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Хосе Эчегарай-и-Эйсагирре. Злая порода. José Echegaray. De mala raza


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43;n del día.
CARLOS.-¡Padre!
ANSELMO.-¿Qué aire de doctrino es ése? ¿Qué temes de mí? ¿Tan poca fe te inspira mi cariño que necesitas medianeros y recomendaciones? ¿Pues no sabes que soy tuyo con alma y vida? (Con arranque de cariño.)
CARLOS.-¡Sí, padre mío; lo sé! ¡Dame los brazos! (Se abrazan estrechamente.)
ANSELMO.-¡Diablo! ¡Me voy alarmando! ¿Es cosa seria? ¡Pronto, hijo mío, ábreme tu corazón!
CARLOS.-¡Padre mío!
ANSELMO.-¿Has hecho alguna calaverada? Imposible. Pues ¿por qué nos miran todos así, con cierto aire de burla?
CARLOS.-¿Deseas mi felicidad?
ANSELMO.-¡Vaya una pregunta! ¿Qué es mi fortuna, qué mi vida, ante tu felicidad? Menos la honra, pídemelo todo, que todo es tuyo.
CARLOS.-¡Sí, padre! ¡Y yo, todo por ti, hasta mi propia honra! ¡Tú verás, tú verás, si llega la ocasión!
ANSELMO.-¡Eh! No se dice eso. A la honra no se toca; lo demás, bueno.
CARLOS.-¡Todo, todo por ti! No hay que reírse… (A los demás.) No hay que mirarme con aire burlón; no hay que pensar: «Ya está engañando con mimos a su papá.» Déjalos, déjalos a ellos…, y entendámonos los dos. Tú me crees. ¿Verdad que me crees?
ANSELMO.-¡Pues no! Pero ¿adónde vamos a parar con estos preámbulos?
VISITACIÓN.-¿Conque no adivinas adónde conducen esos tortuosos caminos?
ANSELMO.-¡Qué demonio he de adivinar!
VISITACIÓN.-¡Pues a la Vicaría, caro hermano! (Riendo.)
ANSELMO.-¿Qué…? ¿Tú…? ¿Pensabas…? ¿Era eso…?
CARLOS.-Sí, padre; eso era.
ANSELMO.-¡Caramba, qué idea!… ¡Vaya con el chico!… ¿Conque casarte?
VISITACIÓN.-Sí, hermano mío; se casa tu Carlos.
NICOMEDES.-Sí, querido Anselmo; y muy pronto.
VISITACIÓN.-¡Qué sorpresa! ¿Eh?
ANSELMO.-¿Y qué? ¿Qué tiene de extraordinario? ¿No me he casado yo dos veces? Pues justo es que se case él, al menos una…, por el pronto.
CARLOS.-¡Padre del alma!…
ANSELMO.-Ven acá; no hagas caso de esos zumbones, y hablemos los dos como viejos amigos. ¿Es buena?
CARLOS.-¡Un ángel!
ANSELMO.-¿Es hermosa?
CARLOS.-¡Un Cielo!
ANSELMO.-¿Es rica?
CARLOS.-Es pobre.
ANSELMO.-¡Qué lastima!
CARLOS.-¿Qué importa?
ANSELMO.-Importar…, no importa mucho; pero, tratándose de mi CARLOS, no estaría de más una fortunita…
CARLOS.-¡Padre!…
ANSELMO.-Bueno, no insisto. ¿Y su familia?
CARLOS.-No la tiene.
ANSELMO.-¡Menos malo!
VISITACIÓN.-Pero la tuvo.
ANSELMO.-¿Y qué?
VISITACIÓN.-Nada; por nuestra. parte, nada.
ANSELMO.-Vamos, clarito: ¿quién es la novia?
VISITACIÓN.-Carlos…, ¿a qué esperas?… ¿Te da miedo pronunciar su nombre?
CARLOS.-¡Miedo! ¿A mí?… No. Padre, la mujer a quien amo es Adelina.
ANSELMO.-¡Ella!… ¡Adelina!… ¡Ave María Purísima!
