la honra de Gonzalo… Y yo le juro a usted, que lo que usted decida, eso
será.
ENRIQUE.- Sí; pero hablen ustedes en voz baja, porque él nos escucha.
(Bajando la voz.)
GONZALO.- (Aparte.) (¡Otra vez bajan la voz! ¡Ah, traidores!) [61]
DON ANSELMO.- ¡Pues he decidido saber toda la verdad: y voy a
buscarla en su corazón de usted, aunque tenga que partirlo! (A ENRIQUE.)
¡En tu garganta… aunque tenga… aunque tenga… que estrujarla entre
mis manos! (A ÁNGELA.)
ÁNGELA.- ¡Después si usted quiere! Pero antes la diré yo.
GONZALO.- (Aparte.) (¿Qué es lo que va a decir Ángela… que yo no
puedo oírlo?)
ENRIQUE.- Yo soy hombre que no retrocede jamás: bueno o malo, como
soy me presento: de mis acciones respondo: y el miedo y la hipocresía no
se cuentan en el número de mis vicios. (En voz baja y enérgica.)
DON ANSELMO.- ¡Franco y osado! ¡Tanto mejor! ¡Pero aunque no le
adornasen a usted esas virtudes, yo sabría despertarlas! (Con voz baja y
amenazadora.)
ENRIQUE.- ¿Cómo? Porque de no tenerlas yo, me parece difícil que
usted me las infundiera. (Con acento de fría e irónica provocación.)
ÁNGELA.- ¡Silencio por Dios, que él nos escucha!… ¡Salgamos de
aquí!
DON ANSELMO.- ¡Cómo? ¿Quiere usted saberlo?
ENRIQUE.- Soy curioso: lo confieso.
DON ANSELMO.- ¡Pues cogiéndole a usted por un brazo, para afianzarle
mejor, y diciéndole al oído, para que mi vos tarde menos en llegar a su
cobarde pensamiento y a su cobarde corazón: es usted un miserable!
ÁNGELA.- ¡Padre! (GONZALO se incorpora y siempre sobre el sofá se
acerca algo para oír.)
DON ANSELMO.- (Volviendo rápidamente y con una rapidísima
transición.) No: no, hijo mío… no es nada… es que hablábamos… y yo
le decía… y él… ¿verdad… verdad? (A ENRIQUE. Aparte.) (Diga usted
que sí, ¡miserable!)
ENRIQUE.- Hablábamos, en efecto… Salgamos… para seguir hablando.
DON ANSELMO.- Sí, Gonzalo… Espera… Vamos… (A ENRIQUE.)
ÁNGELA.- ¡Yo también!… (Disponiéndose a salir.)
GONZALO.- (Levantándose con ímpetu.) ¡Ah!, ¿no queréis que os oiga?
[62] ¿Me ocultáis la verdad? ¡Ellos! Bueno: se comprende: ¡pero tú, mi
padre, mi propia sangre, tú, encubridor de traiciones! Sea: no os
necesito: ¿todos contra mí? ¡Ni padre, ni esposa, ni amigo! Pues iré yo
solo. (Se arregla febrilmente el traje.)
DON ANSELMO.- (Acercándose a él.) ¡Gonzalo!…
ÁNGELA.- (Lo mismo.) ¡Gonzalo!
GONZALO.- (Rechazándolos.) He dicho que iré yo solo.
ÁNGELA.- ¿A dónde?
GONZALO.- ¡A las calles, y a las plazas, y a los teatros, y a los
espectáculos; a donde la gente se reúna, y ría, y goce, y murmure, y
escarnezca, y manche! Allí voy: allí: y les preguntaré por vosotros: por
ti, por mi Ángela; y por ti, por mi amigo; y por… (A su padre.) no: por
ti, no, padre mío; por ti no les preguntaré. Pero por vosotros, sí. Y
todas esas gentes me dirán la verdad: y aunque no me la digan, yo sabré
arrancarla de sus labios; porque como a ellos no les amo, qué me importa
apretarles la garganta, y estrujarles el corazón, y oprimirles contra mi
pecho, hasta que por boca y ojos destilen gota a gota la calumnia, o la
verdad, o la hiel, o lo que tengan en el hueco del pecho o en los
repliegues del alma!
ÁNGELA.- ¡Haz conmigo eso, Gonzalo!
GONZALO.- (La coge en sus brazos.) ¡Ah!… ¡Ángela!… ¡No… todavía
no! ¡Adiós!
DON ANSELMO.- Gonzalo, espera.
ENRIQUE.- No, Gonzalo, ¡no es posible que salgas de ese modo!
ÁNGELA.- ¡No me dejes!
GONZALO.- ¿Por qué no es posible? ¿Por qué conocerán que estoy loco?
Pues no lo conocerán: fingiré: si el fingir es muy fácil: si los locos
mienten y fingen también: si basta tener figura humana para saber fingir.
¡Pero eso después!… ¡Ahora, no!… ¡Ahora me muestro como soy… ¡Ahora
digo, paso…, paso…, o por Dios vivo que os despedace sin compasión!…
(Rompe furioso por entre todos y llega al fondo.) [63]
DON ANSELMO.- ¡Hijo mío!
ÁNGELA.- ¡Gonzalo!
ENRIQUE.- ¡Gonzalo!
GONZALO.- ¿Detenedme si podéis!… ¡Podéis engañarme!… ¡Podéis
mentirme!… ¡Podéis deshonrarme!… ¡Pero no podéis detenerme!…
¡Adiós!… ¡Yo volveré!… ¡Y entonces veremos si estoy cuerdo o si estoy
loco!… (Sale por el fondo.)
DON ANSELMO.- (Cogiendo a ENRIQUE y a ÁNGELA.) ¡Ah! ¡Desdichados!
