ed
por mi nombre y por la salud de mi hijo!
ENRIQUE.- ¡No me opongo!… ¡A nada me opongo…, sino a sufrir más
insultos…, porque aunque yo reconozca que los merezco…, tantos
pudieran ser, que se agotase eso, que usted llama mi arrepentimiento y mi
cortesía!
DON ANSELMO.- ¡Ah! ¡La dignidad del buen caballero! ¡Que las palabras
[82] de un anciano son intolerables para su delicada epidermis de persona
de honor, y han de tolerarse en cambio las hazañas cobardes y villanas del
noble burlador nocturno!
ENRIQUE.- ¡Don Anselmo!
ÁNGELA.- No más: basta, padre: si yo, que soy quien más puede
apetecer la venganza, no la quiero… ¡Si lo único que pido a Dios es no
ver ya nunca a ese hombre!
DON ANSELMO.- ¡Pues no le verás! La tarde declina: aun tenemos media
hora de luz. (A ENRIQUE.)
ENRIQUE.- ¿Será bastante?
DON ANSELMO.- Con muy poca basta para él castigo: menos necesitó
usted para la infamia.
ENRIQUE.- Pues sea.
DON ANSELMO.- En el hotel inmediato… en el de nuestro amigo el
doctor hay una espaciosa sala de armas… y un frondoso parque: a escoger.
ÁNGELA.- ¡No, eso no: por Dios santo se lo pido a usted!
DON ANSELMO.- Es inútil: Ángela me ha dicho que estaban nuestros
amigos allá dentro: está usted y estoy yo… de suerte ¿que no sé a qué
esperamos?
ENRIQUE.- ¡Yo, sus órdenes: no más!
DON ANSELMO.- Y yo… nada: vamos.
ÁNGELA.- ¡Ay! ¡Padre mío! ¡Qué hice! ¡Estaba delirante! ¡Le odiaba
mucho!…
DON ANSELMO.- ¡Has hecho lo que debías! ¡Por eso te quiero más que
antes! ¡Pero yo también he de cumplir mi deber!… ¡No has de ser tú sola!
(Queriendo desprenderse de sus brazos.)
ÁNGELA.- No, don Anselmo, ¿para qué la venganza?… ¡El desprecio y
el olvido son bastantes!…
DON ANSELMO.- ¿Para qué? ¡Para poderos presentar ante el mundo! ¡Que
las manchas se ennoblecen, como los escudos de familia, cuando los cruzan
barras de sangre!
ÁNGELA.- ¡Ay, Dios mío!… ¡Mi corazón va a saltar!
DON ANSELMO.- (Acercándose a la derecha.) ¡Gonzalo!… ¡Gonzalo!
ÁNGELA.- ¡Padre!… (Quiere ir a él.)
ENRIQUE.- (Acercándose a ella, deteniéndola y en voz baja.) No tema
[83] usted: la vida de ese anciano no peligra.
ÁNGELA.- (Se cubre el rostro y se deja caer en el sofá.) ¡Jesús!
¡Jesús mío!
ENRIQUE.- (¡Ah! ¡Por fin!… ¿Habrá creído en mí?) (Aparte. Con
alegría suprema.)
DON ANSELMO.- ¡Gonzalo!… ¡Aquí!… ¡Pronto!
Escena VI
ÁNGELA, DON ANSELMO, ENRIQUE y GONZALO por la derecha.
GONZALO.- ¿Quién me llama?
DON ANSELMO.- ¡Yo!
GONZALO.- ¿Para que hablemos? ¿No es verdad? ¿Todos quieren hablar
conmigo? ¡La gente que encontraba!… ¡Y aquellos, que me abrumaban con su
cariño!… ¡Y ahora tú!… ¿Por qué? ¿Por qué este afán? ¿Qué pensáis que
voy a deciros?… ¡Si no voy a deciros nada!… ¡Si no quiero deciros
nada!
DON ANSELMO.- No: es para que te quedes aquí con Ángela.
GONZALO.- ¿Y tú?
DON ANSELMO.- ¡Yo voy… con Enrique!
GONZALO.- ¿Con Enrique? ¿Para qué?… (Al oído.) ¿Para que entre los
dos aclaréis el misterio de mi delirio?… ¿Para eso vais juntos?
DON ANSELMO.- Sí: para eso.
GONZALO.- ¡Pues id: id al instante! ¡Yo, con maña… he averiguado
del Doctor y de don Leandro una parte de la verdad!… ¡Pero no la saben
por entero!
DON ANSELMO.- ¡Pues aguárdanos aquí!
GONZALO.- Aguardaré.
DON ANSELMO.- (Aparte a GONZALO.) (¡Dame tu mano! ¡Dame tus brazos!
¡Préstame tu energía!… ¡Unos minutos…, unos minutos no más de tu
juventud y de tu fuerza!… ¡Y por ellos te daré el resto de mi vida!)
GONZALO.- ¡Si todo lo mío es tuyo!… ¿Mi fuerza y mi juventud, quién
me las dio? ¡Yo no niego nunca deudas de sangre! [84]
DON ANSELMO.- ¡Ni yo tampoco! ¿Vamos? (A ENRIQUE.)
ENRIQUE.- (¡Adiós, Gonzalo!… ¡Tu mano!… ¡Y que su contacto apague
en mí toda energía… y mate todo instinto de salvación!) Vamos.
DON ANSELMO.- ¡Y ahora… si hay justicia en el cielo… Dios mío,
encomiéndamela a mí!… ¡Enrique… nos esperan!… (Salen los dos por la
derecha.)
Escena VII
ÁNGELA y GONZALO.
