Skip to content

Хосе Эчегарай-и-Эйсагирре. Злая порода. José Echegaray. De mala raza


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |

?
CARLOS.-Porque tú te resignas, y yo no me resigno; porque tú consientes en dejarme, y yo no te dejo; porque tú sólo tienes lágrimas, y yo tengo amor; porque yo te digo: «Ven a mí», y tú, con don Prudencio te vas. ¡Buena prueba de cariño! Porque tú murmuras lánguidamente: «Suframos», y yo te respondo con gritos del alma: «Luchemos»; porque tú piensas que voy a ser de otra mujer, y yo quiero hacerte mía para siempre; porque tú, gimiendo como una niña, me mandas un adiós, muy desconsolado, eso sí, pero muy terminante, y yo loco, como un hombre que ama, te sujeto aquí, a mi lado, entre mis brazos, contra mi corazón, por siempre y para siempre, ¡mi bien, mi ilusión, mi esposa, mi todo, mi Adelina!
MELINA.-¡Calla, calla…, que pierdo el juicio! ¡No hasta que me echen de aquí por mísera; será preciso que me arrojen por demente, si me hablas de ese modo…! ¡Pero, no; sigue, sigue, Carlos, que si esto es la locura, más vale, mucho más, que la razón!
CARLOS.-Y ahora, ¿les obedecerás a ellos o a mí? A ver: escoge.
ADELINA.-(Se acerca a él y le abraza.) Ya está.
CARLOS.-¿Cómo está?
ADELINA.-Estando en tus brazos. ¿No estoy en ellos?
CARLOS.-Pues así, así. Y ahora, calma, calma, mucha calma; finge que te resignas; prepárate para el viaje… Sonríe…, y goza de antemano…, y ponte alegre…
ADELINA.-(Sonriendo.) Sí…, ya lo estoy… Acaba.
CARLOS.-(Enumerando con cierta sorna.) Porque vendrán todos, y delante de todos, de doña Visitación, de don Nicomedes…
ADELINA.-(Con espontáneo regocijo.) Sí…
CARLOS.-Y de don Prudencio, ¡tan sabio!
ADELINA.-(Riendo.) ¡Y tan grave!
CARLOS.-Y de Paquita, y de mi padre, diré yo: «¡Adelina es mi esposa…!»
ADELINA.-(Abrazándose a él.) ¡Carlos…
CARLOS.-Y mañana, delante de quien vale más que todos ellos, delante de nuestro Dios, diré otra vez: «¡Adelina es mi esposa…!» Y después a ti sola, también te diré: «¡Adelina, al fin eres mi esposa! ¡Di ahora que tu Carlos mentía!»
ADELINA.-(Separándose de él y cubriéndose el rostro con las manos.) ¡Ay Dios mío, y qué bueno eres para mí! ¡Ay Virgen mía, y qué dichas tan grandes hay en el mundo!

Escena VIII
DICHOS, VISITACIÓN, DON NICOMEDES y DON PRUDENCIO, por el fondo.
VISITACIÓN.-(Dirigiéndose a los demás y señalando a ADELINA, que tiene el rostro cubierto por las manos, y creyendo que llora.) ¡Otra vez! ¡Más lagrimitas! ¡Por San Nicomedes, que esto es ya demasiado! Será preciso que me incomode. ¡Ha visto usted, don Prudencio! qué chica tan voluntariosa y tan inconsiderada!
PRUDENCIO.-Vamos, hija mía; ya estoy a tus órdenes.
NICOMEDES.-Adela…, Adelina…. que don Prudencio aguarda.
VISITACIÓN.-Arréglate y vuelve en seguida, que es muy tarde.
PRUDENCIO.-(Mirando al reloj.) Muy tarde; ya lo creo.
VISITACIÓN.-¡Vamos, Adelina, pronto…! Y nada de lloriqueos… Y, si es preciso, delante de los criados finges alegría… ¡Cuenta conmigo!
ADELINA.-(Mostrando su rostro risueño, verdaderamente radiante de felicidad.) ¡Sí, señora, sí! Ya voy… No se incomode usted; no hay motivo. No lloro. Estoy muy alegre; ya lo creo. (Riendo.) ¡Llorar! Ya pasó; al contrario. Adiós… Volveré en seguida… Perdóneme usted… Un beso… Otro… Adiós… (Sale dando muestras de gran contento. VISITACIÓN, DON NICOMEDES y DON PRUDENCIO se contemplan con asombro. CARLOS los observa con ironía.)

