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Хосе Эчегарай. Вздор и правда. José Echegaray. La realidad y el delirio


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ndo sea
servido. Y no tardará mucho; porque la verdad es que no puede estar
separado cinco minutos de su mujercita. ¡Cuatro meses de matrimonio! ¡La
luna de miel! ¡Y cómo se quieren!
PAULINA.- ¡Con delirio!
CARLOTA.- ¡Con pasión!
LEANDRO.- ¡Con frenesí!
DON ANSELMO.- ¡Matrimonio modelo! ¡Cielo anticipado! ¡Horizonte sin
nubes!
LEANDRO.- ¡Muy bien hecho! ¡Si señor, muy bien hecho! Si un
matrimonio no es un cielo sin nubes ¿para qué es matrimonio? ¿Pero diga
usted, Paulina, esta noche no sirven el té? ¡La noche está fría, los
cuerpos están ateridos, las pulmonías andan sueltas! ¿Verdad, Anselmo? Y
digo de té lo que dijo del matrimonio ¿si el té no sirve para noches
tales, para qué sirve?
PAULINA.- ¡Sí, señor! Al momento. (Toca el timbre.)
CARLOTA.- (Aparte a PAULINA.) (Ya tuvo una idea el señor de Oca.)
(BERNARDO en el fondo.)
PAULINA.- Bernardo, que sirvan el té lo más pronto posible. (BERNARDO
se retira.)
DON ANSELMO.- ¿Y Enrique no ha venido esta noche? (A CARLOTA.)
CARLOTA.- No ha venido, pero ya vendrá más tarde. El amigo íntimo de
Gonzalo no puede abandonar a la esposa en esta viudez de cuarenta y ocho
horas.
DON ANSELMO.- ¿Y tu hermano tampoco viene? (A PAULINA.)
PAULINA.- Yo creo que sí; pero estará todavía en el Círculo.
BERNARDO.- (Anunciando.) El señorito Luis.
DON ANSELMO.- Ya le tenemos.
PAULINA.- Y más pronto que de costumbre.
CARLOTA.- Cuando él se anticipa, es que traerá alguna que
contarnos.
LEANDRO.- ¡Buena será ella! [11]

Escena IV

PAULINA, CARLOTA DON ANSELMO, DON LEANDRO y LUIS.

