.
SERVET.-(Mirando por la ventana enrejada.) Del portalón venía, al parecer; y ahora creo que por el jardín cruza.
MARGARITA.-(A SERVET.) ¡Dios mío, como un insensato iba! ¿Le viste?
SERVET.–Di más bien como una fiera enjaulada que se revuelve y busca salida.
JACOBO.-Eso; al fin disteis con ello. Como fiera enjaulada que busca por donde escapar. ¡Pobre Conrado! Mitad león, mitad niño: maridaje imposible.
MARGARITA.-(A JACOBO.) Pero ¿qué pretende, ya que tú lo has adivinado?
JACOBO.-¿No te lo dijo él mismo? Salvarte.
MARGARITA.-¿De qué manera?
JACOBO.-Él te lo explicará, que aquí llega.
ESCENA III
MARGARITA, SERVET, JACOBO, WALTER y CONRADO.
CONRADO.-(Entrando con ímpetu por la derecha.) ¡Tampoco por el jardín. ¡Tampoco!
MARGARITA.-¡Conrado!
CONRADO.-Dejadme; dejadme. A ver…, a ver…, esa ventana no es muy alta… (Precipitándose a la ventana de la izquierda y mirando por ella.) ¡Ah! ¡Todo oscuro!… No; en aquel ángulo una luz; alrededor unos bultos negros… Servet, Jacobo, aquí… (Los dos y MARGARITA se acercan.) Decidme: ¿Qué veis? ¿Qué sombras son aquéllas?
SERVET.-[Mi vista es poco penetrante, Conrado; un punto de luz veo, pero no más.
JACOBO.-Con claridad ves, según dices, entre los resplandores del cielo; pero torpe eres, en efecto, para las sombras de este bajo y miserable mundo. Déjame a mí.
CONRADO.-Sí; mira, mira bien.]
JACOBO.-¡Ah! ¡Ya distingo!
CONRADO.-¿Qué?
JACOBO.-Una linterna y unos hombres. Acertaste, Conrado.
CONRADO.-¿Qué hombres son?
JACOBO.-Soldados del Consejo y esbirros del Consistorio; los que me trajeron y me custodian, y la guardia de honor de Walter. Orden les dieron delante de mí de no dejar salir a nadie de esta casa.
CONRADO.-¡Condenación!
MARGARITA.-Calma, Conrado.
SERVET.-Valor, hijo mío.
CONRADO.-¡Por todas partes lo mismo! ¡Centinelas a la entrada; y alrededor del jardín, espías; y esbirros y soldados al pie de este muro, y aquí ella y él (Señalando a MARGARITA y a WALTER.) ¡No…, no…; es inútil que me revuelva!… ¡No hay salida!
JACOBO.-Pues ¿qué pensabas, pobre mozo? ¿Que no tenías más que coger en tus brazos a Margarita, huir con ella por el muelle, meterte en la barca que preparaste y apretar los remos? ¡Ah! ¡Las cosas del mundo no se arreglan a gusto de las víctimas! Eso que el maestro llama el deber cuesta más caro. La fatalidad os envuelve en círculo de hierro: tú y Walter estáis frente a frente, y entre vosotros, Margarita. ¡Huir! ¡Qué cómodo sería huir! Pero no es posible. ¡Luchar! ¡Cuánto cuesta! pero es preciso. [Pregúntale a Servet, y él te dirá que esas luchas mortales que en el fondo del alma riñen deberes y pasiones, tu Hacedor las permite; que cuando en el mar invisible del pensamiento la tempestad se desata, es que ha pasado el espíritu de Dios sobre sus aguas.]
CONRADO.-Pues bien, la lucha; yo la acepto.
SERVET.-A ella, sí; pero aún no; no estás en tu razón.
CONRADO.-Ni quiero, estarlo; momentos hay en que la razón sobra, Servet. ¡Mira allá en Oriente la luz del día! ¡Luz maldita! No vacilaré, no. ¡Hiero!… ¡Mato!… ¡Silencio eterno! (Señalando hacia el lecho.) ¡Llegan!… ¡Me entrego!… ¡Yo el asesino!… ¡Al suplicio!… ¡Vosotros huís!… ¡Ella se salva!… ¡Que Dios me juzgue!
SERVET.-¡No! ¡Jamás! (Los dos se aproximan con ansiedad.)
MARGARITA.-¡Jamás, Conrado!
CONRADO.-¡Oh, no temáis! ¡Esperaré, esperaré justicias de la tierra, si las hay! ¡Prodigios del cielo, si el cielo me los concede! ¡La muerte de ese hombre, si ella bien a bien llega! ¡Pero cuando Lafontaine se aproxime y Walter abra sus labios, ese puñal será justicia, y será prodigio, y será muerte!
SERVET.-¡Antes a mí!
MARGARITA.-¡A mí antes! (CONRADO, en pie y sombrío, les hace señal de que esperen.)
ESCENA IV
MARGARITA, CONRADO, SERVET, JACOBO, WALTER y BERTA, por el fondo.
BERTA.-Conrado…, Margarita…
SERVET.-[¿Qué quieres, Berta?
BERTA.-¿Yo? Nada. No puede querer quien no tiene voluntad, y la perdí ha tiempo, que a conservarla no estaríamos ya en Ginebra.]
SERVET.-¿A quién buscas?
BERTA.-A Conrado o a Margarita, para ver qué ordenan, y si doy o no paso franco a ese hombre.
CONRADO.-¿Y quién es ese hombre? ¿Quién pretende entrar en esta casa?
