Хосе Эчегарай. Пресмыкаясь. José Echegaray. A fuerza de arrastrarse
Uncategorized June 19th, 2006
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DON ROMUALDO.-Sabes que he estado fuera dos meses: hay que cuidar los distritos.
MARQUÉS.-Bueno, pues oye. Se recibió en el periódico un artículo anónimo, de uno de mis admiradores, sin duda alguna, contestando al artículo de El Batallador. ¡Un artículo admirable! ¡Qué estilo, qué energía, qué lógica y, sobre todo, qué manera tan noble de hacerme justicia! Claro…, se publicó. Y ahora resulta que ese señor don Claudio se da por ofendido, porque dice que en el artículo se le insulta: ¡la verdad es que se le pulveriza! Y la emprende conmigo, asegurando que yo soy el autor del artículo… Algo hay en él de mi estilo vigoroso y correcto, es cierto; pero no es mío, te aseguro que no es mío.
DON ROMUALDO.-Entonces…
MARQUÉS.-¡El otro no se da por satisfecho; que le diga el nombre del autor o que responda yo en el terreno! Nada, que todo el mundo se ha empeñado en que he de batirme. ¿Comprendes tú esto?
DON ROMUALDO.-¡Qué demonio! El caso para ti es muy apurado.
MARQUÉS.-¡Si es apurado!… Estoy esperando sus padrinos y tengo que nombrar los míos… ¿Cuento contigo?
DON ROMUALDO.-Como siempre.
MARQUÉS.-He avisado también a don Anselmo Ventosa, el primer crítico literario de mi periódico; diputado, hombre de mucha respetabilidad y de mucho aplomo.
DON ROMUALDO.-Buena elección.
MARQUÉS.-Pues a vosotros me encomiendo. ¡La honra sobre todo…, pero sin que la dignidad degenere en provocación…, ni el valor en temeridad. Soy un hombre serio, no soy matón de oficio. (Se ve que tiene mucho miedo.)
DON ROMUALDO.-¡Pierde cuidado! Sobre todo, tu honor; tú lo has dicho.
MARQUÉS.-Justo; pero sin exageraciones impropias de mi carácter.
DON ROMUALDO.-Te conozco bien.
MARQUÉS.-Espera…, alguien ha entrado en mi despacho. (Se va a la puerta.) Son ellos…, deben de ser ellos. (Vuelve y vacila; se apoya en una butaca.)
DON ROMUALDO.-(Acudiendo a él.) ¿Qué tienes?
MARQUÉS.-(Fingiendo fiereza.) Nada…, he tropezado…; el coraje que me domina…, y estoy un poco nervioso. A veces no puedo contenerme.
Escena IV
MARQUÉS, DON ROMUALDO Y PLÁCIDO, que trae un libro en la mano, con un dedo entre
las hojas, como para no perder el sitio en que leía.
PLÁCIDO.-Señor marqués… (Se inclina respetuosamente ante DON ROMUALDO.)
MARQUÉS.-¿Qué ocurre, Plácido?
PLÁCIDO.-(Siempre muy humilde.) Dos señores que esperan en el despacho; desean hablar con usted.
MARQUÉS.-¿Los conoce usted?
PLÁCIDO.-No, señor.
MARQUÉS.-¿Ni sabe usted a qué vienen?
PLÁCIDO.-Yo creo…, digo, me figuro…, que son los padrinos de ese miserable, ¡de ese villano!…, ¡de ese Claudio!… Perdone usted, pero a pesar mío me exalto.
MARQUÉS.-Exáltese usted, Plácido; es una prueba de su cariño.
PLÁCIDO.-Sí, señor; de mi cariño, de mi gratitud, de mi adhesión, señor marqués.
MARQUÉS.-¡Gracias, gracias! Sé lo que usted vale. (Aparte, a DON ROMUALDO.) Es un escribiente que he tomado hace dos meses; es de Retamosa…, es hombre leal. (Alto.) Oiga usted, Plácido.
PLÁCIDO.-(Con solicitud.) Señor marqués…
MARQUÉS.-Dicen que ese Claudio es de Retamosa.
PLÁCIDO.-Sí, señor.
MARQUÉS.-¿Es amigo de usted?
PLÁCIDO.-¡Ay!, no, señor.
MARQUÉS.-Pero ¿usted le conoce?
PLÁCIDO.-(Con profundo desprecio.) Como se conoce a la gente… a quien se conoce y nada más.
MARQUÉS.-¿Qué clase de persona es?
PLÁCIDO.-¡Un malvado! ¡Un hombre peligrosísimo! ¡Una fiera!
MARQUÉS.-(Acongojado.) ¿Una fie…?
PLÁCIDO.-¡Sí, señor marqués! ¡Una fiera! Todos sus compañeros no le llaman Maltraña, sino «mala entraña». Es capaz de cualquier crimen.
MARQUÉS.-(Sin poderse contener de puro miedo.) Cri…
PLÁCIDO.-Crimen.
MARQUÉS.-Pero ¿un criminal sin valor?
PLÁCIDO.-Es lo único que en justicia debe reconocérsele: un valor salvaje.
MARQUÉS.-¡Salvaje!
DON ROMUALDO.-Malas noticias.
PLÁCIDO.-Pero su valor no tiene mérito: maneja todas las armas admirablemente. ¿Qué mérito hay en esto?…; un asesino. Lo diré en voz muy alta, ¡un asesino! Perdone usted, señor marqués.
MARQUÉS.-Y con un asesino, un hombre que se estima en algo…, dígalo, dígame en conciencia…, ¿puedo batirme?
DON ROMUALDO.-¿Está descalificado?
