CONRADO.-Sí, lo deseo; y además tu amparo y tu ayuda.
SERVET.-Pues oye. (Pequeña pausa.)Margarita es sagrada para ti, ¿no es cierto?
CONRADO.-¡Sí lo es! ¡Dios mío!
SERVET.-Y bien; más sagrado es para ti Walter. (Pequeña pausa. CONRADO le mira con asombro. Esta escena queda encomendada al talento del actor.)
CONRADO.- ¡Él!… ¡Walter!… ¡Más que Margarita!
SERVET.-Sí.
CONRADO.-(Después de meditar un momento.) Ya; porque es débil, porque no puede defénderse, porque el sagrado de la hospitalidad le escuda. ¿No es por eso?
SERVET.-¡Por todo eso, y por algo más que todo eso! (Nueva pausa. Nuevo asombro de CONRADO, que mira fijamente a SERVET.)
CONRADO.-No te comprendo.
SERVET.-Yo te digo que entre tu vida y la vida de ese hombre, la vida de ese hombre es primero.
CONRADO.-Tan poco vale la mía, que no se la disputo.
SERVET.-Yo agrego que entre él y yo… Ya ves, que yo te salvé la vida, que te quiero como a un hijo, que de tu lealtad estoy confiado… (Dice esto acercándose a él y cogiéndole la mano con efusión.)
CONRADO.-¿Y qué?
SERVET.-¡Que él es para ti más que tu salvador y tu maestro!
CONRADO.-(Separa su mano y retrocede unos pasos hacia la ventana, donde se apoya JACOBO.) Tan generoso fuiste siempre de tu sangre y de tu vida, que no es mucho que ni a un ser tan miserable como ese que empieza a retorcerse sobre el lecho se la disputes.
SERVET.-¡Ah! No me comprendes aún; pero tienes el instinto del peligro y huyes. (Acercándose a él.)
CONRADO.-Es verdad, no te comprendo; pero es inútil que sigas. (Le mira con recelo y retrocede aún más, hasta acercarse a JACOBO.) ¿Para qué?
SERVET.-Para que acabes de comprender.
CONRADO.-(A JACOBO, en voz baja y señalándole a SERVET.) ¿Le oyes, Jacobo? Ha perdido el juicio, ¿verdad?
JACOBO.-(Aparte, a CONRADO.) Quizá tengas razón. Y mira él es terco en sus locuras, le conozco. Por eso no procuraré atajarle.
SERVET.-(Trayéndole al centro.) Escucha esto no más. Por salvar la vida de Walter, si es preciso debes sacrificar la de Margarita.
CONRADO-¡Yo!… ¡La vida de Margarita!… ¡Por la de Walter! ¡Ella por él…, por él! ¡Y tú lo dices!… ¡Y tú lo piensas!… ¡Ah maestro! Yo te venero, yo te admiro; a donde sube tu inteligencia soberana jamás logró, ¡ni cómo era posible!, remontarse la mía; pero…, perdóname, maestro… ¡En todo lo que dices, en todo lo que escribes, en cuanto piensas, hay algo que maravilla, que ofusca, que confunde, que espanta, que enloquece!… Yo ofenderte no quisiera… Yo te respeto, yo te amo… Pero maestro, maestro…, ¡vive Dios, que ahora comprendo lo que dicen de ti! (Durante este parlamento se separa JACOBO de la ventana.)
SERVET.-(Herido en lo vivo y sin poder contenerse.) ¡Dicen lo que dicen con la misma razón que lo dices tú! ¡Les hablo de Dios Padre, eterno Padre de todos, y no me entienden!… (Aparte y con enojo.) ¡Les hablo del suyo, y no me entienden tampoco! (Pausa.)
CONRADO.-Servet, me pesa si te ofendí; olvida mis palabras.
SERVET.-No, no me ofendiste; pero dejemos esto y volvamos a lo tuyo.
CONRADO.-Terco eres.
SERVET.-Dime. Desde que Walter te vio, ¿no pudiste observar que era para ti lo que no era para los demás?
CONRADO.-¿Yo?… No.
SERVET.-Pues todos lo observaron.
CONRADO.-Sí, me lo dijeron; pero la explicación es fácil.
SERVET.-(Con interés.) ¿A ver cuál?
CONRADO.-Walter tuvo un hijo.
SERVET.-(Con afán.) ¡Sí!
CONRADO.-Que llevaba mi mismo nombre.
SERVET.-(También con afán.) ¡Eso!
CONRADO.-Un hijo a quien perdió.
SERVET.-(Como siempre, y con creciente interés.) ¡Es verdad!
CONRADO.-A quien dicen que, por furor religioso, él, por su propia mano… (Imitando con el ademán un golpe.)
SERVET.-(Con energía.) ¡Eso sí que no es verdad!
CONRADO.-¿Y qué me importa?…
SERVET.-(Acercándose a él y cogiéndole por un brazo.) ¡Insensato!… ¡Ven!…
CONRADO.-¡No!… ¡Suelta!… ¿Adónde?… ¡Servet!… ¡Suelta!
SERVET.-(Llevándole al lecho.) ¡Mira!… ¡Mira!…
CONRADO.-Sí…
SERVET.-¡Es Walter!
CONRADO.-Sí…
SERVET.-¡El dolor ha purificado su rostro; el odio, los malos pensamientos, el espíritu de muerte, han ennegrecido y torturado el tuyo; y él que sube y tú que desciendes, os encontráis en el camino!
CONRADO.-¡Yo!… ¿Con Walter?
SERVET.-Sí, mira bien.
CONRADO.-¡Ya veo; pero suelta!