Escena IX
VISITACIÓN, CARLOS, DON NICOMEDES y DON PRUDENCIO.
VISITACIÓN.-Pero ¿ha visto usted este cambio, don Prudencio?
PRUDENCIO.-¡Ya, ya!
NICOMEDES.-¡Qué cabeza!
PRUDENCIO.-¡Qué volubilidad!
VISITACIÓN.-¡Antes, una Magdalena, y ahora, contenta como unas pascuas!
PRUDENCIO.-Falta de carácter; seres insustanciales: ésta es la palabra: insustanciales. ¿No cree usted?
VISITACIÓN.-Lo mismo que usted, don Prudencio.
PRUDENCIO.-Algo le habrá consolado el ir conmigo; porque Adelina «me distingue mucho», para emplear la frase usual.
NICOMEDES.-Puede ser, porque Adelina es muy rara. (Sin saber lo que dice.)
VISITACIÓN.-¿Qué diecs, hombre…?
NICOMEDES.-Quiero decir que por cualquier cosa… (Algo aturdido.)
PRUDENCIO.-Bueno. Ahora lo que importa es que despache pronto y que salgamos en seguida, porque la hora pasa. (Mirando el reloj.) A poco que nos entretengamos, perdemos el tren.
CARLOS.-¿Tiene usted mucha prisa, don Prudencio?
PRUDENCIO.-¡Ya ve usted! Son las cuatro; el tren pasa a las cinco… Una hora para ir a la estación… Lo preciso… ¡Al segundo!
CARLOS.-Pues, entonces, lo mejor que puede usted hacer es irse sin esperar a Adelina.
VISITACIÓN.-No; eso, no. Ya que hemos andado lo peor del carrino, hay que concluir de una vez.
NICOMEDES.-Precisamente: de una vez.
PRUDENCIO.-Es lo mejor, en mi concepto: de una vez; un, último impulso…
CARLOS.-Pues por eso: entra usted «de una vez», en su coche, sacude firme a sus potros varias veces, toma usted «impulso…, ¿eh…?, y camino adelante… ¡Hala, hala! Al tren…, y a su preciosa quinta…, y a descansar tan ricamente…, y a meditar en las evoluciones del cosmos, ¿eh?
VISITACIÓN.-Pero ¿y Adelina?
CARLOS.-¡Ah, sí! Pues Adelina se queda con nosotros.
NICOMEDES.-¡Carlos, por Dios…! Yo creo…, que tú no estás enterado.
CARLOS.-De todo. Pero no se alarmen ustedes: Adelina se queda en esta casa por muy poco tiempo. Hasta el día de la boda.
PRUDENCIO.-¿De qué boda habla? (A VISITACIÓN.)
VISITACIÓN.-No sé.
CARLOS.-Y luego, ella, a su casa, y todos contentos. Contentos ustedes, a quienes ya pesaba la pobre niña… Vaya, no lo nieguen; sería inútil… Contento su marido, que la espera con ansias de amor. Contento el mismo cielo, que se ensanchará de placer con la dicha de ese ángel. Y contenta Adelina, que, con toda esta máquina, ya no va a esa encantadora aldea que ustedes le propinaban.
NICOMEDES.-¿Qué dice este chico?
VISITACIÓN.-¡Qué sé yo! ¡Tonterías!
PRUDENCIO.-Dijo su «marido». Hay que fijarse en esta palabra.
VISITACIÓN.-¿Qué estás hablando de un marido para Adelina? (A CARLOS.) ¿Dónde está ese ser misericordioso?
CARLOS.-Quizá muy cerca.
VISITACIÓN.-¿Eh…? ¿Muy cerca…? ¡Tú bromeas!
CARLOS.-No, queridísima tía; ya sabe usted que mi carácter no es bromista. Digo que muy en breve pedirán a usted, con la solemnidad que corresponda, la mano de Adelina.
VISITACIÓN.-¿Qué?
NICOMEDES.-¿Cómo?
PRUDENCIO.-¡A ver, a ver!
CARLOS.-Pues vamos allá. (Adelantándose con solemnidad cómica.) Don Carlos Ferrer Mendoza, hombre de honor, de veintiocho años cumplidos, con carrera acabada y decidida voluntad, tiene la honra de pedir la mano de Adelina, a sus protectores respetabilísimos. Ahí tienen ustedes.
VISITACIÓN.-Pero, ¿has oído, Nicomedes? (Con asombro.)
NICOMEDES.-¿Oye usted, don Prudencio? ¿Comprende usted esto? (Lo mismo.)
PRUDENCIO.-Vamos despacio. Lo que este joven dice podrá apreciarse de esta o de aquella manera en cuanto a sus fundamentos y consecuencias; pero, en mi concepto, la idea es perfectamente clara: Carlos pretende casarse con Adelina. Digo, me parece.
CARLOS.-Justamente. No hay como tener talento para comprenderlo todo al primer golpe. ¡Digo, si don Prudencio penetra las cosas!
VISITACIÓN.-¿Pero tu padre lo sabe? (A CARLOS.)
NICOMEDES.-¿Y consiente tu padre?
PRUDENCIO.-¡Ah! Eso ya es otra cosa. Su padre ni lo sabe ni consiente; ya lo verán ustedes. (Aparte, a VISITACIÓN y a DON NICOMEDES.)
CARLOS.-Mi padre es un hombre de honor y un corazón nobilísimo. Me quiere con toda su alma, y cuando se convenza de que yo no puedo ser feliz sin Adelina, consentirá. Sobre todo, pronto saldremos de dudas, porque hacia aquí viene.
VISITACIÓN.-Pero ¡qué resuelto! (A DON NICOMEDES, refiriéndose a CARLOS.)
NICOMEDES.-Con el geniecito de papá, sus ideas sobre el honor y los antecedentes de Adelina, buena se prepara. (A VISITACIÓN.)
PRUDENCIO.-De todas, maneras yo agradecería que ustedes resolvieran pronto. (Consultando el reloj.)

