Фернан Перес де Олива. История завоевания Новой Испании. Fernán Pérez de Oliva. Historia de la conquista de la Nueva España


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Fernán Pérez de Oliva
Historia de la conquista de la Nueva España

Algunas cosas de Hernán Cortés y México

La gran fama de la provincia de Culúa encendía el corazón de Hernán Cortés en voluntad de cosas mayores, viendo que había hallado materia de manifestar su virtud y, aunque la poca compañía y esperanza de socorro le amonestaban dilación, el ardiente deseo de las grandes cosas que había oído y la confianza que con muchas victorias habla ganado no la sufrían. Los que le representaban el gran señorío de Muteczuma para templarlo cebaban su fuego, y los que le amenazaban con peligros le ponían codicia de emplear en ellos su esfuerzo.
Así pues, ayuntados ánimo y fortuna iguales, mandó sacar las naves del agua, porque el temor no tuviese huida ni los amigos de Johan Velázquez osadía de hacer traición alguna, sino que, todos puestos en una fortuna, se ayuntasen en una voluntad y una defensa y en solas las armas pusiesen su esperanza. Después partió con trecientos peones bien armados y quince de caballo y algunos principales de Cempoal con sus compañas, y en la cuarta jornada bajaron a un valle de muchos pueblos, do por mandado de Muteczuma, cuya era esta provincia, que dicen Sienchimalén, fueron tratados de los naturales como amados, no temidos. La salida de este valle es por un puerto muy alto y muy áspero. En su bajada hay otra llanura bien poblada, do es cabeza de cibdad Ceyconacán. Aquí también hallaron mandamiento de Muteczuma para ser bien rescebidos. Después, pasadas tres jornadas de despoblado, do un torbellino y fríos que lo siguieron fatigaron el ejército y mataron algunos de los indios, llegaron a la provincia de Catalmi, do los señores en servicios y presentes mostraron a los nuestros gran voluntad de obedescer el mandamiento de Muteczuma que para esto tenían.
En este valle los de Cempoal dijeron al capitán que debía ir a Tascaltecal, provincia de allí cercana, do hallaría muncho poderío de su ayuda y munchos valientes hombres enemigos de Muteczuma que ayuntaría en su amistad, los cuales estaban en lugar aparejado para dar mantenimientos y ayudar a las victorias y amparar en los peligros. Al contrario decían los de Catalmi cuando sintieron este consejo, que no saliese del señorío de Muteczuma si no quería apartarse de su seguridad y buscar su peligro, y que el nombre de amigo que de su tierra llevaba le haría peligrar entre muchas traiciones que usan los de Tascaltecal. En esta discordia que así aquéllos manifestaban el capitán, entretanto, se esforzaba, esperando que la enemistad de cada parte le sería buen arma para destruir la otra. Y entonces, considerando que había de tomar enemistad con aquéllos en cuyo despojo habría mayor provecho, se partió a Tascaltecal, que era gente menos rica y menos poderosa. Y salieron de su valle por el encuentro de dos muros grandes que cerraban su canal más de cuanto era una salida por entre ellos vuelta. Éstos eran como adarve de aquella provincia toda, do se defendía la entrada a los enemigos.
Fuera de allí era la provincia de Tascaltecal, por do el capitán, con seis de caballo y algunos peones adelantado para asegurar el camino a su gente, halló quince hombres aderezados de guerra, los cuales, defendiéndose, mataron dos caballos y hirieron cinco españoles. A sus voces vinieron cinco mil otros que cerca estaban, mas los nuestros llegaron a tiempo que les defendieron el daño que pudieran hacer, y, muertos sesenta de ellos, los otros huyeron. Luego, los señores de Tascaltecal enviaron mensajeros que dijesen al capitán que aquella no era gente subjecta a su gobierno, sino hombres malos que robando por los campos mantienen su libertad, y que mucho le rogaban que entrase en la tierra, do en sus obras conoscería su voluntad. Empero, el capitán, que temía más las traiciones que confiaba en palabras, tanto despertaba más cuanto más los enemigos procuraban de quitarle el cuidado.
