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Хосе Эчегарай. Пресмыкаясь. José Echegaray. A fuerza de arrastrarse


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MARQUÉS.-Yo estoy angustiadísimo. Pero ¿no habría modo de evitar el lance?
DON ROMUALDO.-Imposible. Hemos querido aprovechar las dificultades que durante una semana entera nos ha estado poniendo la Policía, para buscar un arreglo, extender un acta en que todos quedasen bien y dar por terminado el lance; pues no lo hemos conseguido.
DON ANSELMO.-Y en honor a la verdad, el más terco ha sido Plácido: «que Claudio le ha insultado a usted y que han de matarse y han de matarse». Esto es lo que se opone a todas nuestras reflexiones.
MARQUÉS.-Ese joven vale mucho. Yo soy duro para estas cosas, ya lo saben ustedes…, pues me enternezco. ¡Si ocurriese una desgracia!
DON ANSELMO.-Tengamos esperanza. Y si Plácido sale bien, ha hecho su suerte. En ocho días, el hombre a la moda, el favorito del público, el héroe y el caballero.
MARQUÉS.-¡Qué pena si le rompen las alas a ese pobre chico!
DON ROMUALDO.-Él se empeña.
DON ANSELMO.-Él fue el que sugirió la idea de que aprovechásemos su parque de usted.
MARQUÉS.-Y yo tuve la debilidad de acceder.
DON ROMUALDO.-No; el sitio está bien escogido, y esta vez desafiamos a la Policía.
MARQUÉS.-Ya he dado mis órdenes.
DON ROMUALDO.-Plácido está aquí; no le ve entrar ningún polizonte. Don Claudio vendrá solo y entrará por la puertecita del parque. Y los padrinos vendremos como de visita…, o para almorzar contigo…, a las once o a las doce. No hay modo de que nos sorprendan.
MARQUÉS.-Sí, las precauciones están bien tomadas; pero voy a pasar un mal día…, porque es hoy, ¿no es verdad?
DON ANSELMO.-Hoy misino; ya se lo hemos escrito.
MARQUÉS.-Sí, sí…, recibí anoche la .
DON ROMUALDO.-Pero veníamos precisamente por eso, para evitar cualquier equivocación.
DON ANSELMO.-Sí…, vamos, que nos estarán esperando los otros padrinos. Hasta luego, señor marqués, y buen ánimo. (Se dan la mano.)
DON ROMUALDO.-Hasta luego…, ¿quién sabe?…, puede ser que almorcemos todos juntos.
MARQUÉS.-¡Dios lo quiera! (Salen DON ANSELMO y DON ROMUALDO.)

Escena III

El MARQUÉS; a poco, PLÁCIDO.

MARQUÉS.-La verdad sea dicha, me disgustaría profundamente encontrarme en el caso de Plácido. La vida es triste…, pero perderla sin motivo fundado es más triste todavía. Hola, Plácido, ¿estaba usted ahí?
PLÁCIDO.-(Entrando siempre con aire modesto.) Me dijeron que me llamaba usted, pero al acercarme vi que hablaba usted con mis padrinos y no quise molestarlos a ustedes.
MARQUÉS.-Siempre discreto y respetuoso.
PLÁCIDO.-Es mi obligación.
MARQUÉS.-¿Y no siente usted cierta inquietud nerviosa?
PLÁCIDO.-No, señor. Cumplo mi deber, demuestro que soy agradecido y voy a castigar a ese…, a ese hombre que ha insultado groseramente a mi bienhechor.
MARQUÉS.-Me admira usted, Plácido. En este siglo miserable en que vivimos, quedan pocos hombres como, usted.
PLÁCIDO.-¡Ay, no, señor; yo creo que hay muchos como yo!
MARQUÉS.-En fin…, si ha de ser, mucha sangre fría, mucha tranquilidad; en más de un lance apurado me salvó esta sangre fría que la Naturaleza me dio, y que todos conocen.
PLÁCIDO.-Ya que no en otras cosas, procuraré en ésta imitarle a usted, señor marqués.
MARQUÉS.-(Le contempla con admiración y cariño.) Mire usted, Plácido, hay momentos en que siento impulsos de tomar su puesto… de usted en ese lance. ¡Ya vería don Claudio lo que era bueno!
PLÁCIDO.-Eso sí que no lo consentiría yo.
MARQUÉS.-¡Pero mi hija, mi pobre Josefina! ¡Si no fuera por ella!… ¡Los hijos atan mucho! ¡Hasta que tuve a mi hija, yo era un hombre agresivo…, temible…, violento!… ¡Tuve a Josefina…, y aquí me tiene usted convertido en borrego! (Riendo.)
PLÁCIDO.-Se le conoce…, se le conoce… Señor marqués, voy a pedirle a usted un favor.
MARQUÉS.-Lo que usted quiera. Almas como las nuestras se comprenden.
PLÁCIDO.-Pudiera ser que la suerte me fuera adversa. Si yo muriese, no abandone usted a Javier: es para mí como un hermano. No abandone usted a Blanca: siempre fue una hermana para mí. ¿Me lo promete usted?
MARQUÉS.-¡Se lo prometo! ¡Se lo juro! (Se dan la mano.) Pero una vez prometido y jurado, algo tengo que decirle a usted en forma de consejo. Plácido, no se fíe usted de Javier ni de su hermana.
PLÁCIDO.-¿Por qué?
MARQUÉS.-Porque no le quieren a usted. Porque le tienen envidia. ¡Porque le odian!… ¡Le odian, sí, señor! Yo conozco a la gente.
PLÁCIDO.-Pues ¿qué han hecho?
MARQUÉS.-No estar, como nosotros, angustiadísimos por la situación en que usted se encuentra. ¡Lo natural, señor, lo natural! Pues ellos, los amigos de siempre, los hermanos queridos, tan frescos, tan indiferentes, ¡como si tal cosa!
PLÁCIDO.-Será por cortedad, por disimular…
MARQUÉS.-¡Qué bueno es usted y qué cándido! Odio, envidia, malas pasiones, porque ven que usted sube y sube; ¡y subirá, yo se lo fío!
PLÁCIDO.-(Sin poder contenerse.) ¡Subiré!
MARQUÉS.-Déjeme usted a mí. ¡Ahora, a olvidar esas pequeñeces! Ánimo y serenidad, y un abrazo. (Se abrazan.) Ya los tiene usted ahí a los dos. Vendrán a despedirse. ¡Unas lagrimitas y unos suspiros dulces! ¡La suavidad del reptil! Yo estoy a la mira, y en cuanto suenen dos tiros interrumpo el lance atropellando por todo. Adiós, Plácido… ¡Le dejo con sus buenos amigos!… ¡Adiós! (JAVIER y BLANCA están en la puerta. El MARQUÉS pasa desdeñoso, sin dignarse saludarlos.)

