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Хосе Эчегарай. Смерть на губах. José Echegaray. La muerte en los labios


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33;l.
MARGARITA.-Le conoció en otro tiempo, presenció las hazañas y sólo el nombre de Walter horroriza a mi pobre Berta.
SERVET.-(A BERTA.) ¿Le conociste?
BERTA.-Sí.
SERVET.-¿En dónde?
BERTA.-En Alemania.
SERVET.-¿En qué ciudad de Alemania?
BERTA.-En Witemberg.
SERVET.-¿Era ya reformista?
BERTA.-Y verdugo de católicos. Más de una vez la sangre de nuestros hermanos saltó a su frente, y el humo del incendio tiznó su rostro, y del rasgado paño del altar hizo dogales. Fue en los campos soldado de la herejía; cabeza de motín en las ciudades; asaltó iglesias como lobo carnicero en desamparado aprisco, y blandió su brazo enorme martillo de herrero contra las sagradas imágenes, agudo puñal de Italia contra mujeres y niños.
MARGARITA.-¡Jesús, Berta! No es posible. En esa pintura hay exageración. Perversa es su índole, pero en todo hay límites, hasta en el mal.
BERTA.-Pues eso decían.
SERVET.-Sin duda sus enemigos.
BERTA.-Que para el caso lo eran todos, porque todos repetían el mismo son.
MARGARITA.-No, Berta, Satán existe, pero en sus infernales antros.
BERTA.-Y a veces también bajo forma humana; esto se sabe, y el que lo niegue poco aprendió de magias y de hechicerías.
MARGARITA.-¡Dios nos libre!
SERVET.-En suma, tú sólo conoces las maldades de Walter por cuentos de viejas y por inquinas de católicos. Yo le conozco más y mejor, ¡que por experiencia hablo!, y con todo, no le creo tan malo.
BERTA.-(Exaltándose.) Por experiencia hablo yo también.
SERVET.-¿Tú? (Mirándola fijamente; MARGARITA suspende su labor.)
BERTA.-Sí.
SERVET.-¿Tú le has visto asaltar templos?
BERTA.-¡Pues no! Y profanar altares.
SERVET.-¿Tú le has visto matar?
BERTA.-(Exaltándose más.) ¡Matar mujeres!… ¡Y niños!… No; eso no; matar niños no le he visto, pero es muy capaz.
MARGARITA.-Cuenta, madre; cuéntanos la historia de Walter. No sé por qué, pero quiero saber quién es Walter.
BERTA.-¿Quién es? Ya lo sabes, por desgracia; y si no, pregúntaselo al desdichado Jacobo.
MARGARITA.-Pues bien: si sé quién es, quiero saber quién fue.
BERTA.-Un ciudadano de Witemberg; esposo de la mujer más buena y más hermosa de la Sajonia, y padre de un ángel que por no tener alas no pudo volar al cielo.
SERVET.-¿Le amaba Walter?
BERTA.-¿A quién?
SERVET.-A su hijo.
BERTA.-No; él jamás amó. Le miraba, sí, horas enteras sin fruncir el entrecejo ni apretar los dientes, que esto era en él el límite supremo de la ternura; pero nada más.
SERVET.-¿Ni un beso siquiera?
BERTA.-¿Un beso? Tampoco; nunca… Sí, una vez; yo creo que entre sueños, por distraído, más que por amante.
MARGARITA.-Vamos, Berta, eso ya no es justicia.
BERTA.-Te diré cómo fue. (Pausa. MARGARITA y SERVET escuchan con interés marcado.) Era la caída de la tarde. Walter salió al jardín y dejóse caer en un banco de piedra; el niño jugaba entre las flores; le vio su padre y le llamó, y hacia él fuese el pequeñuelo. Púsole al fin sobre sus rodillas, le miró largo rato y cerró los ojos. No sé cuánto tiempo pudo pasar; ello es que el niño permaneció inmóvil. Despertó Walter, le contempló con afán, le apretó entre sus brazos, y entonces…, entonces fue cuando le dio un beso. Aquel grupo, iluminado por el sol poniente, parecióme que era Satanás y un ángel besándose en un rayo de luz.
SERVET.-Todo lo que quieras, pero le besó.
BERTA.-Fue maldad, no amor; y la prueba es que el niño, que al principio reía, al fin se echó a llorar, y yo tuve que ir a quitárselo a su padre.
SERVET.-(Con extrañeza.) ¡Tú!
MARGARITA. (Ídem.) ¡Tú!
BERTA.-Yo…, que casualmente estaba allí; éramos muy amigas la nodriza del niño y yo… ¿Qué hay en esto que os extrañe? (Turbada.)
SERVET.-Bien mirado, nada. Pero decías que habíasle visto asaltar templos, romper imágenes y matar mujeres, y nos encontramos con que hasta ahora sólo le has visto dar un beso a un niño.
BERTA.-Y también… «¡lo otro!».
MARGARITA.-(Con cierta impaciencia.) Pues di, acaba; ¿cómo fue?, ¿cuándo?, ¿por qué?
SERVET.-Si en ello no hay misterio…
BERTA.-¿Misterio?… ¡No! ¡No creáis!… El hecho fue público…
SERVET.-Pues dinos lo que sepas.
BERTA.-(Fingiendo indiferencia.) Pues lo diré; sí, lo diré. Fue el caso que la pobre mujer de Walter era católica, y católica la nodriza del niño…, aquella amiga mía.
SERVET.-¿Pero Walter?…
BERTA.-¡Lo ignoraba!… ¡Ya lo creo que lo ignoraba!
SERVET.-Y bien…
BERTA.-Pues llegó un domingo. Walter había ido de expedición; luego se supo cuál era. Conque no le esperábamos; mal hace quien no cuenta con él. Las luces de la mañana blanqueaban el horizonte, cuando la pobre Dorotea, y el niño, y yo…. y, además, por supuesto, la nodriza…. nos deslizamos por las oscuras y revueltas callejas hasta llegar a casa de don Gonzalo, un buen hidalgo español que tenía capilla secreta, y sacerdote católico y licencia de Roma. Entramos y empezó al punto el santo sacrificio de la misa, que sacrificio fue al cabo. ¡Dios mío, veinte años han pasado y aún me parece que veo aquella escena, tan en paz al principio, tan horrible al fin! (Se levanta agitada; MARGARITA y SERVET se levantan al mismo tiempo y se acercan a ella con afán.)
MARGARITA.-Sigue.
SERVET.-¿Y qué más?
BERTA.-(Como evocando recuerdos.) Dorotea de rodillas; de rodillas yo, empeñada en que el niño doblase las suyas. ¡Pobre pequeñuelo!, me miraba, sonreía y vuelta a levantarse. Don Gonzalo, junto al altar; a su alrededor, la servidumbre, algunas velas encendidas, mucha sombra en los muros, por una claraboya del techo un rayo del alma; el sacerdote, sus cabellos blancos, una campanilla que a intervalos suena débilmente; una pequeña nube de incienso que parece que sube por el rayo de luz ¡Qué dulzura, qué calma, qué inefable misterio!… (Pequeña pausa.)
MARGARITA.-¿Y después?
SERVET.-¿Y luego?
BERTA.-¡De repente un grito de dolor allá fuera!, ¡otro grito allí mismo junto a mí!, ¡luteranos que entran!, ¡brazos que golpean!, ¡un hombre que hiere a Dorotea en la garganta! ¡Era Walter! «Hijo mío!», grité yo, y me abracé al niño… No, dejadme…, los veo aún… ¡Dorotea!… ¡Walter!…
MARGARITA.-¿Y el niño?
BERTA.-¡Yo le salvé, yo; con él huí, con mi Conrado!…
MARGARITA.-¿Qué?
SERVET.-¿Qué has dicho?
MARGARITA.-¿Se llamaba?… ¿Dices que se llamaba?…
SERVET.-Que se llamaba Conrado, ¡eso te hemos oído!
BERTA.-(Retrocediendo hacia la derecha.) Y bien…. ¿Por qué no?
SERVET.-¡Berta!
MARGARITA.-Madre, una idea horrible se aferra a mi cerebro.
BERTA.-¡Quiero irme de aquí! ¡Estos recuerdos me enloquecen!
SERVET.-¡Acaba!…
MARGARITA.-¡Por Dios santo, dilo todo!…, ¡todo!…
BERTA.-(Siempre retrocediendo, MARGARITA y SERVET la siguen.) Es inútil…, no diré más. Dejadme paso…, paso…
SERVET.-¡Hablarás!
MARGARITA.-¡Berta!… ¡Berta!… ¡Has de hablar!…
BERTA.-¡No!… ¡No!… ¡Apartaos!…
WALTER.-(Desde fuera.) Espera, Lafontaine
BERTA.-¡Su voz!… ¡Que no me vea!…
MARGARITA.-¡Madre mía!
BERTA.-Pues si lo soy, no quieras matarme (Se desprende de ambos y huye por la derecha, primer término.)