LUIS.- ¡Muy buenas noches! ¡Por más que sean muy malas! ¡Qué viento!,
¡qué temperatura! ¡Esto no es ya temperatura: es la congelación universal!
Saludo a todos ustedes, y en particular a mi señor don Anselmo. Y me pongo
a los pies de Carlota. (Se acerca a la chimenea.)
DON ANSELMO.- Y yo en nombre de todos, saludo a mi señor don Luis.
LEANDRO.- (Aparte a DON ANSELMO.) (¡Este chico no es simpático: no,
señor. Mala cabeza!)
DON ANSELMO.- (Aparte a LEANDRO.) (Un poco ligero.) (En este momento
sirven el té, cuyo servicio colocan en la mesita de la derecha: un
servicio elegante de plata, cuya lámpara encienden.)
LUIS.- ¿Hay noticias de Gonzalo? ¿Cuándo vuelve?
DON ANSELMO.- No se sabe; pero supongo que será muy pronto.
PAULINA.- ¿Y no preguntas por Ángela? (A LUIS.)
LUIS.- ¿Ángela? ¡Dices Ángela! Pues, cuando les veo a todos ustedes
con rostros risueños y buen humor, supongo que estará perfectamente. De
todas maneras dispénseme usted, señor don Anselmo, si no le he preguntado
antes por su simpática hija política.
DON ANSELMO.- Como si fuese hija propia, que tanto la quiero.
LUIS.- Y lo merece. Pero es que vengo distraído y hasta preocupado.
¡Qué mundo! ¡Y qué Madrid! ¡Y qué dramas! ¡Luego se quejan… y dicen, si
tenemos o no tenemos afición a esta clase de espectáculos! Pero si la
sociedad nos da de balde dos o tres dramas nuevos cada día, en sus altas
esferas, y en sus ínfimas capas, y en sus regiones medias ¿a qué hemos de
pedir a la ficción por perfecta que sea, aquello mismo que la realidad nos
ofrece con su prodigiosa inventiva, sus apetitosos incentivos, y su
baratura sin par?
DON ANSELMO.- Tienen un inconveniente muchos de esos dramas a que se
refiere usted, y es… que no son estrenos. [12]
LUIS.- Es verdad y es una lástima. Pero el de esta noche…
CARLOTA.- ¿No lo dije? ¡Ya tenemos ! ¿Se ha contado algo en
el Círculo?
LUIS.- ¿Si han contado?, ¡pues no! ¡Una novísima! ¡Una
infamia palpitante! ¡Un escándalo que se eleva a las cúspides sublimes de
lo escandaloso! Y por tenerlo todo…, un drama, que tengo para mí, que ha
sido un verdadero estreno.
LEANDRO.- Hombre de Dios, y joven del Círculo, si es tan escandaloso
el suceso como usted pondera, haga usted el favor de no contarlo, que
hartos estamos ya de inmoralidades y extravíos. Reparo usted que hay
señoras y que estarnos nosotros, que por nuestra edad y nuestras
circunstancias… ¿verdad, Anselmo?
DON ANSELMO.- No creo yo que Luis contase nada que no pudiésemos oír.
LUIS.- Muy bien dicho, respetable protector y amigo. ¿No ha de poder
contarse esta noche y en este salón, lo que ya estará contándose a estas
horas en voz baja en salones y teatros; y mañana se repetirá en voz alta
por calles, plazas y paseos; y antes de tres días retumbará con ecos de
infamia y de deshonra por todas partes donde haya lenguas que se agiten, y
oídos que se agucen?
LEANDRO.- ¡Jesús, María y José! ¡Infamias y deshonras! ¡Ya se nos
vino encima la casa!
DON ANSELMO.- Hombre, esta casa no, que está bien fundada. Nuestros
padres le echaron cimientos firmísimos de honradez y rectitud.
LEANDRO.- Pues la otra: esa de que habla Luis. Y yo repito lo que
dijo antes, aunque no me gusta repetir los conceptos: no puedo tragar
estos escándalos, y perdonen lo vulgar de la frase.
CARLOTA.- ¿Si ayudásemos con una taza de té?…
LEANDRO.- Pasaría mejor la ciertamente. (CARLOTA le sirve
una taza de té a LEANDRO.)
CARLOTA.- Y si al cabo ha de contarnos usted ese… triste suceso,
[13] que sea pronto.
PAULINA.- Sí, pronto: mira que ya estamos impacientes.
LUIS.- Pues oigan ustedes, lo que nos ha referido un amigo hace poco
en el Círculo.
LEANDRO.- (Aparte a DON ANSELMO.) (Ya está en sus glorias: y el amigo
debe ser él mismo.)
DON ANSELMO.- (Aparte a LEANDRO.) (Es muy posible.)
LUIS.- (Con tono misterioso.) En cierta calle de esta coronada villa,
y en el piso principal de cierta casa, reúnense diariamente, sobre todo de
noche, algunos jóvenes y algunas otras personas que ya no lo son, casi
todos de buena sociedad y hasta de elevada clase algunos, con el objeto,
laudable por todo extremo, de hacer estudios prácticos tan serios como
costosos, sobre el cálculo de probabilidades.
LEANDRO.- Hombre, eso no me parece ni escandaloso, ni censurable
siquiera. A un sobrino mío, que estudia en Artillería, joven de provecho
por más señas, tengo entendido, que para resolver los problemas de la
balística y precisar matemáticamente el tiro, le están enseñando ese
cálculo de probabilidades de que usted nos habla.
LUIS.- Sí, señor; poco en el club, o sociedad, a que me refiero, el
tiro se efectúa con unas bolas chiquitas: y el blanco está en círculo
horizontal y a veces es rojo: y el círculo y las bolas giran ni más ni
menos que la rueda de la fortuna.
DON ANSELMO.- Diga usted de una vez que se trata de una ruleta y que
la casa es una casa de juego.
LEANDRO.- Ya: ya lo comprendo.
LUIS.- Esa interpretación, aunque torcida a mi entender, le dio sin
duda la autoridad; porque, es lo cierto y lo triste, que cayó de pronto en
el salón de las científicas experiencias, con asombro, espanto y
dispersión de aquella ilustre sociedad de sabios.
LEANDRO.- ¿Y qué?
LUIS.- Que lo grave empieza ahora. Apagose la luz, evaporose el
dinero que se hallaba a mano, empezó la fuga [14] de los socios; y como el
inspector sospechase, que se habían refugiado algunos en el único
entresuelo de la casa, después de llamar varias veces en nombre de la ley,
penetró por la ley de la tuerza con buen golpe de gente, como diría
cualquier rancia, en el malhadado entresuelo; en el cual
aparecieron… ¡Y este es el cuadro final!… Un caballero muy conocido,
que con revólver en mano cerraba el paso, y una señora hermosísima, muy
conocida también, y casada por más señas, que creyó con buen instinto
dramático y oportunidad suma, que lo menos que podía hacer en caso tal era
desmayarse, como en efecto se desmayó. En resumen: revólver trágico,
deliquio cómico, autoridad ceñuda cuellos que se estiran, la moral que se
encoje, y el escándalo que a estas horas se estará ensanchado por todo
Madrid.
PAULINA.- ¿Y quiénes eran? (Sin poder contenerse.)
CARLOTA.- ¡Por Dios, Paulina!
PAULINA.- ¡Ah!, es verdad: dispénsenme ustedes: no supe lo que
preguntaba.
DON ANSELMO.- No lo diga usted, Luis: no hemos de ser nosotros
cómplices de ese escándalo que nos anuncia.
LUIS.- No podría decirlo aunque quisiera, y aunque usted no me lo
prohibiese, porque lo ignoro. Pero mañana, aun sin preguntarlo, lo
sabremos todo. (Pequeña pausa.)
DON ANSELMO.- ¡Una mujer manchada para siempre: un esposo deshonrado:
una familia deshecha! Asunto sabroso, como usted dice.
LEANDRO.- ¡Ah!, ¡esta sociedad!, ¡esta sociedad! ¡Señor, si la moral,
si las leyes sociales, si las costumbres públicas no sirven para evitar
estas desdichas! ¿Para qué sirven?
LUIS.- Advierta usted que estas, de que hablamos, no son costumbres
públicas, sino costumbres privadas, que se hacen públicas por accidente.
DON ANSELMO.- No hay que exagerar: esas miserias y otras mayores han
sucedido siempre. Pero siempre es cosa muy triste la traición, el

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