e por interés propio.
BASILIO.-Ya sé que es usted muy compasivo. Pero mi compañero dirá que esos documentos valen mucho más. Si se tratase de otra persona de menos viso, bien pagados estaban. Pero usted…, ¡usted les da un valor inmenso!
PLÁCIDO.-(Nervioso.) En suma: ¿cuánto quieren ustedes?
BASILIO.-¡Por Dios, yo nada! ¡Usted me confunde con «el otro»!
PLÁCIDO.-(Más nervioso cada vez.) Pues «el otro», ¿cuánto pide?
BASILIO.-¿Y si le parece a usted mucho?
PLÁCIDO.-(Fuera de sí.) ¿Cuánto? ¡Una cifra!, ¡una cantidad!
BASILIO.-¡Mi compañero es muy inconsiderado!
PLÁCIDO.-¡Digo que cuánto!
BASILIO.-Calma, señor vizconde, calma. No nos precipitemos. Antes de fijar la cifra convendrá que usted conozca alguno de los documentos…
PLÁCIDO.-¡De los papeluchos!
BASILIO.-No me atrevo a contradecir al señor vizconde. De todas las pruebas del folleto, no citaré más que dos. Primera: una carta de un amigo de usted, don Javier, una gloria de España; otro de mis ídolos.
PLÁCIDO.-¡Basta de ídolos!… ¿Y qué?
BASILIO.-Esta carta está dirigida a un amigo de usted, don Claudio, y rompe con él toda clase de relaciones por no sé qué desafío.
PLÁCIDO.-Todo eso es absurdo. Y dado que existiese una carta así, sería antigua.
BASILIO.-¡Muy antigua! ¡Pero es admirable cómo la tinta de imprenta rejuvenece los escándalos!
PLÁCIDO.-(Preocupado, sombrío, nervioso.) ¿Y qué más? ¡El «segundo documento»!
BASILIO.-¡No me atrevo!… ¡Es tan infame, tan repugnante, tan calumnioso!… ¡No me atrevo…, no me atrevo! Figúrese usted: si yo no me atrevo a decirlo, lo que sería si se publicase!
PLÁCIDO.-¡Usted se ha empeñado en salir por el balcón!…
BASILIO.-¿Y quién le defendería a usted? ¿Quién le entregaría a usted esos papeluchos?
PLÁCIDO.-(Avanzando sobre él.) ¡Miserable! Acabe usted de contar la infamia que ha empezado.
BASILIO.-¿Usted me lo manda?
PLÁCIDO.-Lo mando.
BASILIO.-(Acercándose y en voz baja.) Antes de casarse la señora vizcondesa, tenía un criado de toda confianza: Tomás.
PLÁCIDO.-Sí.
BASILIO.-Usted no le despidió.
PLÁCIDO.-No.
BASILIO.-Hizo usted mal. Es una persona perversa; les paga a ustedes sus bondades como pagan los villanos… (Acercándose a PLÁCIDO y en voz baja.) Calumniando a la señorita Josefina. ¡Pero de qué modo!… Y suponiendo en usted una bajeza de sentimientos, o si se quiere…, una «magnanimidad»… (PLÁCIDO, fuera de sí, se arroja sobre BASILIO; éste se levanta; PLÁCIDO le coge por los brazos violentamente y quedan los dos en pie, muy juntos: PLÁCIDO, sujetándole los brazos; BASILIO no se defiende, sonríe tranquilo.)
PLÁCIDO.-¡Miserable!
BASILIO.-¡Cuántos miserables hay en este mundo, señor vizconde!
PLÁCIDO.-¡Sí…, «el uno» y «el otro»…, y muchos más!
BASILIO.-No lo sabe usted bien.
PLÁCIDO.-Pero ¡yo puedo aplastarlos a todos!, ¡y a usted con ellos!
BASILIO.-Señor vizconde, cualquiera que entrase de pronto y nos viese tan cerca UNO de OTRO, pensaría que éramos «tal» para «cual».
PLÁCIDO.-Es cierto. (Le deja libre.) Hay que concluir: «Precio».
BASILIO.-Treinta mil.
PLÁCIDO.-¿Treinta mil reales?
BASILIO.-No es moneda legal.
PLÁCIDO.-¡Treinta mil pesetas!
BASILIO.-«E1 otro» vivió mucho tiempo en América y se acostumbró a contar por «pesos»
PLÁCIDO.-¡¡Treinta mil duros!! ¿Están ustedes locos?
BASILIO.-(Se acerca a PLÁCIDO y habla en voz baja y muy dulce.) Como «liquidación» de todo el «pasado» del señor vizconde, no me parece excesiva la cantidad. ¿Quién puede cerrar el paso en adelante al señor vizconde? ¡Podrá serlo todo; llegar a todo! Piénselo bien; piénselo bien; el negocio no me parece malo. Lo que yo temo es que si mi compañero sabe que el señor vizconde está a punto de subir más…, sea más exigente. Son consejos de un amigo…, si el señor vizconde me permite emplear esta palabra. ¡Oh!, el señor vizconde tiene talento, mucho talento, y es hombre práctico.
PLÁCIDO.-Tendrá usted la cantidad. Traiga usted inmediatamente esos papeles.
BASILIO.-¿Palabra de honor?
PLÁCIDO.-(Con desprecio.) Palabra de honor,
BASILIO.-Entre caballeros, eso basta. (Sale haciendo saludos respetuosos.)
Escena XII
PLÁCIDO; después, CRIADO; luego, JOSEFINA.