PLÁCIDO.-Por desgracia no lo está. ¡Ah!…, él guarda todas las apariencias… A los tres o cuatro que ha matado en duelo, los ha matado con todas las reglas del código del honor.
MARQUÉS.-¿Tres o…?
PLÁCIDO.-No sé si han sido tres o si han sido cuatro. (Como contando.) El de Cuba…, el de Barcelona…, el francés… y el maestro de armas… Sí; han sido cuatro.
MARQUÉS.-(A DON ROMUALDO.) ¿Estás oyendo?
DON ROMUALDO.-Es un lance muy desagradable.
MARQUÉS.-¿Desagradable?… ¡Trágico!
PLÁCIDO.-¡Ay!
MARQUÉS.-¿Y mi hija?
PLÁCIDO.-¡Pobre señorita!
MARQUÉS.-¿Cómo le digo yo a mi hija: «Me ha matado ese hombre»?… (Aturdido del todo.) Es decir…, ¿cómo le dicen: «¡Han matado a tu padre!»?
PLÁCIDO.-Señor marqué,…, yo soy un hombre agradecido… Yo le debo a usted el pan que como… ¡Señor marqués…, no se bata usted con Claudio! (Casi llorando le tiende los brazos.)
MARQUÉS.-(Le abraza ligeramente.) ¡Pobre Plácido!
PLÁCIDO.-Pero ¿puede nadie dudar del valor de usted? Yo he oído contar cosas…
MARQUÉS.-¿Ha oído usted contar? (Con vanidad satisfecha.) No recuerdo… (Con fingida modestia y sin poder recordar sus heroicidades.) No hablemos de eso; cosas de la juventud. (Aparte.) Pues no sé a qué podrá referirse.
DON ROMUALDO.-De todas maneras, tú no puedes quedar en ridículo.
MARQUÉS.-¡Eso no!… Voy a ver a esos señores…, y después…, vosotros sabréis lo que vais a hacer conmigo. (Se dirige a la puerta con dignidad, pero vacilando un poco. A DON ROMUALDO.) Cuando sea preciso, ya te avisaré. Plácido…
PLÁCIDO.-¿Señor marqués?
MARQUÉS.-Haga usted compañía a don Romualdo y déle antecedentes sobre ese señor Claudio.
PLÁCIDO.-Sí, señor.
MARQUÉS.-Vamos a ver qué pretenden esos señores. (Aparte.) En buena, en buena me han metido. ¡Ay Dios mío, cuándo acabará esto! (Sale.)
Escena V
PLÁCIDO y DON ROMUALDO.
DON ROMUALDO.-Mal lance es el de mi amigo.
PLÁCIDO.-Muy malo.
DON ROMUALDO.-Ese es el mundo y ésa es la vida pública.
PLÁCIDO.-Por eso a mí, en mi modesta esfera, me gusta más el estudio.
DON ROMUALDO.-Sí, ya lo veo a usted con un libro. Parece que no quiere usted desprenderse de él.
PLÁCIDO.-(Apretándolo contra su pecho.) ¡Ah! ¡Nunca!
DON ROMUALDO.-¿Es de literatura?
PLÁCIDO.-No, señor. De sociología.
DON ROMUALDO.-Usted permite.
PLÁCIDO.-(Le enseña la portada.) Con mucho gusto. «Estudios sociológicos; la sociología moderna.»
DON ROMUALDO.-Ya. (Aparte.) Mi libro. (Alto.) ¿Y quién es el autor?
PLÁCIDO.-No sé. Dice: «Por un aficionado.» ¡Sí, sí, aficionado! ¡Vaya un aficionado! ¡Un maestro, un gran maestro!
DON ROMUALDO.-¿Y cómo vino a caer en las manos de usted?
PLÁCIDO.-Por casualidad; revolviendo en la librería del marqués, ¡que es magnífica!, di con este libro. Empecé a leerlo, y a la primera página, me sentí empoigné; nada, que el libro hizo presa en mi cerebro.
DON ROMUALDO.-¿Tan bueno es? (Siempre la vanidad satisfecha.)
PLÁCIDO.-Pero ¿usted no lo conoce?
DON ROMUALDO.-No, señor. Los hombres políticos no tenemos tiempo para leer.
PLÁCIDO.-¡Qué lástima (Aparte.) ¡Ay hipócrita! No lo conoces y el libro es tuyo. (Alto.) Para ustedes los políticos este libro debiera ser el evangelio.
DON ROMUALDO.-(Satisfecho.) ¿Nada menos?
PLÁCIDO.-Nada menos. ¡Una obra maestra! ¡Sólo un genio puede escribir un libro como éste! Yo he leído mucho, es mi afición. Pues no hay más que dos libros que yo haya leído tres y cuatro y cinco veces: el «Quijote», y ese libro que parece tan modesto y que está escrito ¡por un aficionado! ¡Cuánto daría yo por conocer al autor!
DON ROMUALDO.-Esas son exageraciones de la juventud.
PLÁCIDO.-(Con fingida sequedad.) Si usted no lo conoce, no puede juzgarlo. Perdone usted…, y permita que me retire.
DON ROMUALDO.-No se retire usted, Plácido, y venga esa mano. Quise saber su opinión libre e imparcial sobre esa obra. Sépalo usted de una vez: el autor soy yo.
PLÁCIDO.-¡Usted!… ¡Cómo sospechar!… ¡Si lo hubiese sabido!…
DON ROMUALDO.-No me hubiese usted hablado con tanta franqueza, ¿verdad?
PLÁCIDO.-Verdaderamente, estoy confuso.
DON ROMUALDO.-Tenía usted un protector, el marqués. Tiene usted otro, yo. (Vuelve a darle la mano. PLÁCIDO finge confusión, gratitud y humildad.)
PLÁCIDO.-¡Don R










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