SERVET.-Recoge ese rostro en tu memoria; grábalo en ella; retenlo un instante no más… Y ahora sígueme…
CONRADO.-¿Adónde?… ¿Adónde me llevas?… (Resistiéndose.)
SERVET.-(Aproximándose con CONRADO a la ventana, que, como se ha dicho; debe estar cerca del lecho y con la hoja de cristal abierta. Todos los movimientos y accidentes de esta escena quedan encomendados al talento de los actores.) ¡La alborada comienza; cárdena viene, y triste ilumina tu frente! El cristal de esa ventana no es mal espejo… ¡Mírate en él, Conrado, y recuerda el pálido rostro de aquel hombre que muere!
CONRADO.-¡Maldición!… ¡Su rostro, sí!… ¡En la sombra que tras el cristal se extiende!…
SERVET.-¡Pues el tuyo es!
CONRADO.-(Aferrándose con las manos a su cara, como si pugnase por arrancar sus propias facciones.) ¡Ah!… ¡Mentira!…
SERVET.-¡Ley es de naturaleza, luego es ley de verdad!
CONRADO.-¿Qué ley es ésa?
SERVET.-¡La de la sangre!
CONRADO.-¡La mía será que me ahoga!
SERVET.-¡O la suya, que iguales son, y juntas estuvieron!
CONRADO.-¿Qué?… ¡Iguales!… ¡Juntas!… ¡Yo!… ¡Él!… ¡Ese hombre!… ¡No!… ¡Di que no!
SERVET.-¿Por qué he de mentir?
CONRADO.-¡Porque mientes!… ¡Porque mientes!… ¡Porque eres un impostor! ¡Un impostor! ¡Lo eres!… ¡Lo eres!… ¡El mundo entero vocea!… ¡Calvino dice la verdad!… ¡Decir tú… que él…, él! ¡Si no te creo…, si no creo nada…, si no creo a nadie!… ¡Jesús! ¡Jesús!… ¡Dios mío! ¡Dios mío, ten compasión de mí! (Cae de rodillas junto al lecho y oculta el rostro entre los paños del mismo.)
SERVET.-(Contemplando a CONRADO.) ¡Desdichado!
JACOBO.-Ya conseguiste tu objeto.
SERVET.-Todavía no. Ahora lucha; luego vencerá.
JACOBO.-¿Quién vencerá?
SERVET.-El deber.
JACOBO.-¿Y qué es el deber? Tú lo entiendes a tu manera, y a la mía lo entiendo yo.
SERVET.-Pero él es uno, como uno es Dios, como una es su ley.
JACOBO.-Único eres, Servet, en esto de sutilezas.
MARGARITA.-(Desde dentro.) ¡Conrado!… ¡Conrado!…
CONRADO.-¡Margarita!… ¡Ah!… ¡Ella me llama!… ¡Sí, voy! (En este momento, por automática agitación, WALTER extiende el brazo y sujeta a CONRADO; éste hace un movimiento para levantarse, pero cae al suelo.) ¡No!… ¡No puedo!… ¡Su mano me oprime y me retiene!… Pero ¿no lo oís?… ¡Es su voz! (A SERVET y JACOBO. Ambos se acercan a la ventana del fondo.)
JACOBO.-Sí… Mira, Servet, ¿ves aquella luz?… Allá van.
SERVET.-Sí, los veo. Un hombre con una antorcha va por entre las sombras del jardín…, y de trecho en trecho se para, buscando secos ramajes… Es Galifa. A una mujer se lleva consigo a la fuerza… ¡Qué hermosa es!… ¡Qué espanto y qué dolor se adivinan en ella!… ¡Es Margarita! Se los ve… Desaparecen… Tornan a aparecer… ¡Grupo fantástico: verdugo y ángel, seguid vuestro camino! ¡Furor religioso, tienes forma de sayón! ¡Piedad cristiana, tienes forma de mujer!… ¡Id!… ¡Id!… ¡Cruzad las sombras, pechad para la hoguera! ¡La tea que ha de prenderla os guía!… ¡Inútil resistir, pobre Margarita! ¡Hoy es él más fuerte que tú! ¡Pero llora, llora, sigue llorando! ¡Tú le vencerás!
MARGARITA.-¡Conrado!…
CONRADO.-(Poniéndose en pie.) ¡Ah!… ¡Ella otra vez!… (Señalando hacia la ventana de la izquierda.) ¡Y el día que se acerca!… (Señalando el lecho.) ¡Y la muerte que llega!… (Señalando hacia el jardín.) ¡Y aquel hombre que ya puso sus infames manos sobre mi adorada Margarita! ¡Y yo aquí, sin pensamiento, sin voluntad! ¡Yo debo hacer algo! ¿Verdad que sí? Pero ¿qué debo hacer? Si arrojando sombras encima de aquel cielo pudiese apagar la luz del día y hacer que no llegase nunca…, ¡qué feliz si dándole mi vida lograse salvar a ese que muere… Pero había de quedar en perpetuo sueño… ¡Vivir, sí; despertar, no! ¡Ah, entonces, qué ventura! Si de algún modo pudiese yo sacar a Margarita de este abismo y transponer aquel anfiteatro de montañas, o sobre las alas de los arcángeles, o prestándome Satanás sus negras alas…, ¡qué dicha, qué dicha suprema! Dime tú, Servet; tú, que todo lo sabes: ¿qué debo hacer para conseguir todo esto? Tú…, mi único amigo…, mi maestro…, mi verdadero padre…, no me abandones.
Хосе Эчегарай. Смерть на губах. José Echegaray. La muerte en los labios
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