BERTA.-¿No lo ha dicho? Pues el hombre es Galifa.
CONRADO.-[Jamás le conocí.
BERTA.-Pues ya le conoceremos todos, a lo que yo presumo, como ha de conocerle la pobre Juana cuando asome el día.
MARGARITA.-¡Ah!... ¡Juana!
BERTA.-Pues un hombre que cuando anda por el mundo algún hereje como tú, o alguna hechicera como Juana, o algún insensato como cualquiera de nosotros, va y toma, y clava de punta en el centro de la plaza de Champel un buen pilar, bien recto y bien alto, y bien provisto de sólida cadena. Y a su alrededor prepara, a modo de plataforma o pira, un gran montón de haces de leña y ramaje, y sarmiento, si los hay; y cuando todo está dispuesto y a punto, crúzase de brazos y espera.]
CONRADO.-Pero ¿a qué viene ese hombre?
BERTA.-A cumplir su obligación, como que es él quien coge la tea y prende fuego a los haces; primero de cara al reo, y luego todo alrededor.
CONRADO.-Pero ¿qué pretendes?
BERTA.-Pues echó ayer la vista Galifa, por entre la tablas que cercan el jardín, a las secas ramas de unos rosales marchitos, y entre sacados a la plaza o ir a la orilla del lago a cortar la leña que le falta, prefiere su pereza lo primero, y a nuestra puerta acude, pidiéndonos auxilio, como a buenos calvinistas que supone que somos, para la obra piadosa que trae entre manos desde medianoche, y ha de terminar antes que se anuncie la alborada.
MARGARITA.-¡Calla, Berta, calla! ¡Eso es horrible!
BERTA.-Pues óyele a él, y te dirá que es obra de caridad. La leña que tiene abajo es verde y arde mal, y hace humo, ¡mucho humo y poco fuego! ¡Ca, si a veces dura más de dos horas! Esa será buena, decía Galifa, para un cierto español a quien van dando caza; a ése sí, porque es duro y terco y gran hereje.
JACOBO.-Basta, Berta. (SERVET deja caer la cabeza sobre el pecho y queda sombrío.)
BERTA.-No, si él lo dice. A ése, aunque nos dé para comprar leña seca un magnífico collar que es fama que siempre lleva, porque los de allá, los de tierra de moros, son muy ostentosos; a ése, la otra, la que dura. ¡Pero a Juana, decía casi enternecido, si la vi ayer, si es tallo de lirio, hoja de azucena, botón de rosa! Con la primera llamarada de ese rosal no tenemos mujer, y sin penar, sin sufrir, yo te lo fío.
CONRADO.-¡Ah, mi Margarita! (Como amparándola.)]
JACOBO.-¡Ah, Servet!… ¡Haz que no sean las palabras de Berta la fúnebre profecía de su suerte! (Acercándose a él y estrechándole la mano. Dos grupos: CONRADO en lino, protegiendo a MARGARITA; en otro, JACOBO, como suplicando a SERVET, en medio, BERTA.)
SERVET.-¡Y bien!…, si lo fuesen…, si lo fuesen…, el eterno Dios recibiría mi espíritu! ¡El Hijo de Dios eterno tendría compasión de mí! ¡Ni Calvino ni Farel oirían en esas dos horas que me prometen más que este grito que arranca de lo profundo de mi alma! ¡Ellos, Hijo Eterno de Dios! ¡Yo, Hijo de Dios eterno! [¡No hay dolor que me doblegue, ni tormento que me humille, ni hay llama tan viva como viva es mi creencia.] Pero tú no comprendes estas cosas, buena anciana; no hablemos más de ello.
CONRADO.-Cierra la puerta y mándale al infierno. (Se sienta a la mesa y queda pensativo.)
JACOBO.-Al infierno ya se irá él; la puerta no se la cierres. Y en cuanto a dejarle vocear, mira que es peligroso encender riñas y alentar gritos delante de esta casa.
MARGARITA.-Bien dices, Jacobo; pero lo que ese hombre pretende es horrible. No, no será. Sin embargo, no le irritemos.
BERTA.-En que hemos de pechar para su hoguera está empeñado.
MARGARITA.-Me espanta ese hombre… No importa… Yo iré. Ven. tú, Berta; las dos hemos de convencerle. (Aparte, a SERVET.) Entre tanto…, tú y Jacobo…, ¿me comprendes? (Señalando a CONRADO.)
SERVET.-(Aparte, a MARGARITA.) Sí, todo; la verdad.
MARGARITA.-(Aparte, a SERVET.) Dios os inspire. (A BERTA.) Vamos. (Aparte.) ¡Conrado!… ¡Ah mi Conrado!… (Alto. A BERTA.) Ven, ven tú.
BERTA.-Será inútil.
MARGARITA.-¿Quién sabe?… ¡Dios mío, Dios mío, dadme fuerzas! (Salen MARGARITA y BERTA.)
ESCENA V
CONRADO, SERVET, JACOBO y WALTER. JACOBO se aproxima a la ventana, abre las hojas de cristal y queda en ella hasta que el diálogo indique que debe separarse.
JACOBO.-(Aparte.) Yo creo que la fiebre de Walter se ha pasado a mis venas.
SERVET.-(Acercándose.) ¡Conrado!… ¿Qué pensamientos son los tuyos?
CONRADO.-No lo sé. Mis ideas se confunden, mi cabeza vacila; no distingo el bien del mal. ¡Ah mi buen amigo, mi salvador, aconséjame! (Levantándose.)
SERVET.-¿Quieres mi consejo?















Post a Comment