ESCENA V
SERVET y MARGARITA.

SERVET.-Esa mujer no lo dice todo.
MARGARITA.-Pues ha de decirlo.
SERVET.-(Dirigiéndose a la derecha.) ¡Yo la obligaré!
MARGARITA-(Yendo tras él, deteniéndole y hablando en voz baja.) ¿Será cierto?
SERVET.-¿Qué?
MARGARITA.-Lo que estoy pensando.
SERVET.-¿Y cuál es tu idea?
MARGARITA.-La tuya.
SERVET.-¿Tú crees?
MARGARITA.-No temas; ¡no lo digas!… Vete…Arranca de sus tercos labios ese secreto… Pronto…, ya vienen…
SERVET.-No temas; yo sabré la verdad. (Sale por la derecha.)
MARGARITA.-¡Dios mío!… ¡No; imposible!

ESCENA VI
MARGARITA y CONRADO, por el fondo.

MARGARITA.-(Retrocediendo con espanto.) ¡Él!… ¡Él!…
CONRADO.-¡Margarita!… ¡Margarita…, ¿por qué huyes de mí?
MARGARITA.-¡Huir!.. ¡Huir de ti!… ¡No, jamás! (Corre a su encuentro.)
CONRADO.-Fue tu primer impulso.
MARGARITA.-¡No!… ¡No!… ¡Digo que no! (Distraída y contestando a su propio pensamiento.)
CONRADO.-¿Por qué no me miras? ¿Por qué ocultas el rostro entre las manos?
MARGARITA.-¡Creí que venía Walter!… ¡Pero no es Walter! ¡Tú no eres Walter!… ¿Verdad que no?… ¡Di que no, Conrado!
CONRADO.-Sí…
MARGARITA.-¿Qué?

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Tags: carta, cita, cuento, Espana, fantástico, geografía, historia, Italia, nota, pieza

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