!
DON ANSELMO.- Bajaste a buscar unas flores para tu esposa.
GONZALO.- ¡Ah!, sí: ¡y divinas!, cuando a ella le gustaban ¡por algo
era!
DON ANSELMO.- ¿Y volviste al tren?
GONZALO.- No: el tren arrancó de pronto y yo me precipité: un
empleado abrió una portezuela: entré apresuradamente y algo aturdido…
¿Ves tú? ¿Ves tú qué condenación? ¡No es mi departamento: es el inmediato
y no hay nadie: desde la ventanilla me llama Ángela, pero no es posible:
la velocidad del tren es vertiginosa! ¡Espera, espera, le grito: en la
estación próxima! ¡Y me quedé solo! ¡Yo creo que me sentí solo por primera
vez en la vida! ¡Desde entonces… estoy solo! (Con profunda tristeza.)
DON ANSELMO.- ¿Y seguisteis?
GONZALO.- Y seguimos: en este mundo siempre es uno arrastrado por
algo superior a él. ¡Toda mi alegría se hundió en aquella soledad! ¡De
pronto me asaltaron ideas extrañas… ideas muy tristes! ¡Ángela iba sin
mí y con Enrique! ¡Y yo solo: cerca de ellos; pero muy lejos! ¡Así está
separado el que muere de los vivos! Sentí frío y angustias indecibles y
opresión en el pecho y me asomé. Entrábamos en un túnel muy largo: la
ventanilla del departamento en que iban se proyectaba como cuadro de luz
en las húmedas paredes del subterráneo, y vi en [57] aquella claridad dos
sombras, frente a frente: son ella y él, murmuré en voz baja. Voy a
observarlos, me dije a mí mismo. ¿Observarlos? ¿Por qué? ¿Por qué tuve
esta idea? Lo ignoro, pero el instinto del espionaje infame, odioso,
mezquino, se despertó en mí con ansias infernales! ¡Ellos paseando sus
oscuras siluetas por la subterránea galería, y mis ojos clavados en
aquellas dos manchas que recortaban el móvil cuadro de luz! ¿Era que ya la
demencia me invadía? ¡Responde!
DON ANSELMO.- No: sigue: al contrario, hijo mío: tú razón recobra su
imperio.
GONZALO.- ¿Con qué tú supones que yo debí ver algo?, ¿por qué?, ¿por
qué?
DON ANSELMO.- ¿Luego no viste nada?
GONZALO.- ¿Nada?, ¿eso es lo que yo quiero saber?, ¿eso es lo que has
de decirme? ¿Fue delirio?, ¿fue realidad?, ¿lo vi entonces?, ¿lo he soñado
después? ¿Soy un pobre demente o un pobre hombre?, ¿necesito cuerdas que
me sujeten o un hierro que mate?
DON ANSELMO.- ¡Acaba!, ¡acaba!, ¡que yo te lo diré después!
GONZALO.- ¿Me lo juras?
DON ANSELMO.- ¡Sí!, ¡lo juro!
GOZALO.- ¡Y de qué sirven los juramentos! También Ángela juró…
¡Cuántas veces juró!… ¡Un juramento por cada beso!, ¡Por cada suspiro,
un juramento!, ¡Y besos y suspiros pasan…, como pasaba el tren en que
volábamos… ¡Como todo lo que va en pos del fuego y del humo!
DON ANSELMO.- ¡No: recobra tu razón, recoge tus recuerdos: otra vez a
Enrique y a tu Ángela!… ¡El cuadro de luz: las dos sombras: tus ojos en
ellos!
GONZALO.- ¡Eso, eso!, ¡mis ojos en ellos y las dos sombras…
inmóviles!
DON ANSELMO.- ¡Ah!
GONZALO.- Pero luego se agitaban fantásticamente: ¿era risa?, ¿era
llanto? ¡En la sombra de la mujer hubo un instante en que brillaron
algunas gotas líquidas!, pero luego comprendí que eran las filtraciones
del túnel: las sombras [58] no lloran: las entrañas de la tierra, sí:
ellas sabrán por qué.
DON ANSELMO.- ¿Y bien?, ¿qué más?
GONZALO.- ¡Salimos del túnel las sombras de Ángela y Enrique se
prolongaron mucho… muchísimo… sin fin!… ¡Me pareció que él se
acercaba a ella!… ¡Pasamos sobre un puente que resonó con carcajadas
metálicas!… ¡Y al abismo las sombras! ¿Por qué al abismo las dos? ¿Por
qué juntas?… ¿Por qué?… ¡Y me asomé frenético, y mi sombra fue con las
suyas a las negruras del espacio y a los senos del vacío!
DON ANSELMO.- ¡Eso no basta!, ¡quiero saber más!
GONZALO.- ¡Pues así, en carrera fantástica, infernal! ¡Verlos y no
verlos! ¡Ya son figuras grotescas, ya formas trágicas! ¡Ya recogidos en
las paredes de un desmonte, como dos enamorados que se asoman al cuadro de
luz de su ventana; ya son dos espectros que se dilatan, como si la nada
los reclamase para sí! ¡Y yo siempre persiguiéndolos: sobre la húmeda
pared de tierra, sobre el plateado río, por entre los enrejados de un
puente de metal, como el demente que se asoma a las rejas de su celda para
maldecir a la esposa traidora y al amigo desleal, que enamorados pasan,
mientras el infeliz se golpea el cráneo y babea la hiel que le destila el
corazón sobre el oxidado hierro de su verja!
