Хосе Эчегарай. Пресмыкаясь. José Echegaray. A fuerza de arrastrarse
Uncategorized June 19th, 2006
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e ocupar.
JOSEFINA.-Bueno; pero si de Plácido no me quejo. Me quejo de Blanca. Decía que estoy dándole un encargo a Plácido, y llega Blanca, siempre llega a punto, y para contrariarme le echa con cualquier pretexto; que le llamas tú o que hace falta… En fin, cualquier mentira.
MARQUÉS.-Eso no me parece que tiene importancia. ¿Quieres concluir, hija? Que yo también tengo mis ocupaciones.
JOSEFINA.-¿Ves tú Tomás? El criado de confianza de la casa, que casi no es criado, es el que más me mima…; me mimó desde que tenía doce años. Pues desde que vino Blanca, me atiende menos; y eso que ella le trata con un despego…; es muy orgullosa.
MARQUÉS.-(Con impaciencia.) ¿Hay más?
JOSEFINA.-Tú mismo, mi padre, el que debía protegerme, siempre le das la razón a esa mujer.
MARQUÉS.-(Cada vez más impaciente.) Pero ¿cuándo?
JOSEFINA.-Ayer mismo. Yo escogí una tela para mi vestido de baile, Blanca me escogió otra, y tú, tú, ¡mi padre!, le diste a ella la razón. Todo para humillarme. Te lo digo muy seriamente. Que se quede aquí Blanca y mándame a un convento. O que me lleve Tomás a Retamosa. Blanca, en tu palacio; tu hija, en la aldea.
MARQUÉS.-¿Quieres dejarme en paz?
JOSEFINA.-¡Qué desdichada soy!
MARQUÉS.-(Colérico.) ¿Qué quieres que haga? ¿Que eche a Blanca? Ahora mismo.
JOSEFINA.-¡Eso, no! ¡De ningún modo! Sin ella me aburriría mortalmente.
MARQUÉS.-¿Pues qué?
JOSEFINA.-Que la llames y delante de mí la riñas.
MARQUÉS.-¿Y me dejarás tranquilo?
JOSEFINA.-Sí; pero has de reñirla fuerte, ¡hasta que llore!
MARQUÉS.-Ahora, verás. (Toca un timbre y aparece un CRIADO.) Que venga al momento la señorita Blanca. (Sale el CRIADO.)
JOSEFINA.-¡Buen principio! ¡La señorita Blanca! Señorita… La llamas como pudieras llamarme a mí.
MARQUÉS.-(Fuera de sí.) ¿Qué quieres? ¿Que mande a los criados que la traigan arrastrando?
JOSEFINA.-Con decir: «Que venga Blanca», era bastante. Cada cual en su sitio.
MARQUÉS.-Si cada cual estuviera en su sitio, estarías en tu cuarto y me dejarías en paz. ¡Como si no tuviera yo en qué pensar! ¡Que criatura más insoportable!
JOSEFINA.-¡Ay Dios mío!… ¡Dios, mío, cómo me tratas! ¡Y por ella…, por ella! (Rompe a llorar con rabieta de niña mal educada.)
Escena II
MARQUÉS, JOSEFINA Y BLANCA, por la derecha; Tomás, por el fondo.
BLANCA.-¿Qué tienes? ¿Qué tienes, Josefina? (Acercándose cariñosa.)
JOSEFINA.-¡Déjame!… ¡Aparta!
BLANCA.-(Al MARQUÉS.) Pero ¿está enojada conmigo?
MARQUÉS.-(En tono severo.) Blanca… Josefina está muy delicada, mejor dijera muy enferma, y es preciso que todos en esta casa procuren tener con ella aquellas consideraciones que su estado requiere. (Va tomando tono de discurso.)
BLANCA.-Yo procuro…
MARQUÉS.-(Siempre discurseando.) No basta procurar. Cuando la voluntad es recta y el deseo es sincero, se consigue aun sin procurarlo. Y usted, más que persona alguna, tiene esta sagrada obligación, ya que no por recuerdos de la infancia que debieran bastar, por deudas bien recientes de gratitud, que en pechos bien nacidos ni se borran ni palidecen nunca.
BLANCA.-Señor marqués, no creo haber merecido esas frases…, que me parecen duras, muy duras.
MARQUES.-Pues usted es mujer de buen sentido, nada agregaré a lo dicho.
JOSEFINA.-(Aparte.) ¡Pues ni por ésas llora! ¡Tiene un carácter!
MARQUÉS.-(A BLANCA.) Puede usted retirarse. Llévese usted a Josefina; asuntos graves reclaman mi atención. (BLANCA quiere hablar.) Basta.
JOSEFINA.-Me siento muy mala, muy mala. ¡Qué opresión! ¡Qué desvanecimiento!
BLANCA-Josefina…
JOSEFINA.-No… Tú, de ningún modo; me dejarías caer. Que venga Tomás.
MARQUÉS.-Que venga. (Toca un timbre.) Que venga Tomás.
(Aparte.) Y con él una legión de diablos. (JOSEFINA hace monadas de niña enferma. BLANCA, inmóvil.)
TOMÁS.-(Es un hombre de poco más de cuarenta años. Fino y correcto, pero con un fondo de insolencia, Viste entre señor y criado. Al MARQUÉS.) ¿Llamaba usted?
MARQUÉS.-Ayude usted a la señorita a ir a su cuarto. No está buena.
TOMÁS.-Sí, señor. (Sostiene a JOSEFINA y la ayuda a salir.) ¿Qué tiene la niña? ¿Está enferma?
JOSEFINA.-Muy enferma. (Salen JOSEFINA y TOMÁS.)
