Хосе Эчегарай. Пресмыкаясь. José Echegaray. A fuerza de arrastrarse
Uncategorized June 19th, 2006
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37;, mucha gente.
JOSEFINA.-¡Qué murmuraciones, qué calumnias! No puede una ser más amable con los amigos, porque la amabilidad la convierten en coquetería; y la coquetería la confunden…,¡Dios me perdone!
CLAUDIO.-¿Tiene que perdonarle a usted algo?
JOSEFINA.-¡Qué bromista! No, pues el asunto es serio.
CLAUDIO.-Esos son los que a mí más me gustan. ¡Nada de farsas!
JOSEFINA.-Pues por eso acudo a usted.
CLAUDIO.-Y si hay peligro, ¡mejor!
JOSEFINA.-Cabalmente, por eso pido protección a don Claudio, porque puede haber peligro.
CLAUDIO.-¿Para quién?
JOSEFINA.-Para usted.
CLAUDIO.-(Aparte.) ¡Demonio! (Alto.) Pues me da usted un alegrón. (Riendo.)
JOSEFINA.-¿Conoce usted a don Víctor Marcial?
CLAUDIO.-¡Don Víctor Marcial!… ¡Don Víctor Marcial!… (Haciendo memoria.) Me suena, me suena ese nombre… Uno que está siempre en el extranjero y que es muy espadachín… (Algo distraído.) Yo creo que es el que herí o maté hace dos años en Nápoles.
JOSEFINA.-(Asombrada) ¿Qué lo mató usted?… ¡Ojalá!… Pero debe de ser otro.
CLAUDIO.-¡Ah, sí!… ¡Qué distracción!… El muerto fue otro. ¿Y qué?… Porque todavía no comprendo.
JOSEFINA.-Ese también es espadachín. Y por eso decía yo que iba usted a correr un peligro.
CLAUDIO.-¡Para mí el peligro no es nada! ¡Absolutamente nada! ¡El peligro y yo nos conocemos! «Sobre todo él a mí.»
JOSEFINA.-Pues por eso acudo a usted. Ese hombre es un villano. Me calumnia en mi reputación.
CLAUDIO.-¡Un villano…, un infame…, un miserable!… (Mirando a todos lados por si le oyen.)
JOSEFINA.-Calma, querido Claudio. Primero se apuran las vías pacíficas.
CLAUDIO.-Aunque usted no lo crea, ésta es mi especialidad: las vías pacíficas.
JOSEFINA.-Después se tomará otro camino.
CLAUDIO.-Otro camino… (Aparte.) para escapar.
JOSEFINA.-¿Pues creerá usted que ha tenido la desfachatez de presentarse esta tarde en mi salón?
CLAUDIO.-¿De modo que le tenemos cerca?
JOSEFINA.-Ahí está…
CLAUDIO.-Entonces… (Levantándose para marcharse.)
JOSEFINA.-¡Calma, por Dios! No está bien que provoque usted un escándalo en mi casa.
CLAUDIO.-Pierda usted cuidado; no estoy dispuesto a provocar un escándalo. ¡Cuando me lo presenten le trataré cortésmente!…, ¡afectuosamente!…, ¡amistosamente!
JOSEFINA.-Hasta que salgan ustedes. Y entonces…
CLAUDIO.-Entonces será otra cosa. Déjeme usted correr con el asunto.
Escena IX
JOSEFINA, CLAUDIO y el MARQUÉS.
MARQUÉS.-Amigo don Claudio, ¿quiere usted venir conmigo? Josefina se empeñó antes en que le presentase a usted a don…
CLAUDIO-A don Víctor.
MARQUÉS.-Justamente.
CLAUDIO-Me lo acaba de decir.
MARQUÉS.-Le he anunciado la presentación, y está esperando… De modo…
CLAUDIO.-Con mucho gusto.
JOSEFINA.-(Aparte, a CLAUDIO.) Por el pronto, mucha amabilidad.
CLAUDIO.-¡A quién se lo dice usted!… Pero estoy nervioso y acaso fuera mejor que lo dejásemos para otro día.
JOSEFINA.-No, ha de ser hoy mismo. Usted sabrá contenerse.
CLAUDIO.-¡Saber contenerme!… ¡Ah!, ¡aunque me insulte!
JOSEFINA.-Todavía no hay motivo.
CLAUDIO.-Ni lo habrá nunca. Es decir, que no llegaremos a ese caso.
MARQUÉS.-¿Viene usted, don Claudio?
CLAUDIO.-Estoy a sus órdenes, (Salen CLAUDIO y el MARQUÉS.)
Escena X
JOSEFINA, PLÁCIDO y un CRIADO.
JOSEFINA.-¿Qué noticias?
PLÁCIDO.-Buenas. Es seguro.
JOSEFINA.-¡Gracias a Dios! Voy a ver la presentación de Claudio. (Sale.)
PLÁCIDO.-(Toca un timbre. Aparece un CRIADO.) ¿No ha venido un joven a buscarme?
CRIADO.-Sí, señor; ahí espera, y dijo don Claudio que cuando el señor estuviese solo que le avisásemos.
PLÁCIDO.-Dígale usted que entre. (Vase el CRIADO.) ¿Qué clase de hombre será? Conviene tantear el terreno y caminar con prudencia. Más listo que yo no ha de ser. (Riendo.) Cuando más, «otro yo». ¡Sería curioso verme «yo» ante «mí mismo»! (Ríe con risa forzada. Por la pequeña puerta lateral, el CRIADO introduce a BASILIO.)
CRIADO.-Allí está el señor vizconde. (En voz baja.)
BASILIO.-(Lo mismo.) Ya le veo, ya le conozco. (Sale el CRIADO.)
