entiendo?
NICOMEDES.-¿Tú no sabes la historia de Adelina; mejor dicho, de su familia?
VISITACIÓN.-¿Nunca te hemos contado en qué circunstancia la recogimos?
ANSELMO.-Algo he oído…. pero vagamente…
VISITACIÓN.-Pues oíd, oíd. Aquí, más cerca, no sea que entre de pronto y nos sorprenda. (Todos rodean a VISITACIÓN en actitudes diversas.) Pues, señor… Pero… no…, no puedo. Cuenta tú, Nicomedes. A mí, estas cosas…, como en mi casa, jamás…, en buena hora lo diga… Vamos, tú tienes la palabra.
NICOMEDES.-Habéis de saber que érarnos muy amigos de los padres de Adelina.
VISITACIÓN.-No; de su madre, no.
NICOMEDES.-De su padre quise decir.
VISITACIÓN.-Eso es distinto.
Escena II
DICHOS y DON PRUDENCIO, por el fondo.
PRUDENCIO.-¿Secretos tenemos? ¿Consejos de familia? Entonces me retiro prudentemente. (Deteniéndose. Todos se levantan.)
VISITACIÓN.-¡Don Prudencio!
NICOMEDES.-¡Hola, don Prudencio! Entre usted, entre usted.
PRUDENCIO.-Mi señora doña Visitación… Paquita… ¡Conque tan bueno…! (A DON NICOMEDES.) Don Anselmo, siempre suyo… (Saludando a todos.) Lo dicho: si son asuntos reservados, por donde vine me voy.
NICOMEDES.-¡Calle usted, por Dios!
VISITACIÓN.-Con usted no hay secretos; usted es como nuestro. ¿Verdad, NICOMEDES?
NICOMEDES.-¡Ya lo creo! Es usted como de la familia.
VISITACIÓN.-Conque, siéntese usted; aquí, a mi lado.
PRUDENCIO.-Pues si no estorbo… (Todos se sientan.)
VISITACIÓN.-¡Estorbar usted! Al contrario. Precisamente viene usted muy a punto para pedirle un favor.
PRUDENCIO.-Es, que vengo a despedirme. Parto ahora para mi quinta; pero no quise marcharme sin cumplir deberes sagrados de amistad. (DON Prudencio habla siempre con cierto énfasis y en todo solemne.)
VISITACIÓN.-Pues precisamente por eso.
PRUDENCIO.-Y ese favor…
VISITACIÓN.-Se relaciona con el asunto de que tratábamos.
PRUDENCIO.-¿Y de qué trataban ustedes…? Ya que he de saberlo, que de otro modo, yo no me permitiría…
VISITACIÓN.-De Adelina.
PRUDENCIO.-Ya. ¡Pobre chica! Bien, pues continúen ustedes tratando de esa joven.
NICOMEDES.-Como Anselmo no estaba al corriente… Por eso…
VISITACIÓN.-Por eso le contábamos la historia de los padres de Adelina.
PRUDENCIO.-Ya. Una triste historia la de esa familia, y una tristísima herencia la de esa niña.
ANSELMO.-¿Heredó algo?
VISITACIÓN.-(A DON PRUDENCIO.) ¿Pregunta si heredó? ¡Qué inocente!
PAQUITA.-¿Por qué?
PRUDENCIO.-¿Nunca oyó usted hablar del naturalista, del gran naturalista Darwin, ni de sus admirables experiencias sobre palomas y otras aves? ¿No sabe usted cómo de padres a hijos se transmiten las cualidades y los defectos; en suma, los rasgos característicos de cada individuo? ¿No le explicaron a usted la gran ley de la herencia, ni llegó a su noticia, mi simpática y respetable amiga, la fuerza incontrastable con que lo que pudiéramos llamar la fatalidad orgánica circula por toda la escala biológica. a través del tiempo? ¿Eh?
PAQUITA.-¡Ay, no señor! Yo no sé nada de eso, ni Dios lo permita.
PRUDENCIO.¿Por qué?
PAQUITA.-Porque me dan miedo esas cosas.
ANSELMO.-Pues a mí no me dan miedo; pero el diablo me lleve si he comprendido una palabra.
VISITACIÓN.-Pues más claro: que la madre de Adelina fue… ¿Cómo diré yo?… Una desdichada.
ANSELMO.-Ya; eso está más claro.
PAQUITA.-Sí; que su esposo la hizo desdichada.
NICOMEDES.-No, al contrario: que ella hizo a su esposo todo lo desdichado que puede ser un hombre de honor en ciertos casos.
PRUDENCIO.-Precisamente; porque, fíjese usted, Paquita: doña Visitación, hablando con la exactitud que le es propia, no ha dicho «fue desdichada», sino «fue una desdichada», ¿eh?
VISITACIÓN.-Más clara todavía: la madre de Adelina empezó por tener un amante…, y luego…, Dios lo sabe.
ANSELMO.-Ahora sí que está perfectamente claro.
PAQUITA.-¡Jesús! ¡Qué tristezas!
PRUDENCIO.-La ley de herencia, señora mía. La madre de Adelina tuvo varios extravíos amorosos; Pues la madre de esta madre, es decir, la abuela de Adelina, no tuvo menos; y la bisabuela, célebre en los círculos galantes de fines de siglo próximo pasado, padeció varias veces esta misma enfermedad, o, mejor dicho, este exceso de salud; y subiendo por la línea femenina, siempre encontramos en todos sus individuos este mismo carácter filogenético, llamémoslo así.