GONZALO.- (Acercándose a ÁNGELA.) ¿A dónde van? ¿Por qué mi padre
invocó la justicia divina?… ¿Por qué la mano de Enrique estaba helada?
ÁNGELA.- ¡Porque tu padre te quiere con toda su alma… y vela por tu
vida y por tu honra!
GONZALO.- ¿Mi vida? ¡Si mi vida está aquí: en Ángela! ¿Mi honra? ¡Si
mi honra la guardas tú: si la guarda mi Ángela!
ÁNGELA.- Pues mira ¡no veló bien por ella tu Ángela!
GONZALO.- ¡Ah! ¡Tú eres cómplice de aquéllos! ¡Lo mismo querían darme
a entender! ¡Que estas visiones mías… no eran delirios! ¡Que no eran
engendros de la fiebre! ¡Que eran realidades! ¡Cuenta conmigo! ¡Que no
estoy tan loco como suponen!… ¡Ese vientecillo de la tarde… me ha
calmado mucho!… ¡Y mis ideas ya no abrasan… pero hielan!
ÁNGELA.- ¿De veras?… ¿Será cierto?… ¿Poco a poco la razón vuelve
a ti?
GONZALO.- Pero desdichada, ¿eso te causa alegría?
ÁNGELA.- ¡Sí; porque en este mundo… tú eres lo primero para mí!
GONZALO.- ¡Y tú también para Gonzalo… y por eso no quiero recobrar
la razón! ¡Y ella empeñada en venir!… ¡Pues no la quiero…, la
rechazo…, la maldigo!
ÁNGELA.- ¡Bendita sea… aunque me cueste la vida!
GONZALO.- ¡Pues te costaría, pobre mujer! ¿Pues no está empeñada en
que la odie, y la desprecie, y la despedace?… [85] ¡Pues tú estás más
demente que yo!
ÁNGELA.- ¡Otra vez!… ¡Otra vez!
GONZALO.- ¡Sí: por fortuna: ahora me toca a mí estar alegre! ¡Ah! ¡Si
tú supieras lo que es mi cerebro! ¡Ya no sufro tanto como antes! ¡Mar
extraño… que ciñen fantásticas playas… a las que van llegando las
olas!… ¡Unas cristalinas!… ¡Otras negras!… ¡Y cuando llega la ola
trasparente, todo lo veo claro…, y cuando llega la negra ola, todo lo
veo en sombras!… Líneas blancas y líneas oscuras que ondulando
avanzan… ¡Ahora una… luego otra… ya llega la de platea… ya llega
la de tinieblas!… ¡Déjame…, déjame… que siga su ritmo!… ¡Qué
acompasado es!… ¡Y qué dulce!… ¡Y qué tranquilo!… ¡Ángela!…
¡Ángela!… ¡Si esta es la dicha por qué quieres despertarme!
ÁNGELA.- ¡No!… ¡Eso no!… ¡Quiero despertarte!… ¡Cueste lo que
cueste!… ¡Despierta de tu delirio, Gonzalo! ¡Que te llama tu amor! ¡Que
te llama tu dignidad! ¡Que te llama tu Ángela!
GONZALO.- ¡Que me quieren!…
ÁNGELA.- Ahora, ¿entiendes lo que te digo? ¿Puedes recoger tu
pensamiento?
GONZALO.- ¡Sí! ¡Me parece que sí!
ÁNGELA.- Pues entiéndelo: Enrique es traidor…, desleal…,
infame… ¡Quiso que yo le amase!
GONZALO.- ¿Tú? (Con voz terrible.)
ÁNGELA.- ¡Sí: tu Ángela!
GONZALO.- ¡Imbécil!… ¿Pues tu voluntad no es tuya?
ÁNGELA.- ¡Lo que no se consigue por la voluntad… se consigue por la
fuerza!
GONZALO.- ¡Por la fuerza!… ¿Qué has dicho?… ¿Qué fuerza tiene la
fuerza para penetrar en el cerebro?… ¡Por la fuerza!… ¡Si: la fuerza
es brutal!… ¡La fuerza es ciega!… ¡La fuerza es monstruosa!… ¡Yo
puedo cogerte entre mis brazos… a ti… a ti!… ¡A un ser tan hermoso,
tan débil, tan puro!… Pues sin embargo… ¡Puedo convertirlo, con la
presión de un abrazo mortal, en un montón de tierra!… [86] ¡Y eso haré
si no dices que es mentira lo que he oído!
ÁNGELA.- ¡Es verdad!
GONZALO.- ¡Que mi esposa…, la que yo recibí en este mismo salón la
noche de mis bodas…, la de la blanca frente, que yo besaba desde lejos,
porque no me atrevía a tocarla con mis labios…, la mujer a quien hice un
altar en el fondo de mi alma, a donde sólo Dios y yo llegábamos!… ¿Ha
sido profanada por otro aliento que no ha sido el mío?… ¿Eso dices tú?
¿Mira que eso lo entiendo bien?… ¿Eso dices tú?… ¡Repítelo!
ÁNGELA.- Sí… profanada… ¡Pero soy inocente!… ¡Te lo juro!
GONZALO.- ¡Profanada y al mismo tiempo inocente! ¡Liviana y pura!
¡Traidora a medias y a medias leal! ¡Eso sí que no lo comprendo! ¡Lo uno o
lo otro! Tales absurdos quieres infundirme, que mi razón se resiste, y
protesta, y dice al fin ¡aquí estoy!
ÁNGELA.- ¡Sí! ¡Esa mirada ya no es aquella!
GONZALO.- ¡Pero este Gonzalo es el de siempre! ¡Te traje en mis
brazos casi, la noche en que fuiste mi esposa, a esta casa… En mis


















Post a Comment