Skip to content

Хосе Эчегарай. Смерть на губах. José Echegaray. La muerte en los labios


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |

WALTER.-Yo, sí; escucha. (Viene con CONRADO al primer término MARGARITA se acerca; los tres forman un grupo. Otro grupo, JACOBO y NICOLÁS. El Primer grupo, hacia la derecha; el segundo, algo retirado, pero hacia la izquierda.) Salía enojado del Consistorio, esa tarde que te digo, por no sé qué disputa teológica; abrasaba mi frente; mis labios estaban secos, irresistibles impulsos de destrucción se agitaban en el fondo de mi ser. Llegué junto al lago, caí sobre una piedra que de banco servía; en un grueso tronco apoyé la espalda, sobre su ruda corteza mi sien para contener sus latidos, y cerré los ojos. ¿Dormir?, creo que no, ¿Pasó mucho tiempo?, no lo sé. ¿Logré descansar?, eso sí; descansó mi cuerpo y descansó mi espíritu. Sobre mi abrasado rostro sentía la fresca brisa del lago, los tibios rayos del sol poniente, no sé qué efluvios dulces, consolados y amorosos, como los de otros tiempos que ya pasaron. Abrí los ojos y tú estabas cerca y me mirabas distraído; pero no eras nota discordante en toda aquella armonía; antes bien, en la primera vaguedad del despertar, porque ahora creo que había dormido, me figuré que luz y calor, y brisa y efluvios emanaban de un solo foco, y que ese foco de misteriosa calma… eras tú… ¡Pero bravas cosas te estoy diciendo, y bueno es que Walter ande al fin de sus años con mimos y lagoterías!
CONRADO.-No tienes en verdad esa fama.
WALTER.-Ni tampoco la apetezco. Todo ello es que yo conozco y distingo al primer golpe de vista los réprobos y los elegidos, y conocí que eras uno de los últimos. Mancebo, sé feliz. (Volviéndose.) ¿Y tú, qué haces, Nicolás, que no llevas mis notas a Calvino? (Los personajes quedan de izquierda a derecha, en el orden siguiente: JACOBO, NICOLÁS, WALTER, CONRADO y MARGARITA; los tres primeros, hacia el segundo término; los dos últimos, en el primero.)
NICOLÁS.-Disputaba con Jacobo.
WALTER.-¿Sobre qué?
NICOLÁS.-Asegurábale yo que ese libro no es de prensa lícita y conocida.
WALTER.-¿Y él?
NICOLÁS.-Lo negaba.
WALTER.-¿Y acabasteis la disputa?
NICOLÁS.-No acabó, que antes se encrespaba cuando tú nos interrumpiste, y a punto estábamos, de ponerle yo cien coronas de oro contra un maravedí de Castilla.
WALTER.-¿Y aceptó él?
NICOLÁS.-No quiso.
WALTER.-Pues pronto se desvanece la duda en viendo el libro.
JACOBO.-¿Dudas? Yo no las tengo.
NICOLÁS.-Pero yo sí.
JACOBO.-Pues buen provecho te hagan, que con ellas te dejo. (Al decir esto pasa delante de NICOLÁS y quiere salir.)
WALTER.-Mal corazón y buena descortesía. (Deteniéndole.)
JACOBO.-Él responde de ella.(Golpeándose el pecho.)
MARGARITA.-(En voz baja, a CONRADO.) ¡Dios mío!
CONRADO.-(Lo mismo, a MARGARITA.) Silencio.
WALTER.-Dame ese nido de víboras. (Extendiendo el brazo. CONRADO deja a MARGARITA y va a colocarse al lado de JACOBO.)
JACOBO.-Lo mío es mío, y nadie pone en ello mano sin que yo se la taladre con este hierro. (Golpeando el puñal.)
WALTER.-Nadie que no tenga derecho, pero ése lo tiene.
NICOLÁS.-Y por tenerlo… (Intenta coger el libro. JACOBO retrocede hacia la derecha y queda junto a WALTER: con una mano, como para huir de NICOLÁS, retira el libro, que de este modo queda al alcance de WALTER, con la otra coge el puñal y hace frente a LAFONTAINE.)
JACOBO.-¡Ni tú ni el mismo Calvino!
WALTER.-Pues, en su nombre te lo arranco! (Le quita el libro.)
JACOBO.-¡Miserable! (Puñal en mano se arroja sobre WALTER. CONRADO le contiene: después los dos vienen al primer término y con MARGARITA forman un grupo. Los gritos que siguen casi simultáneos.)
CONRADO.-¡Jacobo!
MARGARITA.-¡No!
WALTER.-(A NICOLÁS, que se dirige a él, dándole el libro.) Toma y mira.(NICOLÁS, mirando el libro junto a la ventana; delante y como defendiéndole, WALTER; más allá, formando un grupo, JACOBO, CONRADO y MARGARITA.)
MARGARITA.-(Aparte.) ¡Dios mío!
CONRADO.-(Aparte, a JACOBO.) Calma…. calma, Jacobo.
JACOBO.-¡Déjame, déjame, Conrado!… ¡Yo basto para los dos!… ¡Ese libro es mío!… ¡Es mío!
WALTER.-(A NICOLÁS.) ¿Qué es ello: árabe o turco?
NICOLÁS.-Espera…. ¡por Cristo!… ¡No!… ¡Me engaña el deseo!
WALTER.-¿Qué ves?
NICOLÁS.-Detén a ese hombre.
JACOBO.-(Recobrando la serenidad.) No huía.
WALTER.-(A NICOLÁS.) ¿Qué libro es ése?
JACOBO.-El de Servet. Yo te lo digo antes que él te lo diga.
WALTER.-No es cierto.
NICOLÁS-Lo es.
WALTER.-(Poniéndole la mano en el hombro.) ¡Ah!… En nombre del Consistorio, eres mío.
JACOBO.-No es maravilla que ha tiempo di mi alma al diablo.
CONRADO.-¡Walter!, él te salvó.
WALTER.-De salvarle trato.
MARGARITA.-¡Te dio la vida!
WALTER.-¡La del cuerpo y la del alma voy a procurarle! (Volviéndose a NICOLÁS.) Avisa a Calvino: vuelve con gente; yo entre tanto de él respondo, y bien pronto ha de ver la cristiandad regocijada cómo Ginebra reprime herejías, consume réprobos y aplica la ley del Dios de las justicias a los impíos que hicieron rebosar la copa de sus misericordias.
TELÓN

