o o romperlo!
CLAUDIO.-Pero ¿cómo? Eso es lo que tienes que decir, que lamentarse se lamenta cualquiera.
PLÁCIDO.-(A JAVIER.) Sigue…, Sigue.
JAVIER.-Pues aprovechando esas antiguas relaciones, que los marqueses habrán olvidado de seguro, pero que yo no olvido, le escribí al marqués pidiéndole protección.
CLAUDIO.-Ya.
JAVIER.-Y no me hizo caso.
CLAUDIO.-Claro.
JAVIER.-Y le volví a escribir una carta que partía los corazones. ¿Qué digo los corazones? ¿Habéis visto que está partido el poste kilométrico de la salida del pueblo? Pues fue que sobre él dejé la carta un momento mientras encendía un cigarro. (Riendo.)
CLAUDIO.-(Riendo.) Buena carta.
PLÁCIDO.-¡Buena, buena! ¿Y el marqués de Retamosa del Valle?
JAVIER.-Nada.
PLÁCIDO.-Más duro que el marmolillo.
JAVIER.-¡Le escribí hasta cinco cartas! Y como si se las hubiera escrito al emperador de la China. Al fin conseguí que Blanca le escribiera a Josefina. Me costó trabajo, mucho trabajo, porque Blanca es orgullosa; pero la convencí de que iba a tirarme al río si no me sacaban de Retamosa…, y escribió ¡como ella sabe!
PLÁCIDO.-Sí sabe, sí.
JAVIER.-Esta vez, triunfo completo. El marqués me da colocación en su periódico, uno de los primeros de la corte: El Faro del Porvenir, y ése es mi faro. La colocación es modesta, pero lo que yo quiero es ir allá. Y Josefina protegerá a Blanca, la llevará alguna vez al teatro, y en coche. ¡En fin, que veo luz!
CLAUDIO.-Yo sigo a oscuras. No tengo la suerte que tú. Ni tengo hermana bonita, ni madrina rica, ni protector marmolillo.
JAVIER.-Calla, hombre, que cuando yo sea algo ya te daré la mano.
CLAUDIO.-(Por PLÁCIDO.) ¿Y a ése?
JAVIER.-También. Os protegeré a todos.
PLÁCIDO.-Yo me protejo a mí.
CLAUDIO.-¿Tú tendrás amigos en Madrid?
PLÁCIDO.-Ninguno.
JAVIER.-Pues, entonces…
PLÁCIDO.-(A JAVIER.) Tengo mis planes. Antes que tú, estaré en Madrid.
CLAUDIO.-¿Con qué recursos cuentas?
PLÁCIDO.-Realizaré cuanto tengo.
CLAUDIO.-(Riendo.) Levántate, Javier, que le vamos a estropear los muebles y tiene que hacer almoneda.
JAVIER.-(Levantándose y riendo.) ¡Es verdad!
PLÁCIDO.-Todavía tengo algo, que se lo venderé a don Rufino. Es un cuadro, allá de los tiempos de nuestras grandezas. En París me darían por él quince mil pesetas, porque es de uno de nuestros grandes pintores modernos. A don Rufino lo menos le sacaré tres mil, porque él no consiente que se le escape la firma. Poco es, pero con tres mil pesetas se puede hacer el viaje y vivir allí algunos meses.
CLAUDIO.-Vamos, que tú también eres feliz: ¡todos vosotros!
PLÁCIDO.-(A CLAUDIO.) Y tú también, porque tú vienes conmigo.
CLAUDIO.-¿Yo…, has dicho que yo?… ¿A Madrid contigo? Enciende, enciende ese cabo (A JAVIER.), que está oscuro y quiero verle la cara a ver si bromea. (JAVIER enciende el cabo. PLÁCIDO pasea muy nervioso, CLAUDIO le sigue y le trae a la luz y le mira de frente. Ya es noche cerrada.) Pues parece que lo dice de veras.
PLÁCIDO.-Y tan de veras. Los tres allá y los tres unidos; y los tres a luchar. Os necesito.
JAVIER.-Magnífico.
CLAUDIO.-Me parece que estoy soñando.
PLÁCIDO.-Los tres marchando a la par, podemos hacer mucho. En otros tiempos, menos mezquinos que estos en que vivimos, el camino a mis ambiciones estaba trazado. ¡Tiempos de férreas armaduras, de pesados lanzones y de tajantes espadas! ¡Formaría una partida de bandoleros si era preciso: yo, el capitán! Hoy, tres. Dentro de poco, quince. Algunos meses más tarde cincuenta. Con el robo, o llamémosle botín, mantendría una mesnada, me pondría al servicio de un conde o de un duque, y al fin sería duque o conde, y quién sabe si llegaría a emperador o rey.
CLAUDIO.-Para eso no cuentes conmigo.
JAVIER.-Ni conmigo tampoco: no sirvo.
PLÁCIDO.-Ni yo. Las armaduras pesan mucho para los aventureros de hoy. Además, los petos y los espaldares son rígidos, no dejan libertad al espinazo para doblarse. Hoy los procedimientos para medrar son otros, requieren gran flexibilidad. Quien tenga genio, elocuencia o saber, que suba a saltos. Nosotros tenemos que subir lentamente. ¿Conocéis la fábula del inmortal autor de Los amantes de Teruel?
CLAUDIO.-¿Cuál?
PLÁCIDO.-La que se titula El águila y el caracol.
JAVIER.-No la recuerdo.
PLÁCIDO.-Es muy breve. El águila real que anida en eminente roca, ve cierto día que un caracol de la honda vega había logrado llegar hasta su altura, y le pregunta, sorprendida:
«¿Cómo con ese andar tan perezoso
tan arriba subiste a visitarme?»
