.
ÁNGELA.- ¡Es verdad!
GONZALO.- ¡Mi querido Enrique!… ¡Vengan los brazos!
ÁNGELA.- (Aparte a PAULINA.) (¡Miserables!… ¿Hay algo más miserable
que el hombre, Paulina?… ¡Debían ahogarse… y se abrazan!… ¡Ah, la
miseria humana!
ENRIQUE.- ¡Lo digo de veras! (A GONZALO.)
GONZALO.- ¡Qué desatino! (A ENRIQUE.)
ÁNGELA.- (Aparte.) (¡Es preciso que yo se lo diga todo a Gonzalo!
¡Que sufra como yo sufro! ¡Para el odio como para el amor hace falta
compañía!)
GONZALO.- ¿Pero no es una broma?
ENRIQUE.- No lo es.
GONZALO.- ¡Pues si no es broma, es locura! ¡Huir de España: de los
amigos: de la familia!
ENRIQUE.- Para siempre: es cosa resuelta.
GONZALO.- Yo te haré desistir… ¡corre de mi cuenta!
ÁNGELA.- (Aparte a PAULINA.) (¿No le oyes? ¡Traidor y además
imbécil!)
ENRIQUE.- Ha de ser mañana.
GONZALO.- (Riendo.) ¿Mañana? Corriente. ¿Irás por el pronto a París?
ENRIQUE.- Punto de partida obligado para todos los rumbos del
horizonte.
GONZALO.- Pues allá vamos también Ángela y yo.
ÁNGELA. (Aparte a PAULINA.) (¿Qué dice Paulina?)
PAULINA.- (Aparte a ÁNGELA.) (¡Qué idea!)
ENRIQUE.- ¡Gonzalo! [26]
GONZALO.- ¡Ni más, ni menos! El mismo proyecto traía yo…por
razones… por ciertas razones… que luego diré a mi querida Ángela. ¿Tu
partida era algo así… como una fuga? ¡Pues una fuga pensaba yo que fuese
nuestro viaje! Conque nos fugamos juntos.
ENRIQUE.- ¡Imposible!
GONZALO.- ¡Imposible! ¡Ya verás si es imposible! No has visto nunca
cuando tengo una idea ¿cómo se aferra en mi formidable entrecejo? ¡La idea
fija, la obstinación, la terquedad, acaso la locura! ¡Todo eso está
escrito aquí con apiñadas lineas vigorosas! (Riendo.)
PAULINA.- (Aparte.) (¡Qué hombre!)
ÁNGELA.- Bien dices, Gonzalo: no es terquedad… es locura.
GONZALO.- ¡Si yo soy medio loco! Y tú tienes la culpa… ¡ya lo
sabes!
ENRIQUE.- No, Gonzalo; no.
GONZALO.- ¡Que no! ¡Ya lo verás! Por terco, por loco… por todo lo
que queráis, os digo que saldremos, mañana los tres… en departamento
reservado… ¡y a viajar!… Francia… Alemania… Italia… las ruinas
de Pompeya… y Roma… ¡A Roma por todo! ¿No te basta?… ¿Te apetece
América? ¡Pues a la tierra americana!… Siempre los tres: ¡la esposa
divina, el esposo amante y el amigo leal!… ¡Y qué viaje!.. ¡En un
soberbio vapor!… ¡El cielo azul!… ¡La mar verdosa!… ¡El humo
negro!… ¡La estela blanca!
ÁNGELA.- ¡Ah!… ¡Calla!… ¡Calla!
PAULINA.- Ángela ¿qué tienes?
GONZALO.- ¡Que yo pinto tan bien las cosas, que ya siente los efectos
del mareo!
ÁNGELA.- Sí… eso es… y el asco del mareo también.
GONZALO.- ¡Ah!, ¡mi pobre Ángela!
ENRIQUE.- Oye; Gonzalo…
GONZALO.- Te digo que no oigo nada. Mira: ¡aquí está la idea!,
¡conque buenas noches! ¡Ahora te vas! ¡Tengo que explicarle a mi mujer por
qué nos fugamos de Madrid! Adiós, querido.
PAULINA.- Entonces… yo también… [27]
GONZALO.- Como usted quiera…
PAULINA.- ¡Adiós, Ángela; adiós!
GONZALO.- Si acompañases a Paulina… abajo tenéis el coche. (A
ENRIQUE.)
ENRIQUE.- ¡No quieres escucharme?
GONZALO.- No: ni una palabra. Adiós, Enrique. (Al ver que insiste.)
¡Ay! ¡Dios mío!…, ¡qué plomo! ¡Respeto al viajero fatigado! ¿No sabéis
que vuelvo de un viaje? Adiós, Paulina: siempre admirándola y queriéndola.
PAULINA.- Adiós, Gonzalo. (Se dan la mano.)
ENRIQUE.- Adiós. Yo haré… ¡quien lo sabe!
GONZALO.- ¡Gracias al cielo! ¡Qué trabajo cuesta echar la gente de
casa! (Toca un timbre.)
Escena IX
ÁNGELA, GONZALO y un momento dos criados.
GONZALO.- ¡Bernardo!… ¡Juan!… (Aparecen los dos.) Llévense
ustedes las luces; retírense a descansar; cierren las puertas del hotel…
¡y buenas noches!… ¡Ah!, ¡qué pesados!… ¡Al fin! (Cierra las puertas:
queda el salón sin más luz que un quinqué.) ¡Ya estamos solos! ¡Nadie nos
separa, amor mío!
ÁNGELA.- ¿Nadie?