BLANCA.-Señor marques, yo no soy ingrata. Yo agradezco en el alma todas las bondades de usted. Lo que hace por mi hermano, lo que hace por mí; pero comprendo que no soy simpática a Josefina y yo no puedo seguir en esta casa.
MARQUÉS.-¿Marcharse? De ningún modo; no lo permito. ¿Quién sufre entonces a mi hija?
BLANCA.-Yo no tengo esa obligación.
MARQUÉS.-La tiene usted. ¡Pues no faltaba más! Si usted se marcha, que Javier no cuente nunca conmigo.
BLANCA.-Señor marqués…
MARQUÉS.-Yo soy severo, a la par que bondadoso. Y cuando el marqués dice una cosa, el marqués cumple consigo mismo sosteniéndola. Sírvase usted retirarse.
BLANCA.-Permítame usted…
TOMÁS.-(En la puerta.) Dice la señorita Josefina que vaya Blanca. (Da unos pasos hacia BLANCA.) Que vaya usted.
MARQUÉS.-Vaya usted.
BLANCA.-(Dobla la cabeza con desaliento.) Obedezco al padre y a la hija. (Va a salir delante de TOMÁS, pero éste se anticipa y sale sin hacer caso a BLANCA.) Todo sea por mi hermano. (Sale.)
Escena III
MARQUÉS; después, DON ROMUALDO.
MARQUÉS.-Gracias a Dios que me dejan solo. Buen día me han dado entre todos. En seguida me quedo yo en esta casa solo con Josefina. ¡Como su madre…, que en paz descanse!
CRIADO.-Don Romualdo Pedrosa.
MARQUÉS.-Que pase, que pase. (El CRIADO sale.) Ese me alegro que venga; es buen amigo y de buen consejo. (Entra DON ROMUALDO.) Querido Romualdo. ¡Cuánto tiempo por esos mundos de Dios!
DON ROMUALDO.-Querido marqués… Te encuentro nervioso.
MARQUÉS.-Me encuentras loco. Yo sostengo siempre en mis discursos que la religión, la propiedad y la familia son los tres fundamentos de la sociedad… De la religión no hablemos. La propiedad es cimiento muy sólido.
DON ROMUALDO.-Sobre todo la tuya.
MARQUÉS.-Pero respecto a la familia, ya es otra cosa. Yo no tengo más que una hija… y no puedo vivir. Hombre, ¿quieres casarte con ella?… Perdona, no recordaba que eres casado. Es lástima; le doy toda la legítima de su madre…
DON ROMUALDO.-Pues no le faltarán novios. ¿Y ése era el motivo?…
MARQUÉS.-No; el motivo principal del estado en que me encuentras es otro. Ya sabes cuál.
DON ROMUALDO.-Supongo que será el artículo que publicó contra ti el periódico El Batallador.
MARQUÉS.-Justamente. Ese asunto se complica y ha de darme muchos disgustos; ya me los da.
DON ROMUALDO.-El artículo era fuerte.
MARQUÉS.-¡Era horrible! ¡Era infame! A un hombre como yo no se le trata así. Dice que soy un farsante, un imbécil.
DON ROMUALDO.-¿Y tú crees que eso produce efecto en Madrid?
MARQUÉS.-Ya sé que no. Todo el mundo me conoce. Pero me ataca en mi honra, mancha el origen de mi fortuna, ¡como si fuera un crimen ser rico! Señor, si el que gana un duro es honrado, el que gana cincuenta mil duros debe ser cincuenta mil veces más honrado, o yo no sé aritmética.
DON ROMUALDO.-¡Indiscutible!
MARQUÉS.-Pero, es que no respetan ni mi hogar doméstico, ni mi familia.
DON ROMUALDO.-(Riendo.) Antes no lo respetabas mucho.
MARQUÉS.-Esos eran desahogos del hogar doméstico.
DON ROMUALDO.-¿Y qué vas a hacer?
MARQUÉS.-Yo creí desde el primer momento que la cuestión era muy grave. ¡Que ciertos insultos no se borran más que con sangre!
DON ROMUALDO.-(Dándole la mano.) ¡Muy bien! Eso creen todos tus amigos; el partido en masa.
MARQUÉS.-Y se lo dije al director del periódico. ¡Usted tiene que batirse! ¡Así, con energía! ¡Con mucha energía!
DON ROMUALDO.-¿Y qué te dijo?
MARQUÉS.-Que estaba dispuesto. Pero luego, los redactores y algunos de mis amigos, ¡buenos amigos!, argumentaron que el ataque no era al periódico, ni al director, ni a la redacción; que era un ataque directo y personal contra mí. Y que yo era el que debía provocar el lance.
DON ROMUALDO.-Ya. Y tú…
MARQUÉS.-Yo…, ya me conoces. Soy un hombre de corazón; sé afrontar los peligros…, pero no estoy solo en el mundo; ¿y mi familia?, ¿y mi hija?, ¿y la hija de mi alma? ¡Si sabe que voy a ese duelo se muere! ¡Y yo por nada en este mundo, ni por la honra, me resigno a ser parricida!
DON ROMUALDO.-Es verdad. Pero ¿cómo te explicas tú ese artículo?
MARQUÉS.-No sé. Si no conozco al autor, y eso que firma con todas sus letras: Claudio Maltraña. Dicen que es de Retamosa del Valle.
DON ROMUALDO.-Entonces son odios de localidad.
MARQUÉS.-Pero si yo no recuerdo haberle ofendido nunca.
DON ROMUALDO.-¿Y no hay más?
MARQUÉS.-Hay otra complicación gravísima. ¿No has leído mi periódico










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