Escena IV

PLÁCIDO, BLANCA Y JAVIER. Pausa. Se miran unos a otros.

JAVIER.-Como dicen todos que estás en peligro de muerte, venimos a despedirte.
PLÁCIDO.-¿También tú? Blanca te ha convencido, según parece.
JAVIER.-Pensé que los tres íbamos a una. Que en esta lucha prosaica, vulgar, rastrera, pero en el fondo trágica, todos teníamos la obligación y el compromiso de ayudarnos.
BLANCA.-¿Trágica?… Asainetada, diría yo.
PLÁCIDO.-Os dije al salir de nuestro pueblo que venía «resuelto a subir», bien a bien o mal a mal. Por la fuerza o por la astucia. ¿No queréis acompañarme? Cada cual por su camino.
JAVIER.-Francamente, el tuyo me repugna.
BLANCA.-Ni él ni yo servimos para histriones.
PLÁCIDO.-Esa ventaja os llevo: tengo un talento más.
BLANCA.-¿Y te sientes orgulloso?
PLÁCIDO.-Hoy, no; cuando venza, sí; me sentiré orgulloso.
BLANCA.-Y dime: ¿qué tendría que hacer un hombre para que tú te sintieras con el derecho de despreciarle?
PLÁCIDO.-Ser más torpe que yo.
BLANCA.-¿Y nada más?
PLÁCIDO.-Nada más.
JAVIER.-¿Y no crees tú que si los demás estuvieran en el secreto, como Blanca y yo, tendrían derecho para arrojarte al rostro el nombre de farsante?
PLÁCIDO.-¡Qué cándidos sois! ¿Creéis que soy el único ejemplar de mi clase en la comedia humana? ¿Imagináis que no se representan en el mundo miles y miles de farsas más repugnantes, más infames, más grotescas que esta farsa que yo represento?¡Quizá menos artificiosas, porque eso ha dependido de las circunstancias; pero en el fondo, de la misma familia que la mía: farsa y farsa! ¿Cuántos hombres mienten, cuántos hombres fingen, cuántos adulan, cuántos se arrastran? ¡Contadlos si podéis! ¡Lo que hay es que vosotros veis el artificio por dentro y en el mundo se ve por fuera y parece natural! ¡Ah! Si en el teatro social viviéramos todos entre bastidores, ¡cómo nos despreciaríamos los unos a los otros!
BLANCA.-¡No todos los hombres son como tú!
PLÁCIDO.-Es cierto; muchos son más torpes, cometen acciones parecidas a las mías, pero no ajustadas a un plan. Yo, como no soy torpe, y tengo energías, y sé adónde voy, y no vacilo, ¡estudio y preparo mi papel! Ellos, ¡los pobres diablos!, improvisan a diario, y a veces se equivocan y los conocen, y entonces los silban. ¡Ah! Las equivocaciones ni en el escenario ni en el mundo se toleran.
BLANCA.-Pues aunque unos sean listos y otros torpes, yo te repito, Plácido, que no todos son como tú, porque entonces habría que huir de la sociedad.
PLÁCIDO.-Lo confieso, puesto que entre la muchedumbre de los seres humanos estáis vosotros, que no sois como yo. Tú, Blanca, eres un ser excepcional. (Con respeto y tristeza.) Pero la generalidad de los humanos no puede ser perfecta.
BLANCA.-¡Pero todos pueden ser honrados!
PLÁCIDO.-Sí; la honradez es la mercancía más barata: está al alcance de cualquier imbécil.
BLANCA.-¿Y esa adulación constante, rastrera, que te está manchando, Pláci

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