VISITACIÓN.-Ni más ni menos.
ANSELMO.-Pero eso que dice no es verdad.
PRUDENCIO.-Verdad incuestionable, amigo mío. Conque decida usted, porque la urgencia de mi partida es cada vez mayor. (Mirando el reloj.)
ANSELMO.-CARLOS…, hijo mío…, yo no puedo consentir… Esa boda es una locura.
PRUDENCIO.-¿No lo dije yo? (Aparte, a VISITACIÓN.)
CARLOS.-¿Por qué? (Con voz sorda.)
ANSELMO.-¿Por qué? Un hijo…, un buen hijo, no pide a su padre la razón de sus mandatos. Los oye, los respeta, los cumple.
CARLOS.-Un hijo, a quien su padre hiere en el corazón, se deja herir y abre los brazos para que la herida sea más honda. No resiste, no. No lucha tampoco. Pero cuando siente la agonía, pregunta: «Padre, ¿por qué me matas?» ¡Pues no he de preguntarlo! ¡Lo preguntó el Impecable, el Augusto, el Hijo de Dios, sobre la Cruz!… ¡Y- no he de preguntarlo yo! ¡No tanto padre no tanto!
ANSELMO.-¡Ah! ¡Te me rebelas!
CARLOS.-¡Eso no!
ANSELMO.-¿Quieres saber por qué no consiento en la boda?
CARLOS.-Sí.
ANSELMO.-Pues bien: porque esa mujer no es digna de ti.
CARLOS.-¡Padre!
PRUDENCIO.-Muy bien dicho. (Estas frases se las dicen unos a otros. pero en voz alta.)
NICOMEDES.-Muy bien pensado. (Ídem.)
VISITACIÓN.-Esa es la verdad. (Ídem.)
CARLOS.-¡Ah! ¡No…, callad! ¡Ni una palabra que la ofenda. ni una sola palabra! Porque Adelina es mi vida, mi alma, mi única dicha… ¡Con ella, todo! ¡Sin ella, nada!
ANSELMO.-¡Ah! ¿Qué es esto? ¿Me prohíbes que diga lo que pienso de Adelina? ¿Tú me lo prohíbes?
CARLOS.-No…, no era a ti… Era a ellos. Tú puedes decirlo todo…, porque tú puedes golpearme en el rostro…, y arrojarme a tus pies…, y pisotearme el corazón…
ANSELMO.-¡No, hijo mío, no!… ¡Eso nunca!… (Queriendo abrazarle y enternecido.)
CARLOS.-¿Nunca? ¡Ahora mismo! Todo eso has hecho con una sola palabra. ¡Adelina, indigna de mí! ¡No, padre; no la conoces!… ¡Te digo que no la conoces! ¡A la pobre Adelina! (Cae en una silla, desesperado y lloroso.)

Escena XI
VISITACIÓN, CARLOS, DON NICOMEDES, DON PRUDENCIO y DON ANSELMO, ADELINA, por la derecha.
ADELINA.-Ya estoy… Ustedes dispondrán… Pero ¿que es esto? ¡Carlos!
CARLOS.-¡Adelina!
ADELINA.-¡Ah! ¡Qué palidez!… ¡Qué dolorosa contracción!… ¿Quién ha sido?
ANSELMO.-Yo; yo he sido, señorita.
ADELINA.-¡Usted!… ¡Su padre!… ¡Y decía usted que le quería tanto! ¡Dios mío, y yo que pensé que los padres no hacían nunca llorar!
NICOMEDES.-Y parecía tímida y miedosa… ¡Anda, anda!… (Formando grupo.)
VISITACIÓN.-¡El tigrecillo afila las uñas! (Ídem.)
PRUDENCIO.-¡El instinto de raza! ¡Encuentra condiciones de lucha en el medio biológico! ¡Y la energía latente hace explosión! (Ídem.)
VISITACIÓN.-¡Su madre! ¡Como su madre!
ANSELMO.-Valerosa es la niña. Casi me va gustando. (Aparte.)
