Skip to content

Хосе Эчегарай. Смерть на губах. José Echegaray. La muerte en los labios


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |


CONRADO.-Que sí, que ahí viene. Cediendo a tu ruego, y con galantería que es en él raro prodigio, empeñóse en venir; pero al entrar se ha encontrado a Lafontaine, y hablando quedan mientras yo te aviso. Pero ¿por qué me miras de ese modo, Margarita? ¡En tus, dilatadas pupilas más hay espanto que amor!
MARGARITA.-(Aparte, después de escucharle atentamente y sonriendo con alegría.) ¡Ah, su voz, qué dulce suena para mí! ¡No es la de Walter! (Alto.) Mírame, mírame, Conrado.
CONRADO.-¿Que te mire? ¡Sí, te miraré y me miraré en tus ojos! ¡Ah Margarita! ¡Allá en su fondo veo reproducida mi propia imagen…, pero muy pequeña, como se ven los objetos cuando están muy lejos o muy arriba!… ¡Qué mucho si va subiendo por el cielo de tu alma!
MARGARITA.-(A parte, como antes.) ¡Ah su mirada!… ¡Cuánta luz!… ¡No, no es la de Walter!
CONRADO.-¿Qué tienes, Margarita?
MARGARITA.-¿Qué sientes por ese hombre…, por Walter?
CONRADO.-Odio.
MARGARITA.-¿Profundo?
CONRADO.-¡Implacable!
MARGARITA.-¿A qué llega?
CONRADO.-¡A desear su muerte! (Con voz terrible y mirada sombría.)
MARGARITA.-(A parte, con espanto y separándose de CONRADO.) ¡Ah, como Walter! ¡Así habla, así mira!
CONRADO.-(Siguiéndola.) ¡Margarita!
MARGARITA-(Rechazándole.) ¡Calla, insensato!
CONRADO.-¿Por qué me rechazas?
MARGARITA.-¿Sangre en tus manos?… ¡No! ¡Me das horror!
CONRADO.-(Con expresión de horrible angustia.) ¿Ya no me amas?…
MARGARITA.-¡Ah, no amarte!… (Da un grito, se precipita a él y le abraza con transporte.) ¡No amarte yo! ¿Quién lo ha pensado?… ¿Quién lo ha dicho?… ¡Insensato!… ¡Ahora sí que eres insensato!… ¡Yo te amaría aunque fueses el más infame de los hombres, aunque me odiases, aunque en tus venas hubiese sangre de Walter!… ¿Puedo amarte más?
CONRADO.-¡Así, Margarita, así!…
WALTER.-(Desde dentro.) ¡Margarita!
MARGARITA.-(Desprendiéndose de CONRADO.) ¡Él!… ¡No!… ¡Ahora no!
CONRADO.-Espera…
MARGARITA.-En este momento… no se lo digo… Después…, muy pronto…, volveré… ¡Adiós!
CONRADO.-¡Margarita!…
MARGARITA.-(Ya en la misma puerta de la derecha.) ¡Te amaré siempre…, siempre, Conrado!
CONRADO.-¡Ah mi amor! (Con expresión de dicha.)

ESCENA VII
CONRADO, WALTER y LAFONTAINE, por el fondo los dos últimos.

