GONZALO.- ¡Hace dos días llegó al paroxismo del furor y de los celos!
Me juró que vendría a decírtelo todo, a destruir nuestra felicidad para
siempre, si esta misma noche no iba a verla.
ÁNGELA.- ¡Acaba, Gonzalo, acaba!
GONZALO.- ¡Y tuve miedo! ¡No por ella; por ti! ¡No podía resistir tu
mirada, ni tus caricias… Parecíame que te profanaba… No osaba
acercarme a ti hasta no borrar ese rastro maldito de mi locura… y fingí
un viaje… y salí de esta casa… y dudé mucho…,y luché más… y
encendí todas mis iras con el fuego de nuestro cariño… ¡Y fue allá hace
una hora!
ÁNGELA.- ¡Gonzalo! ¿Qué dices? ¡Qué me estás diciendo!…¡Ay, Dios
mío!.. ¡Dios mío!
GONZALO.- ¡Lo comprendo! ¡Comprendo tu enojo… tu desesperación…
que me rechaces… que maldigas… comprendería que me dieses muerte! ¡Así
quiero que me ames! ¡Así te amo yo! ¡Pero si hubieses podido verme hace
poco!
ÁNGELA.- ¡Hace poco!…
GONZALO.- ¡Sí me hubieses oído! ¡Fui descortés, brutal! ¡Llegué a ser
infame con aquella mujer! ¡Y por ti todo! ¡Le dije que una lágrima tuya
valía más para mí que todos los dolores de todos los seres capaces de
sufrir! ¡Estas manos que ahora te acarician, como tenazas torturaron sus
brazos!… ¡Fui todo lo cruel y todo lo egoísta que el verdadero amor
exige!
ÁNGELA.- ¡No!…, ¡no por Dios, Gonzalo!… ¡Eso sería horrible!
¡Engáñame!… ¡Afréntame!… ¡Maltrátame como a ella! ¡Pero no me quieras
tanto, no!… ¡Mira que mi corazón va a estallar si es verdadero tu amor!
GONZALO.- ¿No me crees? ¡Ya lo sabía yo: ya sabía que ibas a decirme
todo eso! ¡Pero yo te daré pruebas! ¡Mañana mismo salimos de Madrid!
¡Lejos, lejos de esa mujer! ¡Nosotros a Francia, a Italia, al Nuevo Mundo!
¡A donde [31] tu quieras! Y quédese aquí Julia como lo que pasó para
siempre, como sombra que se desvanece, como recuerdo que se borra, como
algo que se hunde en la nada.
ÁNGELA.- ¡Ah!, ¡miserable de mí, que no es culpable… y soy maldita!
(Esto último casi en voz baja.)
GONZALO.- ¡No!, ¡calla!, ¡no digas esas cosas!… ¡Ven a mis brazos!
ÁNGELA.- ¡Gonzalo!… ¡Mi Gonzalo!… ¡Ven! (Tendiéndole los brazos.)
¡No! (Rechazándole.) ¡Dios mío!… ¡Dios mío! (Cae sin sentido en el
sofá.)
GONZALO.- ¡Ángela!… ¡Socorro!… ¡Aquí!… ¡Pronto!…¡No!… ¡Esto
no será nada!… ¡Esto pasará!… ¡Si, pasará!… ¡Porque si yo perdiese a
mi Ángela!… ¡Ah!, ¡entonces… o a mi corazón la muerte… o a mi
cerebro la locura!… (Queda ÁNGELA desmayada en el sofá y GONZALO
acariciándola y atendiéndola para que vuelva en sí.)
FIN DEL ACTO PRIMERO. [33]
Acto segundo
(La misma decoración del acto primero. Es de día.)
Escena I
DON LEANDRO, CARLOTA.
(CARLOTA escuchando a la puerta de la derecha, segundo término. DON
LEANDRO sentado junto a la mesa.)
LEANDRO.- ¿Se oye algo?
CARLOTA.- No: en este momento, nada: todo en calma.
LEANDRO.- ¿No se queja Gonzalo?
CARLOTA.- Desde que llegaron, no le he oído quejarse ni una vez.
Cuando le vi, estaba muy pálido: la vista extraviada, una sonrisa que daba
miedo, de pronto miraba a su alrededor como si buscase algo; pero ni una
queja.
LEANDRO.- ¿Y Ángela? (Preguntando con misterio.)
CARLOTA.- Como usted la vio: ¡llorando: una Magdalena
LEANDRO.- ¡A buen tiempo! ¡Si hubiese tenido más juicio!.. ¡Una
Magdalena! ¡Lo que la sociedad necesita no son Magdalenas… sino mujeres
honradas!… Diga usted que la [34] honradez es prosaica, y el
arrepentimiento poético. El mundo está perdido, Carlota, está perdido.
CARLOTA.- Tiene usted razón, don Leandro. ¡Qué desgracia!
LEANDRO.- Y seguirán; si, señora, seguirán. Estos dramas de la
existencia son como los del teatro… adelante y adelante… hasta que
llega la catástrofe.
CARLOTA.- ¿Qué catástrofe mayor que la que ya tenemos? ¡Ángela… ya
usted ve! ¡Pues Gonzalo… no hay que decir! ¡Pues don Anselmo… ya hemos
de ver lo que hace’
LEANDRO.- Vendrán catástrofes mayores, no le quede a usted duda.
