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Фернан Кабальеро. Дворец мавританских королей Севильи. Fernán Caballero. El Alcázar de Sevilla


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El segundo piso del edificio fue levantado en su mayor parte con posterioridad a la construcción árabe y a la reedificación hecha por D. Pedro. En él existen muchos hermosos salones con magníficos artesonados, (entre ellos una estancia admirable que da a la fachada, y cuyas paredes sostenidas por columnas, revisten el oro y los colores, y los mismos encantadores arabescos que embellecen los aposentos del piso bajo), y un lindísimo oratorio de arquitectura gótica, fabricado de orden de los Reyes Católicos, y de gusto semejante al de la iglesia de San Juan de los reyes en Toledo.
El altar, que es de azulejo, representa la Visitación de Nuestra Señora, viéndose en el frontal la Anunciación, y entre muchos adornos la bella y memorable divisa de los augustos fundadores Tanto monta, con el yugo, y sus iniciales F. I.
En este mismo piso se encuentra el dormitorio del Rey D. Pedro, que es la última habitación situada en el lado izquierdo del Alcázar, mirando hacia los jardines. En el techo de la parte de muro comprendida entre dos puertas, que una tras otra cierran una de las entradas de esta estancia, se ven pintadas cuatro calaveras, y junto a otra puerta una figura esculpida en estuco, que representa un hombre sentado contemplando otra calavera. He aquí la tradición a que esto se refiere. Cuéntase que escuchando un día el Rey a quien la llama el Cruel, y las tradiciones y la poesía el Justiciero, una deliberación entablada en la sala de Justicia por cuatro jueces que acababan de oír la relación de cierta causa, vino en conocimiento de que trataban de torcer la ley del lado de la dádiva, y del modo de repartirse las que en premio de su infamia les habían sido ofrecidas. Presentóse el monarca indignado ante ellos, y haciéndoles cortar acto continuo las cabezas, dispuso colocarlas para eterno escarmiento en el sitio donde hoy se ven las calaveras. Andando el tiempo fueron quitadas de allí las cabezas, y sustituidas por las calaveras y la figura que parece llamar la atención sobre ellas, como indicando el fin reservado por la justicia del Rey a los jueces prevaricadores.
Una pequeña y casi escondida escalera, única que existía en el antiguo Alcázar, -pues la grandiosa principal que hoy une los dos pisos, y que pertenece al Renacimiento, es del tiempo de Felipe II, y se halla fuera del recinto de aquél-, comunica desde el dormitorio de D. Pedro a una capilla situada en el piso interior, en lo que fueron habitaciones de Doña María de Padilla, y por ella diz que bajaba el Rey a distraerse de las ingratitudes y falacias de que fue siempre víctima, al lado de una mujer amante y fiel.
Un terrado se extiende ante las habitaciones altas, y otro ante las bajas, y conducen desde ellas a los jardines. Llámanse jardines, por estar divididos, no sabemos con qué objeto. La última división que al frente parte el jardín en dos, es debida al Asistente Don Francisco Bruna, que malgastó en ello bastante dinero.
Por la izquierda termina el jardín en una gran galería techada, por la cual puedes pasearte en los días lluviosos; y que separa a aquél de la extensa huerta perteneciente al Alcázar. Cubre la galería una azotea, que es otro nuevo paseo, en extremo agradable por las buenas vistas que ofrece; pero ninguna más grata que el contraste que forman de una parte aquellos regios jardines con su majestad, su orden y su silencio, y de otro la casita del hortelano en su pintoresco desorden, con su parra por toldo, sus gallinas y pollos por cortesanos, sus legumbres por riqueza, sus flores por lujo, y su alberca habitada por ranas, a dos pasos de los históricamente famosos y regios baños de las Sultanas, y más tarde de Doña María de Padilla. Entrase en ellos por el jardín, y están hoy bajo el patio que lleva el nombre de ésta, levantado en tiempo de Carlos V. En lo antiguo se hallaban rodeados de naranjos y limoneros que bebían sus aguas, y cubierta únicamente su parte superior. Consisten los años en una larga albarca, que tendría en aquella época agua siempre corriente para abastecerla.
