en
voz baja, PAULINA se sienta junto a ÁNGELA, la acaricia, y procura
consolarla.)
PAULINA.- ¡Ángela, no seas así! ¡Ten valor! ¡Óyeme!… ¿Ha muerto
acaso?
ÁNGELA.- ¿Quién?
PAULINA.- Tu amiga, tu compañera, la que tú nos dijiste…
ÁNGELA.- ¡Ah!… ¡Sí: pues eso!… ¡Ha muerto!… ¡Todo muere: cómo
no había de morir!… ¡Y es mejor: se descansa: se olvida!… ¡La
memoria…, la memoria es la maldición de la vida!
PAULINA.- ¡Por Dios, no digas eso!… ¡Qué ideas!
CARLOTA.- (Aparte a los demás.) Ha muerto: ya lo decía yo.
DON ANSELMO.- (A CARLOTA.) Tenía usted razón.
LEANDRO. Todos lo decíamos: no podía ser otra cosa.
LUIS.- Si no era eso, ¿qué podía ser?
DON ANSELMO.- Vamos, hija, sosiégate. ¿Deseas algo? ¿Prefieres
retirarte?…
PAULINA.- ¿Quieres que te dejemos descansar?
ÁNGELA.- ¡Sí!… ¡Por favor!… ¡Prefiero estar sola!…
CARLOTA.- Entonces…
ÁNGELA.- No: sola, no. ¡No me dejen ustedes! ¡Qué noche!… ¿Habrá
sido un sueño?… ¿Don Anselmo, habrá sido un sueño?…
DON ANSELMO.- ¡La vida lo es, según dice el gran poeta!
ÁNGELA.- ¡Ah! ¡Si hubiese sido un sueño, qué alegría!… ¡Y sin
embargo, yo quisiera dormir, dormir profundamente, pero sin soñar!… ¡Y
ustedes aquí, a mi lado, protegiéndome, porque tengo miedo! ¡Y todo sueño
es infame y traidor: oscurece el pensamiento, mata la voluntad, anuda
cordeles de sombra a la garganta! ¡Ven, Paulina; ven: abrázame, bésame,
maltrátame, destrenza mis cabellos, golpea mi cuerpo!… ¡Despertar,
despertar!… ¡Quiero despertar!… (Se pone en pie con muestras de
desesperación.)
DON ANSELMO.- ¡Por Dios santo, Ángela, ten un poco de juicio!
Comprendo tu pena: perder a un ser querido es muy doloroso! [21] ¡Pero no
se trata al fin y al cabo, ni de una madre, ni de un hijo, ni de un
esposo!…
ÁNGELA.- ¡Mi esposo!… ¡Mi Gonzalo!… ¡Ay, Dios mío, Dios mío!..
(Cae llorando en el sofá.)
CARLOTA.- Ya rompió a llorar: con ese desahogo pasará la crisis.
LEANDRO.- Indudablemente.
LUIS.- El cielo y las mujeres se desahogan llorando.
DON ANSELMO.- Ahora debemos retirarnos: Paulina hará el favor de
quedarse con ella: y yo volveré más tarde a ver como sigue.
PAULINA.- Ya lo creo, que me quedaré.
LUIS.- Pues entonces, hasta mañana. Y sin despedirnos de ella: sería
molestarla.
LEANDRO.- Estas crisis no hay que interrumpirlas: que sigan su curso.
¡Yo tengo gran experiencia! A mi difunta… antes de que lo fuese… la
dejaba yo horas enteras llorando. Desahógate, hijita; desahógate, le
decía…, y me marchaba: un día no se pudo desahogar bastante… ¡y la
encontré muerta!… ¡Pobre Asunción!
CARLOTA.- Adiós, Paulina.
DON ANSELMO.- Adiós, querida Ángela. ¡Han visto ustedes! ¡Qué
criatura tan sensible! Ya lo sabía yo… pero nunca, nunca la he visto de
este modo. (Saliendo todos juntos.)
LEANDRO.- Hay días…
LUIS.- Diga usted, ¡que hay noches!…
CARLOTA.- ¡Y sobre todo, hay penas!
DON ANSELMO.- ¡Y ese diablo de Gonzalo! ¡O viene mañana mismo o le
pongo un telegrama!
CARLOTA.- Los maridos no deben separarse de sus mujeres nunca.
LUIS.- ¡Nunca!
DON ANSELMO.- ¡A no ser por caso de fuerza mayor!
Escena VI
ÁNGELA y PAULINA.
PAULINA.- Ya estamos solas. Ángela, querida mía, ¿quieres que
hablemos? [22]
ÁNGELA.- No.
PAULINA.- Pues yo quiero y vas a decirme la verdad.
ÁNGELA.- ¡La verdad! ¿pero tú crees que en este mundo puede decirse
la verdad? ¡Si todos dijésemos la verdad, estallarían los corazones de
dolor o de desprecio! ¡Si todos dijésemos la verdad, Gonzalo tendría que
decirme que su amor era una mentira! ¡Que soy su esposa y me martiriza y
me afrenta!
PAULINA.- ¡A ti!… ¡Imposible!
ÁNGELA.- No es imposible, no lo es. Para saber la verdad salí esta
noche…
PAULINA.- ¿Y ya la sabes?
ÁNGELA.- Sí. ¡Me ha costado… no sabe él todo lo que me cuesta!…,
pero la sé.
PAULINA.- ¿Y qué sabes?
ÁNGELA.- ¡Que me mata a traición! ¡Que me afrenta, como se afrenta a
un hombre abofeteándole el rostro! ¡Porque, el beso que da a otra mujer lo
siento yo como hierro enrojecido sobre los labios; como mordedura de
víbora en el corazón; como chasquido de látigo que me cruzase la faz! Si
él fuese a decir la verdad…. ¡Ahí tienes lo que tendría que decirme!…
Y yo, en cambio…
PAULINA.- ¿Qué le dirías?