Escena XI
PLÁCIDO y BASILIO. Este es joven, viste modestamente, es un bohemio, pero no un andrajoso;
delgado, pálido, mirada entre cínica y astuta.
PLÁCIDO.-(Aparte.) ¡Bah! Será cuestión de cuatro o seis mil reales a lo sumo. (Alto.) Acérquese usted. (BASILIO se acerca lentamente con fingida timidez.) No tenga usted miedo.
BASILIO.-No es miedo, señor vizconde, es emoción natural. ¡Verme yo ante usted! ¡Ante el hombre a quien tanto he admirado! ¡Yo nada soy, un pobre diablo, un náufrago de la vida; pero usted ha sido siempre para Basilio el ser superior a quien se admira desde lejos!
PLÁCIDO.-¿De modo que usted siente por mí verdadera simpatía?
BASILIO.-¡Ah, señor vizconde!
PLÁCIDO.-¡Será una simpatía muy profunda!
BASILIO.-¡Profunda! ¡Inmensa!
PLÁCIDO.-(Riendo y aparte.) Esa clase de simpatías sentí yo; iguales. (Alto.) Acérquese más y siéntese.
BASILIO.-¡Sentarme yo, estando delante de usted!
PLÁCIDO.-Siéntese usted y hablemos como amigos.
BASILIO.-Por obedecer a usted. (Se sienta aparentando timidez.) ¡Pero ser su amigo! ¡Yo no merezco tanto! ¡Yo no puedo ambicionar honra tan grande!
PLÁCIDO.-Pues yo, por lo que había oído, imaginé que usted no me quería bien.
BASILIO.-¿Yo señor vizconde, yo? ¿Yo, que le venero?
PLÁCIDO.-Gracias, esas cosas me las sé de memoria. Pero ¿no cree usted que tanto afecto es empalagoso?
BASILIO.-¡Señor vizconde!…
PLÁCIDO.-No me dejo engatusar por palabras. Quiero obras, amigo Basilio. ¿No se llama usted Basilio?
BASILIO.-Ese es mi nombre.
PLÁCIDO.-Pues hablemos claro. ¿No me amenaza usted con publicar un folleto infamante, apoyado en no sé qué cartas y documentos?
BASILIO.-¿Yo, señor vizconde?
PLÁCIDO.-¿No ha sido usted el que ha escrito ese libelo?
BASILIO.-(Con energía.) No, señor.
PLÁCIDO.-¿Pues quién?
BASILIO.-(Acercándose y en tono confidencial y enfático.) «¡El otro!»
PLÁCIDO.-¿Y quién es «el otro»?
BASILIO.-¡El otro! Mi amigo…, no. Mi compañero, ¡qué tristeza! Mi allegadizo. En el mar, las olas juntan a veces, caprichosas, los restos de un naufragio. Por ejemplo, la cuna de un niño y el mango de un hacha de abordaje. Pues en el naufragio de la vida las olas nos han juntado «al otro» y «a mí»; yo soy la cuna. ¡Él es el hacha!
PLÁCIDO.-(Con impaciencia.) ¿Cómo se llama? ¿Quién es?
BASILIO.-Usted me pregunta… ¡Ah, perdone vuecencia, no le daba tratamiento! ¡Es que estoy aturdido!
PLÁCIDO.-Déjese de tratamiento y conteste: ¿cómo se llama el amigo de usted?
BASILIO.-¡Qué importa su nombre! En su vida aventurera y criminal…, ¡hasta criminal!, señor vizconde…, ha tenido muchos. Llamémosle «El otro». ¿Quién es? Un malvado, capaz de todo. Hace el mal por codicia, por odio o por amor al arte. Emplea la fuerza o la astucia. Y cuando es preciso, se arrastra como un reptil y ¡muerde! ¡Labios de víbora que la adulación endulza! ¡Ah, usted no comprenderá esto! Usted, un ser noble, puro, que ha luchado y ha vencido, nunca por medios vergonzosos, sino por energías soberanas de su voluntad.
PLÁCIDO.-(Colérico.) Basta de elogios. ¡Basta!
BASILIO.-¡También modesto!
PLÁCIDO.-Siga usted y acabe, que entre las muchas virtudes que usted justamente reconoce en mí, falta una: la paciencia.
BASILIO.-Lo que me queda por decir, usted lo adivinará fácilmente. La verdad es que «el otro» se encuentra…, que «los dos nos encontramos en una situación muy difícil. Y digo «los dos», porque la fatalidad me amarró a «ese hombre».
PLÁCIDO.-Abreviemos. ¿Usted cree que su compañero está dispuesto a venderme esos papeluchos y a dejarme en paz?
BASILIO.-Estoy seguro.
PLÁCIDO.-Pues aceptado el trato. No porque a mí me importe nada de todo eso que usted cuenta. Veo que tiene usted talento. Y quiero protegerle a usted. Joven, salga usted de apuros, que yo simpatizo con la juventud. Tome usted. (Saca una cartera, de ella un billete de mil pesetas y se lo da.)
BASILIO.-¡Ah señor vizconde!… ¡Sí, usted me salva!… ¡Usted es mi padre!… (Quiere abrazarle, pero PLÁCIDO le rechaza.)
PLÁCIDO.-Bueno, gracias. (Aparte.) Yo también tuve padres por el estilo. (Alto.) Ahora, déme usted los papeles de que hablábamos.
BASILIO.-Pero si yo no los tengo.
PLÁCIDO.-(Cada vez más impaciente.) ¿Pues quién?
BASILIO.-«El otro».
PLÁCIDO.-Pues tráigalos en seguida. Cuando yo examine los documentos que usted dice, le daré otras mil pesetas para su compañero. ¡Y a concluir pronto, que todo esto me repugna! Más bien cedo por lástima hacia ustedes qu










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