¡Estamos solos!… ¡Ahora sí que os he de arrancar el secreto de vuestra
infamia!…
ÁNGELA.- ¡Pero y Gonzalo!…
ENRIQUE.- ¡Y Gonzalo!
DON ANSELMO.- ¡Es verdad!… ¡Mi hijo!… ¡Primero él!… Pero
luego…
ENRIQUE.- ¡Nosotros!
DON ANSELMO.- ¡Sí: vosotros!… ¡Vosotros!… Volverá Gonzalo… Pero
yo volveré también… Yo volveré…, yo volveré… (Sale por el fondo y
tras él ENRIQUE: queda ÁNGELA en la actitud que su inspiración dicte a la
actriz.)
FIN DEL ACTO SEGUNDO. [65]
Acto tercero
(La misma decoración de los actos anteriores.)
(Es la caída de la tarde.)
Escena I
PAULINA, DON LEANDRO y DON MATÍAS.
(PAULINA mirando por el fondo.)
LEANDRO.- ¿Y Ángela?
PAULINA.- En la escalinata del hotel sigue todavía, esperando que
vuelva Gonzalo. Pobre amiga mía: ¡qué feliz era, y qué desdichada es!
DON MATÍAS.- ¿Y Gonzalo?… ¿Qué habrá sido de Gonzalo?
LEANDRO.- ¡Vaya usted a saber por dónde andará a estas horas y lo que
habrá hecho desde que salió de esta casa. Pero hablando con franqueza,
¿usted cree que hay esperanza?
DON MATÍAS.- De estas naturalezas nerviosas todo puede temerse y [66]
todo puede esperarse. Quizá el tiempo…, quizá una crisis…
LEANDRO.- Vamos, que si Ángela tiene conciencia… ¡ya debe
sufrir!…
PAULINA.- ¡Don Leandro!…
LEANDRO.- No: no tema usted: no viene. Además, yo no la acuso: ¡pobre
Ángela!
DON MATÍAS.- ¡Mucho la compadezco!
LEANDRO.- ¡Todos la compadecemos! ¡Odia el delito, compadece al
delincuente! ¡Esto, creo que se ha dicho alguna vez!
PAULINA.- Sí: varias veces.
LEANDRO.- Pues por eso lo digo yo.
PAULINA.- ¡Ángela es una víctima purísima! ¡Yo lo afirmo!
DON MATÍAS.- En que es víctima, todos estamos conformes: lo de
purísima me parece aventurado.
LEANDRO.- Los superlativos lo son siempre.
PAULINA.- ¡La fatalidad pesa sobre ella… no su culpa! ¡Y si Gonzalo
supiera…
LEANDRO.- ¡Ah! Gonzalo… Si Gonzalo vuelve en sí, su conducta no
puede ser… más que una: una sola. En esto sí que no cabe vacilación. Es
la voz general. Batirse con Enrique y separarse de Ángela. Es muy triste,
pero, ¿qué remedio? ¿O se respetan las leyes sociales o no se respetan? Si
este no es caso de separación y de duelo, ¿para cuándo están el duelo y la
separación? ¡Vamos a ver!
PAULINA.- ¡De modo que dos floretes o dos pistolas lo componen todo!
LEANDRO.- ¡Tanto no diré yo, que a veces descomponen órganos muy
interesantes! ¿No es verdad?
DON MATÍAS.- ¡Quién lo duda!
LEANDRO.- ¡Pero el decoro queda a salvo!
DON MATÍAS.- Además, esa es una eventualidad, porque ¿quién sabe lo
que podrá ocurrir? Gonzalo puede agravarse…
LEANDRO.- ¡Perfectamente! Y por eso no debemos movernos de esta casa
y sobre todo usted. (A DON MATÍAS.) No, señor: [67] usted aquí: si un
médico no está para los casos de muerte, ¿para cuándo está?
DON MATÍAS.- En casos de vida o en casos de muerte, debemos cumplir
nuestro deber.
LEANDRO.- Todos debemos cumplirlo, usted si Gonzalo se agrava: yo si
Gonzalo recobra su juicio y quiere recobrar su honra. Puede necesitar
padrinos… ¿Verdad?
DON MATÍAS.- Entendido.
PAULINA.- Perfectamente, yo soy la única que no me quedo en esta casa
para nada útil: para llorar con Ángela: para nada más.
LEANDRO.- Pues ya puede usted dar principio al compasivo llanto,
porque ya esta aquí.
Escena II
PAULINA, DON LEANDRO, DON MATÍAS y ÁNGELA por el fondo.
ÁNGELA.- ¡Ah!… ¡Los dos!… ¡Este tormento… Este tormento es
intolerable!
PAULINA.- ¿Viene ya?
ÁNGELA.- (Se queda en el fondo observando.) Sí.
DON MATÍAS.- ¿Viene solo?
LEANDRO.- ¿Viene con su padre?
ÁNGELA.- ¡No!… ¡Con Enrique!… ¡Siempre con Enrique!
DON MATÍAS.- ¡Habrá sido más afortunado que los demás… Y le
encontró!
LEANDRO.- ¡En cambio el pobre don Anselmo, andará por esas calles sin
dar con su hijo!
ÁNGELA.- ¡Ya están ahí!… ¡Ya están… ¡No quiero verlos!… ¡No
quiero verlos juntos!… ¡Si digo que no! (Desesperada.)
PAULINA.- ¡Ángela!
LEANDRO.- ¡Por Dios, Ángela!
ÁNGELA.- ¡Ni yo!… ¡Ni nadie!… ¡Vengan ustedes!… ¡Vengan
ustedes!


















Post a Comment