S.)
PAQUITA.-¡Adelina, Carlos!… ¡Ah, qué felicidad!… ¿Y vivirán con nosotros?… ¡Siempre a mi lado!… ¡Adelina, abrázame!… ¡Serás mi hermana, mi hija!…
ADELINA.-¡Sí, Paquita!
ANSELMO.-¡Qué buena es! ¡La quiero tanto (Refiriéndose a PAQUITA.) como a ese pícaro!
VISITACIÓN.-¡Ya lo creo que es buena! ¡Como que es de buena raza!
CARLOS.-¡Padre, nuestra vida, una existencia entera…, hasta la última gota de mi sangre…, hasta el último latido de mi corazón…, todo tuyo!… ¿Verdad, Adelina?
ADELINA.-¡Sí, padre!… ¡Permítame usted darle este nombre!… ¡Los dos mirándonos en usted!
PAQUITA.-¡Los dos!… ¡No seáis egoístas!… ¡Los tres! (CARLOS, ADELINA y PAQUITA rodean a DON ANSELMO.)
ANSELMO.-¡Los tres!… No son bastantes… ¡Necesito alguno más!
CARLOS.-¡Ay padre del alma!
ANSELMO.-¡Ah tunante!
VISITACIÓN.-¡Pues ya está hecho!
PRUDENCIO.-¡Al porvenir!
CARLOS.-¡Ay padre mío, cuánta felicidad te debo! ¡Y cuánto cariño! ¡Y cuánta gratitud!
Telón
Acto segundo
La escena representa un salón elegante; puerta en el fondo, puertas laterales. Sofá a la derecha; mesas y butacadas a la izquierda.
Escena primera
DON NICOMEDES; después, DON PRUDENCIO, por el fondo.
NICOMEDES.-Mucho tarda. Pues yo ni resuelvo ni aconsejo nada sin consultarle. Él es hombre de peso y de mundo. Con tal que Carlos no llegue antes… (Mirando el reloj; se pasea impaciente.) Ya lo dijo don Prudencio y lo dijimos todos; pero la verdad es que no creímos que fuera tan pronto.
CRIADO.-(Por el fondo, anunciando.) El señor don Prudencio.
NICOMEDES.-Que pase, que pase al instante. (El CRIADO sale; entra por el fondo DON PRUDENCIO.-¡Amigo don Prudencio! ¡Cuánto me alegro!
PRUDENCIO.- ¡Amigo don Nicomedes!… ¡Siempre tan famoso! Y la señora, tan buena, ¿eh? ¿Y los demás?…
NICOMEDES.-Todos perfectamente; es decir, bien de salud, pero hay grandes novedades. Si ciertas cosas… pueden llamarse novedades.
PRUDENCIO.-¡Hola, hola! ¿Algo grave?
NICOMEDES.-Muy grave. Así es que, en cuanto supe que había usted vuelto de su viaje…
PRUDENCIO.-¡Gran viaje! Francia, Alemania, Suiza, Italia… Año y medio. ¡Y qué movimiento científico, qué actividad intelectual, qué inmensa elaboración!… Pero, siga usted. Conque por aquí…
NICOMEDES.-Sucesos muy tristes. Por eso queríamos hablar con usted, conocer su opinión… Mi mujer está indignada y afligida…
PRUDENCIO.-¡Pobre señora!
NICOMEDES.-A la niña hemos tenido que mandarla con su tía, porque era imposible que no se enterase…, y, ya ve usted para las almas vírgenes hay cosas…
PRUDENCIO.-¡Bien hecho! Hay que cuidar mucho el ser purísimo que despierta del sueño de la inocencia. Todo despertar es peligroso, señor don Nicomedes.
NICOMEDES.-¡Pues en cuanto al pobre Anselmo…, yo creo que le cuesta la vida! Pero siéntese usted, siéntese usted, que el asunto es largo, difícil y escabroso.
PRUDENCIO.-¿Conque escabroso? Me lo figuraba. ¿Se trata de Carlos?
NICOMEDES.-De Carlos… y de su desdichada mujer.
PRUDENCIO.-Es decir, ¿que la calaverada dio sus frutos?
NICOMEDES.-Y no de bendición, a Dios gracias…, que yo sepa. Una complicación menos.
PRUDENCIO.-¿De suerte que hemos tenido complicaciones?
NICOMEDES.-¿Complicaciones dice usted? ¡Escándalos, escándalos sin nombre!
PRUDENCIO.-Nombre ya tendrán, porque la sociología, en la clasificación de los vicios naturales, los tiene para todos los matices, desde los más descoloridos hasta los de más encendida coloración.
NICOMEDES.-Sí, señor; pero ¡qué nombre!
PRUDENCIO.-¡Ah! Eso es distinto. Natural es que la fonética tenga algo de onomatopeya; para los sentimientos dulces, dulces sonidos; ásperas consonantes para las asperezas de la vida. Prosiga, Mi buen amigo, que el nombre ya lo sospecho.
NICOMEDES.-Bueno, es decir, malo. Ya llegaría a noticia de usted que al fin y a la postre, se casaron Carlos y Adelina.
PRUDENCIO.-Sí, algo supe, de un modo vago y por manera indirecta. ¿Conque se casaron? Perfectamente.
NICOMEDES.-Al principio, sí, señor; perfectamente. Carlos trabajaba con un ardor, con un entusiasmo… ¡Qué artículos, qué folletos, qué discursos! Un campeón esforzadísimo de las ideas modernas. Nada, que en un año se hizo célebre. Además, su amigo, el opulento marqués de Villa-Umbrosa, le saca diputado.
