Skip to content

Хосе Эчегарай-и-Эйсагирре. Злая порода. José Echegaray. De mala raza


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |

PRUDENCIO.-Escandaloso, sí; increíble, no. Eso sucede, no diré todos los días, pero sí algunas noches. Y en la literatura hasta parece que el arte ha fabricado ex profeso las puertas para que sorprendan los maridos, las ventanas para que escapen los amantes. ¿Eh? ¿Puse el dedo en la llaga?
VISITACIÓN.-Pues ahí tiene usted cómo estamos: con esa llaga en el alma.
NICOMEDES.-Llegamos, y empezó nuestra vida balnearia.
PRUDENCIO.-Sin embargo, no hay que precipitarse. Todavía no hay una prueba de que Adelina…
NICOMEDES.-Dadas las circunstancias, hay evidencia, señor don Prudencio.
PRUDENCIO.-¡Ah! Si hay evidencia, es distinto; entonces, sin duda alguna, es evidente. Pero ¿en qué se fundan ustedes? Porque antes que dictemos un fallo, preciso es evidenciar los hechos.
VISITACIÓN.-Cuenta cómo fue, y ya verá don Prudencio que no hay explicación más plausible.
NICOMEDES.-No, mujer; plausible no será. Querrás decir explicación más probable, más verosímil, más satisfactoria.
VISITACIÓN.-No, pues satisfactoria no es tampoco.
PRUDENCIO.-Entendido; el nombre importa poco. Veamos cómo fue.
NICOMEDES.-A las diez de la noche, fíjese usted bien, subieron Paquita y Adelina a sus habitaciones, dejando a don Anselmo jugando al tresillo con unos amigos.
VISITACIÓN.-Sí; pero di antes a don Prudencio cómo estaban las habitaciones, porque esto es muy importante.
PRUDENCIO.-¡Sí, es importante! ¡Ah! Triste condición la condición humana. Estos detalles, pormenores diríamos mejor, del mundo físico, estas pequeñeces de la materia, influyen por manera decisiva en las más trascendentales crisis del mundo moral. ¿Por qué misteriosa atracción lo más ruin engrana con lo más excelso? ¡Problema insoluble! ¡Por una puerta penetra una venganza!¡Por una ventana se vuelca un alma al abismo de la deshonra! ¡En un jirón de papel está un cielo de venturas o un infierno de dolores! ¡Ah señora doña Visitación! ¡Ah señor don Nicomedes! ¡Cuánto podría decir a este respecto! Pero veamos cómo estaban las habitaciones de Paquita y de Adelina.
NICOMEDES.-Pues estaba en comunicación, por una puerta, el cuarto de Paquita y de don Anselmo con el cuarto de Adelina. Ya usted comprende: dos habitaciones corridas; la disposición ordinaria en todos los establecimientos de esta clase.
PRUDENCIO.-Perfectamente: se abre la puerta, se pasa; se cierra la puerta, se incomunican.
VISITACIÓN.-Sí; porque don Anselmo quiso tener muy cerca a su hija política; por eso tomaron cuartos inmediatos. Como no estaba Carlos.
PRUDENCIO.-Muy bien. Continúe usted con esas explicaciones locales o topográficas, llamémoslas así, si ustedes permiten: explicaciones que, en efecto, me parecen necesarias para apreciar debidamente los hechos.
NICOMEDES.-Hay más: el cuarto de Adelina componíase de una sala, con balcón al jardín, y de una alcoba, con puerta a dicha sala. Y vea qué previsión la del pobre don Anselmo; siempre decía: «Adelina, no basta que cierres la puerta que da al corredor; cierra también por dentro la de tu alcoba.
PRUDENCIO.-No hay puertas que guarden a la mujer, por bien que se cierren, si ella abre de par en par las del corazón a los asaltos de la impureza.
VISITACIÓN.-Es verdad, mucha verdad.
PRUDENCIO.-Prosigamos.
NICOMEDES.-Pues a las once y media de la noche subió don Anselmo a su cuarto. Paquita estaba sola, porque Adelina había ya pasado al suyo. Se encerraron marido y mujer, y no más. Calma aparente; silencio no interrumpido toda la noche, y, al ser de día, un galán que abre el balcón del cuarto de Adelina, que cabalga en la barandilla, que se agarra a las ramas de un árbol, que baja a tierra y desaparece; y en el fondo, un grupo de bañistas que pregona la liviandad de una mujer y la deshonra de un hombre. (Pequeña pausa.)
VISITACIÓN.-Y ahora, ¿qué dice usted?
PRUDENCIO.-Nada; medito, porque conviene no proceder de ligero.
VISITACIÓN.-No; quien procedió de ligero fue el amante, que bajó con la ligereza de una ardilla.
PRUDENCIO.-Sin embargo, yo pregunto: ¿Por qué no salió ese hombre por la puerta del corredor?
VISITACIÓN.-Porque no podía, porque don Anselmo estaba en ella llamando a Adelina, según costumbre de todas las mañanas, para que le acompañase.
PRUDENCIO.-¡Malo, malo! ¿Y Adelina no contestó?
VISITACIÓN.-¡Qué había de contestar! Luego dijo que dormía. Y, sin embargo, don Anselmo oyó ruido en la sala.
PRUDENCIO.-Peor, mucho peor. Y entonces…
VISITACIÓN.-Y entonces fue cuando el galancete dio el salto, ¿comprende usted?
PRUDENCIO.-¿Y tardó mucho rato en abrir Adela?
NICOMEDES.-Un buen rato. Dijo luego que el día antes, al salir, se llevó la llave; que como entró por el cuarto de Paquita, no la hubo menester, y que cuando llamó don Anselmo, con la prisa, no la encontraba.
PRUDENCIO.-No está mal ideado.
VISITACIÓN.-Excusas. ¡Perder la llave! ¿Es esto verosímil? Bien la encontró para dar entrada al galán.
PRUDENCIO.-En efecto, los indicios son gravísimos
VISITACIÓN.-¡Qué indicios! Su bondad de usted le ciega; pruebas, pruebas contundentes. Y si no, dígame usted: ¿de dónde procedía el caballero del descendimiento? ¿De otro cuarto? No; el de Adelina estaba en un ángulo del edificio. ¿De fuera? La puerta estaba cerrada, ella lo afirma, y cerrado estaba el balcón; todos lo vieron. ¿De la habitación de Paquita? ¡Ah! La pobre mujer se hubiera visto muy comprometida a no haber pasado toda la noche con su esposo; pero la pasó, y esto la salva.
PRUDENCIO.-Muy bien analizados los hechos y muy bien enumeradas las hipótesis. Primera hipótesis, no; segunda hipótesis, tampoco; tercera hipótesis, desechada. Sólo queda una: luego ésa es la buena.
NICOMEDES.-¿La buena dice usted, don Prudencio?
PRUDENCIO.-Hablo desde el punto de vista de la lógica inductiva.
VISITACIÓN.-Pues aplique usted esa lógica a los antecedentes de la niña y de la madre, y a ver qué resulta.
PRUDENCIO.-Me estrechan ustedes de un modo que, por triste que sea, hay que rendirse a la evidencia.
NICOMEDES.-Sí, señor, sí; deplorable, pero ineludible.
PRUDENCIO.-¿Y después?
VISITACIÓN.-¡Calle usted, por Dios, que aún se me enciende el rostro!
NICOMEDES.-El escándalo fue monumental: cuchicheos, miradas, preguntas…; en suma, aquel mismo día, Anselmo y Paquita, ella y nosotros, nos volvimos, a Madrid.
PRUDENCIO.-¿Y Adelina?
VISITACIÓN.-Sin darse por entendida; tan fresca, preguntando con el mayor cinismo la causa del regreso.
PRUDENCIO.-Y ahora ¿qué se hace?
NICOMEDES.-Pues eso es lo que queríamos consultar con usted, porque todo pesa sobre nosotros.
PRUDENCIO.-Pues ¿y don Anselmo? Porque a é1 me parece que le corresponde…
VISITACIÓN.-El pobre señor no está para nada, ni vive en este mundo.
PRUDENCIO.-Y, díganme ustedes, ¿ sabe quién fue… el del descendimiento, como dice doña VISITACIÓN?
NICOMEDES.-Se sospecha.
VISITACIÓN.-Se sabe.
NICOMEDES.-No tanto.
VISITACIÓN.-Diga usted que sí. Todos están conformes en que fue…
PRUDENCIO.-¿Quién? (Bajando la voz.)
VISITACIÓN.-El marqués de Vega-Umbrosa.
PRUDENCIO.-¡El amigo íntimo!
VISITACIÓN.-¡El protector de Carlos! Le hizo hombre, le hizo diputado, le hizo rico… ¡y le ha hecho célebre!
PRUDENCIO.-Comprendo la situación de don Anselmo.
NICOMEDES.-Silencio, que viene hacia aquí.

