Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18


Email This Post Email This Post | Print It Print It |
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...
| 39 views

do?
PLÁCIDO.-¡La adulación es el arma más poderosa y el arma más universal! Adula el que requiere de amores a la mujer a quien no ama, y aunque la ame; adula el que va a pedir un favor, y la Humanidad se pasa la vida pidiendo favores; adula el humilde al poderoso y el cortesano al monarca; y los emperadores adulan a sus pueblos; y los generales a sus soldados para que se dejen matar; ¡y cuántos que alardean de piadosos adulan, impíos, a su Dios para que les conceda un rinconcito del cielo! ¡Ay! ¡Si Dios no tuviera cielos que repartir, cuántos beatos menos habría!
BLANCA.-¡Eso, no; no calumnies el alma humana; emborrona la tuya, no las demás!
PLÁCIDO.-Me hacéis perder fuerzas con vuestras impertinencias morales…
BLANCA.-(Con cariño.) ¡Olvida tus ambiciones, que no son buenas, Plácido!
PLÁCIDO.-¡No exageremos! Mis mentiras y adulaciones, ¿qué daño causan? Decidme, si podéis, ¿a quién hago daño?
BLANCA.-A ti.
PLÁCIDO.-¿Cómo, si voy subiendo?
BLANCA.-Degradándote.
PLÁCIDO.-No lo veo tan claro.
BLANCA.-Esa es tu perdición, que no lo ves claro.
JAVIER.-¿De modo que no logramos convencerte?
PLÁCIDO.-No.
JAVIER.-¿Y seguirás tu camino?
PLÁCIDO.-Seguiré.
BLANCA.-¿Nada somos para ti, nada, Plácido?
PLÁCIDO.-¡Unos benditos de Dios! Pero atended. Para toda esa gente, yo soy el bueno, el simpático, el honrado, el leal. Y vosotros, ¿sabéis lo que sois vosotros? ¡Los envidiosos, los traidores, los egoístas! Hace poco me lo decía el marqués con profunda indignación. Esa es la justicia del mundo, y ahora, ¡sacrificaos por esa gente! Aunque no sea más que por vengaros, he de escarnecerlos.
BLANCA.-¿Nada somos para ti, nada, Plácido?
PLÁCIDO.-¡Qué queréis…, hay algo superior a la voluntad!
BLANCA.-Sí; hay algo…, y ésa era mi última esperanza; pero ya no la tengo.
PLÁCIDO.-¿Y qué era?
BLANCA.-Si tú no lo sabes, yo no lo digo.
PLÁCIDO.-Calla…, creo que viene alguien.
BLANCA.-No temas; no iba a decir nada.

Escena V

DICHOS y TOMÁS.

PLÁCIDO.-¡Ah!… Es Tomás… Volvamos a mi papel. (Con mucha amabilidad.) Entre usted, entre usted, Tomás. ¿Me buscaba usted? ¿Deseaba usted algo?
TOMÁS.-Desear…, nada. Por mí, nada.
PLÁCIDO.-¿Le manda a usted la señorita Josefina?
TOMÁS.-La señorita Josefina no tiene para qué mandarme. Me manda el señor marqués. (Mirando a todas partes con curiosidad.)
PLÁCIDO.-¿Acaso quiere hablarme?
TOMÁS.-A usted, no, señor. A quien me ha mandado que busque, y a quien desea hablar al momento, es a don Javier.
JAVIER.-¿A mí?
TOMÁS.-Tiene usted que llevar al director del periódico, de parte del señor marqués, una , y además creo que tiene que darle a usted otro encargo.
JAVIER.-¿Cuál?
TOMÁS.-Él se lo dirá a usted de palabra. ¿La señorita Josefina no ha venido?
PLÁCIDO.-No ha venido. Ni merezco la honra de que me visite.
TOMÁS.-Claro está que no. Pero pensé si habría tenido la curiosidad de ver la nueva habitación de usted. Buena es…, buena… El señor marqués le cuida a usted.
PLÁCIDO.-El señor marqués es muy bondadoso…, demasiado bondadoso.
TOMÁS.- Demasiado. Conque, don Javier, ya lo sabe usted.
JAVIER.-Voy en seguida.
PLÁCIDO.-Si usted quiere, puede sentarse…
TOMÁS.-Tengo que ir allá. Me espera la señorita. Buen alojamiento, bueno, bueno. (Dirigiéndose a la puerta.) Que lo goce usted muchos años. Porque mejor que éstos, los salones del palacio del señor marqués. No hay más. ¡Eh!…, ¿no digo bien?… (Se marcha hablando en voz baja y para sí.) Plácido…, don Plácido…, el excelentísimo señor don Plácido… A eso vamos…, a eso vamos.