WALTER.-(Deteniéndose un momento en la puerta.) ¿Y Margarita?
CONRADO.-Pronto vendrá. A prevenirla voy. Perdona si te dejo.
WALTER.-¿Por qué tanta prisa? Yo no la tengo y no me desagrada platicar contigo. (Aparte, a NICOLÁS.) Parece mozo de valía.
NICOLÁS.-(Aparte, a WALTER.) Lo será sin duda, pero no sé en qué lo conoces ni qué muestras dio de ello. (Aparte.) Mal anda la cabeza de Walter.
WALTER.-(Aparte, a NICOLÁS.) Eso se conoce en todo. (Aparte.) Este Lafontaine es un pobre mentecato; pero Calvino se empeña en hacerle un personaje. (En voz alta, a CONRADO.) ¿Eres ginebrino?
CONRADO.-Ya me lo preguntaste en otra ocasión, y en ella contesté.
WALTER.-Cierto. ¿Y tus padres?
CONRADO.-Murieron cuando yo era muy niño, y de ellos sólo sé lo que me ha referido mi nodriza.
WALTER.-¿Tienes parentesco con Jacobo?
CONRADO.-No, somos amigos; pero tan amigos, que por hermano le tengo.
WALTER.-Mal amigo y amistad peligrosa. Supongo que no serás como ese infeliz, todo un desaforado hereje y un empedernido ateo. No lo seas, muchacho, no lo seas. (Con vivo interés.)
CONRADO.-Ni soy hereje ni soy ateo, a Dios gracias; pero tampoco eres tú mi confesor ni la confesión forma parte de la doctrina de tu maestro.
NICOLÁS.-(En tono de amenaza.) Sin ser confesor pudiera ser juez.
CONRADO.-(Con fiereza.) ¿Y quién el reo?
NICOLÁS.-Tú, por ejemplo.
CONRADO.-¡Vive Dios!
WALTER.-No, Conrado; yo no soy tu juez, no le hagas, caso. Lafontaine no sabe lo que se dice. Calvino piensa por él de ordinario y él perdió la costumbre por inútil.
NICOLÁS.-¡Walter, cuenta con los insultos, que no he de sufrirlo!
WALTER.-Ni Walter sufre réplicas de nadie, ni siquiera de ti.
NICOLÁS.-Las sufre de ése. (Señalando a CONRADO.)
WALTER.-¿De ése?… Bueno; pues será capricho, y mis caprichos hay que respetarlos porque llevan consigo razón que los abona y los mantiene. (Golpeando en el puño de la espada.)
CONRADO.-Mucho tarda Margarita. Permíteme…
WALTER.-Como te plazca.
CONRADO-En breve estaremos aquí los dos.
WALTER.-Bueno; ve allá, Conrado. (Sale CONRADO por la derecha, primer término.)

ESCENA VIII
WALTER y LAFONTAINE.