Escena X
DICHOS y DON ANSELMO, por la derecha.
ANSELMO.-¿Pasó la tempestad?
VISITACIÓN.-Aquélla pasó; pero no es mala la que te espera.
ANSELMO.-,¿A mí?
VISITACIÓN.-A ti precisamente; a cada cual le espera su turno. Acércate y oye lo que dice tu hijo.
NICOMEDES.-Vamos, sobrino. ¿No estabas tan resuelto?
VISITACIÓN.-Repite a tu padre lo que nos decías hace poco.
NICOMEDES.-Ya ves tú: nosotros, no podemos resolver sin que él reitere en debida forma la petición.
ANSELMO.-A fe que no entiendo una palabra. Hablan ustedes en griego. Usted, don Prudencio, que todo lo sabe, ¿quiere usted traducirme este intrincado pasaje?
PRUDENCIO.-Es traducción peligrosa, amigo mío, y, sobre peligrosa, innecesaria. Como le hable a usted su hijo con tanta claridad como a nosotros, ya le entendera, usted sin necesidad de intérprete.
ANSELMO.-Pues habla tú, Carlos, que soy hombre de poca paciencia, y antes acabaron estos señores con toda la provisi

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: artículo, carta, cita, Cuba, cuento, historia, inca, Italia, pieza, sociología, traducción, verso

Related posts

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*

This is a captcha-picture. It is used to prevent mass-access by robots. (see: www.captcha.net)

You must read and type the 5 chars within 0..9 and A..F, and submit the form.

  

Oh no, I cannot read this. Please, generate a