Cuéntase que, mientras se bañaba le hermosa favorita le hacían tertulia el Rey y sus cortesanos, lo cual deja de ser tan escandaloso como a primera vista pudiera aparecer, si se considera que hoy mismo es costumbre en algunas partes recibir en el baño, y aun en ciertos parajes bañarse muchas personas de ambos sexos reunidas, como se verifica en los de Biarritz en Francia, y en los de Bath en la pulcra Albión. La galantería de aquellos tiempos había introducido la costumbre de que, los caballeros bebieran del agua misma en que se bañaban las damas. Así lo verificaba en el baño de Doña María el Rey D. Pedro y sus cortesanos. Notó un día aquel que uno de estos no lo hacía, y dirigiéndose a él le dijo: ¿Porqué no bebes? Prueba esta agua y verás cuán buena y fresca es. -No haré tal, Señor, contestó el interpelado. -¿Porqué? tornó a preguntar picado el Monarca. -Para evitar, Soberano Señor, repuso aquél, que si encuentro agradable la salsa, vaya a antojárseme la perdiz.
A la entrada de los jardines, por la cancela de hierro de que casi al principio de estas páginas hablamos, y que es la que en ciertos días se franquea al público, hay un magnífico estanque de más de tres varas de profundidad, apoyado en la galería que separa los jardines de la huerta, y en cuya pared se ven todavía bellísimas pinturas mitológicas, que ni el ardiente sol ni los violentos aguaceros de Andalucía han podido deslustrar.
De este estanque se refiere, que hallándose muy preocupado D. Pedro con la idea de a qué Juez confiaría el sentenciar un pleito sumamente enmarañado y oscuro, cortó una naranja en dos mitades, y colocó una de estas sobre la superficie de las aguas del estanque. Hizo venir a un Juez y le preguntó qué era lo que sobrenadaba. Contestóle el Juez que era una naranja, y descontento el rey lo despidió, mandando llamar sucesivamente otros varios Jueces, de quienes, habiéndoles hecho la misma pregunta, obtuvo también la misma respuesta. Llegó, por último, uno que al escuchar la pregunta del Rey, desgajó una rama de un árbol, y trayendo con ella hacia sí el objeto a que aquél aludía, lo sacó del agua: Es media naranja, Señor, contestó entonces. -Tú serás, dijo el Rey, quien sentencie la causa; y la puso a su cuidado.
No debemos pasar por alto una cosa que entusiasma a algunos, y asusta a otros de los muchos que visitan los jardines del Alcázar. Nos referimos a un juego de aguas que hace brotar de repente entre los ladrillos de los paseos, gran cantidad de saltadores, que formando prismas con los rayos del sol poniente, causan bellísimo efecto y parecen otros tantos movedizos penachos de brillantes.
También hay un laberinto de arrayán, caro a los niños, que los atrae y asusta como todo lo misterioso.
Hay otra cosa en estos jardines, que sin ser cosa artística ni regia, sin recuerdo histórico y sin ayuda del tiempo ni del hombre, encanta, y admira, y es un ruiseñor que no busca recuerdos ni bellezas, sino verde hojarasca, y no podemos concluir de hablar del Alcázar, sin dedicar un recuerdo a este huésped de sus jardines, porque él a su vez nos trae a la memoria los amigos queridos y simpáticos en unión de los cuales, y sentados con ellos alrededor de una fuente, hemos quedado tantas veces mudos y absortos escuchando los mismos sonidos que oirían las grandes figuras, cuyos hechos han quedado impresos en las páginas de la , y cuyas huellas se estamparon en los mismos sitios que recorríamos. Una serie de siglos, con los personajes y cosas que en cada cual figuraron, pasaba lentamente ante nuestra vista, trayéndonoslos a la memoria como repite un lejano eco los debilitados sonidos de distintas tocatas. Entonces, cual nunca, sentíamos lo que Mr. Ernesto Reuan, Miembro del Instituto francés, ha expresado no ha mucho en las siguientes palabras(2)
: «¡Lo pasado es tan poético! ¡Lo porvenir lo es tan poco! Hay más mérito en amar lo que fue, que en amar lo que será. Ciertos seres privilegiados aman las cosas antiguas y gastadas, porque las ven débiles y abandonadas, y porque la multitud se aglomera en otras direcciones. En esto consiste el secreto de su fuerza; pues enmedio de esta humanidad ligera que ríe, se divierte y se enriquece, conservan lo que constituye la fuerza del hombre, y lo que a la larga da siempre la victoria, esto es, la fe, la gravedad, la antipatía a todo lo vulgar, el menosprecio de la frivolidad.

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