Escena VI

BLANCA Y PLÁCIDO. BLANCA, sentada y ocultando el rostro entre las manos.

PLÁCIDO.-¿En qué piensas, Blanca?
BLANCA.-En que forma contraste muy doloroso la dulzura con que tratas a ese criado antipático y grosero, que te odia…, ése sí que te odia…, y la dureza con que nos tratas a Javier y a mí.
PLÁCIDO.-Exigencias de mi situación… y de la comedia que represento.
BLANCA.-Ya lo sé. Ese hombre puede hacerte daño; nosotros, no.
PLÁCIDO.-Ese hombre es un muñeco ridículo, a quien trataré como merece el día en que pueda darle su merecido. Vosotros… ya os he dicho lo que sois para mí.
BLANCA.-¡Nosotros!… (Levantándose.) ¿Y yo qué soy? Quiero saberlo de una vez, y por eso me he quedado. Sobre todo, no me engañes como a los demás.
PLÁCIDO.-A ti, nunca. A ti me presento sin careta. Tú eres la única a quien no me da vergüenza mostrar las luchas dolorosas de mi alma.
BLANCA.-¿Luego luchas todavía? (Con esperanza.)
PLÁCIDO.-No; he luchado. He vencido. A otra mujer la engañaría; a ti, no, Blanca. Estoy en el centro del torbellino, de mis locuras o de mis ambiciones., como tú quieras; no sé adónde me llevará el torbellino.
BLANCA.-Yo, sí. A esos salones del marqués, como decía Tomás hace poco. ¡Niégalo!
PLÁCIDO.-No puedo negarlo, porque no puedo adivinar el porvenir.
BLANCA.-Yo, sí, te lo repito. ¡Has salvado la vida al marqués, su gratitud es inmensa! Eres simpático, tienes talento, empiezas a tener fama, todos te aplauden…; y Josefina está enamorada de ti…, ¡como ella puede enamorarse!…, pero llamémosle amor a lo que siente; y el padre agradecido, y la hija apasionada, y tú ambicioso y sin conciencia, la solución es natural y fácil. ¡Te casarás con Josefina, y serás millonario, y serás poderoso, y tendrás un título, y debajo de todo eso serás un ser villano y despreciable, un harapo que yo no recogería allá, en nuestro pueblo, de la rodada que dejan en el barro las ruedas de nuestras carretas!
PLÁCIDO.-¡Insúltame! Hay en tus. insultos no sé qué de misteriosa dulzura. ¡Prefiero tus insultos a tú llanto, Blanca!
BLANCA.-No lloro por orgullo; pero me cuesta mucho tragarme mis lágrimas. Yo tampoco te engaño.
PLÁCIDO.-¡Blanca!… ¡Blanca!… Dime algo.
BLANCA.-No sé qué decirte.
PLÁCIDO.-¿En qué piensas?
BLANCA.-En un recuerdo.
PLÁCIDO.-¿Cuál?
BLANCA.-Como ahora me dices…, porque me lo has dicho como se dicen estas cosas, que no me quieres, pensaba en la primera vez que me dijiste que me querías.
PLÁCIDO.-¿Cuando fue? ¿Cómo fue?
BLANCA.-¿No lo recuerdas?
PLÁCIDO.-No.
BLANCA.-¡Fue un día de fiesta…; era ya de noche…; veníamos por el monte de una de aquellas romerías tan alegres!… Javier y Claudio, detrás. Nosotros dos, delante y silenciosos; habíamos reído mucho; estábamos cansados de reír. De pronto, pasó junto a nosotros una pareja de enamorados; iban muy de prisa, cantando y cogidos de la mano, cuneando los dos brazos a compás de la canción. Y tú me dijiste: «¿Vamos como ésos?» Y nos dimos las manos y «fuimos como ellos».
PLÁCIDO.-(Conmovido.) ¡Blanca! (Queriendo cogerle la mano.)
BLANCA.-No; a mí, no. Dale la mano a ésa. (JOSEFINA aparece en la puerta. Aparte, y en voz baja.) ¡La careta! ¡La careta, que se te ha caído!
PLÁCIDO.-(Aparte.) ¡Pues la careta!… (Alto.) ¡Josefina!…