GONZALO.- ¡Alguien quiso; pero no pudo! ¡Oye, Ángela mía; quiero que
hablemos! ¡Quiero pedirte perdón! ¡Quiero hacer confesión general y de
rodillas, si tú lo exiges!
ÁNGELA.- No te comprendo. (Alejándose de GONZALO.)
GONZALO.- ¿Por qué huyes de tu Gonzalo? ¡Ah!, ¡el instinto del amor!
¡Aunque nada sabes, adivinas que acaso pudieras tener motivo para estar
enojada! ¡Pero no lo tienes, no; porque tú lo eres todo para mí: la dicha
cerca, la esperanza lejos, mi Ángela siempre: porque la dicha se llama
Ángela; y la esperanza, Ángela; y todo lo hermoso se llama Ángela! ¡Y los
ángeles se llaman ángeles, porque tú te llamas Ángela! [28]
ÁNGELA. ¡Calla!… ¡Calla!… ¡No digas eso!… ¡Déjame!
GONZALO.- ¡No huyas!… ¡Dame tu mano y óyeme!
ÁNGELA.- ¡Ay, Virgen Santísima!
GONZALO.- ¡Los hombres somos muy malos! ¡Créeme: si lo sabré yo, muy
malos! Malos por naturaleza; y luego la sociedad, las costumbres, la
educación, la mala educación, nos hacen peores. ¡Ya ves tú qué arreglo! El
vicio es para nosotros un alarde, una gala: hasta que no somos viciosos,
somos niños, y sólo nos consideramos hombres, cuando circula por nuestras
venas la primera gota maldita de la corrupción. ¿Qué tal empiezo? ¿Puedo
ser más franco y más humilde, Ángela mía?
ÁNGELA.- ¡No!, ¡dices bien!, ¡todo eso es verdad! Pero déjame: ¡si tú
supieras que peso tengo en la frente y qué angustia en el corazón!
GONZALO.- ¡Yo besaré tu frente para refrescarla y oprimiré tu pecho
para contener sus latidos!
ÁNGELA.- ¡No!… ¡Vete!… ¡Vete!
GONZALO.- ¿Qué tienes?
ÁNGELA.- No lo sé.
GONZALO.- Yo, sí: el presentimiento de que voy a revelarte cosas
horribles; pero no lo son tanto.
ÁNGELA.- ¿Y tú, no tienes ningún presentimiento?
GONZALO.- Sí: el presentimiento de que vas a perdonarme. Si la mujer,
y una mujer como tú, no perdonase, sería que Dios no quiso que bajara el
perdón a la tierra.
ÁNGELA.- ¡No: yo no quiero perdonar, ni quiero que me perdonen a mí!
GONZALO.- ¿A ti? ¡Pobre Ángela mía! (Sonriendo.) Pero déjame seguir
mi confesión. Antes de que tu amor purificase mi alma, fui como todos; no
tan malo como los demás, yo te lo juro: fui malo casi por vergüenza de ser
bueno, ¡hace uno tan mal papel si alardea de virtuoso! En fin… tampoco
quiero glorificarme… fui como son los demás; un imbécil que confunde el
amor con el placer, un pobre ciego de nacimiento que abre los ojos a la
luz, [29] y desde el fondo de su alcoba cree que la miserable lamparilla
del enfermo es toda a luz del espacio… ¡y luego llega el día y ve en lo
infinito de lo azul la suprema majestad del sol!…¡Eh!, ¡qué tal!, ¿no
está bien dicho? ¿Quién será ese cielo? ¿Quién será ese sol? (Sonriendo y
acariciándola.)
ÁNGELA.- ¡Basta!, basta, ¡Gonzalo! (Quiere levantarse. GONZALO la
detiene.)
GONZALO.- Escúchame, Angela, y perdóname. No sé como decirte lo que
tengo que decirte… pero la lealtad, el amor, la dicha de toda nuestra
vida, que ahora empieza… me obligan a ello.
ÁNGELA.- ¿La lealtad y el amor obligan a decir la verdad?
GONZALO.- Sí; siempre ¿quién puede dudarlo?
ÁNGELA.- Pues habla, que también hablaré yo; que también soy leal y
también tengo amor.
GONZALO.- Ángela, amor mío, mujer profanada por la mezquindad de mi
ser; pero profanada antes de conocida, no después: ¡te lo juro!…
ÁNGELA.- ¡Ah!, ¿qué dices?
GONZALO.- Mira…, yo amé…, creí amar a otra mujer…
ÁNGELA.- ¿A Julia?
GONZALO.- ¿Qué? ¡Lo sabías!
ÁNGELA.- Sí: lo supe: lo sé.
GONZALO.- ¡Pero ya no la amo! ¡La odio!
ÁNGELA.- ¡Pero yo no he amado a nadie! ¡Ni antes ni después!
GONZALO.- También lo sé. ¡Amar tú! ¡Pobre de ti! ¡Para mí reclamo el
perdón, pero yo no te lo daría! ¡Cuando el hombre peca y se arrepiente, el
perdón es justo, es de ley Divina: es un pecador arrepentido, no más!
¿Cuando el ángel peca se convierte en algo infernal! ¿El Gólgota redimió
al hombre; a Luzbel, no!
ÁNGELA.- De modo que para mí no habría redención, ni perdón tampoco!
GONZALO.- ¡No!, ¡eso no! ¡Mis brazos para ahogarte! ¡El infierno para
recibirte! ¡Pero pobre Ángela mía! ¡Qué cosas dices! ¡Déjame acabar!
¡Desde que me uní a ti para [30] siempre, Julia me persigue, me hostiga,
me amenaza!
ÁNGELA.- ¡Acaba!


















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