«Subí, señora-contestó el baboso-,
¡a fuerza de arrastrarme!»
¿Podemos ser águilas?, pues a volar. ¿No podemos?, ¡pues seamos babosos, pero arriba!
JAVIER.-¡Este piensa lo que piensa!
CLAUDIO.-Y sabe lo que dice.
JAVIER.-¡A Madrid!
CLAUDIO.-A Madrid, y tú nos mandas.
PLÁCIDO.-Convenido. A luchar. ¡Lucha prosaica, vulgar, mezquina! No esperéis nada grande. ¡No entraremos ciertamente en la ciudad troyana!
CLAUDIO.-Como entremos en una plaza de tres mil pesetas, a mí me basta.
PLÁCIDO.-A mí, no.
JAVIER.-Sea lo que el ministro disponga.
CLAUDIO.-¿Conque me llevas?
PLÁCIDO.-Te llevo.
CLAUDIO.-(A JAVIER.) ¡Pues acompáñame, para que entre los dos convenzamos a mi pobre abuela! ¡La pobre lo va a sentir mucho!
JAVIER.-Vamos allá.
CLAUDIO.-Y luego volveremos para rematar nuestro plan.
PLÁCIDO.-Hasta luego.
CLAUDIO.-Hasta luego.
JAVIER.-Adiós.
CLAUDIO.-(Aparte.) Este Plácido hará carrera: tiene talento.
JAVIER.-(Aparte.) Y poca aprensión.
CLAUDIO.-(Aparte.) Bien mirado, nosotros tampoco tenemos mucha. (Salen riendo CLAUDIO y JAVIER.)
Escena IV
PLÁCIDO; después, BLANCA.
PLÁCIDO.-Lo que importa es salir de aquí. Estos horizontes, con ser tan anchos, me ahogan. Y Blanca también viene con nosotros: me alegro. ¡Pobre Blanca! Blanca… <
BLANCA.-Buenas noches. ¿No está mi hermano?
PLÁCIDO.-Se fue ahora mismo. Ha dicho que le esperes.
BLANCA.-Se me hizo tarde. Me fui, como de costumbre, por el camino de la ermita. Y distraída y pensando…, me alejé… y la noche se vino encima. Hoy no traigo flores. ¿Para qué? No te gustan: siempre las encuentro por aquí… tiradas y marchitas… Además…, ya no podré traerte más flores… (Tristemente.) ¿Te lo ha dicho mi hermano?
PLÁCIDO.-Sí… ya sé que os vais a Madrid. ¡Poco contenta que irás a la corte!
BLANCA.-¡Contenta! Tú sabes que no. Lo dices porque te gusta atormentarme.
PLÁCIDO.-Pero no niegues que vas contenta. Irás con frecuencia al palacio del marqués: quizá te quedes a vivir con Josefina…
BLANCA.-¡Bonito porvenir! Yo no sé si Josefina habrá cambiado; pero cuando era niña…, ¡criatura más antipática no se puede encontrar! Se complacía en atormentarme. ¡Más lágrimas me ha hecho verter.
PLÁCIDO.-Eres ingrata, porque esta vez bien te ha servido.
BLANCA.-Es verdad. La pobre ha hecho lo que ha podido por nosotros y le debo gratitud: habrá cambiado. Pero está de Dios que lo mismo sus agravios que sus favores me cuesten lágrimas. (Llora bajito.)
PLÁCIDO.-(Aparte.) ¡Pobrecilla! (Alto.) Vamos, que ya te consolarás cuando en aquellos salones tan espléndidos luzcas hermosos trajes.
BLANCA.-¿Hermosos trajes? ¿Y con qué dinero los compro?
PLÁCIDO.-Josefina te regalará alguno de los suyos. ¡Es riquísima!
BLANCA.-¡Ah! (Con cierto orgullo.) «No tenemos la misma medida»: me vendrían estrechos. Además, mis trajes son los míos. Muy pobres, pero se moldearon en mi cuerpo. Quiero estameña que arrope mi propio calor, no blondas que se empeñó en amarillear el calor ajeno.
PLÁCIDO.-¡Eres altiva! Malos vicios llevas a la corte.
BLANCA.-Menos malos si no dejan hueco a los que allí pudiera recoger. ¡Pero te has empeñado en atormentarme esta noche! Yo venía angustiada: durante todo el paseo estuve llorando. Pensé encontrarte triste y te encuentro burlón. Yo creo que te regocija la idea que ya no vamos a vernos más.
PLÁCIDO.-Si tanto te apena el irte, ¿por qué le escribiste aquella carta a Josefina?
BLANCA.-Pensé que no haría caso, como no habían hecho caso de las cartas de mi hermano. Y Javier se empeñó… «que yo destruía con mi orgullo su porvenir…» ¡Qué sé yo…, debilidades…, tonterías…, que luego se pagan!
PLÁCIDO.-De todas maneras, resulta que entre tu hermano y yo, prefieres a tu hermano. Con él te vas…, y yo…, el pobre Plácido…, aquí se queda.
BLANCA.-¿De modo que tú no quieres que me marche a Madrid? (Con alegría.)
PLÁCIDO.-Yo no mando en ti, Blanca.
BLANCA.-(Con ansia amorosa.) Pero ¿te da mucha pena que me vaya?
PLÁCIDO.-Ya lo estás viendo.
BLANCA.-Pues. si lo sientes tanto, ¿por qué no me pides que me quede?
PLÁCIDO.-¡Ah! Tú obedecerás a tu hermano.
BLANCA.-Más te obedecería a ti si estuviese segura de que me quieres

















Post a Comment