El día siguiente, saliendo el sol, dos mensajeros naturales de Cempoal, que para demandar amistad el capitán había enviado a los señores de Tascaltecal, vinieron heridos, huyendo de la muerte con que dijeron que los seguían. Tras ellos pareció una compaña que, huyendo, puso a los nuestros en codicia de entrar, do se hallaron cercados de cient mil hombres. Allí, peleando hasta cerca de la noche, mostraron bien que vale más la fortaleza que la muchedumbres, matando de los enemigos los que se osaban acercar y defendiendo tan bien sus cuerpos, que ninguno quedó herido. Así los nuestros salieron de la batalla esforzados y temidos, a reparar sus fuerzas con mantenimiento y descanso junto a una torre de ídolos, do paresció al capitán buen lugar para asentar real.
De allí el capitán, por mostrar a los enemigos más deseo de la guerra que temor, el día siguiente con la gente de caballo y cient españoles y setecientos indios quemó seis aldeas y trujo al real presos cuatrocientos hombres. Los enemigos, viendo que no debían dar descanso a gente que tanta priesa se daba a hacer mal, ayuntados en número de ciento cincuenta mil, acometieron el real con tanta gana de vengarse, que no pudieron defenderles la entrada, mas presto les hicieron buscar la salida, peleando con la osadía que antes contra ellos habían ganado. Partida esta batalla, el capitán otro día robó y quemó diez pueblos, y antes que hubiese ayuntamiento de los enemigos que osase defenderlo la gente y el despojo estaba en el real.
Los principales de los enemigos enviaron luego mensajeros con ofrescimiento de amistad y dones con que fuese bien rescebido. El capitán, que siempre estaba igualmente aparejado a guerra y paz, respondió humanamente a su demanda, y por esta seguridad vinieron al real cincuenta de los contrarios, hombres principales, a considerar su sitio y sus partes por do sería mejor acometido. El capitán, avisado de los de Cempoal, hizo a uno confesar con amenazas que Sintengal, capitán de los de Tascaltecal, estaba escondido con mucha gente para tomar los nuestros en el descuido que con sus muestras de amistad pensaban que temían, y que ellos eran venidos a ver el real para después regir la manera del combate, el cual querían que fuese de noche, porque, no viendo nuestras armas, no las temiesen. El capitán, considerando que a los traidores no hay crueles, les mandó a todos cortar las manos y que, puestos en libertad, dijesen a Sintengal que no había noche para sus ojos ni estorbo para
sus armas y que cuando fuese su voluntad se lo mostraría. Pasado el día, Sintengal se acercaba, y el capitán, por no dejar los enemigos llegar al real, do cualquier daño fuera sin reparo, salió con la gente de caballo con tal ímpetu, que los enemigos, no osando ponerse al encuentro, desbaratados huyeron.
En este tiempo vinieron al capitán seis embajadores de Muteczuma bien acompañados, que dijeron así:
«Muteczuma, en estas partes del mundo señor principal, conosciendo en las nuestras de tu gente que a nuestra tierra trujiste el gran poder que debe tener su munchedumbre, nos ha enviado a ofrescerte servicio para tu señor y amistad para ti, de manera que sola tu fama ha hecho lo que no pudieron las armas de munchas gentes. Y, pues antes de acometer ganaste victoria, desde aquí do la alcanzaste la puedes gozar, señalando en nuestras riquezas el tributo que quisieres, por lo cual mucho te rogamos que en nuestra tierra no entres, porque en ella no tenemos mantenimientos ni otros aparejos con que mostrarte nuestra voluntad, ni para entrar en ella hallarás necesidad, si considerar quieres primero cómo obedescemos lo que de lejos por tus mensajero nos mandares».
Dicho esto, dieron al capitán mil pesos de oro y mil vestiduras de algodón, y él, agradesciendo el presente, respondió que su amistad tenía él mucho deseada y que entonces la iba a buscar, si no se la defendiesen con armas, y, en lo demás, que tenía mandamiento del emperador contrario al ruego de Muteczuma, así que, por ser leal capitán, no podía en aquello ser placiente amigo, mas que su ida sería para que con más conoscimiento se ayuntase su amistad y se hiciese más firme, por la cual sería segura su prosperidad; por eso, que no temiese lo que debían desear.

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