WALTER.-(Se deja caer como fatigado en el sillón próximo a la mesa y se queda pensativo. Aparte.) ¡Conrado!… ¡Conrado!… ¡Su nombre!… ¿Y qué? Un sonido igual a otro sonido, no más. Sombra vana de algo que ya no es.
NICOLÁS.-¿Sabes lo que pienso?
WALTER.-Lo sabré si lo dices, que en adivinarlo no he de poner empeño.
NICOLÁS.-Que no eres, el mismo hombre que antes.
WALTER.-Gasta el día sus horas de luz y de calor, y en negra y fría noche viene a dar al fin. Derrocha el torrente sus aguas invernales, y queda seco y pedregoso en el estío. Desmorónanse las montañas lentamente, y al mar van los escombros de sus cúspides. ¿Qué mucho que yo pase, y me desmorone, y me derrumbe? Si eso no más discurriste, no has de heredar a Calvino en aquella su incomparable sabiduría para interpretar santas escrituras.
NICOLÁS.-Palabras nunca te faltan.
WALTER.-Ni obras me faltaron jamás.
NICOLÁS.-Hasta hoy.
WALTER.-Ni hoy siquiera.
NICOLÁS.-Cierto será, pero no se conoce.
WALTER.-¿Pues qué hice?
NICOLÁS.-Dejar de hacer.
WALTER.-Sepa yo lo que ha sido.
NICOLÁS.-Pues ahí es nada. Casi a la mano tenemos a Servet, y te opones al último esfuerzo que nos resta para dar con ese desapoderado herético, lepra de la religión en el mundo y quizá conspirador en Ginebra.
WALTER.-Si tan a vuestro alcance está, tended la mano.
NICOLÁS.-En sabiendo dónde se oculta.
WALTER.-¡Ah! Pues en no sabiéndolo no hay por qué alardear de victoria.
NICOLÁS.-Pues hay para qué, porque hay medio de conseguirla.
WALTER.-¿Cuál?
NICOLÁS.-El que tú sabes. (Con misterio y en voz baja.) Aquí encontramos a Jacobo con el libro de la mentira y de la blasfemia de ese teólogo de Barrabás.
WALTER.-Y a pesar de que yo le era deudor de la vida, yo mismo le entregué al Consejo, que quién sabe si fue entregarle a la muerte; él mitigó los dolores de mi cuerpo y yo di tortura al suyo. Si esto no es celo religioso, descontentadizos sois, a fe mía.
NICOLÁS.-Tortura que fue inútil, porque no habló.
WALTER.-O tan bajo que no lo oísteis.
NICOLÁS.-(Con interés.) ¿Y tú?
WALTER.-Algo. Una palabra de que os daré cuenta a su tiempo.
NICOLÁS.-Y entre tanto…, ¿por qué no apoderarnos de Margarita y de Conrado? Cómplices son, no hay duda.
WALTER.-Cuando no haya otro medió se hará lo que dices.
NICOLÁS.-Tu terquedad es por ese mancebo, que metiósete en el corazón como diablillo travieso por boca entreabierta de vieja bobalicona.
WALTER.-Mi terquedad… Mi terquedad… Yo sé lo que hago.
NICOLÁS.-Pero…
WALTER.-(Levantándose y cogiéndole por un brazo.) Oye y no seas botoso. Mañana, no más tarde que al rayar el día, antes que comience la ejecución, a la cual he de asistir, ven a buscarme y yo te diré dónde se oculta Servet, quiénes son sus cómplices, cuáles los altos personajes que le protegen; todo. Déjame unas horas no más; después pregunta, que como me quede una centella de vida, yo te contestaré.
NICOLÁS.-¡Al fin vuelves a ser lo que fuiste!
WALTER.-Espera. Supón que yo muero antes.
NICOLÁS.-¡Walter!… ¡Por Dios!… ¡Qué idea!
WALTER.-Lo supongo, no lo afirmo; caso posible, no seguro. Mi vida va tambaleándose como libertino beodo al salir de desenfrenada orgía, y de un instante a otro puede caer. Algo, que será la sangre, si Jacobo acierta, y que si no será el dogal que la muerte va tanteando sobre mi cuerpo antes de echarlo a mi garganta, siento bullir por mi piel. En fin, oye y no me distraigas. Si yo muriese, no ha de decirse que por tema mío el español se escapó de Ginebra, y este pliego os da el medio de echarle mano. (Entregándole un papel.)
NICOLÁS.-¿Este pliego?
WALTER.-Es una carta de Servet.
NICOLÁS.-¿De Servet? ¿Sabes lo que dice?
WALTER.-Acabo de recibirla. Promete entregarse si dais libertad a Jacobo.
NICOLÁS.-(Después de leer.) Promete entregarse. ¿Pero se entregará?
WALTER.-¡Oh, Servet es aragonés y el orgullo le pierde! No faltaría a su palabra así tuviese que ir al infierno a cumplírsela al diablo.
NICOLÁS.-Bien dices. Seguro le tenemos. Todo debe esperarse de su valor o de su soberbia. ¿pues no osó el mismo día de su llegada a Ginebra ir por la tarde al templo en que predicaba Calvino? ¡Será nuestro, será nuestro!

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: carta, cita, cuento, Espana, fantástico, geografía, historia, Italia, nota, pieza

Related posts

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*

This is a captcha-picture. It is used to prevent mass-access by robots. (see: www.captcha.net)

You must read and type the 5 chars within 0..9 and A..F, and submit the form.

  

Oh no, I cannot read this. Please, generate a