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Фидель Кастро Рус. До победы - навсегда! (Речь 18.10.1967г.) Fidel Castro Rus. ¡Hasta la victoria siempre!


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cuando se es artista de un arte tan peligroso como es la lucha
revolucionaria, pero lo que no morirá de ninguna forma es el arte al que consagró su vida y al
que consagró su inteligencia.
¿Qué tiene de extraño que ese artista muera en un combate? Todavía tiene mucho más de
extraordinario el hecho de que en las innumerables ocasiones en que arriesgó esa vida durante
nuestra lucha revolucionaria no hubiese muerto en algún combate. Y muchas fueron las veces
en que fue necesario actuar para impedir que en acciones de menor trascendencia perdiera la
vida.
Y así, en un combate, ¡en uno de los tantos combates que libró!, perdió la vida. No poseemos
suficientes elementos de juicio para poder hacer alguna deducción acerca de todas las
circunstancias que precedieron ese combate, acerca de hasta qué grado pudo haber actuado
de una manera excesivamente agresiva, pero -repetimos- si como guerrillero tenía un talón de
Aquiles, ese talón de Aquiles era su excesiva agresividad, su absoluto desprecio por el peligro.
Es eso en lo que resulta difícil coincidir con él, puesto que nosotros entendemos que su vida,
su experiencia, su capacidad de jefe aguerrido, su prestigio y todo lo que él significaba en vida,
era mucho más, incomparablemente más, que la evaluación que tal vez él hizo de sí mismo.
Puede haber influido profundamente en su conducta la idea de que los hombres tienen un valor
relativo en la , la idea de que las causas no son derrotadas cuando los hombres caen y
la incontenible marcha de la no se detiene ni se detendrá ante la caída de los jefes.
Y eso es cierto, eso no se puede poner en duda. Eso demuestra su fe en los hombres, su fe en
las ideas, su fe en el ejemplo. Sin embargo -como dije hace unos días-, habríamos deseado de
todo corazón verlo forjador de las victorias, forjando bajo su jefatura, forjando bajo su dirección,
las victorias, puesto que los hombres de su experiencia, de su calibre, de su capacidad
realmente singular, son hombres poco comunes.
Somos capaces de apreciar todo el valor de su ejemplo y tenemos la más absoluta convicción
de que ese ejemplo servirá de emulación y servirá para que del seno de los pueblos surjan
hombres parecidos a él.
No es fácil conjugar en una persona todas las virtudes que se conjugaban en él. No es fácil que
una persona de manera espontánea sea capaz de desarrollar una personalidad como la suya.
Diría que es de esos tipos de hombres difíciles de igualar y prácticamente imposibles de
superar. Pero diremos también que hombres como él son capaces, con su ejemplo, de ayudar
a que surjan hombres como él.
Es que en Che no sólo admiramos al guerrero, al hombre capaz de grandes proezas. Y lo que
él hizo, y lo que él estaba haciendo, ese hecho en sí mismo de enfrentarse solo con un puñado
de hombres a todo un ejército oligárquico, instruido por los asesores yanquis suministrados por
el imperialismo yanqui, apoyado por las oligarquías de todos los países vecinos, ese hecho en
sí mismo constituye una proeza extraordinaria. Y si se busca en las páginas de la , no
se encontrará posiblemente ningún caso en que alguien con un número tan reducido de
hombres haya emprendido una tarea de más envergadura, en que alguien con un número tan
reducido de hombres haya emprendido la lucha contra fuerzas tan considerables. Esa prueba
de confianza en sí mismo, esa prueba de confianza en los pueblos, esa prueba de fe en la
capacidad de los hombres para el combate, podrá buscarse en las páginas de la , y, sin
embargo, no podrá encontrarse nada semejante.
Y cayó.
Los enemigos creen haber derrotado sus ideas, haber derrotado su concepción guerrillera,
haber derrotado sus puntos de vista sobre la lucha revolucionaria armada. Y lo que lograron
fue, con un golpe de suerte, eliminar su vida física; lo que pudieron fue lograr las ventajas
accidentales que en la guerra puede alcanzar un enemigo. Y ese golpe de suerte, ese golpe de
fortuna, no sabemos hasta qué grado ayudado por esa característica a que nos referíamos
antes, de agresividad excesiva, de desprecio absoluto por el peligro, en un combate como
tantos combates.
Como ocurrió también en nuestra guerra de independencia. En un combate en Dos Ríos
mataron al Apóstol de nuestra independencia. En un combate en Punta Brava mataron a
Antonio Maceo, veterano de cientos de combates. En similares combates murieron infinidad de
jefes, infinidad de patriotas de nuestra guerra independentista. Y, sin embargo, eso no fue la
derrota de la causa cubana.