PLÁCIDO.-(Procurando convencerse.) ¡Ah miserable!…, ¡miserable!… ¡Yo no he sido así!…, ¡no he sido como tú!… ¡Hay mucha distancia del ingenio…, de la travesura…, a la infamia!, ¡a la villanía! ¡Ese hombre va bordeando el presidio! ¡Yo, nunca! (Con repugnancia y agitándose y paseando como queriendo salir de sí.) ¡Y yo que he tocado a ese ser envilecido! Pero ¿adónde va esta sociedad?, ¿adónde vamos todos con esta podredumbre que nos cerca, que nos asalta; que nos llega a los labios? ¡Asco y miseria! ¡Sí, romper con el pasado, olvidarlo!… ¡No arrastrarse más! Pero ¡para ello, para quedar libre…, necesito esa suma…, y en este momento no la tengo! Yo no tengo nunca oro mío…, ¡mío! ¡No; el asunto no puede quedar para mañana! No hay otro medio. (Después de pensarlo, toca el timbre.)
CRIADO.-Señor…
PLÁCIDO.-Entre usted y diga a la señora que venga en seguida, ¡pronto! (Sale el CRIADO por la izquierda. Enjugándose la frente, febril, mirando el reloj.) Dos minutos para que venga Josefina. Media hora para que venga ese tunante…, y todo habrá concluído…, todo…, y libre…, ¡Libre para siempre! Por precaución hice que vinieran Blanca y Javier…, pero ya sería inútil. No…, inútil, no… Bueno es que vean a Javier en mi casa. Javier da honra. El pobrecillo no puede dar otra cosa. (Riendo.) Pero es algo…, es algo. ¡Ah…, ya viene Josefina!
JOSEFINA.-(Entra elegantísima.) ¿Qué querías? Dilo pronto. Me está esperando el coronel.
PLÁCIDO.-¡Ah!… (Conteniéndose.) Pues en dos palabras. Necesito «dinero» inmediatamente.
JOSEFINA.-¿Y para eso me llamas? ¡También es impertinencia!
PLÁCIDO.-Es que lo necesito ahora mismo.
JOSEFINA.-Pídeselo a papá.
PLÁCIDO.-Para eso te llamé; para que se lo pidas tú.
JOSEFINA.-¿Es que tú no te atreves? (Con burla.) ¡Ay, qué corto de genio se nos ha vuelto! Antes no eras así. ¡Ea, déjame, tengo que decir una cosa muy importante a aquellos señores! (Haciendo un saludo burlesco.)
PLÁCIDO.-¡Más importante es lo mío! ¡Lo tuyo siempre será coquetería!
JOSEFINA.-¡Calla, por Dios!
PLÁCIDO.-¡Josefina, que me va en ello la honra…, y a ti también!
JOSEFINA.-(Riendo.) Bueno; pues ocúpate tú de nuestras dos honras. Esa es cuenta tuya. Yo bastante tengo con mis coqueterías, como tú dices. ¡Adiós.!
PLÁCIDO.-(Fuera de sí y poniéndose delante.) ¡No…, no sales!
JOSEFINA.-(Revolviéndose.) ¡Plácido! ¡Más bajo, que pueden oírnos! Allá en el pueblo, en el campo…, tomaste la mala maña de hablar a gritos, y no has perdido la costumbre. Aquí es otra cosa.
PLÁCIDO.-(Conteniéndose.) Tienes razón. ¿Tú no tendrás esa cantidad?
JOSEFINA.-Yo no sé qué cantidad es ésa, ni yo tengo nada. Los últimos cupones que cobré se los llevó la modista francesa. Ya recordarás que no pude darte ni cinco mil pesetas que necesitabas, no sé para qué. Siempre sería algún despilfarro. Conque déjame tranquila y acude a papá.
PLÁCIDO.-Por Dios, Josefina, acude tú por mí. ¡Te lo ruego! ¡Son momentos críticos para todos!
JOSEFINA.-¡Yo!…, ¡no en mis días! Le tengo muy cansado a papá. ¡No…, no… y no! Y déjame, porque me voy poniendo nerviosa y lo van a notar aquéllos.
PLÁCIDO.-Basta. Vete. Pero al menos dile a tu padre que venga; que tengo que hablarle de un asunto importantísimo.
JOSEFINA.-¡Convenido; te lo enviaré! ¡Buena jaqueca le vas a dar! Adiós… (Deteniéndose cerca de la puerta) ¿Sabes lo que te digo, Plácido? Que nos vas saliendo muy caro a todos.
PLÁCIDO.-(Amenazando.) Josefina!
JOSEFINA.-«¡Mío caro, caro mío!» (Saliendo y burlándose.)
Escena XIII
PLÁCIDO; luego, un CRIADO; después, el MARQUÉS.
PLÁCIDO.-¡Ni alma!…, ¡ni corazón!…, ¡ni siquiera hermosura! ¡Este pasado sí que no lo redimo como el otro con treinta mil duros!… ¡Una gota, aunque no sea más que una gota de rocío! (Toca un timbre, y aparece un CRIADO.) Cuando vengan don Javier y la señorita Blanca, que pasen por aquí. Usted mismo les hace entrar.
CRIADO.-Sí, señor. (Sale.)
PLÁCIDO.-¡Cuánto tarda el marqués! ¡Fuego lento!, ¡esto es fuego lento!… Al fin…
MARQUÉS.-¿Me llamabas, Plácido?
PLÁCIDO.


















Post a Comment