PRUDENCIO.-Yo parto ahora mismo.
ADELINA.-(Como antes.) Ya… Cuánto lo siento… Pues nada, don Prudencio… Feliz viaje. VISITACIÓN.-No, Adelina; de don Prudencio es inútil que te despidas.
ADELINA.-¿Por qué?… ¿Pues no dice que ahora mismo?
VISITACIÓN.-Sí…, pero tú…
NICOMEDES.-Tú, hija mía…
ADELINA.-¿Qué?
VISITACIÓN.-Tú…. ¿sabes, monina?… Tú acompañas a don Prudencio.
ADELINA.-(Sin comprender todavía.) ¿Hasta dónde?
VISITACIÓN.-Hasta que encontréis a Juana, a quien ya hemos anunciado tu viaje.
ADELINA.-(Muy acongojada.) Pero ¿cómo?… ¿Voy a separarme de ustedes?… ¿Y ahora?… Dios mío, ¿por qué?
VISITACIÓN.-(Con severidad.) Vamos, vamos… Una niña bien educada no pregunta ni a sus padres ni a sus bienhechores los motivos que tengan para resolver en este o en aquel sentido. ¡Vaya!
NICOMEDES.-(Con cierta dureza.) Se trata de tu bien, de tu porvenir; en fin, lo hemos resuelto.
ADELINA.-¡Ay madre mía!… Ya lo veo claramente: están ustedes enfadados conmigo… Pero ¿qué hice?… ¡Yo no sé!… ¡Yo no adivino!…
VISITACIÓN.-(Aparte, a ADELINA, con severidad.) Mira que hay gente extraña; modérate.
PRUDENCIO.-(A parte, a DON ANSELMO.) Estas escenas de familia hay que abandonarlas a sí mismas, ¿eh? (En voz alta.) Pues yo…, si ustedes me lo permiten, voy a despedirme de Carlos. Entre tanto…, ustedes resuelven.
VISITACIÓN.-Sí, vaya usted. En el jardín ha dicho Adelina que estaba.
PRUDENCIO.-Unos instantes no más…, y al punto soy de ustedes… (Aparte.) ¡Oh, esta niña…, esta niña!
Escena IV
PAQUITA, DON ANSELMO, DON NICOMEDES, ADELINA y VISITACIÓN, en este mismo orden.
VISITACIÓN.-No está bien lo que haces. Debes someterte sin protestar a lo que hemos resuelto.
ADELINA.-Si yo…
VISITACIÓN.-Sin alardes de desesperación…
ADELINA.-Pero, señora…
VISITACIÓN.-Con docilidad, con juicio. ¡Vaya con la niña! Que me has dado un rato delante de don Prudencio… Gracias a que él es la prudencia misma, y se fue.
NICOMEDES.-Y, además, no te separas para siempre de nosotros.
ADELINA.-¿Verdad que no?
NICOMEDES.-Dentro de cuatro o seis años, ya veremos.
ADELINA.-¡Ay Jesús mío! ¿Qué dice usted? Entonces es para siempre…, ¡para siempre! (Rompe a llorar.)
VISITACIÓN.-Adela, Adela… ¡Mira que me enfado!… (A DON ANSELMO.) Pero ¿ves qué falta de resignación?
ANSELMO.-Lo que veo es que no quiero ver estas cosas… Ven, Paquita. (Se levantan DON ANSELMO y PAQUITA y se preparan para salir.)
NICOMEDES.-¿Os vais?…
ANSELMO.-Sí… Tenemos que escribir unas cartas… ¿Verdad, Paquita?
PAQUITA.-Seguramente.
NICOMEDES.-(Levantándose.) Pues, aguarda… Ahora que tú lo dices…. recuerdo que yo también tengo que despachar mi correspondencia. (A ADELINA.) Vamos, picaruela; tengamos juicio… Luego saldremos todos a despedirte; ya lo creo, todos; pues no faltaba más. Conque no llores…, no hay motivo…. ¡qué diablo! Nadie se muere… Adiós, querida. (DON ANSELMO, PAQUITA y DON NICOMEDES se dirigen juntos a la puerta de la derecha.)
PAQUITA.-¡Pobre Adelina!…
NICOMEDES.-Hija, es preciso.
ANSELMO.-Es preciso…, pero es mucha crueldad.
Escena V
VISITACIÓN y ADELINA.
VISITACIÓN.-¿No te da vergüenza? Delante de esos señores, ¡llorar como una niña! Y todo, ¿por qué? Ya te lo decía Nicomedes: ¿es caso de muerte?
ADELINA.-Quién sabe.
VISITACIÓN.-¡Bah! ¡Ya salieron tus romanticismos! ¡La joven de dieciocho años que se muere de pena porque va a pasar una temporadita en una preciosa aldea! ¡En una aldea encantadora! Yo estuve allí cuando era muchacha, y te digo que no hay más allá. ¡Qué árboles! Todos verdes, en primavera. ¡Ah! Un encanto.¡Y qué río!…, con su agua que corre… Una delicia. ¡Y qué pájaros!…, que vuelan que es un asombro; vaya si vuelan. ¿Te gustan mucho los pájaros? Pues te hartarás de coger gorriones. Ya no lloras, ¿verdad? ¿Estás más consolada?
ADELINA.-Consolada; Pues no. Ustedes mandan: es su derecho; yo obedezco: es mi deber, agradecerles lo que por mí han hecho. ¿Qué obligación tenían ustedes?
VISITACIÓN.-Muy bien. Eso ya es otra cosa.
