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Хосе Эчегарай. Пресмыкаясь. José Echegaray. A fuerza de arrastrarse


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sano.
PLÁCIDO.-De todas maneras, Blanca no ha querido decir lo que usted supone.
JOSEFINA.-Pues entonces, ¿qué ha querido decir? No, yo soy a mi manera. Yo quiero que me den la razón o que me la quiten.
PLÁCIDO.-¿Quién es capaz de negar que Josefina tiene siempre razón?
BLANCA.-Nadie; ni yo.
JOSEFINA.-Es decir, ¿que te das por vencida?
BLANCA.-Ahora y siempre me doy por vencida.
JOSEFINA.-(Riendo con cierta crueldad.) Pues. los vencidos, ¿sabes tú lo que hacen?
BLANCA.-Resignarse.
JOSEFINA.-Resignarse y apelar a la fuga; sobre todo si el vencimiento es derrota, ¿no es así, Plácido?
PLÁCIDO.-¡Qué bromista! (No sabe qué decir; está violento.)
JOSEFINA.-¿No me entiendes?
BLANCA.-¿Quieres que me vaya?
JOSEFINA.-La modista está arreglando mi vestido. Papá dice que para estas cosas, tú tienes buen gusto.
BLANCA.-Pues iré.
JOSEFINA.-Y te pones mi traje… Me ahorras la primera prueba.
BLANCA.-(Con cierta ironía, fina venganza de mujer.) Eso sería inútil; no tenemos el mismo cuerpo. Y si lo dudas, que lo diga Plácido, a ver si en eso te da también la razón. (Dirigiéndose a la puerta.)
JOSEFINA.-¿Por qué no?
BLANCA.-(Ya en la puerta y riendo.) Es capaz. (Sale.)

Escena VIII

JOSEFINA Y PLÁCIDO.

