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Хосе Эчегарай. Вздор и правда. José Echegaray. La realidad y el delirio


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ia.
ÁNGELA.- ¡Pude yo sospechar nunca… sus pensamientos de usted!
ENRIQUE.- ¡Cuidé yo mucho de guardar mi pasión bien escondida!
ÁNGELA.- ¡No hable usted de su pasión!… ¡Sus pensamientos, he
dicho!
ENRIQUE.- ¡Jamás pudo usted sospecharlos!
DON ANSELMO.- ¿Una mujer no sospechar… que un hombre la enamora?
¡Maravilla grande!
ÁNGELA.- ¡Pues yo no lo sospechaba!… ¡Usted lo ha oído!… ¡Estaba
ciega!… ¡Para mí, Enrique como si no existiese!…. ¡Era instrumento de
mis celos!… ¡Todo lo era Gonzalo para mí!… ¡Pero usted no me cree, don
Anselmo! ¡Dios mío, Dios mío, qué podría yo hacer para que me creyesen!
ENRIQUE.- ¡Usted, nada: yo todo: mostrarme a don Anselmo como soy!
¡No como fanfarronada de mi crimen, sino como grito de mi conciencia!
DON ANSELMO.- ¡Oigamos ese grito!
ENRIQUE.- ¡Pues oiga usted! Estaba ciega: lo ha dicho y es cierto. ¡Y
esa ceguedad, ese desprecio, esa indiferencia nos ha perdido! ¡Yo la
perdonaba todo menos la indiferencia! ¡Yo quería que Ángela se ocupase de
mí, aunque fuera para odiarme! ¡Yo quería vivir en su pensamiento tanto
como Gonzalo, aunque para él fuese el amor y para mí el odio, pero con él
a la par, apoderándome de la existencia de Ángela!
DON ANSELMO.- ¿Apoderándose usted?… (Conteniéndose.) Siga usted.
ENRIQUE.- ¡Conque para él, dichas sin fin! ¡Y para mí, desprecio sin
término! ¡Por esa idea se han anegado siempre mis [78] remordimientos en
mi desesperación! ¡Por esa idea, a veces loco, delirante, más delirante
que Gonzalo, digo: «lo que yo deseaba se logró: ya nunca, nunca podrá
Ángela pensar en él sin pensar en mí! ¡El odio que Ángela me tiene, aun es
mayor que el amor que le profesa! ¡Le he vencido! ¡Porque el odio es más
avasallador, y más voraz, y más eterno que el amor!»
ÁNGELA.- (A DON ANSELMO.) ¿Lo ve usted?
DON ANSELMO.- ¡Calla! ¿Y por qué se atreve usted a decirme todo eso?
ENRIQUE.- En primer lugar, porque le debo a Ángela una reparación…
en lo posible. Y además, porque de este modo empiezan mi sacrificio y mi
castigo. Y en fin, ¡porque en mi sacrificio… este nombre tiene, aunque
ustedes no quieran… se agitan, no una, muchas esperanzas!
ÁNGELA.- ¿Esperanzas todavía?
DON ANSELMO.- ¡Esperanzas usted!
ENRIQUE.- ¿Cuándo se pierden por entero? ¡Las tengo yo!… Conque
bien puede tenerlas usted, Ángela. ¡Tengo la esperanza de aplacar un tanto
mis remordimientos! ¡Y la de no ver más a Gonzalo! ¡Y cuando esta crisis
pase, y ustedes se calmen, y comparen en las soledades de su pensamiento y
en las imágenes siempre más pálidas en el recuerdo que en la realidad, lo
que yo hice en un instante de delirio, con lo que… estoy haciendo… y
he de hacer en la plenitud de mi conciencia… tengo la esperanza,
Ángela… tengo la esperanza, don Anselmo… de que brotará en sus almas,
que son nobles, que son buenas… no diré la simpatía, no diré el
perdón… pero algo menos doloroso, menos cruel… que la indiferencia, el
odio o el desprecio que ahora les inspiro! ¿Ustedes creen que yo no sufro?
Si usted, Ángela, que es inocente sufre tanto, ¿yo que soy culpable, no he
de sufrir más?
ÁNGELA.- (A DON ANSELMO.) ¡No le crea usted! ¡Lo que hace es fingir!
¡Finge ahora arrepentimiento como antes fingió lealtad! ¡Con mentiras robó
aquella noche un cuerpo! ¡Con mentiras quiere robar un alma! [79]
DON ANSELMO.- (A ÁNGELA.) ¡Basta ya! ¡Y vamos al fondo del abismo! No
le preguntes más: habla tú.
ÁNGELA.- Pues bien, padre mío… El delirio de Gonzalo no es
deliro… ¡Es realidad! ¡Su deshonra…, yo la confieso! ¡Si en confesarla
va su salvación… Confesada está, padre mío!
DON ANSELMO.- ¡Piensa lo que dices! Le va en ello la salvación…
pero ¡te va en ello la vida!
ÁNGELA.- ¡Él es antes que yo!
DON ANSELMO.- ¡A fe de padre… que dices bien! ¡Pero me asombras!
¡Aunque sabía yo tu afrenta, nunca imaginé que llegara tu osadía a
confesarla! ¡En mi pensamiento era horrible!… Pero en tus labios… En
tus labios… ¿Por qué has manchado tus labios!… ¡Pudo confesar él…, y
bastaba!
ENRIQUE.- ¡Ángela!…
DON ANSELMO.- (A ENRIQUE.) ¡No se mueva usted!
ENRIQUE.- ¡No tema usted… que estoy resuelto a esperar hasta el
fin!
DON ANSELMO.- (A ENRIQUE.) ¡Que me place! (A ÁNGELA.) ¡Sigue: y ya
que empezaste… acaba!