¿Hasta ahora ha muerto alguien? No. Pues hasta que se mueran todos no
llegaremos al fin. En el convencionalismo del arte, el autor se contenta
con matar uno o dos personajes; en la realidad, no escapa uno. ¡Oh, yo
tengo mucha experiencia! Los autores son tímidos, la tragedia humana es
más valerosa, en todos sus actos la decoración final representa un
cementerio. Me parece que la observación es nueva.
CARLOTA.- ¡Calle usted, don Leandro, calle usted por Dios, que
bastante tenemos con estos disgustos!
Escena II
CARLOTA, DON LEANDRO, PAULINA y LUIS, por el fondo.
PAULINA.- ¡Carlota!
CARLOTA.- ¡Querida mía!
PAULINA.- ¿Pero es cierto?
CARLOTA.- Por desgracia lo es.
PAULINA.- ¿Pero cómo ha sido?… ¡Yo lo supe ahora mismo, y dije…
allá, allá!… ¡Pobre Gonzalo! ¡Pobre Ángela!… ¡Vengo aturdida!… ¡Qué
funesta casualidad!
LUIS.- ¡Como usted lo está oyendo… venimos aturdidos!
LEANDRO.- ¡Aturdidos lo estamos todos!…
LUIS.- Yo… a decir la verdad, no tanto. Algo esperaba.
CARLOTA.- ¿Pero cómo había usted de esperar lo que sucede? Será usted
adivino. [35]
LUIS.- Lo que sucede, precisamente… no; pero algo así… era
inevitable.
LEANDRO.- ¡Inevitable!, sólo que a veces la casualidad sustituye a la
lógica: la forma es distinta; el fondo es idéntico.
PAULINA.- Déjese usted de adiviniciones y de lógicas, y cuéntanos
cuanto sepas. (A CARLOTA.) Cómo fue… cómo llegó Gonzalo… cómo está
Ángela… en fin, todo lo que ocurre en esta casa.
CARLOTA.- Hija, yo te diré lo que he podido averiguar. Anoche
salieron en el tren de Francia, Ángela, Gonzalo y Enrique.
LUIS.- ¡Los tres! ¡Es inaudito!
LEANDRO.- ¡Es inconcebible! ¡Después del escándalo! Cuando todo el
mundo está… ¡cómo está todo el mundo en estas ocasiones!
CARLOTA.- Gonzalo nada sabía, no le dieron tiempo para enterarse.
(Con ironía.) Veinte y cuatro horas más… y yo creo que hubiese
suspendido el viaje.
PAULINA.- ¡Lo de siempre! ¡La marea social que sube, pero que tarda
cierto tiempo en subir: primero su oleaje golpea el pecho, luego salpica
los labios, poco después se desliza en los oídos, al fin una ola mayor
cubre la cabeza y allá se queda en el fondo el infeliz anegado, y la marea
vencedora sigue creciendo; ¡pobre Ángela!
LEANDRO.- ¡Pobre Ángela! ¿Pues por qué no se opuso a ese viaje
absurdo y ridículo?
PAULINA.- ¡No conoce usted a Gonzalo! Bueno, noble, generoso, como
nadie, pero terco hasta lo inconcebible.
CARLOTA.- Es verdad: mi marido dice, que en aquel cerebro hay un
remolino de locura, y en su familia hay precedentes.
LEANDRO.- Dios nos libre de esos remolinos.
LUIS.- No tema usted, don Leandro: usted está libre de esas
contingencias patológicas.
LEANDRO.- Así lo creo. De todas maneras lo que me espanta es la
osadía… la poca aprensión… el descaro, porque hay que dar su nombre a
las cosas: el descaro de Enrique. [36]
LUIS.- Quien tuvo osadía para lo más ¿ha de tener escrúpulos para lo
menos? Si el propio marido se empeñaba… él ¿qué había de hacer? Lo
brindan el panal, a la miel acerca los labios.
PAULINA.- ¡Ay, Dios mio, qué discusiones! ¿Acabarás de contarnos el
suceso?
CARLOTA.- ¡Pues anoche se fueron: y esta mañana preparábase mi marido
para salir, cuando llegaron a buscarle con mucha prisa. Que los señores
habían vuelto!, ¡que Gonzalo venía muy malo!, ¡que al subir o al bajar del
tren había recibido un golpe terrible!, ¡que habían tomado el primer tren
ascendente!, ¡que la señora estaba desesperada!, ¡y don Anselmo
desesperado!, ¡y desesperado Enrique! ¿Qué sé yo? ¡Una confusión de
palabras! ¡Pasó en seguida mi marido… y a poco vine yo… y aquí estamos
todos!
PAULINA.- ¿Pero cómo ha ocurrido el accidente?
CARLOTA.- Con pormenores no he podido saberlo; porque la familia no
está para interrogatorios.
LEANDRO.- ¡Una imprudencia de Gonzalo! ¡Y las imprudencias se pagan!
¡Un pobre hombre que no tiene aplomo; y él, cuanto le rodea… ¿qué, ha de
suceder? ¡A tierra!
LUIS.- ¿Qué sé yo? ¡La historia que nos ha referido Carlota, es
inverosímil!
CARLOTA.- Pues díganos usted su opinión.
LUIS.- No: yo no tengo opinión: nada sé: pero veo ante mí muchos
dramas posibles.
LEANDRO.- Por ejemplo.
LUIS.- Por ejemplo… ¡un desafío entre Gonzalo y Enrique!
CARLOTA.- No, señor: no. De eso ya me he enterado yo: porque también


















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