ÁNGELA.- ¿No te he dicho que no puede decirse la verdad nunca? Pues
¿cómo quieres que te la diga ahora?
PAULINA.- Pues yo la diré por ti. La enfermedad de tu amiga, fue un
pretexto.
ÁNGELA.- Lo fue.
PAULINA.- Y estabas celosa.
ÁNGELA.- Lo estaba.
PAULINA.- Y la carta que recibiste…
ÁNGELA.- Era una carta en que me avisaban que mi marido no había
salido de Madrid; que esta noche a las diez podía verle entrar en casa de
Julia…
PAULINA.- ¿Y quién te escribió esa carta?
ÁNGELA.- Un amigo… no, un miserable, un villano, el ser más
abyecto… ¡ah!, ¡ser mujer!, ¡ser débil!, ¡ser cobarde! [23]
PAULINA.- ¿Es que te engañó?
ÁNGELA.- No: ¿no te he dicho que no? ¡Le vi entrar en casa de esa
mujer! ¡A Gonzalo! ¡A mi Gonzalo!… ¡No, a ese Gonzalo!… ¡Ya no es mío,
ya es suyo!… ¡Ya nada es mío! ¡Todo me inspira repugnancia, Gonzalo, y
Enrique, y yo, y aquella casa!… ¡Ah!, ¡si mi madre viviese!, ¡poder
abrazarme a algo que no manchase!…
PAULINA.- ¿Le espiaste con Enrique?
ÁNGELA.- Sí.
PAULINA.- ¿Desde una casa?
ÁNGELA.- Sí. Una casa que está enfrente de la de Julia: un cuarto
bajo. ¡La sala oscura; la ventana de par en par; yo, delirante, loca,
calenturienta… agarrándome con las manos crispadas a los hierros de la
reja, como la araña se agarra a los hilos de su tela maldita, esperando la
presa; y Enrique en la sombra, detrás de mí; diciéndome al oído: «ya falta
muy poco; espere usted; Ángela, espere usted: ya vendrá»; y la lluvia
cayendo, y los charcos brillando, y el portal de enfrente lleno de luz, y
los hierros de la verja clavándoseme en el rostro como si quisieran
marcarme para siempre con marca de infamia!
PAULINA.- ¿Y llegó Gonzalo?
ÁNGELA.- Sí; llegó: le vi, era él, di un grito, me desplomé sin
sentido. ¡Enrique me recogió en sus brazos… si no, hubiese caído en
tierra!
PAULINA.- ¡Dime toda la verdad! ¡Toda la verdad, Ángela!
ÁNGELA.- ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te odie por saberla,
como me odio a mí, por saberla también?
PAULINA.- ¿Odiarme tú, Ángela? ¡Pero yo ningún daño te hice! ¡Soy
inocente de tus desdichas!
ÁNGELA.- ¿Acaso soy yo culpable? (Levantándose con fiereza.)
Escena VII
ÁNGELA, PAULINA, BERNARDO y ENRIQUE.
BERNARDO.- .Don Enrique de Monteverde. [24]
ÁNGELA.- ¡Ah… ¡él!.. ¡Paulina!… (Abrazándose a ella.)
PAULINA.- ¡Ángela! (ENRIQUE entra. BERNARDO se retira.)
ENRIQUE.- Dispensen ustedes… perdone usted, Ángela… pasaba…
casualmente cuando salía don Anselmo… y me dijo que se sentía
indispuesta. Dudé mucho… pero me decidí al cabo… y vengo a
informarme… con la ansiedad natural…
ÁNGELA.- ¿De como estoy?… Bien, muy bien… Y si ese era el objeto
de su visita…
ENRIQUE.- Ese no más… y me retiro…
ÁNGELA.- ¿Ese no más?… La última vez que nos vimos… me anunció
usted un viaje… un viaje muy largo… de muchos años… que pensaba
usted ir a América… que ya nunca nos veríamos… recuerdo todo esto de
un modo vago…
ENRIQUE.- Cierto, señora… todo eso le dije a usted… He dudado
mucho, pero hay deberes que se imponen, por muy dolorosos que sean; y
aunque lucho todavía conmigo mismo… porque perder para siempre, cuanto
en la vida se ama, es tristísimo… creo que al fin cumpliré mi palabra.
PAULINA.- Si ha empeñado usted su palabra… será preciso que la
cumpla.
ENRIQUE.- Eso creo.
ÁNGELA.- No basta creer… es preciso cumplirla.
ENRIQUE.- ¡Y la cumpliré! Adiós, Ángela… (Tendiéndole la mano que
ÁNGELA no acepta.)
ÁNGELA.- Adiós.
PAULINA.- Alguien ha llegado… (Acercándose al fondo.)
ÁNGELA.- ¿Quién?
PAULINA.- ¡Tu esposo!
ÁNGELA.- ¡Gonzalo!
ENRIQUE.- ¡Gonzalo!
PAULINA.- Sí, él, él es. [25]
Escena VIII
ÁNGELA, PAULINA, ENRIQUE y GONZALO.
GONZALO.- ¡Ángela!… ¡Ángela mía!…
ÁNGELA.- (Rechazándole.) ¡No!… ¡No!… espera, ¿no ves quién está?
Saluda a Paulina… ¡Saluda… es Enrique! (Con cierta dolorosa ironía.)
GONZALO.- ¡Ah!, ¡perdone usted, Paulina! (Dándole la mano.) Venía
ciego..


















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