DON ANSELMO.- ¡No más!… ¡No más!…
GONZALO.- ¡Oh, te da horror!, ¡te da miedo!, ¿por qué?, ¡si todo esto
es sueño, delirio, mentira! ¡Pero déjame acabar, ahora mis ideas son
claras, muy claras! ¡Lo veo todo como pasó, lo mismo! ¡Llegamos a otro
túnel! Otra vez vi en la claridad de aquella ventana los dos contornos de
Ángela y de Enrique. Estaban donde siempre, respiré; pero ella llevó la
mano al rostro para ocultarlo o para llorar y la otra sombra, la de él,
extendió su brazo y le separó las manos!… ¿Por qué?… ¿Con qué derecho?
¡Ah, miserable!, ¡ah, traidor! ¡Y ella resistía… y se aproximaron las
dos figuras… y pasamos por una hoguera que [59] los trabajadores habían
encendido… y las llamaradas de la fogata inundaron de resplandores
rojizos aquél cuadro de luz blanca… y creí oír la voz de Ángela que me
llamaba… y oí el silbido de la máquina estridente y burlón que me crispó
los nervios… rugí como un condenado… abrí la portezuela… y me
precipité en el vacío procurando asir en el aire… aquél maldito engendro
del vértigo y de los celos!… ¡Ay, padre, padre mío, ten compasión de mí!
(Se precipita en los brazos de DON ANSELMO.)
DON ANSELMO.- Sí ven, ven a mis brazos, sobre mi corazón, aquí…,
aquí…, que vengan ahora los que quieran atormentarte! (Acariciándole y
llorando con él.)
GONZALO.- ¡Pues ya están ahí! ¡Sí… ya están, mira!… ¡Mira!, ¡Como
aquella noche!
Escena IX
DON ANSELMO, GONZALO, ÁNGELA y ENRIQUE.
(ANSELMO y GONZALO en la izquierda: GONZALO acurrucado con timidez
infantil en los brazos de su padre. ÁNGELA entra precipitadamente por la
derecha, poco después ENRIQUE por el fondo.)
ÁNGELA.- ¡Padre!… ¡Padre!… Enrique ha entrado en el hotel… le
he visto… le he visto llegar… ¡Arrójele usted de esta casa! (A DON
ANSELMO.) ¡Arrójele usted!
DON ANSELMO.- Le hice venir yo.
ÁNGELA.- ¡Usted!
DON ANSELMO.- Sí.
ENRIQUE.- Me llamó usted… y siempre he de acudir cuando usted… o
Gonzalo me llamen.
GONZALO.- (En voz baja.) ¡Mira… mira cómo se acercan los dos!…
¡Mira qué sumisos! ¡Esto consuela! ¿Verdad, padre mío?
DON ANSELMO.- ¡Sí, Gonzalo, es verdad!
GONZALO.- Pues ahora pregúntales tú… eso… eso que deseábamos
saber ¿no te acuerdas?
DON ANSELMO.- Sí. (Levantándose.) ¡Es preciso que hablen! [60]
GONZALO.- ¡Yo entre tanto aquí me quedo y les observaré, como aquella
noche! (En voz baja.) ¡Conque, anda, anda… qué placer tan grande es
estar en acecho!
DON ANSELMO.- (Acercándose a ÁNGELA y ENRIQUE como el actor crea que
debe acercarse.) (Aparte.) (¡Tiene razón Gonzalo!… ¡Es preciso!) (A
Ángela.) ¿Recuerdas lo que era el Gonzalo de otros tiempos? ¡Pues mira lo
que es ahora! (A Enrique.) ¿Recuerda usted a su buen amigo? ¡Pues vuelva
usted la vista hacia ese pobre ser!
ÁNGELA.- ¡Dios mío!
ENRIQUE.- ¡Sí: muy desdichado!
DON ANSELMO.- ¡Todo cambia: nada es lo que era; pero queda uno que es
el mismo que fue; quedo yo: su padre!
ÁNGELA.- ¡Y yo también, padre mío!
DON ANSELMO.- Eso quiero yo saber.
GONZALO.- (Aparte.) (¡Eso queremos saber! ¡Saberlo todo! ¡Bien
dicho!)
DON ANSELMO.- (Bajando la voz.) Necesito salvar la vida de mi hijo:
hacer que vuelva a su cauce natural esa razón extraviada: mostrar a todos
su honra pura: o mostrar a todos la venganza de su honra! ¡Eso quiero!
ÁNGELA.- Y yo también.
ENRIQUE.- ¿Por qué no?
GONZALO.- (Aparte.) (¿Por qué hablan en voz baja? ¡No les oigo!…
¡Ellos… bueno! Pero mi padre… ¿Por qué?)
DON ANSELMO.- Por un ser a quien se ama, como yo a Gonzalo, está uno
dispuesto a todo: ¡a todo! ¿No es verdad?
ENRIQUE.- ¿Por el ser a quien se ama? ¡A todo! ¡A lo noble o a lo
infame! ¡Al crimen o al martirio! Usted lo piensa ahora: yo lo pensé
siempre.
DON ANSELMO.- ¡Pues al fin y al cabo pensamos lo mismo! ¿Y tú? (A
ÁNGELA.)
ÁNGELA.- Dígame usted qué debo hacer para salvar la vida, la razón y


















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