37;o.
GONZALO.- Ya lo sé. Se asustan cuando me ven enojado y huyen; pero yo
no siento esos enojos que aparento: los finjo para que obedezcan: porque
todos son cobardes y obedecen cuando se les manda con imperio. [52]
DON ANSELMO.- ¿No querías que hablásemos?
GONZALO.- A eso vine.
DON ANSELMO.- ¿Y qué quieres decirme?
GONZALO.- Consultar unas dudas contigo. ¡Unas dudas que me asaltan!,
¡que me acosan!, ¡que me desesperan! ¡Dudar es como llevar una corona de
espinas por dentro: aquí, bajo la frente: alrededor del pensamiento.
¡Quiere uno arrancarla y no puede: se araña uno, se despedaza uno el
cráneo; pero como está protegida por este hueso maldito, nada se consigue!
Y ha de estar el alma quieta, inmóvil, sin pensar, porque a muy poco que
se agite se le clavan las espinas. ¡Ah!, ¡qué tormento intolerable!
DON ANSELMO.- Pues no te agites: no pienses en nada, descansa contra
mi pecho, como cuando eras chiquitín: el dolor hace de los hombres, niños:
y los niños sólo en los brazos de sus padres encuentran consuelo.
GONZALO.- Si no es posible que yo esté tranquilo: si desde anoche yo
no sé lo que pasa por mí. Dime ¿se puede comprimir el vacío infinito y
hacerlo pequeño, muy pequeño, del tamaño de un cráneo y hundirlo en él?
¿Tú crees que eso es posible? ¡Pues eso es lo que siento yo aquí: un vacío
inmenso!
DON ANSELMO.- No, hijo; si eso no es posible: si es que sufres y tu
sufrimiento toma esa forma extraña.
GONZALO.- ¡Que no es posible! ¡Qué poco sabes! Mira por ese balcón
¿qué ves? Un retazo azul, muy azul de cielo; pero pequeño, muy pequeño:
del tamaño del balcón mismo. ¡Pues si fuese de noche verías centenares y
centenares de estrellas, mundos inmensos, mil veces mayores que el
nuestro, y allá lejos, muy lejos lo infinito! ¡Pues todo ese infinito se
mete por el hueco de nuestro balcón y aun está holgado! ¡Pobre padre mío y
que poco sabes de estas cosas! ¡Y decías que era imposible que yo llevase
el vicio inmenso dentro de mí! ¡Pues lo llevo y lo siento!… ¡Claro es:
yo tengo un sentido más que vosotros: vosotros tenéis el sentido de la
realidad: [53] yo el sentido de la nada! ¡Esa ventaja os llevo: el que
tiene el sentido de la nada no puede dejar de sentir ni después de la
muerte; luego es inmortal!
DON ANSELMO.- Por Dios, Gonzalo, desecha esas ideas.
GONZALO.- Las desecharé si tú quieres: si a mí todo eso nada me
importa: sólo me importan… ¡otras cosas!… Digo estas porque me
ocurren: desde que recibí anoche aquel golpe que tanto os inquieta… Veo
lo que antes no veía, todo se ha revuelto dentro de mí, y unas ideas
chocan con otras, y brotan chispas extrañas. ¡Pero del golpe no te
preocupes: si yo me siento bueno: perfectamente bueno, como diría don
Leandro!
DON ANSELMO.- ¡Pues no digas esas palabras, que no comprendo!, ¡pues
no me mires de ese modo!…. ¡Vuelve en ti!… ¡Vuelve en ti, Gonzalo,
Gonzalo, hijo mío!
GONZALO.- ¡Es que sufro mucho!
DON ANSELMO.- ¡Ya lo sé!, ¡y no quiero que sufras!… (Abrazándole.)
¡Yo te infundiré mi vida, aunque me quede sin ella!…
GONZALO.- ¡No: lo que has de hacer es resolverme esta duda…
¡Ésta!… ¡Ésta!
DON ANSELMO.- ¿Cuál, hijo mío?
GONZALO.- ¿No te la he dicho?
DON ANSELMO.- No.
GONZALO.- Pues oye, pero que no nos oiga nadie. Lo que anoche vi,
¿fue realidad o ilusión? ¿Estoy cuerdo y deshonrado o estoy loco y soy
feliz? (Con mucho misterio.)
DON ANSELMO.- ¡No: eso no: demente no!
GONZALO.- ¡Que no estoy demente! (Con ira.)
DON ANSELMO.- ¡Mil y mil y mil veces no!
GONZALO.- ¡Pues yo digo que si! (Con desesperación.)
DON ANSELMO.- ¡Mentira!
GONZALO.- ¡Quien miente eres tú!… ¡Te digo que mientes!… ¡Que
mientes como todos esos miserables! (Amenazándole furioso.)
DON ANSELMO.- ¡Gonzalo!