ÁNGELA.- ¡Oígame usted! ¡Tuve celos de Gonzalo… porque le amaba
cuanto una mujer puede amar! ¡Celos insensatos!… ¡Pero celos!
DON ANSELMO.- ¿Te los inspiraba Enrique?
ÁNGELA.- No: esta es la verdad: bastaba yo: él no puede inspirarme
nada.
ENRIQUE.- Pues ya de la hora de las confesiones ha llegado, oiga
usted: ¡tampoco combatí esos celos: en ellos me gozaba!
DON ANSELMO.- ¡Miserable!
ENRIQUE.- No es alarde de criminal: es ayudarle a usted en el acopio
que está haciendo de energías con estimulantes de indignación.
DON ANSELMO.- (A ENRIQUE.) Me mostraré agradecido. Sigue. (A ÁNGELA.)
ÁNGELA.- Gonzalo tuvo que salir de Madrid.
ENRIQUE.- Lo fingió.
ÁNGELA.- ¡Qué importa! Yo no busco excusas a mis imprudencias [80] o
a mis desdichas. Ese hombre me llevó a una casa para espiar desde ella a
mi marido. ¡Fui con él, creyendo ir con el mejor amigo de Gonzalo! ¡Como
pudiera haber ido con mi hermano! ¡Como pudiera haber ido con usted!
DON ANSELMO.- ¡Ah! ¿Él te llevó?
ÁNGELA.- Sí. Y cuando vi entrar a mi Gonzalo…, porque le vi entrar
en casa de Julia…, imaginé que era cierta su traición… ¡Y no lo era!
¡A nadie quiere más que a mí! ¡No lo dude usted! Lo sé… ¡Pero entonces
no lo sabía!…
DON ANSELMO.- ¡Acaba! ¡Que la sangre me ahoga!
ÁNGELA.- ¡Como a mí!… ¡Toda afluyó a mi cabezal… ¡Toda…
toda!… ¡Toda la de mis venas, traicionera y cruel; porque me privó de la
voluntad para defenderme y no me privó de la vida, para hacer de la muerte
barrera de la honra! Y yo pregunto, cuando la voluntad no existe, y el
pensamiento se ha desvanecido, y la conciencia duerme, y la vida es
muerte, ¿puede haber culpa?
DON ANSELMO.- ¿Qué dices?… ¡Qué has dicho!… ¡Qué es lo que yo he
comprendido! ¡No!… ¡No!… ¡Yo no he comprendido nada!… ¡Usted! ¿Pero
ha sido usted?… ¿Pero todo esto es verdad, o el contagio de Gonzalo ha
pasado a esta pobre mujer y la enloquece?
ENRIQUE.- ¡Adivine usted en mi rostro, y en mi paciencia, y en mi
resignación, y en mi mansedumbre… la verdad!
DON ANSELMO.- ¡No comprendo medias palabras!
ENRIQUE.- Si no fuera culpable, si yo mismo no me espantase de mí,
¿me podría usted ver tan humilde y tan paciente?
DON ANSELMO.- ¿De modo que es cierto? ¡No quiero más que un sí!
ENRIQUE.- ¡Pues acabe usted de encender sus iras! ¡Sí!
DON ANSELMO.- (Precipitándose sobre ENRIQUE y cogiéndole por un
brazo.) ¡Ah!…
ÁNGELA.- ¡Padre!… (Vacilando.)
DON ANSELMO.- ¡Por traición tuviste a esa mujer! ¡Cara a cara te
tengo yo!
ENRIQUE.- ¡Don Anselmo, es demasiado pronto!
ÁNGELA.- ¡Dios mío, Dios mío!… ¡No, padre!… ¡Compasión! [81]
ENRIQUE. ¡Mire usted a Ángela!… ¡Va a caer desplomada en tierra!…
¡Yo no puedo acudir a ella!… ¡Yo no puedo tocar a esa mujer!…
DON ANSELMO.- ¡Ángela!… (Soltando a ENRIQUE.)
ÁNGELA.- (A DON ANSELMO que se acerca.) ¡No me toque usted
tampoco!… ¡Un hombre de honor como usted debe huir el contacto de una
mujer escarnecida, como yo! (Pequeña pausa: ANSELMO y ÁNGELA se miran como
la inspiración les dicte.)
DON ANSELMO.- ¡Pero un padre puede abrazar y sostener a su hija!
ÁNGELA.- ¡Ay, padre mío!
DON ANSELMO.- ¡Ángela! (Quedan abrazados.) ¡Sólo para sostener tu
cuerpo, he podido abandonar aquél! ¡No será por mucho tiempo!
ÁNGELA.- ¡No! ¡Ya no!.. ¡Que huya, que se marche, que nos deje para
siempre!
DON ANSELMO.- ¡No es posible!
ENRIQUE.- Yo me someto a lo que usted resuelva. Salir de aquí para
siempre…, o quedarme…, para pagar mi deuda.
DON ANSELMO.- Y yo resuelvo que se quede usted. ¡Huir!… ¡Qué cómodo
sería huir!… ¡Deshonro a una mujer; hiero a traición a un amigo; mancho
para siempre el nombre de una familia!… ¡Y luego, reconozco lealmente mi
falta; me arrepiento humildemente; presento mis excusas con toda la
cortesía de un hombre bien educado; saludo… y me retiro diciendo «fue un
instante de delirio, perdonen ustedes…» Y mientras las víctimas quedan
entre lágrimas y desesperación, usted a empezar nuevos delirios con sus
correspondientes arrepentimientos y excusas!… ¡Ah! ¡Por esta vez los
delirios acabaron y acabaron los arrepentimientos! ¡Yo se lo juro a ust

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