMO.- Adiós, Luis. (Sale LUIS.)
LEANDRO.- Y yo con tu permiso… y reiterando…
DON ANSELMO.- No: tengo que hablar contigo: haz el favor de esperar
unos instantes.

Escena IV

DON ANSELMO, DON MATÍAS y DON LEANDRO.

LEANDRO.- Estoy siempre a tu disposición: si los amigos no sirven
para estos casos, ¿para qué sirven? Puedes creerme…
DON ANSELMO.- Ya lo sé, querido Leandro. Siéntese usted, señor don
Matías; siéntese usted. (Se sientan los dos en el sofá.) Perdone usted, si
le molesto con preguntas, amigo mío; pero usted sabe lo que yo quiero a mi
Gonzalo: usted ve… ¡cómo le veo!, ¡y usted adivinará lo que estoy
sufriendo!
DON MATÍAS.- Lo adivino, mi buen amigo.
LEANDRO.- Lo adivinamos todos.
DON ANSELMO.- ¡Sufro mucho!… Por estas y por otras razones…
¡sufro mucho! ¡Y necesito de toda mi fuerza de voluntad!… En fin, todo
sea por Dios y Él me dé paciencia y fortaleza. Vamos a ver, amigo mío: la
verdad; que yo soy un hombre que sabe resistir las malas noticias:
¿peligra… peligra… peligra la vida de mi Gonzalo?
DON MATÍAS.- No, señor. Esté usted tranquilo: su vida… lo que es su
vida… su vida… no peligra. Yo se lo aseguro a usted, a fe de hombre
honrado y de amigo leal. [40]
DON ANSELMO.- (Mirándolo fijamente.) ¡Ah!… Dice usted que no
peligra la vida de mi Gonzalo… y su acento de usted es triste; y separa
usted de mí la vista! ¡No disimule usted, no, finja! ¿No sabe usted, que
el cariño de un padre es más sutil que toda la penetración de los
doctores, y más sabio que toda su ciencia? Ustedes escuchan ruidos
cavernosos en el pecho del enfermo; cuentan pulsaciones más o menos
rápidas; miden grados de calor con precisión suma; sí, señor. Ponen
ustedes en comunición su inteligencia con la materia dolorida y abrasada
del ser que sufre… bueno, claro, saben ustedes mucho, no lo niego; pero
nosotros, los padres ¡sabemos, más! ¡Sin escuchar, oímos: por los latidos
de nuestro propio corazón contamos los del hijo amado: arde en nosotros la
calentura que abrasa aquella carne de nuestra carne: ponemos en
comunicación nuestra alma con la suya: y cuando se nos empañan los ojos es
que la muerte proyecta su sombra sobre el hijo y sobre el padre, que son
la misma existencia, y se apagan con la misma agonía!
DON MATÍAS.- ¡Por Dios, don Anselmo!
LEANDRO.- ¡Pero qué hombre este!
DON ANSELMO.- ¡Si no me engañan ustedes! Si yo oigo una voz que me
dice: «¡Gonzalo ha sido hasta hoy tuyo: ya es mío!» Y esa voz yo la
conozco: la oí cuando murieron mis padres, cuando murió mi hija, siempre
que perdí algún ser querido: ¡oh!, ¡el timbre de esa voz me hiela la
sangre y levanta tempestades de desesperación aquí dentro!
DON MATÍAS.- ¡Pero qué locuras son las de usted, amigo don Anselmo!
LEANDRO.- ¿Pues no te dice nuestro ilustre doctor, que responde de la
vida de Gonzalo?
DON ANSELMO.- De su vida… de su vida material, sí…
LEANDRO.- ¿Y qué?
DON ANSELMO.- ¿Responde usted también de su razón? (En voz baja y con
angustia.) [41]
DON MATÍAS.- ¡Amigo mío!…
DON ANSELMO.- ¡Ah!, ¡ya no contesta usted!
DON MATÍAS.- Pues hablemos con más calma. Gonzalo ha sufrido un golpe
violentísimo, según parece: una conmoción cerebral: hay congestión… hace
unas cuantas horas ocurrió el accidente… ¿y ya quiere usted que esté
bueno?
DON ANSELMO.- No, señor. ¡Quisiera que estuviese peor! ¡Quisiera que
le abrasase la fiebre; que delirase: quisiera todo eso! ¡Y mi angustia
sería muy grande; pero lucharíamos: usted, con su conciencia; yo, con mi
amor; y con la ayuda de Dios saldríamos adelante, que él es joven,
vigoroso y mi Gonzalo no ha de morirse por tan poco!
LEANDRO.- ¿Entonces?
DON ANSELMO.- Pero mi hijo no tiene fiebre.
DON MATÍAS.- No, señor.
DON ANSELMO.- Gonzalo está tranquilo.
DON MATÍAS.- Es verdad.
DON ANSELMO.- ¡A veces sonríe!
DON MATÍAS. Lo he observado.
DON ANSELMO.- ¡Pero qué sonrisa! Y sobre todo, ¿por qué sonríe, si no
hay motivo?
DON MATÍAS.- Son síntomas nerviosos.
DON ANSELMO.- Habla casi juiciosamente…¡pero con una vaguedad…
con unas ideas tan extrañas… con una malicia tan sin razón! ¿Y sobre
todo, aquella mirada!… ¡Yo no quiero que me mire así! ¡Por Dios santo,
borre usted aquellos resplandores de sus en ojos! ¡Mi Gonzalo no está
ellos!… ¡Es otro Gonzalo!… ¡Es otro ser distinto del que yo conozco,
del que yo amo!… ¡Y yo quiero el mío! ¡El de siempre!… ¡El que estuvo
en mis rodillas cuando niño! ¡El que creció y estuvo en mis brazos!… ¡El

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