GONZALO.- (Calmándose y acariciando a su padre.) Es decir, tú no
mientes, porque tú eres mi padre y yo te quiero mucho. ¡Y [54] una persona
a quien uno quiere mucho ni miente ni engaña! Porque si los que nos aman
nos engañasen, ¿qué harían los que nos odian? De modo que tú, que tanto me
quieres, no puedes engañarme. Y él que es mi amigo leal, no puede
engañarme tampoco. Y ella, que es mi único amor, ¡cómo ha de engañarme! ¡Y
si todos sois buenos para mí, y todos decís verdad, sólo han mentido mis
ojos; estos cristales impuros, hechos de tierra, y mal cristalizados, y
llenos de manchas rojizas y traicioneras! ¡Ruines engendros transparentes
que yo arrancaré con mis uñas de sus órbitas negras, si en adelante no
miran con amor a los seres a quienes yo amo con toda la vehemencia de mi
alma y toda la ternura de mi corazón! Y ahí tienes lo que yo decía: si no
es verdad lo que yo vi, es que estoy loco, y soy feliz; porque todos sois
buenos y leales, y todos me queréis, y por lo mismo que estoy enfermo, me
mimáis, y no hay más… Lo que yo digo…, soy dichoso, muy dichoso,
mucho, mucho…, padre mío, ¡ay padre mío! (Se abraza a él llorando.)
DON ANSELMO.- Cálmate, cálmate y dime lo que viste anoche.
GONZALO.- ¿No te lo he dicho?
DON ANSELMO.- No, hijo mío.
GONZALO.- ¿Pues no estábamos hablando de ello?
DON ANSELMO.- No, recuérdalo bien: no llegaste a decírmelo.
GONZALO.- Pues te lo diré, y ya verás con qué calma: con qué re
reposo: y qué bien ordenado todo. Acércate a mí: dame tus manos y óyeme
como yo te oía cuando era niño y me referías un cuento de fantasmas o
aparecidos. Porque será u cuento: porque todo lo que vas a oír es mentira:
me lo figuré yo… Pero no es verdad, no digas que es verdad… Porque
entonces… Entonces… (Dispuesto a enfurecerse.)
DON ANSELMO.- No, hijo mío, ya sé que no es verdad.
GONZALO.- Bueno, pues no siéndolo, oye y verás qué cosa tan curiosa.
Íbamos los tres en un departamento reservado: los tres solos. Y llegó la
noche, y sentía yo dentro de [55] mí una alegría inmensa ¡qué hermosa era
la vida!, ¡un amor como el de Ángela, una amistad como la de Enrique!, ¡un
padre como tú! Y decías tú que lo infinito no puede condensarse…
DON ANSELMO.- Por Dios, no te distraigas: sigue: ibais los tres.
GONZALO.- Los tres: y mi dicha se deshacía en palabras sin fin…
Como la savia se deshace en hojas y en flores… Porque todo se
deshace…, la sombra en luz…, la luz en sombra…
DON ANSELMO.- Sigue: sigue con tu idea: ibais hablando los tres.
GONZALO.- No: ¡yo era el único que hablaba: ellos silenciosos: muy
silenciosos! El silencio y la quietud son dos cosas iguales: y el tren se
paró: era de noche. Y a mí ¿qué me importaba que el tren se hubiese
parado? Yo seguía hablando. ¡Todo me parecía bien: todo hermoso y noble:
la humanidad heroica! ¡Pobre género humano! ¡Había estado trabajando
siglos y siglos para inventar el vapor y llevarnos más aprisa a ella, a
Enrique y a mí! ¡Comprendes tú abnegación semejante!
DON ANSELMO.- Por Dios santo, sigue: no divagues!
GONZALO.- ¡Pero si te lo estoy contando todo!, ¡no me obligues a ir
por otro camino que el mío, porque esto me contraría, me tortura!… (Con
señales de sufrimiento.)
DON ANSELMO.- Bueno, bueno, como tú quieras.
GONZALO.- ¡Yo tengo una deuda de gratitud con aquellas pobres
gentes!… ¡Tanto empleado trabajando sin descanso por nosotros…, día y
noche!… ¿Cómo no he de decirte todo esto?… ¡Sería un ingrato!… ¡Que
lo sean otros!… ¡Yo, no!
DON ANSELMO.- ¿Pero Ángela y Enrique?
GONZALO.- ¡Ah!, ¡ellos!… ¡Ellos silenciosos!… ¡Siempre, siempre
lo mismo! Y yo seguí hablando… Y dije no sé qué a mi Ángela… ¡Y ella
volvió la cabeza como huyendo de mí!… ¡Oh!, ¡esto me llegó al corazón!
«¿Por qué no me miras?» Le dije. Y Ángela me señaló a una niña que pasaba
por el andén con un ramo de flores. ¿Te gustan?, ¿las quieres?, le
pregunté yo, ¡y sin esperar su respuesta [56] me precipité del coche! Era
una pequeñez; pero yo deseaba hacer algo por Ángela: realizar el menor de
sus caprichos a costa de mi sangre: morir por ella, si era preciso: había
visto pasar entre sombras y reflejos aquellas flores; pues eran sagradas,
eran de mi Ángela, en otras manos estaban profanadas, ¡oh!, ¡esto es
seguro!, ¡no me lo niegues, padre, no me lo niegues!, ¡mucho te quiero!…
¡Pero esto es demasiado!, ¡este tormento es insufrible!… ¡Aquellas
flores!… ¡Sí, aquellas flores!… ¡Eran de mi Ángela! (Con un acceso de
furor.)
DON ANSELMO.- ¡Te comprendo!… ¡Tienes razón!… ¡Pero acaba!
GONZALO.- ¿Qué decía? ¿Dónde estábamos? ¡Pierdo la ideal!… ¡Lo ves!
¡Por haberme contrariado
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