La muerte en los labios
José Echegaray

Acto segundo
La misma decoración del anterior.
ESCENA I
MARGARITA y CONRADO.

MARGARITA.-¿No quieres que hable a Walter, que le pida, que le ruegue por Jacobo?
CONRADO.-No.
MARGARITA.-Tú has de ver cómo es preciso.
CONRADO.-Y si el caso llega, tú has de ver cómo es inútil. (Pausa.)
MARGARITA.-¿Qué tienes, Conrado? No me miras, tu voz es áspera: hay sombras en tu frente y relámpagos en tus ojos, signos ciertos de que en tu alma ruge la tempestad.
CONRADO.-¿Qué tengo? Y tú me lo preguntas? ¡Ah!, Margarita, recuerda nuestra infancia y mira nuestro presente. ¡Entonces todo nos acercaba, hasta la muerte; hoy todo nos separa, hasta el deber! Mueren mis padres asesinados en las primeras luchas religiosas de Alemania, según dice Berta, y ella por caridad y amor me recoge. ¿No es esto empezar la vida por manera bien triste? Pues no tanto, porque viuda tu madre, sin amigos y en tierra extraña, y pobre y sola mi nodriza, bien pronto la común desgracia la unió bajo el mismo techo, y la miseria y la muerte, con ser ángeles de sombra, estrecharon en dulcísimo abrazo a los dos niños. ¡Y cómo nos queríamos, aun antes de saber lo que era cariño! ¡Y cómo te amé cuando supe lo que era amar!
MARGARITA.-¡Conrado!
CONRADO.-¡Hoy Jacobo en peligro, en peligro Servet, cómo pensar en bodas ni en amores!… ¡Lo que yo te decía: hoy hasta el deber, hasta la amistad nos separa! ¡Por qué habremos venido a Ginebra!
MARGARITA.-Eramos pobres; mi madre tenía que recoger la herencia de su hermano… ¡Ya ves!…
CONRADO.-Sí, ya veo que hubo razón; pero así es la vida: lo que parece más razonable es no pocas veces suprema insensatez. ¿Cuándo podremos huir de esta casa?
MARGARITA.-¡Ingrato!, ¡llorando la abandonaré yo! ¡Aquí murió mi madre!, ¡aquí me amaste!
CONRADO.-¡Ah!, sí. ¿Lo recuerdas, Margarita? Era una noche; tu madre y Berta trabajaban allí, junto a tosca mesa en que ahumaba más que lucía mezquina lámpara. ¡Pobres ancianas! Así las vi al entrar, porque yo no estaba.
MARGARITA.-Es verdad.
CONRADO.-Tú habías abierto aquella ventana; en pie, detrás de sus cristales, esperabas a que yo viniese; y un rayo de luna formaba plateado nimbo alrededor de tus rubios cabellos, Margarita. ¡Qué extraño, Margarita!, ¡qué extraño! Vivir juntos dieciocho años; primero, niños; luego, yo mozo, tú ángel; al fin, hombre yo, tú ángel siempre. Mezclar risas y lágrimas, placeres y penas; tenerte mil veces en mis brazos; quererte con toda el alma y no haberte dicho nunca: «¡Te amo, Margarita!» Y tú tampoco.
MARGARITA.-Tampoco yo, Conrado.
CONRADO.-Y aquella noche, sin estar juntos, tú en la ventana, yo en la calle, y al mirarte, decir: «¡Qué hermosa es, Dios mío!» Y pensar de repente: «Pero ¡si yo amo a Margarita!»
MARGARITA.-Y abrir yo los cristales y gritarte: «¡Conrado!»
CONRADO.-Sí, pero aquel grito era decirme: «¡Te amo!»
MARGARITA.-Eso era.
CONRADO.-Así es que yo te contesté: «¡Yo también, Margarita!»
MARGARITA.-Y yo te comprendí, ¡cómo no!
CONRADO.-No, si las palabras son inútiles cuando las almas se comprenden. ¡Ah! ¡Dios mío, cómo subí! ¡No era subir, era remontarme a un cielo!
MARGARITA.-¡Y cómo te esperaba yo!
CONRADO.-¿Te acuerdas? Entré, y sin decirnos nada nos cogimos de las manos, y nos acercamos a las pobres ancianas. Te arrodillaste tú, llorando, y ocultaste el rostro en el seno de tu madre, y yo dije: «Nos amamos; has de ser mi esposa; me muero sin ella.»
MARGARITA.-«Y yo no puedo vivir sin él», repetí yo, como si mi voz fuese un eco de la tuya.
CONRADO.-Y lo era.
MARG

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: carta, cita, cuento, Espana, fantástico, geografía, historia, Italia, nota, pieza

Related posts

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*

This is a captcha-picture. It is used to prevent mass-access by robots. (see: www.captcha.net)

You must read and type the 5 chars within 0..9 and A..F, and submit the form.

  

Oh no, I cannot read this. Please, generate a