ADELINA.-Podían ustedes arrojarme a la calle; se contentan con enviarme con Juana. Pues ¿de qué me quejo? Quien no tiene padres…, vive…, de limosnas de cariño, claro está. Yo nada pido; ustedes algo me dan. Que Dios se lo pague…, que por poco que sea…, ya es mucho para mí.
VISITACIÓN.-No digas esas cosas… ¡Tienes unas ocurrencias!
ADELINA.-¿Y cuándo… han decidido ustedes… que sea la marcha?
VISITACIÓN.-Ahora mismo. Ya ves, hay que aprovechar el viaje de don Prudencio.
ADELINA.-Bien está. Siento que sea tan pronto porque no puedo concluir de arreglar a mi gusto…
VISITACIÓN.-¿De arreglar… qué?
ADELINA.-El cuarto de Lola. ¡Yo me había esmerado tanto! Le llevé mi espejo y mi Cristo de marfil… Pero, en fin, hay que tener paciencia.
VISITACIÓN.-No, hija mía. Todo eso es tuyo. Se te enviará a la aldea.
ADELINA.-(Levantándose.) ¿Para qué?
VISITACIÓN.-¿Adónde vas?
ADELINA.-A preparar mi ropa. Don Prudencio espera…
VISITACIÓN.-No, querida, no lo consiento… Quédate aquí… y yo misma… ¡Que no lo consiento…! No quiero que te molestes… Siéntate y espera, y aquí se te traerá todo. (Se dirige a la derecha. Aparte.) ¡Pobrecilla!… Pero nada: ¡primero es mi Lola!
Escena VI
ADELINA, sola.
ADELINA.-Hay que obedecer…, ¿qué remedio? Bien me dijo Pascuala, allá a su manera: «Créame usted, señorita: los amos no quieren que se junte usted con su hija.» Es verdad; ahora lo veo. Pero ¿por qué? ¿Por qué, Dios mío? ¿Tan odiosa soy? (Se queda pensativa.) Pues los criados bien me quieren; y el perro del pastor me come a caricias; y las golondrinas que anidan en mi ventana acuden a mi voz y comen de mi mano, ¡conque no seré tan antipática! Y Carlos…. Carlos…, ése dice que me quiere más que todos. Pues se acabó; ya no le veré más. ¡No verle!… ¡Ah!, es injusto, muy injusto, lo que hacen conmigo. Quisiera resignarme, pero la voluntad no me basta para contener el dolor. El, a Madrid…, y yo, a mi aldea; y Carlos me olvidará, ¿no ha de olvidarme? ¡Valgo yo tan poca cosa! (Llorando.) Verá a otras mujeres más hermosas que yo, y les dirá lo que me ha dicho a mí, y ellas le contestarán lo que yo…, que sí, que le quieren mucho, y la pobre Adelina, como si no hubiese existido. ¡Y, al fin, una de esas mujeres, como a ella no la llevarán a ninguna aldea, se casará con mi Carlos!… ¡Ah, no! Eso, no. ¡Eso no lo sufro!… Cuando pienso en estas cosas comprendo que tienen razón: soy una mala. ¡Dios mío, soy una mala!, porque quisiera que todos sufriesen como yo sufro, que todos llorasen como me hacen llorar a mí, que a todos les mandasen a mi aldea… ¡Todos, todos conmigo!… ¡Conmigo! ¡Conmigo! ¡Allí!… ¡Allí!… ¡Y sin ver a Carlos!… ¡Dios mío! Tú, que eres tan bueno, ¿por qué no eres bueno conmigo? ¡Ay, Virgen mía, y qué penas tan grandes hay en el mundo! (Rompe a llorar amargamente.)
Escena VII
ADELINA Y CARLOS.
CARLOS.-¿Por qué lloras?
ADELINA.-¿Y tú me lo preguntas? ¡Ingrato! ¡Olvidarme por otra mujer!
CARLOS.-¡Olvidarte yo!
ADELINA.-Sí, por ella.
CARLOS.-Pero ¿quién es?
ADELINA.-Todavía no se sabe quién será. ¿Cómo quieres que se sepa? Pero yo lo sabré cuando llegue el caso.
CARLOS.-Tú sueñas.
ADELINA.-¡Ojalá
CARLOS.-Adelina, vuelve en ti. No llores. Mírame.
ADELINA.-¿De qué sirve que te mire, si ya no te veré más?
CARLOS.-¿Por qué?
ADELINA.-¿No lo sabes? Porque me llevan. Así lo han dispuesto.
CARLOS.-(Con ironía.) Lo sé todo; tanto como tú; más que tú, pobre niña. Don Prudencio acaba de hacerme relación circunstanciada del suceso y de las causas.
ADELINA.-¡Y te veo alegre! ¡Casi risueño! ¡Cuando a mí me ahoga la pena! Bien ha dicho: ¡soñaba! ¡He despertado! ¡Adiós!
CARLOS.-¿Adónde vas?
ADELINA.-A donde mis protectores han dispuesto. Estoy sola en el mundo, y, claro está, cualquiera dispone de mí. Adelina nació para obedecer, y obedece.
CARLOS.-¡No, no es verdad! ¡Adelina nació para quererme, y no me quiere como yo la quiero!
ADELINA.-¿Que yo… no…? ¡Ahora sí que reiría yo también, si no tuviese tantas ganas de llorar! ¡Yo, más! ¡Mil veces más! Sólo que tú sabes decir esas cosas y yo no acierto a explicarlas; las siento, me ahogan, me enloquecen…, pero se quedan aquí…, en el corazón!
CARLOS.-Mal se conoce.
ADELINA.-¿Por qué















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