Escena, III
VISITACIÓN, DON PRUDENCIO, DON NICOMEDES Y DON ANSELMO. DON ANSELMO viene lentamente, abatido, pálido y sumido en profunda meditación.
ANSELMO.-¡Y hoy llega!… ¡Hoy llega mi Carlos!.. Lo dice su carta. ¡Y nada sabe todavía!
PRUDENCIO.-¡Querido amigo!… ¡Mi respetable don Anselmo!
ANSELMO.-(Como despertando de un sueño.) ¿Quién?… ¿Qué?… ¿Qué quiere usted?
PRUDENCIO.-¡Cómo! ¿Ya se olvidó usted de su buen amigo?
ANSELMO.-¡Ah, sí!… Dispense usted, don Prudencio… La vista, la vista que dice: «¡No quiero ver!» (Con profunda intención.)
PRUDENCIO.-Y la salud…, ¿qué tal?
ANSELMO.-Ya usted ve… Para lo que es la vida…, la salud no es mala.
PRUDENCIO.-Sí, señor; y crea usted que tomo parte muy verdadera en sus penas.
ANSELMO.-¡En mis penas! ¿Cuáles?… ¿De qué penas habla usted?
VISITACIÓN.-¡Vaya! ¡Te vas a hacer el reservado con don Prudencio!
ANSELMO.-¿De qué reservas hablas tú, lengua de azogue? (A su hermana.)
PRUDENCIO.-No he creído cometer una imprudencia al darme por entendido… de una desgracia que nadie ignora. Sin embargo, ruego a usted que me dispense si el respetuoso afecto que usted me inspira ha podido tomar formas de indiscreción.
ANSELMO.-¡Ah!… ¿Ya le habéis contado?… (A DON NICOMEDES y VISITACIÓN.) ¡Bravo!… ¡Seguís pregonando la deshonra de la familia!… ¡Soberbio!… ¡Por algo es bueno tener parientes en estos casos…, y amigos de los parientes…, y diablos que los lleven a todos!
VISITACIÓN.-¡Si ya lo sabí

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: artículo, carta, cita, Cuba, cuento, historia, inca, Italia, pieza, sociología, traducción, verso

Related posts

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*

This is a captcha-picture. It is used to prevent mass-access by robots. (see: www.captcha.net)

You must read and type the 5 chars within 0..9 and A..F, and submit the form.

  

Oh no, I cannot read this. Please, generate a