La muerte del Che -como decíamos hace algunos días- es un golpe duro, es un golpe
tremendo para el movimiento revolucionario en cuanto le priva sin duda de ninguna clase de su
jefe más experimentado y capaz.
Pero se equivocan los que cantan victoria. Se equivocan los que creen que su muerte es la
derrota de sus ideas, la derrota de sus tácticas, la derrota de sus concepciones guerrilleras, la
derrota de sus tesis. Porque aquel hombre que cayó como hombre mortal, como hombre que
se exponía muchas veces a las balas, como militar, como jefe, es mil veces más capaz que
aquellos que con un golpe de suerte lo mataron.
Sin embargo, ¿cómo tienen los revolucionarios que afrontar ese golpe adverso? ¿Cómo tienen
que afrontar esa pérdida?
¿Cuál sería la opinión del Che si tuviese que emitir un juicio? Esa opinión la dijo, esa opinión la
expresó con toda claridad cuando escribió en su Mensaje a la Conferencia de Solidaridad
Latinoamericana que si en cualquier parte le sorprendía la muerte, bienvenida fuera siempre
que ese su grito de guerra haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se extienda para
empuñar el arma.
Y ese grito de guerra llegará no a un oído receptivo, ¡llegará a millones de oídos receptivos! Y
no una mano sino que ¡millones de manos, inspiradas en su ejemplo, se extenderán para
empuñar las armas! Nuevos jefes surgirán. Y los hombres, los oídos receptivos y las manos
que se extiendan necesitarán jefes que surgirán de las filas del pueblo, como han surgido los
jefes en todas las revoluciones.
No contarán esas manos con un jefe de la experiencia extraordinaria, de la enorme capacidad
del Che. Esos jefes se formarán en el proceso de la lucha, esos jefes surgirán del seno de los
millones de oídos receptivos, de los millones de manos que más tarde o más temprano se
extenderán para empuñar las armas. No es que consideremos que en el orden práctico de la
lucha revolucionaria su muerte haya de tener una inmediata repercusión, que en el orden
práctico del desarrollo de la lucha su muerte pueda tener una repercusión inmediata. Pero es
que el Che, cuando empuñó de nuevo las armas, no estaba pensando en una victoria
inmediata, no estaba pensando en un triunfo rápido frente a las fuerzas de las oligarquías y del
imperialismo. Su mente de combatiente experimentado estaba preparada para una lucha
prolongada de cinco, de diez, de quince, de veinte años si fuera necesario. ¡Él estaba
dispuesto a luchar cinco, diez, quince, veinte años, toda la vida si fuese necesario!
Y es que con esa perspectiva en el tiempo en que su muerte, en que su ejemplo -que es lo que
debemos decir-, tendrá una repercusión tremenda, tendrá una fuerza invencible.
Su capacidad como jefe y su experiencia en vano tratan de negarlas quienes se aferran al
golpe de fortuna. Che era un jefe militar extraordinariamente capaz. Pero cuando nosotros
recordamos al Che, cuando nosotros pensamos en el Che, no estamos pensando
fundamentalmente en sus virtudes militares. ¡No! La guerra es un medio y no un fin, la guerra
es un instrumento de los revolucionarios.
¡Lo importante es la revolución, lo importante es la causa revolucionaria, las ideas
revolucionarias, los objetivos revolucionarios, los sentimientos revolucionarios, las virtudes
revolucionarias!
Y es en ese campo, en el campo de las ideas, en el campo de los sentimientos, en el campo de
las virtudes revolucionarias, en el campo de la inteligencia, aparte de sus virtudes militares,
donde nosotros sentimos la tremenda pérdida que para el movimiento revolucionario ha
significado su muerte.
Porque Che reunía, en su extraordinaria personalidad, virtudes que rara vez aparecen juntas. él
descolló como hombre de acción insuperable, pero Che no sólo era un hombre de acción
insuperable; Che era un hombre de pensamiento profundo, de inteligencia visionaria, un
hombre de profunda cultura. Es decir, que reunía en su persona al hombre de ideas y al
hombre de acción.
Pero no es que reuniera esa doble característica de ser hombre de ideas, y de ideas profundas,
y de ser hombre de acción, sino que Che reunía como revolucionario las virtudes que pueden
definirse como la más cabal expresión de las virtudes de un revolucionario: hombre íntegro a
cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y
espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola
mancha. Constituyó por sus virtudes lo que puede llamarse un verdadero modelo de
revolucionario.
Suele, a la hora de la muerte de los hombres, hacerse discursos, suele destacarse virtudes,

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