Escena VII

DICHOS y JOSEFINA.

JOSEFINA.-¿Estorbo?… Parece que estabais en conversación muy interesante.
PLÁCIDO.-¡Interesante!… Sí…, vino Blanca llamada por la curiosidad a ver mi nuevo alojamiento…, y hablábamos de lo bueno
que es su padre de usted para conmigo.
JOSEFINA.-(Con malicia.) Sí, papá es muy bueno. Y a eso he venido yo…, a lo mismo que Blanca…, a ver su nuevo alojamiento de usted. Las dos hemos venido a lo mismo, ¿verdad?
BLANCA.-Y puesto que ya lo hemos visto, podemos marcharnos las dos.
JOSEFINA.-No, porque estoy muy cansada. (Se sienta.) Y hazte el cargo, mujer; yo no he hecho más que entrar. Tú ya lo habrás visto todo. Muy bien y con calma, porque hace mucho que estás aquí; me lo ha contado Tomás.
BLANCA.-Es cierto: me entretuve más de lo que pensaba.
JOSEFINA.-Sí…, ¿eh?
PLÁCIDO.-Hablábamos de nuestro pueblo.
BLANCA.-Comparábamos aquella casucha miserable que tenía Plácido con esta habitación lujosa que el señor marqués ha querido darle en prueba de su bondad y del cariño que le tiene toda la familia. (Con intención.)
JOSEFINA.-Sí, todos le queremos mucho. Para hacerse querer, no hay como ser bueno. Si fuera agrio, huraño, desagradecido, no le querríamos. Cada uno se gana lo suyo, ¿no es verdad, Blanca?
BLANCA.-¡Cada uno tiene lo que merece, y Plácido merece vuestro afecto, «el tuyo sobre todo»!
JOSEFINA.-No sé si has querido decirme algo desagradable, porque es tu costumbre.
PLÁCIDO.-¡Por Dios, Josefina, no piense usted eso! Es que allá, en el pueblo, tenemos un modo de hablar un poco…, un poco…
BLANCA.-Un poco brutal, dilo. Tiene razón Plácido: no me acostumbro al lenguaje corte

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
Tags: , , , , , , , , , , , , ,

Related posts

Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18


  • Рубен Дарио. Уитцилопоцтли. Мексеканская легенда. Rubén Darío. Huitzilopoxtli. Leyenda mexicana
  • Елена Гарро. Во всем виноваты тлашкальтеки. Elena Garro. La culpa es de los tlaxcaltecas
  • Вильям Фолкнер. Интервью с Вильямом Фолкнером. ENTREVISTA A WILLIAM FAULKNER
  • Микель Барсело. Рекомендации по написанию научной фантастики. MIQUEL BARCELÓ. CONSEJOS PARA ESCRIBIR CIENCIA FICCIÓN
  • Хосе Эчегарай. Sic vos non vobis или Последнее подаяние. José Echegaray. Sic vos non vobis o La última limosna

  • Leave a Comment

    You must be logged in to post a comment.


    Copyright by Blok.NOT 2005 - 2008

    XML-Sitemap