VISITACIÓN.-¡Conque figúrense ustedes qué catástrofe cuando se supo! ¡Un escándalo monumental! ¡Un desafío a muerte! ¡Ella que huye y se hunde más en el fango! ¡El padre de Adelina que rechaza a su hija! Y en fin, la pobre niña que hubiera ido al Hospicio si nosotros, que debíamos grandes favores a su familia, no nos hubiéramos hecho cargo de la pequeñuela.
ANSELMO.-¡Muy bien hecho!
PAQUITA.-¡Rasgo generoso!
VISITACIÓN.-Se hace lo que se puede.
PRUDENCIO.-Esa es la verdadera fórmula: se hace lo que se puede, en los límites de la prudencia. La caridad, el altruismo diría yo…
ANSELMO.-¿El qué?
PRUDENCIO.-El altruismo…
ANSELMO.-¡Ah, sí! (Aparte.) ¿Qué será eso?
PRUDENCIO.-Pues bien: la caridad, si usted prefiere esta palabra, debe practicarse en todo mundo civilizado, sin duda alguna; pero sin exageraciones. Creo que ustedes opinarán como yo.
VISITACIÓN.-Justamente a eso vamos, y he aquí el consejo que Nicomedes y yo pedimos a ustedes, y el favor que esperamos de usted, amigo don Prudencio.
ANSELMO.-Pues no comprendo qué relación pueda haber…
PRUDENCIO.-Yo…, algo vislumbro. Siga usted, siga usted, mi buena amiga. Usted es mujer de juicio, y algo por toda manera discreto va usted a decirnos.
VISITACIÓN.-Pues me cuesta mucho trabajo decirlo. Porque yo tengo buen corazón, aunque esto sea alabanza propia, y al fin y al cabo, hemos tenido a nuestro lado a Adelina doce años! Pero las circunstancias…, con la venida de Lolilla…, de mi hija…. van a cambiar dentro de poco totalmente.
PRUDENCIO.-Totalmente, es decir, en totalidad. Muy bien pensado y muy bien dicho.
NICOMEDES-No es decir que Adelina nos pese.
VISITACIÓN.-¡Ah!, eso, no; pero la infeliz niña tiene un pasado lastimoso.
PAQUITA.-¡Ella no!
VISITACIÓN.-Su familia he querido decir. La opinión pública es muy severa; y cuando llevemos a sociedad a nuestra hija, preguntarán todos: «¿Quién es esa que va con Lola?» «¿Es su hermana?» No. «¿Es su prima?» Tampoco. «¿Pues cómo vive con los señores de Espejo?» Porque la sociedad es muy preguntona; y el caso es que siempre hay quien conteste a tales preguntas. Y preguntando aquí y escudriñando allá se sabrá toda la historia, y, créanme ustedes, no faltará quien diga con asombro, y quizá con razón: «¿Cómo dejan los señares de Espejo que su hijá tenga tales amigas?»
PRUDENCIO.-Muy bien. No dirán «tal amiga», sino «tales amigas». ¡Oh!, la sociedad tiene gran potencia generalizadora.
ANSELMO.-¡Bah!, sueñan ustedes. Nadie dirá eso, ni se le ocurrirá a nadie culpar a una niña inocente por los antiquísimos regocijos de unas cuantas abuelas.
PRUDENCIO.-¡Ah!, no conoce usted el carácter mortífero que afectan todas las luchas morales en los que pudiéramos llamar ocultos senos del medio social, señor Anselmo.
VISITACIÓN.-En fin, ¿qué quieren ustedes que les diga? Serán exageraciones de una madre…
ANSELMO.-Exageraciones; tú lo has dicho.
NICOMEDES.-No son exageraciones.
PRUDENCIO.-No lo son. La tradición del vicio es tan incontrastable como la ley física que determina la transmisión del movimiento de unos cuerpos a otros.
PAQUITA.-Pues yo no entiendo de todo eso; pero digo que Adelina es muy buena.
ANSELMO.-Y lo mismo digo yo, señor don Prudencio, a pesar de todas sus leyes, transmisiones y herencias, zarandajas que no valen un comino cuando una mujer dice: «Soy buena porque soy buena», y un hombre agrega: «Soy honrado porque sí»
PRUDENCIO.-Dispense usted, señor don Anselmo. Usted discurre como militar; yo, como hombre de estudio. Son discusiones muy delicadas. (A VISITACIÓN.) Conque vengamos a la conclusión, amiga mía.
VISITACIÓN.-Pues la conclusión es que habíamos pensado éste (Por DON NICOMEDES.) y yo en alejar a Adelina de nuestro lado antes que viniese Lola.
NICOMEDES.-¿Comprende usted bien? Alejarla… Abandonarla, no.
VISITACIÓN.-¡Jesús, María y José!… ¡Abandonarla! ¡Eso, nunca!
PRUDENCIO.-Muy bien pensado, amigos míos. No se abandona a esa niña, pero se la aleja. Algo así como el aislamiento moral: el gran remedio contra todo elemento infeccioso.
VISITACIÓN.-Es el caso que en la aldea, cerca de su quinta de usted, don Prudencio, tenemos una casita muy mona…
PRUDENCIO.-Lo sé; deliciosísima en su sencillez primitiva.
VISITACIÓN.-Pues en ella vive la nodriza de Lola con su rnarido; gente muy honrada y de toda, confianza.
PRUDENCIO.-¿Y bien?
VISITACIÓN.-Que allá pensamos enviar a Adelina.
ANSELMO.-















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