PRUDENCIO.-Me hago cargo: triunfos artificiales y transitorios. Para el que no puede crear algo más sólido, no están mal. Sí; el chico es, vamos al decir, despierto, y si usted se empeña, brillante, deslumbrador… Quizá poco fondo…, pero tampoco miden muchas brazas de profundidad los que le aplauden.
NICOMEDES.-¡Ay don Prudencio, no todos pueden ser como usted!
PRUDENCIO.-Adelante; no hablemos de mí.
NICOMEDES.-Pues llegó el verano, y dijimos: a veranear.
PRUDENCIO.-Naturalmente; si en el verano no se veranea, ¿para cuándo quedan las excursiones veraniegas?
NICOMEDES.-Pues por eso; y don Anselmo y Paquita, mi mujer y yo y Adelina nos fuimos a Fuente-Cálida… Gran establecimiento…, confortable…. a la moderna y muy de moda.
PRUDENCIO.-O he oído mal, o Carlos no acompañó a su señora.
NICOMEDES.-No, señor; tenía que visitar el distrito; y allá está todavía, sin enterarse de nada. Pues, como digo, el Gran Hotel de Fuente-Cálida… Dejamos el tren, tomamos dos coches y fuimos a dar con…
PRUDENCIO.-¿Con una piedra? ¿Un vuelco, un accidente?
NICOMEDES.-No, señor; el vuelco fue más tarde. Decía que fuimos a dar con una escogidísima sociedad. Estaba Víctor, el amigo de don Anselmo; estaba el marqués, el amigo de Carlos, y su señora; estaban…, en fin, lo mejor de Madrid, desgraciadamente.
PRUDENCIO.-¡Hombre! ¿A eso llama usted una desgracia?
NICOMEDES.-Sí, señor; lo fue, porque así el escándalo tuvo más resonancia. ¡Si hoy no se habla de otra cosa en la corte! ¡Como Carlos es tan conocido! Hasta la Prensa, con los velos y las iniciales de rúbrica, X, Y, Z, relata la indigna aventura para regocijo de los aficionados y perversión de la moral y de las buenas costumbres.
PRUDENCIO.-Perversas costumbres, sí, señor. Pero ¿qué quiere usted? La falta de ocupaciones serias. Yo, entre tanto, estudiando el universo-mundo, procurando descubrir sus recónditos secretos, pugnando por penetrar en… (VISITACIÓN Se presenta en la puerta de la derecha.) ¡Mi señora doña Visitación!… (Levantándose y yendo a su encuentro.)
VISITACIÓN.-¡Amigo mío! Al fin le tenemos con nosotros
Escena II
VISITACIÓN, DON NICOMEDES y DON PRUDENCIO.
PRUDENCIO.-¡No pasan los años por usted! Tan gallarda como siempre.
VISITACIÓN.-Pues no será porque me falten disgustos. ¿Le ha contado a usted Nicomedes…? Bien, que usted ya sabría… No se habla de otra cosa.
PRUDENCIO.-No, señora. No he visto a nadie. Sólo estuve en la Academia, y allí… (Sonriendo), usted comprende… que de otras cuestiones nos ocupamos.
VISITACIÓN.-Ya, ya.
PRUDENCIO.-De forma que todo lo ignoraba, y, en rigor, continúo ignorándolo.
NICOMEDES.-Pues bien: acabaré mi lastimosa relación. Porque a don Prudencio hay que decírselo todo, ¿verdad? (A su mujer.)
VISITACIÓN.-¡Pues no faltaba más (Se sientan todos.)
PRUDENCIO.-Quedamos en que llegaron todos ustedes a Fuente-Cálida. ¿Son aguas sulfarosas? Y perdone usted la interrupción.
NICOMEDES.-Sí, señor; sufurosas.
PRUDENCIO.-La temperatura será muy elevada, ¿eh?
VISITACIÓN.-Mucho; ya lo creo.
PRUDENCIO.-Bien; siga usted.
NICOMEDES.-Adela causó sensación, como ahora se dice. Todo el día rodeada de pollos… y de señores formales. La verdad es que Adelina estaba hermosísima, espléndida, deslumbradora, don Prudencio, deslumbradora. ¡Qué cuerpo, qué ojos, qué cabecita tan mona!… (Entusiasmándose a pesar suyo.)
VISITACIÓN.-No tanto, hombre; no exageres. ¿Ahora vas tú a entusiasmarte con aquélla…? Estaba guapa; pero en mis tiempos las hubo mucho más hermosas.
NICOMEDES.-Pero aquéllas… ya pasaron.
VISITACIÓN.-Y Adela también pasará.
PRUDENCIO.-¿Y qué pasó con ser tan bella Adelina?
NICOMEDES.-Lo que pasa siempre.
VISITACIÓN.-Siempre, no. Hoy estás fatal,. Mire usted, don Prudencio, lo diré yo, porque éste no acabaría nunca. Sucedió que una mañana, a eso de las cinco y media, cuando ya había algunos bañistas en el jardín, se vio bajar… Causa rubor el decirlo; yo no puedo con estas cosas; además, se trata de mi sobrino, que es un loco, pero que no se lo merecía… Vamos, Nicomedes, di tú lo que se vio bajar.
NICOMEDES.-Pues, en plata: se vió bajar a un caballerete por el balcón del cuarto de Adelina.
PRUDENCIO.-¡Hombre, hombre!
VISITACIÓN.-¿Verdad que esto es escandaloso, que parece increíble?















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