JOSEFINA.-En fin, ya nos dejó solos, que es lo que yo quería. PLÁCIDO.-¿Deseaba usted decirme algo?
JOSEFINA.-¿Es que yo no me intereso por usted?
PLÁCIDO.-¿De veras? ¿Lo dice usted por bondad o porque lo siente?
JOSEFINA.-¿Se figura usted que yo soy como Blanca?
PLÁCIDO.-Eso sí que no me lo figuro.
JOSEFINA.-Todos sabemos que va usted a tener un duelo muy grave; y ella, indiferente…, y yo…
PLÁCIDO.-¿Y usted…?
JOSEFINA.-Yo, por lo regular, duermo nueve horas; pues anoche no dormí más que ocho…, y soñé con el duelo.
PLÁCIDO.-¿Usted se desvela por mí? Pero ¿es posible? ¡Sería demasiada dicha!… Siente usted la necesidad de protegerme… Velando un ángel como usted por mí, no temo nada… (Acercándose y fingiendo apasionamiento.) Josefina es mi ángel tutelar!
JOSEFINA.-Esas cosas que usted dice son las que a mí me gustan.
PLÁCIDO.-Voy a sonrojarme.
JOSEFINA.-¡Sonrójese usted! El color encendido sienta bien.
PLÁCIDO.-Voy a sonrojarme más, sólo por darle gusto a usted.
JOSEFINA.-No…; está usted bien así. Está usted a punto, y me va usted a decir la verdad.
PLÁCIDO.-¡No sé mentir!
JOSEFINA.-¿A quién prefiere usted: a Blanca o a mí?
PLÁCIDO.-Mire usted que la contestación a esa pregunta es peligrosa; porque voy a decir a usted… lo que no debo decir…, ¡lo que debiera quedar para siempre abrumado por lágrimas en lo más profundo de mi corazón!
JOSEFINA.-Pues lo diré de otro modo…, y conste que estamos de broma… ¿Con quién preferiría usted casarse: con Blanca o conmigo?
PLÁCIDO.-Es una broma, pero una broma cruel.
JOSEFINA.-Conteste usted, conteste usted… Dicen que soy caprichosa, pero quiero que conteste usted…, ¡lo quiero, lo quiero!
PLÁCIDO.-¡Pero si usted no querrá nunca ser mía!… ¿Qué soy yo?
JOSEFINA.-¡Qué terco!… Usted es un hombre de talento, lo dicen todos. ¡Cómo le aplaudían a usted en el teatro! ¡Usted escribe muy bien!… Digo, el en defensa de papá. ¡Y es usted valiente…, ya lo creo…, y fuerte! ¡A mí, tan poca cosa como soy, me enamora un hombre de bríos!… (Riendo y provocativa.) ¡Y, además, con la protección de papá y de don Romualdo, y de todos, será usted famoso, y será usted diputado, y culpa de usted será si no llega a ministro! ¡Pues con un ministro no tendría nada de particular que yo me casase! Me parece…, ¡no sé si será usted de la misma opinión!
PLÁCIDO.-Presentarme esas visiones divinas de felicidad para desvanecerlas con un soplo…, no es tener compasión de mí, Josefina… ¡Mi única esperanza es morir en ese duelo!…
JOSEFINA.-No se ponga usted triste, que voy a ponerme triste yo también y va a darme el ataque de nervios.
PLÁCIDO.-¡Eso, no!… ¡Que no le dé a usted!
JOSEFINA.-Lo que usted quiere es no contestar a mi pregunta, a la que antes le hice. ¡Pues ha de contestar, ha de contestar o reñimos para siempre!
PLÁCIDO.-¡Reñir con usted, no! ¡Es usted mi esperanza!…, ¡es usted mi ambición!…, ¡es usted mi presa!… (Lo dice con verdad, con pasión, brutalmente, apretándole un brazo.)
JOSEFINA.-¡Ay…, que me hace usted daño! ¡Qué fuerza tiene este hombre… y cómo le brillan los ojos! (Riendo más y más.)
PLÁCIDO.-(Separándose.) ¡Perdón, Josefina!
JOSEFINA.-No; si no me enfado; si aún podría resistir más.
PLÁCIDO.-No supe lo que hice.
JOSEFINA.-Mejor. Es como salen mejor las cosas: cuando no se piensa en ellas. ¿De modo que yo sería la preferida?
PLÁCIDO.-Sí.
JOSEFINA.-(Riendo.) ¡Pobre Blanca!
PLÁCIDO.-¡Pobre Blanca!
JOSEFINA.-No le tenga usted lástima. Ella no se parece a nosotros.
PLÁCIDO.-No se parece.
JOSEFINA.-Ella será feliz de otro modo… Allá en el pueblo… vivirá a su gusto. Si se casase usted con Blanca y se fueran ustedes a Retamosa del Valle…, ¡qué vida…, qué aburrimiento! Yo he pasado en el pueblo una temporada, y creí morirme. Irían ustedes los días de fiesta a alguna de aquellas romerías tan ordinarias… ¿no las recuerda usted, Plácido? ¡Qué mozas y qué mozos, y qué amoríos!
PLÁCIDO.-¡Si las recuerdo!…
JOSEFINA.-Se pone usted triste…, lo comprendo.
PLÁCIDO.-¡Si las recuerdo!…
JOSEFINA.-Pues olvídelas. En cambio, si eso que suponíamos antes… se realizase… Vamos, si nos casáramos…, iríamos a París, a Londres, a Berlín… ¡Qué palacios…, qué trenes…, qué fiestas!… ¡Cómo me envidiarían las mujeres! Ir del brazo de usted, de un hombre de talento y de fama, que ha sido ministro y que es muy rico, debe de dar mucha envidia. ¡Dirán que soy muy mala, pero dar mucha envidia me calma los nervios lo que usted puede figurarse!
PLÁCIDO.-¡Pero eso es un sueño!
JOSEFINA.-¿Quién sabe?… Acaso de usted depende que no lo sea.
PLÁCIDO.-¿Qué he de hacer? Estoy dispuesto a todo.
JOSEFINA.-En primer lugar, no dejarse matar por ese matón.
PLÁCIDO.-¿Por Claudio? (Riendo.) Eso corre de mi cuenta. ¡Claudio no me mata!… ¡Le digo a usted, Josefina, que no me mata!
JOSEFINA.-¡Es usted un valiente!… Eso me gusta. ¡Está usted tan sereno como si se preparase para ir al teatro!
PLÁCIDO.-Lo mismo. Si pudiera usted poner la mano sobre mi corazón, se convencería usted de que late tranquila y reposadamente.
JOSEFINA.-(Con malicia.) ¿Conque su corazón de usted está tranquilo? ¿Aun después de haber estado hablando conmigo tanto tiempo?
PLÁCIDO.-¡Cómo juega usted conmigo! ¡Sea usted compasiva: me declaro vencido!
JOSEFINA.-No sé…, no sé…
PLÁCIDO.-Tiéndame usted su mano misericordiosa.
JOSEFINA.-(Empezando a tender la mano.) ¿Y si se queda usted con ella?
PLÁCIDO.-Corra usted ese riesgo por mí. ¿O es usted más cobarde que yo?
JOSEFINA.-¿Cobarde?… ¡No!… (Le da la mano; él se apodera de ella con fingida pasión y la besa.) Eso no es valentía, sino atrevimiento.
PLÁCIDO.-¡Es locura, es delirio!… ¡Josefina!… (Se ve venir lentamente a TOMÁS.)
JOSEFINA.-¡Tomás!… (Soltando la mano.) ¡Qué rabia!…, ¡qué pesado!…, ¡qué inoportuno!
PLÁCIDO.-¡Si no fuera porque usted le quiere mucho…, ya le trataría como se merece!
JOSEFINA.-Trátele usted como quiera. ¡Es inaguantable!
PLÁCIDO.-¿Usted me autoriza?
JOSEFINA.-Plenamente; ya no le puedo sufrir.
PLÁCIDO.-Ahora verá usted. (Aparte.) ¡Gracias a Dios! ¡Empieza mi desquite!

Escena IX

DICHOS y TOMÁS.

TOMÁS.-(Con mal tono.) Lo que pensé: los dos.
PLÁCIDO.-¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Quién le ha llamado a usted?
TOMÁS.-¿Oye usted, señorita Josefina?
JOSEFINA.-Déjeme en paz.
TOMÁS.-Pero ¿es que den Plácido es ya el amo?
JOSEFINA.-¿Y qué que lo sea?
PLÁCIDO.-¡Lo, soy! ¡Y como soy el amo, te mando a los infiernos, mentecato!
JOSEFINA.-Bien, bien manda usted, Plácido; así me gusta.
TOMÁS.-(Casi llorando.) ¡Yo mentecato…, yo imbécil!… ¡Pues que los sorprendan a ustedes! ¡Ahí viene gente! ¡Me alegro! ¡El amo! ¡Ya es el amo!… (Sale aturdido y vacilante.)
JOSEFINA.-¡Dice que viene gente!… ¡Adiós, Plácido! (Va hacia la puerta.)
PLÁCIDO.-Pero, todo lo que me ha dicho usted, ¿habrá sido un sueño? (Siguiéndola.)
JOSEFINA.-No sé…, pero yo estaba muy despierta. (Se dan la mano. Él la besa y ella sale corriendo, ríe.)

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