ADELINA.-Perdone usted, don Anselmo; no supe lo que decía. Perdone usted, Carlos; yo no quiero que sufra usted por mí. Ustedes tenían razón; yo no sé por qué, pero soy funesta para todos… Don Prudencio, si a usted le parece… Adiós, don Anselmo; no me guarde usted rencor… Hace usted bien… Es natural… ¿Qué soy yo? A ustedes sólo gratitud les debo… Seré mala, muy mala, ya que ustedes lo dicen…; pero ingrata, no… ¡Adiós, Carlos…, adiós! (Acercándose a él y en voz muy baja.) ¡Cuánto te quería! ¡Adiós para siempre!
CARLOS.-(Levantándose y sujetándola.) ¡No! ¡Déjarme tú! ¡Arrancarte de mis brazos!… ¡Nadie!…
ANSELMO.-¿Ni yo tampoco? (Adelantándose.)
ADELINA.-¡El, sí, Carlos! ¡Obedece!
CARLOS.-¡Tú, sí, padre mío!
VISITACIÓN.¡Pues no faltaba otra cosa!
NICOMEDES.-¡Resistir a su padre!
ANSELMO.-¡Si no resiste! ¿No lo estáis viendo?… Llego, y los separo…, y nada…, entre mis manos…, como cera… (Separando a ADELINA de CARLOS.)
NICOMEDES.-Así; muy bien hecho. Y ahora, Adelina, sal inmediatamente.
VISITACIÓN.-¡Y tú, Carlos, cuidado con faltar a tu padre!
CARLOS.-¡Padre!… ¡Padre mío!
VISITACIÓN.-¡Basta, Carlos!
ANSELMO.-¿Qué es eso? ¡Yo no necesito que nadie me hostigue contra mi hijo! ¡Ni necesito curadores! ¡Hola, hola! ¡Yo haré lo que me plazca!… ¿Quiero separarlos? Los separo. ¿Quiero unirlos? Los uno… Adelina, tenga usted la bondad de no marcharse. ¡Carlos, haz el favor de faltarme y de desobedecerme!
CARLOS.-¡Padre!…
ANSELMO.-¿No te estoy mandando que me desobedezcas?… ¿Qué es eso? ¡Pronto!… ¡Abraza a Adelina!
CARLOS.-¡Adelina! (Se abrazan estrechamente.)
ADELINA.-¡Carlos! (Ídem.)
VISITACIÓN.-¡Por Dios, hermano!
ANSELMO.-Y no la dejes marchar. (A CARLOS, con terquedad, al verse contrariado.)
NICOMEDES.-Pero ¿lo has pensado bien?
ANSELMO.-¡Y cásate con ella! (Como antes.)
PRUDENCIO.-¡Don ANSELMO!
ANSELMO.-¡Y ahora mismo, a buscar los papeles! (Cada vez más terco y decidido.)
CARLOS.-¡Ay padre mío, qué bueno eres!
ADELINA.-¡Ay don Anselmo, yo… no sé explicarme… lo que siento!… ¡Dios mío, qué bueno es usted!
PRUDENCIO.-¡Acabóse!

Escena XII
VISITACIÓN, CARLOS, DON ANSELMO, DON NICOMEDES, DON PRUDENCIO, ADELINA Y PAQUITA, por el fondo.
PAQUITA.-¡Anselmo!… ¡Anselmo!… ¡Ven!… ¡Pronto!…
ANSELMO.-¿Qué es eso?… ¿Qué ocurre?… ¡Estás inmutada!…
PAQUITA.-¿Yo?… ¡Qué idea!… Vine de prisa…, casi corriendo… Por eso… (Procurando sonreír.)
ANSELMO.-Pero ¿qué hay?
PAQUITA.-Una visita.
ANSELMO.-¿Quién?
PAQUITA.-Víctor.
ANSELMO.-¡Ya! Sal tú y entretenle.
PAQUITA.-Yo sola…, no; ven tú también. (Con ansia mal contenida.)
ANSELMO.-No puede ser; nosotros estamos muy ocupados con una boda.
PAQUITA.-¿Con una boda?
ANSELMO.-Sí; observa. (Señalando a ADELINA y CARLO

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